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La noche de los tiempos. Antonio Muñoz Molina

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}

 Y este azar, con la fuerza

de lo que no esperábamos,

nos despoja de súbito

del sueño de ser otros.

                   Eloy Sánchez Rosillo

Es probable que muchos de los que se acerquen a la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009), lo hagan con cierto escepticismo, otra novela que hinca los hinojos en el maltrecho pasado de la Guerra Civil, que reabre las heridas; otra historia que se vale del filón  manido, una camisa   que de tanto colocársela la literatura española, se ha ajado. Seguramente muchos lectores piensen que lo sensato sería el silencio, hartos de leer historias que dirimen a los propios de culpa, y lanzan las piedras al contrario.

 El que piense así se equivoca. Primero, porque los prejuicios literarios siempre conducen a callejones equivocados;  segundo,  porque lo  que debe hacer la sociedad es zafarse de los sectarismos y mostrar la realidad tal cual fue. Y ahí es donde La noche de los tiempos gana a sus predecesoras. Es una novela honesta y sincera, que denuncia el poder devastador de la guerra, el dolor, la sinrazón y la ira que conduce a un hermano a sacarle las uñas y la pistola al otro, ese que es de propia clase, condición, o ideología.

Antes de juzgarla,  fijémonos en la firma, en el escritor que se ha calzado ese estigma durante tres años y que ahora pretende que reconozcamos al menos con justicia su empeño por la verdad, su proyecto serio, responsable y honesto. Muñoz Molina aborda  ese pedacito de nuestra historia a partir de la historia de Ignacio Abel, un arquitecto progresista que ante la hecatombe que se avecina pone pies en polvorosa y huye a Estados Unidos, aceptando un contrato, que le dirime de otras responsabilidades más dolorosas.

El personaje nos recuerda el exilio externo  (también hubo quien optó por practicar un exilio interno) de muchos intelectuales y artistas de la época, algunos apolíticos, que huyeron de España cuando comprendieron que la situación era grave y que los terribles disturbios desembocarían en una guerra sin cuartel, que se verían implicados en la desgracia si se quedaban.  Pero no se marcha sólo, porque los pecados cometidos, la insidia, el desencanto y los recuerdos queman.  El recuerdo de su amante se retuerce hasta ahogarlo, él  es un animal herido que siempre buscará sus besos. Pero tampoco puede desasirse de los otros episodios,  los que le han obligado a mirarse en un espejo feo y deforme que le devuelve su imagen a traición, una imagen fría, incapaz de abrazar lo que la vida parecía haberle regalado: una esposa, unos hijos, una posición solvente, a él que surgió de una nada multiforme y se dejó arrastrar por una corriente aunque después, desencantado e insomne, la desechó.

Podríamos preguntarnos, qué motivó su escritura, qué movimiento del azar, impulso a Muñoz Molina a enfrascarse en una historia de casi mil páginas, un verdadero alarde de maestría, toda una clase magistral sobre la narrativa y para más inri, volviendo al viejo narrador omnisciente, que sabe lo que piensan y sienten los personajes, capaz de radiografiarnos hasta sus entrañas, si es necesario. Tal vez por eso, hayan surgido voces anónimas, que desestiman la narración, porque al tratar con tanta minuciosidad a los personajes, al desmenuzar su mundo ante nuestros ojos, se ralentizan los acontecimientos y el lector cree haber retrocedido en el tiempo, cree que se ha topado con uno de esos mecanismos de relojería fina, que forjaron los grandes novelistas realistas. Pero es justo en ese esfuerzo titánico donde reconocemos la seguridad del novelista, donde el ferviente lector, ese que se desloma si es necesario, para leer con verdadera pasión, por el simple placer de la lectura donde  sonríe, donde  más admiramos a Muñoz Molina. Esa capacidad de meterse en la piel de un personaje, ese retrato fiel de un momento, esas almas  cinceladas con mimo, son las que nos obligan a seguir leyendo, pese a que en ocasiones sintamos un cierto cansancio. Pensemos en el autor, desbordado por sus personajes, que persigue una idea, una idea que ha nacido, como la mayoría, en un momento clarividente y se ha ido calentando poco a poco.  Un simple paseo por un bosque inaprensible, donde la realidad se difumina, tal es nuestro ensimismamiento, puede disparar una flecha envenenada. De pronto el autor se percata de que hasta esa realidad inmaculada, puede ser ensuciada, pues la vida puede arrancarnos de nuestra placidez en cualquier momento y lanzarnos fuera de ella; la vida, puede arrebatarnos nuestra tranquilidad y todo lo que hemos construido puede derrumbarse de repente, como si lo hubiésemos apuntalado únicamente con alfileres.

