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Modalización textual: Bachillerato

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La modalización


Se ha definido la modalización como una marca que el emisor imprime en su enunciado para expresar certeza, necesidad, obligación o valoración positiva o negativa. El sujeto siempre toma posición respecto a lo que está expresando.
En los textos orales encontramos determinados recursos propios de este canal que mantienen cierta relación con el registro coloquial: suspensiones, repeticiones, interjecciones, expresiones coloquiales que, no obstante, pueden manifestarse también en el canal escrito.
En general los textos que aparecen en la PAU se hallan muy modalizados aunque, en algunos casos, como las editoriales, pueden presentar un lenguaje más distanciado, más formal, que usa la generalización, el distanciamiento, o incluso, la ocultación del emisor.
El primer elemento modalizador es la modalidad oracional. Las oraciones enunciativas (o aseverativas o declarativas) señalan, en indicativo, la verdad o falsedad (con la negación) de lo indicado con que no indican, en general, modalización. Por el contrario, las exhortativas indican orden, mandato, prohibición, normalmente en subjuntivo o imperativo o con perífrasis de obligación, interrogaciones, ironías. En las oraciones interrogativas, se cuestiona la veracidad de alguna cuestión usando interrogativos, signos de puntuación…
Las exclamativas manifiestan emoción, sorpresa o, en general, un estado anímico mediante los signos de admiración, interrogaciones, vocativos… Las oraciones dubitativas, por su parte, indican duda, posibilidad o probabilidad mediante el uso de adverbios de duda, el uso del futuro o el condicional o de algunas perífrasis; y las desiderativas expresan el anhelo de que se realice algo y, por ese motivo, normalmente aparecen en subjuntivo.
La presencia constante de modalidades diferentes de las enunciativas, puede marcar el tono que el autor quiere dar al texto. La aparición de interrogativas puede responder al deseo de apelar al receptor y la profusión de desiderativas la necesidad de cambiar algo, por ejemplo.
También marca fuertemente la posición del autor la presencia de léxico valorativo, como adjetivos (sincero, estupendo…), sustantivos (fortuna, pena, fascinación…), adverbios (ciertamente, innegablemente…), sintagmas (sin duda, por desgracia, tal vez…), interjecciones o invocaciones (¡vaya! ¡ay!, ¡Jesús!, ¡maldita sea! ¡cuidado!, incluso insultos (hay que ser imbécil para…).
Los verbos modales intelectivos, especialmente en primera persona (creo, pienso, supongo), de sentimiento o performativos (alegrar, lamentar, felicitar…), volitivos (especialmente en primera persona (quiero, necesito…); las perífrasis modales de obligación o necesidad (tengo que decir,, he de considerar, debo iniciar) o de probabilidad (debe de ser, puede que tenga…) y las derivaciones con sufijos valorativos diminutivos (hombrecillo, pelotita…), aumentativos (mujerona, vozarrón…), peyorativos (gentuza, desgana) o superlativos (extraordinario, dificilísimo…).
También muestra la actitud del emisor determinados signos de puntuación como el uso de paréntesis o guiones que indican incisos, las comillas para introducir citas de otras personas o indicar un uso especial o destacado de alguna expresión, la cursiva con los mismos usos o introducir expresiones de otras lengua, los puntos suspensivos para señalar un pensamiento suspendido o una enumeración a completar o la negrita para poner énfasis o ironizar.
Es frecuente el cambio de registro, dialecto o lengua, para destacar el sentido de alguna expresión (y le dijo: good, muy good). Uso que conecta con la ironía, la figura retórica más modalizadora, que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere expresar (eres muy listo… para indicar que estaba equivocado).
En general suele aparece lenguaje metafórico o figurado que expresa una actitud del emisor con figuras retóricas como la metáfora (menuda perla…), la hipérbole (el mejor de los ministros), la comparación ( se comportó como cualquier mortal…) o las interrogaciones retóricas o epistémicas (como se debe entender, quién diría…).
Además, es frecuente la intertextualidad, es decir, la referencia directa o indirecta, a otros discursos en forma de citas, alusiones, ironías… Aparece así una polifonía de voces, ya que el texto tiene un locutor (o emisor) que es quien se expresa y un alocutorio (o receptor) que es a quien supuestamente va dirigido. Y permite la aparición de otros enunciadores que se citan directamente o indirectamente.


