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La novela picaresca en el Barroco

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El desarrollo de la novela picaresca

Tuvo que pasar cerca de medio siglo antes de que la nueva línea iniciada por el Lazarillo, encontrara una continuación y un desarrollo definitivo.

Las circunstancias históricas y sociales en los inicios del siglo XVII, con los conflictos religiosos, el pesimismo histórico, los problemas sociales, la concepción contradictoria de la vida…, provocan el auge de la novela picaresca.

Por otra parte, el fatalismo y el fatalismo que caracterizan a las novelas picarescas forman parte del sentido de la vida barroca. La sátira  y el humor amargo suelen caracterizar el tono general de este tipo de novelas, puesto que se convierten en una forma de imponer la sensibilidad social, los temas y escenas que quedan suavizados por el sentido irónico, propicio a la risa. Así la picaresca cumple una función de evasión y compensación frente a una situación político-social desfavorable.

El lenguaje y el ambiente realista definen el marco de esta novela, de hecho, su evolución coincide con la evolución del lenguaje empleado. Mientras en el Lazarillo, el tono del lenguaje supone una ruptura con la literatura anterior, pero evitando las descripciones de exacerbada rudeza, en el extremo, está la última gran novela picaresca, El Buscón de Quevedo, que recoge un universo macabro y cruel que refleja el cambio entre Renacimiento y Barroco.

Mateo Alemán con el Guzmán de Alfarache, su gran novela picaresca, una producción clásica del género, está a medio camino entre los seres del Lazarillo y la desesperación de la obra de Quevedo.

El autor del Guzmán, desde una actitud pesimista, censura el comportamiento de los hombres y nos ofrece en su obra todos los temas afines al concepto desengañado de la vida, lo que algunos críticos han llamado el engaño a los ojos, típico del Barroco. Este concepto pesimista con la lucha de todos contra todos, una merienda de negros, donde el hombre es un ser malvado por herencia y el mundo un conjunto de falsas apariencias. Esta visión desolada, está llena de pesimismo y aparece con claridad en las propias palabras del autor.

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La vida del pícaro Guzmán de Alfarache es una obra curiosa, cuya interpretación siempre ha planteado problemas. Su particular estructura conforma una extraña alternancia de capítulos de literatura picaresca, junto a las largas digresiones moralizantes que contrastan con el resto de la novela, interrumpiendo el fluir narrativo.

Su actitud manifiesta es el aleccionamiento religioso y el propósito didáctico por parte del autor; por ello, vemos siempre a Guzmán a punto de redimirse pero recayendo continuamente hasta el fin, donde triunfa la moral. El propio autor refiriéndose a Guzmán dice: él mismo escribe su vida desde las galeras, donde queda formado al remo por los delitos que cometió.

La obra escrita como una autobiografía, narra las aventuras de un pícaro de origen humilde que debe enfrentarse a una sociedad hostil. Criado también por varios amos, recorre junto a ellos diversas ciudades italianas tras salir de Madrid; también él utiliza el matrimonio como una forma de ascender socialmente.

La historia es contada por un protagonista adulto y muestra el arrepentimiento ante los actos cometidos, actos que lo han conducido a galeras. En este sentido se distancia de Lázaro, ya que éste no muestra ningún arrepentimiento por su vida pasada. A diferencia de Lázaro, Guzmán encuentra consuelo en la religión, lo que le permite al autor introducir sus pensamientos morales en la narración.

El lector se muestra confundido ante esa disimilitud de puntos de vista: el Guzmán pícaro del pasado (Guzmanillo) y el Guzmán adulto del presente.

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