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 No hables demasiado mal de ti mismo: podrían creerte.

<<No hables demasiado mal de ti mismo: podrían creerte>>

André Maurois

No es bueno que las personas vayamos por la vida expulsando sapos y culebras, desenvainando continuamente las espadas y atacando a nuestro contertulio, al vecino de casa o al desconocido. Cada uno tiene sus fallos, sus rarezas, obsesiones o debilidades y nos quejamos de las del prójimo, pero nos sulfuramos cuando alguien nos sirve en bandeja nuestras propias miserias y nos desnuda, con el fin de que nos avergoncemos.  Es inmaduro, descortés y desde luego indigno que seamos tan desconsiderados, que nos embocemos en nuestro propio mundo y nos neguemos a asistir al prójimo sin perforarlo u avasallarlo.

¿Por qué actuamos así? Probablemente porque nos sentimos débiles y carecemos de autoestima y, al no tenerla nosotros, se la negamos al prójimo, como si éste fuese nuestra alma gemela; nosotros llevamos colgada en la espalda una gran joroba que oculta nuestras taras, debilidades u miserias, pues el otro, otro tanto. Nuestro hermano es  una gota tan imperfecta como yo,  si yo carezco de pureza, tú, no eres más que yo, por lo tanto tú tampoco puedes alardear de virtuoso, porque no lo eres. Por supuesto que esta actitud nos hace infelices, pues nos pasamos el tiempo, avasallando al prójimo,  impidiéndole el salto, ocultando el puente a sus ojos. Lo raro es que no nos demos cuenta de hasta qué punto esa actitud nos conduce a un callejón sin salida, nos vuelve infelices y encima esa “forma alegre de ir por la vida, pisando al contrario” se  volverá en nuestra contra en cuanto nos demos la espalda.

Pero tampoco deberíamos enarbolar nuestras miserias ni lanzad sapos o culebras sobre nosotros mismos, porque al actuar así estamos invitando al otro a que desestime nuestras posibilidades, embozando  nuestro propio  avance, retardando el movimiento de las fichas del ajedrez en el tablero de nuestra vida. Cuando hablamos mal de nosotros, nos estamos tirando piedras a nuestro propio tejado, pues nuestro contertulio seguramente nos creerá y las expectativas  con las que habíamos soñado, se esfumarán de golpe.

Por tanto, ni la una ni la otra son actitudes dignas o maduras; ambas nos ahogan en el pozo, ambas nos hacen infelices. Las dos camuflan nuestro miedo. Seríamos mucho más felices si irradiásemos energía positiva, si nos mostrásemos amables con el prójimo, si abriésemos las barreras y le tendiésemos la mano. Seríamos mucho más felices  y nos iría mucho mejor en los negocios cotidianos si apreciásemos los logros del vecino, en lugar de sentir envidia insana, si le felicitásemos con una amplia sonrisa por su ascenso en el trabajo, en vez de buscarle las cosquillas. Seríamos más felices si  no nos avergonzásemos de nosotros mismos, si intentásemos subsanar nuestros defectos en vez de camuflarlos o aceptarlos como parte consanguínea de nuestra personalidad. La vida es demasiado hermosa, para desperdiciarla así.  Actuemos sin espejismos, no perdamos la fe en el ser humano.

Aghata

 

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