Ese Tenorio machista
XLSemanal - 25/11/2013
En blogs interneteros y sitios así, algunas militantes de la rama ultrarradical feminazi -no mezclar ni agitar con las feministas respetables, cultas, razonables, de infantería- echan espumarajos de indignación porque, en este noviembre que ya fenece, ha vuelto a representarse el tradicional Don Juan Tenorio en algunos teatros españoles. Argumentan las individuas que la famosa obra teatral de Zorrilla está protagonizada por un chulo machista y violento, un misógino desalmado que medra con la mentira, el engaño y la seducción de mujeres desvalidas; y cuya alma, para más Inri, acaba salvándose in artículo mortis gracias al amor puro y los buenos oficios de la dulce e inocente doña Inés. O sea, que ni siquiera el desenlace proporciona a la espectadora concienciada el consuelo final de ver al infante seductor ardiendo en los inifernos.

Recomiendan las antedichas radicalfeminatas, con esa deslumbrante facilidad para la simpleza sin complejos que a algunas de ellas adorna, que el Tenorio -«Pesadilla recurrente», lo llaman- no se vuelva a representar en jamás de los jamases. «El personaje es machista hasta el ridículo», afirma por escrito una de ellas, añadiendo -con cierta dislexia sintáctica, dicho sea de paso-: «Es el prototipo de aquello que buena parte de la ciudadanía queremos erradicar: la actitud chulesca, el desprecio a las mujeres, la exaltación de algo a lo que llaman amor hasta la muerte... Forma parte de una tradición que habría que desterrar de una vez por todas».


Uno, modestamente, conoce un poco el Tenorio. Desde niño. Entre otras cosas, porque mi abuela materna -a la que ninguna feminista de hoy podría dar clases de lucidez, cultura e independencia personal e intelectual- me lo recitaba a menudo, pues lo sabía de memoria, como casi toda la gente educada de su generación. Después, que yo recuerde, lo he visto innumerables veces, tanto en el añorado Estudio 1 de la tele como a lo vivo en teatros, representado por Armando Calvo, Fernando Guillén, Sancho Gracia, Juan Diego y otros -todos, en realidad- grandes actores de cada momento, con mujeres extraordinarias como Gemma Cuervo, Emma Cohen o Concha Velasco dándoles la replica en el papel de doña Inés. Quiero decir con esto que llevo cincuenta años de mi vida oyendo decir «Cuán gritan esos malditos», y algo me suena su materia: la ironía, la vanidad, la vileza, el orgullo, la culpa, el castigo, la redención, el honor ridículo y trasnochado. También, claro, los estereotipados personajes, la imperfección del verso, los ripios infames, lo antipático del protagonista y sus amigos. Esa clase de cosas. Y sobre todo, la certeza absoluta de que en esa obra teatral a menudo torpe, tópica de sí misma, late también algo genial que la hizo famosa y que todavía hoy le permite, ante cualquier clase de público, subyugar y divertir como pocas. La inmensa intuición dramática de Zorrilla, el instinto narrativo que circula bajo la piel de cada torpe y facilón verso del Tenorio, lo convirtieron en la obra de teatro más conocida y representada en la historia del teatro español. Un clásico indiscutible, incluso a pesar suyo. Historia inmortal de la escena dramática.