Muñoz Molina desvelo el acertijo de la constitución de la novela: dijo que las ideas fueron saliendo durante el viaje en tren por la orilla del río Hudson. Él se dirigía a una pequeña universidad, el Bard College,  Desechó la idea de centrar la historia en Salinas, porque pese a que era un personaje que siempre le había atraído, pensó que no podría dotarlo del suficiente halo de ficción necesario para construir ese personaje que poco a poco iba llamándolo a gritos desde su interior. No obstante es evidente que la historia de amor clandestino que cruza los destinos de Ignacio Abel y Judith Biely, se inspira en la relación que mantuvo Pedro Salinas con Katherine Witmore, ampliamente aireada por la crítica, puesto que se han publicado recientemente sus cartas de amor. Cuando leemos la historia plasmada en esta novela no podemos evitar las asociaciones, los poemas de Salinas surgen ante nosotros, y sentimos ese mismo calor, ese descubrimiento que deslumbra al que se une dolorosamente la evanescencia, el sentido de culpa ante lo clandestino, las yagas del amor conyugal, que afloran, pese a que Abel intenta forjar una película protectora que separe los dos mundos, como si nunca ellos pudieran rozarse o dañarse.

Los momentos previos de la guerra civil aparecen con toda su lucidez, sin falsos enmascaramientos, sin concesiones gratuitas. Durante la gestación de la obra el autor el autor tuvo dudas, y aunque se documentó a conciencia y rastreó noticias, comentarios y todo tipo de documentos, se mantuvo siempre alerta, consciente de la dificultad, precavido ante los juicios parciales o el fervor de olvidar su propósito: no se trata en ningún momento de una crónica, sino de una historia y hay que captar el alma de los personajes, el ambiente, el terror contenido en las calles, el deterioro de las personas que se poco a poco se iban contagiando de la miseria, del fanatismo de uno u otro sector,  la inmundicia sectaria que lanzaba unos contra otros. Los personajes reales se embozan en la misma maraña que los ficticios y así los reconocemos: Moreno Villa, Bergamín, Alberti, Salinas, Zenobia Camprubí, Negrín,  se pasean por sus páginas con solidez.  Pero también los ficticios, no por ello menos auténticos, sino igualmente caracterizados en sus obsesiones, sueños u encrucijadas. Así nos topamos con el profesor Rossman y su hija, el capataz Eutimio, etc.  De hecho en algunas de esas conversaciones (como la que mantiene Abel con el capataz Eutimio) descubrimos lo que estaba sucediendo de manera mucho más eficiente que si nos hubiera realizado toda una crónica histórica de los acontecimientos.  

-No exagera usted, Eutimio. ¿No ha cambiado nada la vida desde los tiempos de mi padre? Y más que va a cambiar, desde ahora, con el gobierno del Frente Popular.

-Un gobierno de señoritos burgueses, don Ignacio que mandan gracias al voto obrero.

-Por culpa de nuestro partido, el de usted y el mío. El que no ha dejado que un socialista sea presidente del gobierno. Costó tanto traer la República y ya no la quieren, no les parece bastante. Ahora quieren una revolución soviética como en Rusia. ¿No estuvo usted en la manifestación del primero de Mayo? Desfilaban los socialistas y parecía que estuvieran en la Plaza Roja de Moscú. Banderas rojas con hoces y martillos, retratos de Lenin y de Stalin. Los nuestros sólo se distinguían de los comunistas en que llevaban camisas rojas y no azul celeste como ellos. Ni una sola bandera de la República, Eutimio, la República que pudo llegar porque los socialistas quisimos que viniera, porque los republicanos no eran nada. Pero estos socialistas del Primero de Mayo no daban vivas a la República, sino al Ejército Rojo. Con gran alegría de las derechas, como es de imaginar.

-Es que ya se lo tengo dicho, don Ignacio, la República es muy bonita, pero no da de comer.

