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El ojo del huracán

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El ojo del huracán

Aún recuerdo aquella mañana tan oscura y fría. Yo paseaba por el mismo parque de siempre, el parque de mi adolescencia, donde había pasado tan buenos momentos. Entonces vi a aquella mujer sentada en un banco distante. Supongo que fue la curiosidad lo que me arrastró a acercarme para verla mejor. Conforme me iba aproximando me daba cuenta de que había algo extraño en su figura: aparentemente parecía un estatua de sal, distante y frágil como una flor de plástico. No sé cuánto tiempo estuve ahí mirándola, pero durante todo ese rato ni una sola vez la vi parpadear e incluso hubiera jurado que no respiraba.

Algunas personas cuchicheaban y contaban las mil y una sobre la extraña belleza: unos afirmaban que era una estatua excepcionalmente realizada; otros que era un espíritu, una señal de advertencia para alguien, aunque no sabían a quién se dirigía esa bella sonrisa suspendida como una pompa de jabón en el aire. Lo que más me sorprendió era el magnetismo que irradiaba. Todos nos aproximábamos, todos queríamos mirar, todos nos quedábamos anonadados sólo de mirarla. No obstante ninguna de esas almas gemelas a la mía se atrevía a aproximarse o hablarle, todos guardaban una respetuosa distancia, como si temiesen que al aproximarse ellos también se contagiarían de su extraña enfermedad.  En cuanto se la miraba a los ojos, uno se sentía preso de una dolorosa melancolía, que parecía cruzar el rostro, como si de una bofetada se tratase.

Lo cierto es que regresé a casa sin poder quitármela de la casa. No dejaba de darle vueltas a lo ocurrido, su imagen se había clavado como un junco, en el hueco de mis costillas, hasta parecía impedirme respirar. 

Al día siguiente me levanté, a la misma hora de siempre. Pasé por el mismo parque, me aproximé al mismo banco… Algo parecía no ir bien. La mujer del día anterior había desaparecido. Me sentí confuso, como si me hubieran privado de mi juguete preferido; hasta llegué a asustarme, había encontrado un nuevo aliciente, algo para mantenerme vivo,para ahorrarme los pensamientos de insensibilidad. Ahora estaba ella, podía llenar el hueco, podía mover la brújula en su dirección.

Pasaron varias semanas, en las que –aunque intenté olvidar- no hacía más que darle vueltas a la cabeza. No pude evitarlo…. A las pocas semanas volví por el parque y… Allí estaba ella nuevamente, la tabla de mi salvamento. Esta vez hasta hubiera jurado que sonreía. Mi corazón se hinchó de esperanza, hasta barajé la idea de hablarle, y preguntarle qué era lo que hacía allí exactamente. Me contuve claro, porque quería evitarme el desconsuelo de su verdad.

Los años fueron pasando y durante todo aquel tiempo, la mujer nunca faltó a la cita: era ella, en el mismo parque, en la misma escena. Nunca volvió a mostrar una cara amarga y por eso hasta las madres llevaban a sus hijas en fiestas señaladas: para enseñarles con qué postura debían recibir a las visitas o como hacer de tripas corazón, ante alguien que se detesta.

Pero ahora que ya casi soy un anciano y que creía olvidada toda esta historia, la melancolía me la ha devuelto y he comprendido que toda mi vida ha sido un incesante remolino y que este remolino siempre me ha llevado al mismo parque. Las preguntas son lanzadas al ojo del huracán: ¿Qué fue lo que provocó a aquella mujer esa sonrisa tan repentina y a la vez tan dulce? Toda una vida huida, todo el tiempo roto, por buscar inútilmente una respuesta suspendida en el ojo del huracán, congelada como una flecha, que tal vez nunca acertó en su diana.

Rolando, 1º F

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Comentarios El ojo del huracán

Interesante y buen escrito.
Besos.

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