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Si no estudias, te lo pierdes: El milenario Egipto

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Egipto


Los primeros habitantes del valle del Bajo Nilo eran grupos seminómadas de cazadores-recolectores que aprovechaban la rica vegetación natural de la llanura del torrente del Nilo y la caza salvaje de la región circundante, que era entonces más abundante que en la actualidad ya que la zona septentrional de África era menos árida y los lindes desérticos de Egipto alternaban con praderas. La población fue en aumento tras el fin de las glaciaciones (un período de sequía en muchas latitudes tropicales), alrededor de 6000 a. C., los primeros cazadores y recolectores empezaron a cultivar trigo y cebada y a guardar ganado. La agricultura, ayudada por la crecida anual del Nilo, que no solo traía agua sino también un rico depósito de cieno fértil, floreció en el valle del Nilo, y las comunidades locales empezaron a crecer y a prosperar.
Al principio, las comunidades campesinas básicamente permanecieron independientes y autónomas, uniéndose sólo vagamente en alianzas más grandes. Esta situación se refleja en la multiplicidad de deidades y cultos de épocas históricas, muchos de los cuales descienden de la deidad local de una comunidad. Cuando las comunidades se agruparon en unidades más grandes (más tarde llamadas nomes por los griegos), mantuvieron en buena medida su independencia religiosa, y los cultos locales y regionales conservaron su importancia cuando, hacia el final del período predinástico, los nomes se convirtieron en dos reinos con sus respectivas capitales en Hieraconpolis, en el Alto Egipto, y Buto, en el delta. Alrededor del 3100 a. C., Menes, el rey del Alto Egipto, sometió al Bajo Egipto, unió las “Dos Tierras” bajo una sola corona y construyó una nueva capital (llamada posteriormente Menfis) cerca de la confluencia de los dos anteriores reinos. Fue aproximadamente en este época cuando se inventó la escritura jeroglífica y cuando se adoptaron muchas de las convenciones empleadas en el arte egipcio durante los tres milenios siguientes. Las primeras dinastías (c. 3100-2685 a. C.) constituyeron la época de formación crucial del antiguo Egipto; se progresó rápidamente en el trabajo de la piedra, la metalurgia del cobre y en muchas otras habilidades técnicas. Las condiciones de vida mejoraron y se produjo un aumento considerable de la población.


A principios del Imperio Antiguo (III y IV dinastías, c. 2685-2180 a. C., ) el inmenso poder y prestigio de la monarquía egipcia quedaron reflejados en la construcción de la primera gran pirámide. La pirámide escalonada del rey Zoser, en Saqqara, fue el primer monumento egipcio construido completamente en piedra tallada. Fue de tal magnitud el logro de reunir la técnica y la mano de obra necesarias, que Imhotep, el arquitecto y funcionario jefe del rey Zoser, en épocas posteriores sería venerado como un dios.
Las pirámides de diseño escalonadas fueron sustituidas a principios de la IV dinastía (c. 2613- 2494 a. C.) por verdaderas pirámides lisas, cuyos ejemplos más destacados son la gran pirámide de Keops y la de su hijo, Kefrén, en Gizeh (Giza). Durante la parte final del Imperio Antiguo, los reyes y altos oficiales adornaban sus templos y tumbas con esculturas y relieves que nunca fueron superados en solidez y calidad.
Para el 2400 a. C., el poder real estaba ya en decadencia y la magnitud de las pirámides descendió. Antes de esta fecha, los gobernadores provinciales eran enterrados en cementerios junto a las pirámides de sus señores reales. A medida que menguaba el poder real, estos gobernadores empezaron a tratar sus provincias como pequeños reinos, y eran enterrados en impresionantes sepulcros, tallados en roca, en centros provinciales a lo largo del valle del Nilo. Este cambio constituía un claro exponente de su creciente poder. Pero el golpe definitivo a la debilitada monarquía lo propinó el mismo Nilo: las crecidas anuales eran siempre irregulares, y por ello variaban los campos que bordeaban el río, campos que eran regados y fertilizados por las inundaciones del Nilo. Aproximadamente en 2150 a. C., un período de bajas crecidas trajo medio siglo de desastrosa escasez (Primer Período intermedio) que acabó destrozando el antiguo orden. Sin embargo, las normas y valores de la civilización egipcia estaban muy arraigados y eran perdurables: en un siglo se repuso el poder real centralizado, y se inició una nueva era de estabilidad y prosperidad.
La nueva era de unidad nacional fue obra de los gobernadores de Tebas, que primero consiguieron el control de las provincias del sur y luego avanzaron hacia el norte. Finalmente, Mentuhotep II se alzó victorioso, expulsó a los colonizadores asiáticos y libios del este y el oeste del delta, restauró un gobierno central eficaz y sentó las bases de una nueva era de progreso económico y cultural: el Imperio Medio (XI y XII dinastías, c. 2060-1785 a. C.).