-¿Y dan de comer las huelgas a tiros y las iglesias incendiadas? (…)

 

En cuanto a la confrontación entre Judith y Adela, es justamente esta última la que aparece mejor delineada,  puesto que a través de sus ojos descubrimos no sólo sus sentimientos u amargura, sino también esos rasgos de Abel, que de otra forma pasarían desapercibidos, escorados por su frialdad, pero que ella se encarga de recordarnos.

La novela nos muestra los momentos trágicos, los actos, los atentados, las caídas de uno y otro bando, la tenaza de las clases medias, la miseria de los desheredados, la ignominia de algunas ideologías punzantes clavaban sus garras en el contrario. No son estos los únicos instrumentos en los que reconocemos su valía. Aparecen otros, ensamblados en las ideas de la época retratada: la fascinación por el progreso –por ejemplo- tan reiterada por las Vanguardias, capaz de deslumbrar a las personas, aunque era una fascinación que no se veía de la misma manera por los sectores pudientes (que podían permitirse los lujos) que por los desarraigados, a los que únicamente les preocupaba la digna subsistencia.

 Ignacio Abel muestra un atisbo de integridad en sus convicciones políticas, pero esa integridad se deshace en su vida.  Mientras Judith está a su lado, no escucha el ruido, pretende únicamente vivir su amor sin mirar lo que sucede a su alrededor. Pero poco a poco el castillo de naipes parece desmoronarse, los sucesos se precipitan y le conducen al exilio. Muñoz Molina traza esa diáspora con verdadero acierto, sabe cómo pincelar a los personajes, cómo describir los coletazos de una sociedad que se convulsiona desde su entrañas, cómo describirnos el desencanto de los artistas o la hipocresía. En modo alguno esta novela pasará desapercibida y pese a su amplitud o algunas descripciones que pueden parecer tediosas, el acierto de  la historia nos conmueve.

            Una novela que aunque bebe de las fuentes del realismo, juega al azar con el tiempo y lo mueve según las directrices de los personajes con acierto. Muñoz Molina destapa nuevamente la caja de Pandora y nos obliga a mirarnos al ombligo, así parece preguntarnos, cómo nos moveríamos cualquiera de nosotros, si de pronto la vida que hemos construido se desmoronase y se derrumbasen los pilares que hemos construido con tanto esfuerzo.

             Aghata

 

Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos

(…) Arqueología del pasajero de un tren que ha salido de la estación de Pennsylvania a las cuatro de la tarde de un día preciso de octubre de 1936; no lo que hay en su maleta digna de viajero internacional venido a menos sino el contenido de sus bolsillos: el billete de tren; una cartilla con las instrucciones de emergencia en caso de peligro de naufragio suministrada al embarcar a cada pasajero del S. S. Manhattan; una postal franqueada que se ha prometido echar en cuanto llegue a su estación de destino, culpable por el tiempo que hace que no escribe a sus hijos, aunque no sabe si les habrá llegado alguna de las postales que ha estado enviando desde la mañana siguiente a su salida de Madrid, en Valencia, en una plaza recién regada con palmeras, perras gordas españolas, céntimos franceses, algún centavo diminuto de cobre escondido en el último intersticio de un bolsillo, donde se alojan las migas de más duras, en una profundad a la que no llegan las uñas; algún sello de correos; una pluma estilográfica, regalo de Adela por su último cumpleaños, sugerida – y vendida con una pequeña comisión –por el profesor Karl Ludwig Rossman, aprovechando una de las ocasiones en las que iba a casa de Ignacio Abel a recoger a su hija al final de la clase de alemán que le daba a los niños; una ficha del tren elevado; dos cartas de dos mujeres, tan diversas entre sí como la caligrafía de cada una de ellas ( las dos anuncian el final de algo en cada uno de los dos lados de su vida, los que él pensó durante un tiempo que no chocarían ni se mezclarían nunca, habitaciones contiguas  de un mismo hotel con tabique insonorizado, mundos paralelos). Fotos en la cartera, muy gastada por el uso, abultada de documentos y credenciales inútiles: la cédula personal, el carnet de la UGT y el Partido Socialista, el del Colegio de Arquitectos, el salvoconducto fechado el 4 de septiembre de 1936 para viajar a Illescas, provincia de Toledo, con el objeto de salvar obras valiosas de arte pertenecientes al patrimonio nacional y amenazadas por la brutal agresión facciosa.  El salvoconducto habla de agresión, no de avance. Se modifican las palabras con la esperanza de que dejaran de existir los hechos que las palabras ya no contaban. Que el enemigo venía sin que ninguna fuerza efectiva lo detuviera o al menos entorpeciera su avance, sólo bandadas sin orden de milicianos que pasaban de la jactancia al pánico y a la desbandada después de los primeros disparos; que morían con un heroísmo generoso e inútil sin saber dónde estaba el enemigo y ni siquiera que la confusión en la que de pronto se habían visto envueltos era una batalla, que se caían de espaldas al recibir en el hombro el retroceso de los fusiles o tenían fusiles sin balas o sólo fusiles de madera o pistolas enormes robadas en el saqueo del Cuartel de la Montaña, apuntadas insensatamente contra un avión que volaba bajo la carretera recta disparando metralla o contra unos chopos que al ser agitados por el viento habían parecido hirviendo de enemigos. Las plazas que los rebeldes consideran baluartes decisivos de su posición están cada día en una situación más desesperada y si todavía no se ha producido su rendición es sencillamente porque nuestras fuerzas victoriosas no quieren arrastrar esas ciudades sino conquistarlas para la Civilización y la República. Quizás ya han llegado a Madrid y ésta es la primera noche de la ocupación, la noche de seis horas más tarde que ya tiene sobre las calles silenciadas una oscuridad de tintero o de pozo. Quizás cuando el tren llegue a la estación de Burton College habrá en el kiosco titulares con tinta todavía fresca que anuncien la caída de Madrid (…)

