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Con mis propios ojos

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Todo empezó aquel día que me mudé a una pequeña y humilde residencia universitaria. Siempre había vivido con mi abuela y estaba segura de que vivir sin ella me vendría bien después de tantos años.

Como estaba sola y las habitaciones eran, como mínimo de dos personas, me asignaron una compañera de habitación a la que no había visto en mi vida. En fin, ya me acostumbraría.

Caminé torpemente con mi equipaje hacia la habitación, fijándome bien en los números de las puertas con el objetivo de encontrar el número dieciséis. Afortunadamente sólo tuve que subir un piso ya que llevaba un montón de maletas y no había ascensor. Cuando llegué a la habitación, abrí la puerta con la vieja y oxidada llave que me habían proporcionado en recepción. Allí me habían dicho que mi compañera aún no había llegado.

Para mi sorpresa, la habitación no estaba vacía. ¿Se habían equivocado en recepción? Divisé una maletita en la litera superior junto a una chaqueta de cuero. Pasados cinco segundo, me percaté de que alguien me observaba.

-Hola- Me saludó con timidez.

Su voz era rara, sin parecido alguno a las voces que escuchas todos los días. Era suave y lenta, aguda, como la de un niño y con un matiz robótico.

La saludé con la mano, pues eestaba bastante para responderle. Era obvio que ambas éramos bastante tímidas, ya que ninguna de las dos habló en dos minutos. Me limité a guardar mis cosas en uno de los armarios. A pesar de no ser muy habladora, quise romper el incómodo silencio que se había producido. Alcé la mirada para hablar pero se me quebró la voz: Me quedé hipnotizada al ver su mirada. Sus ojos eran verdes. Un intenso verde que parecía desprender luz propia. Unos ojos enormes, con unas pupilas que asemejaban un pozo sin fondo. Me miraban a través de unas largas y negras pestañas, esperando a que hablara. Entonces me di cuenta de que estaba boquiabierta, incapaz de que mi boca articulara palabras y sin poder apartar los ojos de su mirada,

Cerré la boca, me tranquilicé e hice un gran esfuerzo para hablar:

-Soy Noelia, ¿y tú? – tartamudeé dejando la frase en el aire para que me respondiera.

-Nicole- contestó de inmediato con una voz que me continuó resultando extraña.

Vio que mi equipaje no cabía en el armario.

-¿Quieres usar mi armario? Yo solo llevo esto –dijo señalando su escaso equipaje- Solo utilizaré este cajón- añadió, mientras abría uno de los cajones de su armario.

-Gracias- respondí, cayendo de nuevo en la tentación de mirar sus impactantes ojos.

Su piel era muy pálida y esto hacia que sus ojos impresionaran aún más. Tenía el pelo negro como el carbón, lo que destacaba sobre su tez de porcelana; además, le caía perfectamente liso hasta la cintura.

Me dedicó una amplia sonrisa y enseguida se dispuso a guardar su maletita en el cajón que había señalado.

Me preguntó sobre la carrera y  las asignaturas que había escogido. Las dos queríamos estudiar Medicina. Me chocó que dijera que la razón por la cual estudiaba medicina era para estudiar el cuerpo humano, era demasiado obvio.

Pasados dos días me crucé por los pasillos a uno de los encargados de la limpieza.

-¿Noelia García?- me preguntó- Eres tú, ¿verdad?

-Sí, claro. Soy yo. ¿Ocurre algo?- me preocupé.

-No, nada grave. Sólo me han dicho que tu compañera no vendrá hasta dentro de dos semanas. La recepcionista quería que lo supieras.

-¿Mi compañera?- Me extrañé- ¿Está segura de que se refería a mí? Lo digo porque acabo de estar con ella y llegó hace dos días- le informé.

La limpiadora dijo que seguramente se había equivocado, encogiéndose de hombros. Yo, algo intranquila por la información, me fui a clase.

Cuando volví de las clases, mi compañera ya había llegado. Sus libros estaban encima del escritorio; junto a ellos había nota que decía:

“Estoy estudiando en el baño”

Me sorprendieron dos cosas. La primera, que estudiara en el baño. ¿Quién estudia en el baño? Me imaginé que sería por cuestiones de concentración. Solté una risita por lo bajo. Lo segundo, que estudiara sin sus libros. Para eso no tenía ninguna respuesta.