Bajo el mandato del primer rey de la XII dinastía, Amenemes I, la capital se trasladó a It- tauy (el-Lisht), al sur de Menfis, cerca de la entrada El Fayum (Faiyum). Él y sus seis sucesores, tres con su mismo nombre y los otros tres llamados Sesostris, llevaron a cabo importantes proyectos de recuperación de tierras e irrigación, de forma especial en El Fayum. También lucharon enérgicamente en las tierras del sur de Egipto, sometiendo bajo su control gran parte de la antigua Nubia. Las artes florecieron, sobre todo la escultura, la joyería y la literatura; un buen exponente lo constituyen los pendientes y collares hallados en las tumbas de las princesas reales, junto a las pirámides de Amenemes II, en Dahshur, y de Sesostris II, en Illahun.
Durante el inestable período que siguió a la XII dinastía (el Segundo Período Intermedio, c. 1785-1570 a. C. ), una sucesión de efímeros reyes no consiguieron evitar que se repitiesen las infiltraciones de inmigrantes asiáticos en el noroeste del delta. En esta ocasión, además, los invasores llegaron en grandes cantidades. Conocidos como los hicsos acabaron sometiendo por más de un siglo a los habitantes egipcios del delta y del valle del Nilo hasta Cusae. Más hacia el sur, los príncipes de Tebas gobernaban como vasallos de los reyes hicsos, hasta que Kamosis, aproximadamente en 1567 a. C., consiguió recuperar casi todo el territorio ocupado. Amosis I, su hermano, completó la conquista tres años más tarde con la toma de Tanis, la capital de los hicsos, un acontecimiento que marca el inicio del Imperio Nuevo (c. 1570-1085 a. C).


La representación tradicional del dominio hicso como duro y tiránico no cuenta en la actualidad con mucho apoyo. Sin embargo, la denominación de los hicsos salvaguardó el territorio contra posibles dominaciones extranjeras, y permitió la conquista de las tierras vecinas del oeste asiático. Este logro se debió en gran parte al carro tirado por caballos y el arco compuesto; ambas aportaciones llegaron a Egipto a través de los hicsos.


Los seis reyes guerreros de la XVIII dinastía (c. 1570- 1320 a. C.) que siguieron a Amosis (cada uno llamado Amenofis o Tutmosis) hicieron campaña en el Levante y en Nubia, controlando finalmente un imperio que se extendía por el norte hasta el Éufrates y por el sur llegaba hasta cerca de la cuarta catarata. El control egipcio sobre Siria y Palestina, que pudo haber sido en parte un intento por proteger el valle del Nilo de futuras invasiones, lo llevó a un conflicto directo con los hititas de Asia Menor y los mitannianos del centro y norte de Siria. En el siglo XIV a. C., los hititas derrotaron a los mitannianos, que perdieron sus opciones en la lucha por el Levante. Esto dejó a los hititas y los egipcios en confrontación directa, pero tras la igualada batalla de kadesh (Qadesh), en 1279 a. C., los hititas y egipcios decidieron respetar sus mutuas esferas de influencias.


Para Egipto, la atracción de un imperio levantino se veía compensada por un interés en los yacimientos de oro de Nubia, y durante el siglo XV a. C., los egipcios extendieron su control hacia el sur y construyeron una serie de fortalezas a lo largo del Nilo. Pero ni siquiera el oro fue capaz de garantizar la total lealtad de los príncipes levantinos, tal como ilustra algunas tablillas de arcilla halladas en la capital egipcia de El Amarna. Este grupo de documentos de los archivos estatales está formado principalmente por cartas de los príncipes palestinos al faraón, en protesta por su falta de lealtad, acusando a sus vecinos y suplicando ayuda.


Los faraones egipcios canalizaron los beneficios del imperio en grandes programas de construcción como los llamados “Colosos de Memnón” (figuras de piedra sentadas), construidas por Amenofis III en Tebas (1391-1353 a. C.). Menfis siguió siendo la capital administrativa, pero el poder de Tebas, como centro religioso de Egipto creció de forma imparable.


Surgieron otros dos reyes-guerreros. Menefta (c. 1236-1223 a. C.) y Rámses III (c. 1198-1166 a. C.). Su papel, sin embargo, no fue el de expandir el imperio, sino el de defender a Egipto de una serie de ataques, a veces concertados, por parte de los libios y un ejército mixto de invasores procedentes de Asia Menor y del Egipto, llamados colectivamente los pueblos del mar. Al no lograr su objetivo por medios militares, los libios recurrieron a la penetración pacífica, y unos dos siglos después de la muerte de Ramsés III, el líder de los grupos de pobladores libios del valle del Nilo fue capaz de ascender al trono como el fundador de una dinastía de nueve reyes libios (la XXII dinastía, c. 935-730 a. C.).


Durante los siguientes setecientos años, hasta que se convirtió en una provincia del imperio romano en el año 30 a. C., Egipto estuvo regido por una serie de dinastías extranjeras: etíopes de su anterior provincia de Nubia (la XXV dinastía, 751-656 a. C.), persas (525-404 a. C. y 341- 333 a. C.) y tras la anexión por parte de Alejandro Magno en 333 a. C., por macedonios estuvo gobernado por reyes nativos (la XXVI dinastía, c. 664- 525 a. C y las XXVIII –XXX dinastías, c. 404-341 a. C.) fueron períodos en los que se prestó gran atención a las artes, pero, incluso bajo el dominio extranjero, la construcción de monumentos y otras actividades creativas continuó sin ninguna interrupción seria ni cambios fundamentales. La misma continuidad se puede observar en la religión, el gobierno y la sociedad, lo que representa un tributo al mérito esencial de la civilización egipcia.

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