 

(…) Dime cómo se llama lo que me estás haciendo. Se enseñaban mutuamente los nombres de las cosas, las palabras comunes que designaban las prendas y las más íntimas de los actos y las sensaciones del amor y de las partes más deseadas del cuerpo.  Señalaban para saber como si tuvieran que nombrarlo todo en el mundo nuevo en el que se habían escondido y la indagación del dedo índice se convertía en una caricia.  Presionaban los labios, los dientes con mordían con suavidad y la lengua exploraba el lugar cuyo nombre había solicitado. Palabras nuevas, nunca aplicadas antes a un cuerpo nacido y crecido, en otro idioma: términos infantiles, vulgares, desvergonzados, dulcemente groseros, con una sutileza de matices que adquiría la dimensión carnal de lo que estaba nombrándose. Intercambiaban palabras como fluidos y caricias, aprendían al mismo tiempo palabras nuevas en el idioma del otro y sensaciones que no sabían que existieran. El cuerpo era un mapa poblado de nombres que era preciso ir descubriendo y que después invocaban de memoria en voz baja, cuando cada uno estaba solo y se excitaba recordando. Al decir la palabra recibían la caricia del lugar nombrado.  Y estaba bien que las cosas recibieran nombres que no habían tenido hasta entonces, porque así la novedad del idioma recién aprendido se correspondía con la vida inédita que no habrían conocido si no se hubieran encontrado, y cada palabra aludía a una parte del cuerpo amado y no a ningún otro. Ignacio Abel hubiera deseado que cada caricia específica, cada atrevimiento del amor, se quedaran impresos en su conciencia igual que las palabras que ya no iban a olvidársele, que aprendía meticulosamente haciendo que ella se las repitiera despacio y se las deletreara: palabras españolas que él nunca había imaginado que pudiera decir alguna vez en voz alta se convertían en contraseñas impúdicas que bastaba pronunciar de nuevo para solicitar lo que habría tenido otro nombre menos preciso y también menos descaradamente sexual, lo que quizás ninguno de los dos se habría atrevido a decir a una persona criada en su propio idioma (…)

Algunos poemas de Pedro Salinas

 

¡Cuánto rato te he mirado

sin mirarte a ti, en la imagen

exacta e inaccesible

que te traiciona el espejo!

<<Bésame>>, dices. Te beso,

y mientras te beso pienso

en lo fríos que serán

tus labios en el espejo.

<<Toda el alma para ti>>,

murmuras, pero en el pecho

siento un vacío que sólo

me lo llenará ese alma

que no me das.

El alma que se recata

con disfraz de claridades

en tu forma del espejo.

 

 

Tú vives siempre en tus actos.

Con la punta de tus dedos

pulsas el mundo, le arrancas

auroras, triunfos, colores,

alegrías: es tu música.