Los siguientes días transcurrieron igual: al volver de las clases se encerraba en el baño, con o sin libros. No fueron estás las únicas cosas que me llamaron la atención, también hubieron otras. Nunca repetía modelito, llevaba una gran variedad de complementos y todo lo sacaba de su minúscula maletita. Sus encierros duraban apenas 15 minutos y en sus notas, no bajaba de diez.

Aprovechando uno de sus encierros en el baño, me dirigí hacia el armario y abrí el cajón donde guardaba la maletita. No estaba.

En ese momento salió Nicole del baño con su maletita y la depositó en el cajón. En cuanto salió de la habitación, abrí el cajón. Me imaginé el interior de la maleta: toda la ropa doblada cuidadosamente dentro. Cogí la maleta con las dos manos, pues pesaría bastante si había tanta ropa. Sorprendentemente era ligera, como si estuviera vacía. Estaba segura de que guardaba toda esa ropa ahí. Yo misma le había visto sacarla y meterla. En ese momento escuché la puerta. Era ella, así que guardé la maleta en su sitió, rezando para que no se hubiese dado cuenta.

Habían pasado  dos semanas desde que había llegado a la residencia y ya me sentía muy a gusto con mi compañera, que había pasado a ser mi amiga. El domingo, sin embargo, alguien llamó a la habitación, justo cuando ella no estaba. ¿Nicole? No, ella tenía llaves.

Abrí la puerta. Era una chica de estatura mediana y pelo rubio hasta los hombros.

-¿Quién eres? –le pregunté, al no poder identificarla.

-Soy Nicole, tu compañera. ¿No te dijeron en recepción que tardaría dos semanas? ¡Qué raro! Me dijeron que te informarían.

Palidecí. Si ella era Nicole, ¿quién era mi compañera? No entendía nada. Le dije que sí me lo habían dicho, intentando disimular. Enseguida se fue para hablar con la directora de la universidad y contarle las razones por las que no se había incorporado antes. Según lo que me dijo, había sufrido una grave enfermedad.

A los cinco minutos entró la que yo había conocido como “primera” Nicole. Parecía decepcionada, enfadada. Le pedí explicaciones, pero sólo me dijo:

-Lo siento, Noe, todo me ha salido mal. Nicole no debería haber llegado tan pronto, por eso elegí su identidad. Yo sólo quería aprender las costumbres de este planeta. No he cumplido del todo esa parte. Lo siento, de veras, gracias por todo, gracias por tu amistad, pero tengo que irme.

-Pero… ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por qué? –le respondí, sin entender la mitad de sus palabras.

Agarró  la maleta y me cogió de la mano, arrastrándome hasta el baño. Depositó la maleta en el suelo y la abrió. Dentro había una bola del tamaño de una canica. Seguidamente deslizó cuidadosamente sus dedos hasta un pequeño compartimento que tenía muchos botones y un pequeño agujero.

Nicole introdujo la bola en el orificio y marcó un número de más de veinte dígitos en un teclado que había situado al lado del agujero.

-Me voy, Noelia. Nunca debí pisar la tierra, ni desvelar mi identidad. Soy extraterrestre, aprendí uno de vuestros idiomas y vine para conocer cómo erais. Tú me has ayudado. Gracias, otra vez.

De la pequeña maleta salió una máquina enorme. Nicole pulsó varios botones y al instante  la estancia se llenó de humo. De pronto, el humo se desvaneció y Nicole con él.

Conté esta historia a mis compañeros. Se la tomaron a broma. Nadie pensó que esos hechos ocurrieran de verdad. Yo misma, después de tantos años, dudo de ello. Veo esos recuerdos lejanos, borrosos, inciertos. Las imágenes se oscurecen y se esconden hasta desaparecer. Estoy menos segura cada vez de lo que vi con mis propios ojos.

Raquel, 2º B

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Comentarios Con mis propios ojos

Humm...no le veo nada de malo estudiar en el baño, yo lo hago (río avergonzada) es que me concentró mejor, hay mucho ruido en mi casa... n.n Está muy hermoso y sicodélico (ésa fué la primera palabra que se me ocurrió) es algo diferente a lo que he leído anteriormente.
Saludos
Mariau Illescas 

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