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Si no estudias te lo pierdes: La revolución industrial

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La revolución industrial.

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Hasta finales del siglo XVIII, la economía se basaba en la agricultura y el comercio. Lo que podríamos llamar productos industriales no eran sino una elaboración artesanal. Así, por ejemplo, los tejidos se fabricaban en casas particulares: el comerciante entregaba la lana a una familia y ésta, en su propi hogar, la hilaba y tejía.


Esta forma de producción iba a modificarse entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. El cambio se inició en Inglaterra por dos razones. En primer lugar, porque allí, gracias al comercio colonial en Asia, América y África se produjo una acumulación de capital, una reserva de dinero que podía aplicarse a nuevas inversiones. En segundo lugar, porque en Inglaterra se desarrollo la minería del hierro y del carbón, y se inventaron máquinas capaces de producir más rápidamente que los artesanos y con menos costes.


En 1733, el relojero John Kay fabricó un telar que reducía a la mitad el tiempo de elaborar una pieza de tela. En 1769, James Watt (1736-1819) patentó una máquina de vapor que iba a acoplarse enseguida a los telares y que, aplicada, al transporte, dio origen al ferrocarril (1825). Desde entonces ya no se trabajaba en los hogares, sino en el local donde la máquina estaba. De esta forma apareció la fábrica.


Se contó, además con una mano de obra abundante y barata, ya que desde comienzos del siglo XIX, las tierras comunales de los pueblos, de las que vivían muchos campesinos pobres, estaban pasando a manos privadas; a consecuencia de ello, multitud de aldeanos tuvieron que trasladarse a la ciudad con la esperanza de ser contratados en las nuevas factorías.


La industrialización supuso el nacimiento de una nueva clase social: el proletariado, formada por obreros industriales que vivían de un salario. La nueva clase obrera creció en una situación de miseria y explotación: los salarios eran bajísimos, el trabajador debía permanecer en la mina o en la fábrica de sol a sol; sus mujeres e hijos se veían obligados, con frecuencia, a la mendicidad. En muchas ocasiones, las familias obreras no tenían otro remedio que entregar sus hijos a hospicios y orfanatos. Con frecuencia, esas instituciones enviaban a los niños a las fábricas, en las que trabajaban en condiciones casi de esclavitud. Las ciudades de Europa crecieron, pero alrededor de ellas, se extendían suburbios de chabolas y pobreza.


Alfonso Lazo: Revoluciones en el mundo moderno; Salvat.

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