La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,

sale la luz que te guía

los pasos. Andas

por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace

señas a diez mil kilómetros,

lo dejas todo, te arrojas

sobre proas, sobre alas,

estás ya allí, con los besos,

con los dientes la desgarras:

ya no hay duda.

Tú nunca puedes dudar.

Porque has vueltos los misterios

del revés. Y tus enigmas,

lo que nunca entenderás,

son esas cosas tan claras:

la arena donde te tiendes,

la marcha de tu reló

y el tierno cuerpo rosado

que te encuentras en tu espejo

cada día al despertar,

y es tuyo. Los prodigios

que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,

más que una vez, una noche

que te encaprichó una sombra

-la única que te ha gustado-.

Una sombra parecía.

Y la quisiste abrazar.

Y era yo

 

Para vivir no quiero

islas, palacios, torres.

¡Qué alegría más alta:

vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,

las señas, los retratos;

yo no te quiero así,

disfrazada de otra,

hija siempre de algo.

Te quiero pura, libre,

irreductible: tú.

Sé que cuanto te llame

entre todas las gentes

del mundo,

sólo tú serás tú.

Y cuando me preguntes

quién es el que te llama,

el que te quiere suya,

enterraré los nombres,

los rótulos, la historia.

Iré rompiendo todo

lo que encima me echaron

desde antes de nacer.

Y vuelto ya al anónimo

eterno del desnudo,

de la piedra, del mundo,

te diré:

<<Yo  te quiero, soy yo. >>

 

Qué alegría, vivir

sintiéndose vivido.

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,

me está viviendo.

Que cuando los espejos, los espías,

azogues, almas cortas, aseguran

que estoy aquí, inmóvil,

con los ojos cerrados y los labios,

negándome al amor

de la luz, de la flor y de los nombres ,

la verdad trasmisible es que camino

sin mis pasos, con otros,

allá lejos , y allí

estoy besando flores, luces, hablo.

Que hay otro ser por el que miro el mundo

porque me está queriendo con sus ojos.

Que hay otra voz con la que digo cosas

no sospechadas por mi gran silencio;

y es que también me quiere con su voz.

La vida -¡ qué transporte ya-¡, ignorancia

de lo que son mis altos, que ella hace,

en que ella vive, doble, suya y mía.

Y cuando ella me hable

de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,

recordaré

estrellas que no vi, que ella miraba,

y nieve que nevaba allá en su cielo.

Con la extraña delicia de acordarse

de haber tocado lo que no toqué

sino con esas manos que no alcanzo

a coger con las mías, tan distantes.

Y todo enajenado podré el cuerpo

descansar, quieto, muerto ya. Morirse

en la alta confianza

de que este vivir mío no era sólo

mi vivir: era el nuestro. Y que me vive

otro ser por detrás de la no muerte.

 

 

¿ Las oyes cómo piden realidades,

ellas, desmelenadas, fieras,

ellas, las sombras que los dos forjamos

en este inmenso lecho de distancias?

Cansadas ya de infinitud, de tiempo

sin medida, de anónimo, heridas

por una gran nostalgia de materia,

piden límites, días, nombres.

No pueden

vivir así ya más : están al borde

del morir de las sombras, que es la nada.

Acude, ven conmigo.

tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo.

Los dos les buscaremos

un color, una fecha, un pecho, un sol.

Qué descansen en ti, se tú sus carne.

Se calmará su enorme ansia errante,

mientras las estrechamos

ávidamente entre los cuerpos nuestros

donde encuentren su pasto y su reposo.

Se dormirán al fin en nuestro sueño

abrazado, abrazadas. Y así luego,

al separarnos, al nutrirnos sólo

de sombras, entre lejos,

ellas

tendrán recuerdos ya, tendrán pasado

de carne y hueso,

el tiempo que vivieron en nosotros.

Y su afanoso sueño

de sombras, otra vez, será el retorno

a esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito.

 

 

Serás amor,

un largo adiós que no se acaba?

Vivir, desde el principio, es separarse.

En el primer encuentro

con la luz, con los labios,

el corazón percibe la congoja

de tener que estar ciego y sólo un día .

Amor es el retraso milagroso

de su término mismo:

es prolongar el hecho mágico

de que uno y uno sean dos, en contra

de la primer condena de la vida.

