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La niña de la capa negra: Estimula tu creatividad en Halloween.

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Cuenta una leyenda que hace muchos años, a las afueras de Gandía, una chica un poco extraña. Era muy blanca de piel y tenía los ojos claros, tan claros como el agua. Siempre vestía túnicas de colores oscuros, lo que hacía que resaltase todavía la palidez de su piel. A veces la veían en un rincón de su casa con una bola de cristal entre las manos y todos creían que estaba un poco loco.


La casa donde vivía era un edificio altísimo que habían demolido tiempo atrás y donde se decía había ocurrido un terrible asesinato. La gente del pueblo contaba que en garaje había una moto negra, que había pertenecido a su anterior dueño, y que, todavía se escuchaba por la noche el ruido del motor. Era todo muy extraño e inquietante y las viejas del pueblo siempre estaban inventándose historias terroríficas y en medio de esas historias siempre situaban a la niña.
Sin embargo, cuando llegó al instituto, se hizo amigos muy pronto y, durante las horas del día, siempre estaba rodeada de amigas que la consideraban una más%u2026 Todas, desde luego, menos Esther.


Esther la miraba con mala cara y escrudiñaba todas y cada de sus acciones, en un intento de desprestigiarla, quería que le echasen a ella siempre la culpa. Esa tarde, al llegar a casa, la niña, de la que nadie recuerda el nombre, se encontró la moto aparcada en la puerta y decidió entrarla en el garaje. Al día siguiente, por la mañana, la cogió para ir al instituto. Poco o nada le importaba a ella de dónde procedía la moto, lo que sí le importaba era que ahora era suya. En cuanto la vio Esther se le mudó el rostro y se puso roja de ira. Se moría de vergüenza porque ella jamás podría tener una moto como esa. Además, al verla con la moto, todos los chicos la rodearon, convirtiéndola una vez más en el centro de atención. Todos querían saber de dónde había salido la moto y, aunque ella no lo sabía, se inventaba las mil y una historias para captar la atención de los populares y sentirse reconocida y protegida.


Tocó el timbre y eso significaba que las clases se daban por concluidas. Entonces, Esther sintió miedo, un miedo irracional, porque la chica la seguía con la moto. Todos sus miedos se arremolinaban a su alrededor. Estaba casi paralizada. Lo curioso fue lo que sucedió a continuación. En cuanto llegó a su altura, la chica se adelantó y con determinación le tendió las llaves de la moto. Esther iba a hablar pero, cuando levantó la cara, arrepentida por su comportamiento, allí no había nadie.


Nunca se supo nada de la niña y, aunque su capucha apareció colgada en el vestíbulo del gran edificio, nadie osó tocarla. Y, aunque no lo creáis allí sigue colgada; una capa de seda negra, llena de polvo, sin lustre ya, pero que conserva aún el calor de la vida.

 

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