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El mito de Dafne y Apolo

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El mito de Dafne y Apolo

 

El mito de Dafne y Apolo


<<Un día que Apolo, el del famoso arco, atravesaba la Tesalia, vio en las riberas del Peneo, sombreadas por laureles, una alegre doncella conocida con el dulce nombre de Dafne. Émula de Artemisa, se complacía, casta y virgen, en perderse en la espesura del bosque, en frecuentar vastas soledades, en batir a las fieras que holgaban a la luz de la luna, para cubrirse luego con sus pieles mosqueteadas.
Larga cabellera flotaba sobre sus hombros. Henchida de salvaje desdén por los hombres, no quería sujetarse a yugo alguno.
Muchas veces su padre le decía:
-Hija mía, tú me debes una descendencia.
Pero Dafne, suspendida del cuello de su padre, al cual enlazaba en la caricia de sus brazos, le respondía:
-Caro autor de mis días, permíteme ser libre e ignorar los deberes del himeneo.
Pero los hermosos cabellos, los ojos de fuego, los nobles brazos de esta ninfa, incendiaron de desdén el corazón enternecido de Apolo, el cual, cierto día, resolvió acercarse a dicha virgen solitaria. Pero Dafne, en cuanto se vio en presencia del bello adolescente, volvió la espalda y echo a huir rápida como el viento o como nubes que, al deslizarse, velan la faz redonda y encendida de la luna.
El dios, entonces, corrió en su persecución y dijo:
-Ninfa, yo te conjuro; detente. No te acosa ningún enemigo. Espera, ninfa, detente. Sólo el amo me impele a seguirte. Por favor, modera la celeridad. Conoce, al menos, a quien te persigue. No es salvaje morador de la montañas ni pastor grosero encargado de la guarda de ovejas y bueyes. Yo soy el dios de la Luz. Mi padre es el mismo Zeus, y mis labios inspirados descubren a los hombres el pasado, el presente y los secretos codiciados del ansioso porvenir.
Así dijo, pero impelida por el espanto, Dafne aceleró aún más la huida. El soplo de los vientos levantaba los pliegues vaporosos de su ropaje, diluía por la nuca sus amorosos cabellos, y su gracia virginal se embellecía con la velocidad de la aérea carrera.
Con paso más rápido aún, Apolo púsose entonces a seguir las huellas de la ninfa de los pies ágiles. Sostenido por las alas del amor, aguijoneado por el deseo, el joven dios parecía volar. ya estaba a punto de alcanzarla; ya la larga cabellera de Dafne rozaba el soplo de su divino aliento.
Abandonada de sus fuerzas, agotada por la fatiga de la cerrera, la bella ninfa exclamó de pronto, echándose al suelo:
-¡Oh, madre Tierra, ábrete, líbrame, sálvame!
Apenas hubo terminado esta apremiante súplica, cuando los miembros entorpecidos se hicieron rígidos: corteza gris cubrió su pecho; sus cabellos se convirtieron e follaje; sus brazos se troncaron en largas ramas, sus pies echaron raíces y su cabeza vino a ser la copa de un gran árbol.
Apolo, que llegó después, no pudo abrazar sino el tronco liso y helado de un laurel. Mas al estrecharlo entre sus brazos, sintió aún bajo la corteza palpitar el corazón viviente de Dafne.
-¡Oh Dafne- le dijo-, tú serás en adelante el árbol privilegiado del divino Apolo. Tu follaje inmortal coronará mis cabellos, vendrá a ser el ornato de los guerreros valerosos y ceñirá la augusta frente de los poetas y de los triunfadores.
Así dijo, y el laurel agitó dulcemente su ramaje e inclinó la copa en señal de gratitud.
Créase que Dafne es la joven y sonriente Aurora, que huye siempre cuando aparece la luz, y que en cuanto la rozan los primeros rayos de la mañana triunfante, se desvanece ante los ojos del Sol.>>
(La leyenda dorada, págs. 63-56)

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