No hay nada más estúpido que mirar el pasado sólo con los exclusivos ojos del presente. Don Juan Tenorio, que recogió eficazmente una tradición literaria clásica, poniéndola al día con un deslumbrante barniz de romanticismo populista para el gran público del siglo XIX, debe ser vista como lo que es, o fue, y disfrutada en su contexto. Ya no existen donjuanes a lo Zorrilla, por fortuna hasta para ellos mismos, porque son, efectivamente, ridículos. Y eso es lo que hace aún más interesante comprobar, en el teatro o fuera de él, cómo esos personajes eran vistos en el pasado. Ésa es, creo, la única forma de encarar con criterio lúcido los cambios necesarios del presente: desde un punto de vista culto, conocedor del asunto, y no desde clichés fáciles y lugares comunes que apenas disimulan la ignorancia y la indigencia intelectual de quienes tras ellos se escudan. Pretender que se proscriba el Tenorio por machista es como pedir que, por el mismo motivo, se proscriban el tango, la copla, el corrido o el bolero. Por las mismas imbéciles razones habría que desterrar de la vida, la educación y la cultura, entre otras muchas cosas, gran parte del teatro y la poesía españoles del Siglo de Oro, los dramas románticos o el teatro y las novelas de Jardiel Poncela. Por ejemplo. Y tampoco el Quijote se libraría del expurgo. Ni, por supuesto, la poesía extraordinaria, crisol fascinante de la lengua española, de aquel despiadado y genial misógino que fue don Francisco de Quevedo.

El léxico valorativo se mueve en tres núcleos:
Lo que opinan las feministas sobre el Tenorio (que el autor dice con ironía): machista y violento, un misógino desalmado que medra con la mentira, el engaño y la seducción de mujeres desvalidas… ver al infame seductor ardiendo en los infiernos.
Lo que opina Pérez Reverte sobre el Tenorio y otros clásicos literarios o culturales: ridículo y trasnochado, estereotipados personajes, la imperfección del versos, los ripios infames, lo antipático del protagonista y sus amigos, obra teatral torpe, tópica genial famosa subyugar y divertir inmensa intuición dramática de Zorrilla, el instinto narrativo torpe y facilón, verso clásico indiscutible. Historia inmortal, romanticismo populista, ridículos, clichés fáciles y lugares comunes que apenas disimulan la ignorancia y la indigencia intelectual machista crisol fascinante de la lengua española de aquel despiadado y genial misógino.
Lo que opina Pérez Reverte sobre la opinión de las feministas (que es el tema del texto): simpleza, nada más estúpido, cliché fáciles y lugares comunes que apenas disimulan la ignorancia y la indigencia intelectual. Imbéciles razones (obsérvese que hay un ser de las feministas al que adjetiva positivamente: respetables, cultas, razonables, de infantería).
La presencia del emisor es constante en desinencias verbales, posesivos, pronombres personales… especialmente a partir del tercer párrafo: uno, me, he visto, recuerde… Recursos retóricos valorativos: Ironía, espectadora concienciada, para más Inri, adorna, deslumbrante barniz, por fortuna…
Metáfora: echan espumarajos de indignación, no mezclar ni agitar con las feministas respetables, late, pesadilla recurrente.
Marcas tipográficas: cursiva para el Tenorio, guiones para la aclaración de los tipos de feminismos, comillas para citar el calificativo que usan algunas feministas para referirse a la obra de Zorrilla. Palabras compuestas o derivadas con intención crítica: individuos, ultrarradical, feminazi, radicalfeminatas.

