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El mito de Psiquis

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Psiquis

 

Psiquis, la menor de las tres hijas de un rey de Asia, era hermosa como el sol, pero de un carácter tan ligero e inconstante que nada podía formalizarla. Ningún agasajo la halagaba, ninguna delicadeza lograba conmover su corazón: el soplo del céfiro y el vuelo de la mariposa serían las únicas cosa que podrían dar una ligera idea de lo voluble de su carácter.

Un príncipe poderoso, joven y amable, el mismo Amor, se enamoró de ella y urdió una astucia para hacerse amar por Psiquis. Habiendo descubierto que la curiosidad era el punto flaco o, más bien, la verdadera pasión de la veleidosa Psiquis, arbitró todos los medios para despertar esta pasión  y rodeó sus actos de un profundo misterio. En medio de un magnífico jardín, hizo construir un palacio, y en él reunió, con arte, todo aquello que puede ser encanto de los ojos, todo aquello que puede halagar el gusto y el olfato; de allí surgió una voz dulce que dijo a Psiquis <<Tú eres la señora de este palacio, ordena lo que quisieses y serás inmediatamente obedecida>>. Psiquis indica sus deseos y, uno después de otro, se le ofrecen muebles de todas clases, telas riquísimas, perfumes exquisitos, frutas deliciosas y numerosos criados se aprestan a servirla. La existencia le parece adorable, pero para ser feliz le falta saber a quién debe tanta generosidad y homenaje. Pregunta a sus hermanas, a sus amigas y esclavas y nada puede averiguar que aclare sus ideas.

Durante el día su bienhechor permanecía oculto y a la noche se deslizaba por entre la verde espesura, se acercaba a Psiquis, le hablaba afectuosamente y le pedía que le permitiese no querer a nadie más que a él por esposo. Antes que despuntase el día desaparecía y dejaba a Psiquis presa de los tormentos de la curiosidad insatisfecha. <<¿Quién eres – exclamaba- que tanto parece que me amas? ¡Solicitas que yo te quiera y esquivas mis miradas, tú, que eres el más generoso de los mortales!>>. El príncipe persistía en mantenerse invisible.

Por su parte, las hermanas de Psiquis, envidiosas de su dicha y de la preferencia con que el Amor la distinguía, aumentaban maliciosamente su curiosidad inquieta, disfrutaban con el tormento y la preocupación de su hermana y le inspiraban desconfianza para con su bienhechor. <<Hermana mía –le decían-, ¿no temes tú ser más tarde o más temprano víctima de tu excesiva credulidad? ¿Sabes, tal vez, si ese desconocido que se esconde y teme la luz no es un monstruo, un vampiro que después de haberse familiarizado permaneciendo a tu lado, acabará por ahogarte? Conviene que te prevengas. Toma esta lámpara y este puñal. Es preciso que sepas con quién tratas y si tus temores son fundados, despacha a tu enemigo.>> Psiquis, sencilla y crédula, no ve la perfidia que hay en tales palabras y ya no piensa sin en los medios que debe emplear para disipar sus dudas.

Cuando llega la noche y el príncipe descansa de sus fatigas, Psiquis se acerca al diván en que dormita… y ¡cuál no sería su sorpresa al contemplar dormido a aquel a quien desde hace tanto tiempo anda buscando! <<Duerme- se dice en voz baja-, aprovechemos esta oportunidad. Ahora no se podrá escapar a mis miradas: sabré yo si es un vampiro o mortal; si debo amarle o darle muerte con este puñal.>> Acércase más y más, hasta hallarse junto a él. <<¡Dioses inmortales! ¿Qué veo? ¿Es éste el monstruo que tanto temía yo y que mis hermanas me habían pintado con tan vivos colores? Es el mismo Amor, en la flor de su adolescencia. ¡Oh, felicidad infinita! ¡Él es quien me pretende por esposa!>>. Mientras pronuncia estas palabras, la curiosa doncella se inclina para contemplarle sin pensar que este irreflexivo movimiento había de hacer que se derramara la lámpara con la que se alumbraba. Una gota del líquido cae sobre el hermoso durmiente, que despierta sobresaltado y exclama:<<Ingrata Psiquis: ahora me conoces ya. Tu felicidad dependía de tu ignorancia: ya no puedo ser tuyo>>.

De repente desaparece el palacio con sus gallardas columnatas. Psiquis se encuentra en medio de un desierto árido e inmenso, sola y mal vestida. Por doquier el vacío, el silencio, la desolación. Sólo el ruido de un lejano torrente interrumpe sus gemidos. Psiquis corre hacia la corriente que bulle de espuma para poner allí fin a su existencia, y arrojarse al agua, pero la muerte la rehúsa y las aguas la depositan suavemente en la orilla opuesta.

Entonces se decide a ir a Pafos, donde está el oráculo de Venus, para consultarle; pero Venus, que estaba disgustada porque Psiquis había conseguido conquistar al Amor la recibe duramente, y en vez de responder a su demanda, la condena a diversos trabajos tan repugnantes como difíciles. Psiquis obedece con la docilidad de un niño, en la confianza de que así expiaría su falta y aplacaría a su bienhechor.

El primer trabajo consistió en tener que llenar un cántaro de agua cenagosa en una fuente guardada por cuatro dragones. Fue el segundo ganar la cima de una elevada montaña y cortar a los carneros que allí se apacentaban un copo de su dorada lana. Su valor la hace triunfar en estas dos ocasiones.

Como tercera prueba, Venus le ordena. <<Ve a la mansión de Porserpina y pídele que me remita en esta caja un poco de su belleza, pero cuida de no abrirla; tú no tienes necesidad de nuevos atractivos>>. Psiquis cumple esta encomienda y la lleva a feliz término pero no puede dominar su curiosidad. Quiere ver qué es lo que constituye la belleza, y abre la caja… Una negra humareda sale de ella, concéntrase alrededor de Pisquis y se deposita sobre su rostro: un espejo le enseña la asquerosa máscara de que se ha cubierto. Al verse en tal estado cae desvanecida; los presentes temen por su vida y la transportan al altar de Venus. Allí vuelve en sí y dirige una ardiente plegaria a la inflexible divinidad.

Entonces, y cuando su rostro se halla aún tiznado de negro humo, aparece el príncipe. Júzguese cuál sería su confusión. Él la anima y le alarga bondadosamente la mano.

Psiquis está tan anonadada que no puede articular palabra: cae a los pies del generoso vencedor y humildemente implora ser perdonada. Satisfecho el esposo celeste de tales muestras de respeto y sumisión, se apresura a hacer desaparecer las manchas de humo que afean el rostro de la princesa y los dos juntos pasan del templo de Venus al templo de Himeneo. La alegría presidió la ceremonia de sus nupcias y jamás hubo una unión más perfecta ni más feliz.

J. Humbert (ed.), <<Psiquis>>, Mitología griega y romana, México DF, Gustavo Gili, 1978

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Comentarios El mito de Psiquis

Habia leido esta historia un poco diferente pero en escencia es la misma
cupido y psique se yo

me encanta es mi favorita
Lindo relato.
Besos.
Paloma

es.funscrape.com
me ha gustado es fascisnante si lees un comentario mio a esta tenemos moderna de la banda de rok con la caratula de una chica muy moderna en ordenador pukguil o algo asi estamos un poco en algo parecido sin serlo me ha gustado

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