Con los besos,

con la pena y el pecho se conquistan,

en afanosas lides, entre gozos

parecidos a juegos,

días, tierras, espacios fabulosos,

a la gran disyunción que está esperando,

hermana de la muerte o muerte misma.

Cada beso perfecto aparta el tiempo,

le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve

donde puede besarse todavía.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

tiene el amor su cima:

es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

Y la separación no es el momento

cuando brazos o voces,

se despiden con señas materiales.

Es de antes, de después.

Si se estrechan las manos, si se abraza,

nunca es para apartarse,

es porque el alma ciegamente siente

que la forma posible de estar juntos

es una despedida, larga, clara.

Y que lo más seguro es el adiós.

 

 

 

 

Perdóname por ir así buscándote

tan torpemente, dentro

de ti.

Perdóname el dolor, alguna vez.

Es que quiero sacar

de ti tu mejor tú.

Ese que no te viste y que yo veo,

nadador preciosísimo.

Y cogerlo

y tenerlo yo en alto como tiene

el árbol la luz última

que le ha encontrado el sol.

Y entonces tú

en su busca vendrías, a lo alto.

Para llegar a él,

subida sobre ti, como te quiero,

tocando ya tan sólo a tu pasado

con las puntas rosadas de tus pies,

en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo

de ti a ti misma.

Y que a mi amor entonces, le conteste

la nueva criatura que tú eras.

 

 

A veces un no niega

más de lo que quería, se hace múltiple.

Se dice <<no, no iré>>

y se destejen infinitas tramas

tejidas por los síes lentamente,

se niegan las promesas que no nos hizo nadie

sino nosotros mismos, al oído.

Cada minuto breve rehusado

-¿eran quince, eran treinta?-

se dilata en sinfines, se hace siglos,

y un <<no, esta noche no>>

puede negar la eternidad de noches,

la pura eternidad.

¡Qué difícil saber adónde hiere

un no! Inocentemente

sale de labios puros, un no puro;

sin mancha ni querencia

de herir, va por el aire.

Pero el aire está lleno

de esperanzas en vuelo, las encuentra

y las traspasa por las alas tiernas

su inmensa fuerza ciega, sin querer,

y las deja sin vida y va a clavarse

en ese techo azul que nos pintamos

y abre una grieta allí.

Y allí rebota

y su herir acerado

vuelve camino atrás y le desgarra

el pecho al mismo pecho que lo dijo.

Un no da miedo. Hay que dejarlo siempre

al borde de los labios y dudarlo.

O decirlo tan suavemente

que le llegue

al que no lo esperaba

con un sonar de <<sí>>,

aunque no dijo sí quien lo decía.

 

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Comentarios La noche de los tiempos. Antonio Muñoz Molina

:-) Gracias!
Me han gustado mucho.
Siempre aprendo aquí ;-)
Lerna Lerna 13/01/2010 a las 08:56
:-) Gracias!
Me han gustado mucho.
Siempre aprendo aquí ;-)
Lerna Lerna 13/01/2010 a las 08:56
el busca la realidad de las cosas quiza por que asi desperto a ellas  y la realidad es cruda es un hombre culto y que si escribe da en si en una busqueda de datos aun el de inventarse nombres seres mas el entorno elija ira perfilado tengo alguno de el gusta  1 por su realidad segunda por que asi y todo el no da rencores solamente es contador      y muy bonitas las poesias preciosas diria diferentes
Muchas gracias Lerna, ay... estoy que trino. Me tienen que volver a operar de la rodilla. Un beso gigante. ¡¡¡¡Qué nervios!!!
Muchas gracias Lerna, ay... estoy que trino. Me tienen que volver a operar de la rodilla. Un beso gigante. ¡¡¡¡Qué nervios!!!
Me  queda poco para terminar esta maravillosa novela y ya me está dando pena que se termine. Solo le pongo un "pero" y es que hay algunas descripciones que se repiten y s se hace un poco larga. Pero no importa, siempre es un placer volver a leer frases tan bien escritas Gracias Sr. Molina por todos sus libros que me han hecho pasar horas  tan emocionantes.
Tmbien soy admiradora de su esposa, Elvira Lindo. Es divertida, amena, cercana....
Un beso.
maite gago castilla maite gago castilla 22/05/2010 a las 17:55

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