 

 

Modalización.
La modalización es un fenómeno lingüístico, expresado en diferentes marcas, que refleja la posición que el autor va revelando a través del texto y que dejan ver su opinión respecto al tema del que habla. En este caso, estamos ante un texto muy modalizado, pues su autor, Arturo Pérez Reverte, deja ver su opinión constantemente a través de distintos mecanismo como el uso del léxico valorativo, las metáforas e ironías, etc.
Podemos observar, en este sentido, tres núcleos temáticos. El primero, integrado por lo que opina Pérez-Reverte sobre las feministas que quieren prohibir la representación del Tenorio (pues he ahí el tema del texto). Aquí utiliza expresiones como simpleza sin complejos, clichés fáciles y lugares comunes (indiquemos las líneas en el texto), la ignorancia y la indigencia intelectual, imbéciles razones. Con todas estas lexías y expresiones pretende descalificar la opinión que muestran esas mujeres con respecto a la obra. Con el mismo fin aparecen palabras derivadas o compuestas con matices despectivos: ultrarradical feminazi, que hace referencia a la intransigente postura que a veces adoptan algunas feministas (o que contrasta con la otra clase de feministas que el califica como respetables, cultas, razonables, de infantería), individuas, con una intención claramente despectiva; y radicalfeminatas, subrayando otra vez el peligro de su intransigente postura.
En este mismo núcleo temático encontramos multitud de recursos retóricos valorativos como ironías: espectadora concienciada, para más Inri (por si fuera poco), deslumbrante barniz, por fortuna, deslumbrante facilidad, y metáforas: echan espumarajos de indignación (comparando a las feministas intransigentes con perros rabiosos), no mezclar ni agitar con las feministas respetables (haciendo referencia a la dicotomía existente entre unas y otras9.
El segundo núcleo temático, más breve, contendría el léxico valorativo que dichas feministas utilizan para descalificar la obra de Zorrilla: machista y violento, un misógino desalmado que medra con la mentira, el engaño y la seducción de mujeres desvalidas… ver al infame seductor ardiendo en los infiernos. Expresiones que el autor del texto reproduce con ironía y a la que se añade la metáfora de pesadilla recurrente, enunciada por estas voces críticas para referirse a la representación de la obra de forma repetida en los escenarios madrileños.
El tercer núcleo lo constituye la opinión del autor, Pérez-Reverte, sobre el Tenorio. Aquí encontramos abundante léxico valorativo positivo y negativo que intenta justificar la tesis: que las obras de la literatura y de la cultura deben permanecer como testimonio de una época, independientemente de los valores que representen, puesto que si tuviéramos que eliminarlas por dichos motivos, habría que dejar una buena parte fuera. Encontramos pues un léxico negativo para referirse a la obra, a su protagonista y a otros parecidos, ridículo y trasnochado, estereotipados personajes, la imperfección del verso, los ripios infames, lo antipático del protagonista, obra teatral torpe, tópica, romanticismo populista, ridículos, machista, torpe y facilón verso…; y los positivos: genial, famosa, subyugar y divertir, inmensa intuición dramática de Zorrilla, el instinto narrativo, clásico indiscutible, historia inmortal, crisol fascinante de la lengua española, de aquel despiadado y genial misógino.
Las marcas de primera persona también dejan ver la huella del autor y su opinión. Es a partir del tercer párrafo, cuando el autor ya ha explicado el estado de la cuestión y aborda en primera persona (uno, me, he visto…) lo que piensa al respecto. También aparecen en primera persona algunos verbos modales: creo, que contrastan con los verbos modales en tercera persona utilizados para expresar lo que piensan las feministas radicales, argumentan, recomiendan.
El uso de las perífrasis verbales de obligación al final del texto, pone de manifiesto lo que el autor desearía que se hiciera con los clásicos, más allá de los valores que recojan. Encontramos debe ser y habría que. Esto modifica ligeramente el predominio de la modalidad enunciativa, que se torna hacia una tonalidad imperativa hasta el final del texto.
Cabría comentar también el uso de las marcas tipográficas como la cursiva para señalar al personaje del que se habla (Don Juan Tenorio), las comillas, para referirse textualmente a lo que dicen las feministas radicales sobre la obra, y los guiones para introducir un inciso que busca aclarar la diferencia entre unas feministas y otras. Finalmente, encontramos un par de cambios de registro: un artículo mortis (que quiere decir a punto de morir) y en jamás de los jamases, que tiene un tono coloquial y despectivo.

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