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Máximas conversacionales

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Máximas conversacionales




Máximas conversacionales.

 

 

Las máximas conversacionales (Grice, 1975) son determinadas reglas pertinentes que rigen la práctica verbal. Dependen de la colaboración que se establece entre los interlocutores en un acto comunicativo. Sirven para identificar los elementos implícitos o inferencias.

 

En primer lugar debemos delimitar la diferencia existente entre las presuposiciones y las máximas. Mientras las primeras nos permiten definir un marco donde se expresan las condiciones que dan valor o sentido a los enunciados; las máximas, por su parte,  son el marco que regula la economía propia de los intercambios lingüísticos. Además, aunque las presuposiciones son juicios implícitos, el significado presuposicional se encuentra expresado o manifestado, al menos parcialmente, en el nivel de lo dicho; por el contrario, las máximas conversacionales permiten a los hablantes realizar inferencias, teniendo en cuenta los conocimientos generales del lenguaje, e incluso, el mundo referido y que ambos comparten.

 

De hecho, en nuestra práctica verbal, contamos en mayor o medida con el hecho de que el oyente al que nos dirigimos no es un receptor pasivo. El oyente colabora sin duda de forma activa en la organización de nuestra propia producción lingüística, por lo que es capaz de completar o corregir enunciados. Cuando la palabra óptima tarda en llegar a la memoria del hablante, es el propio oyente el que prevé qué palabra falta y, según esto, presta su ayuda al interlocutor de forma espontánea y casi automática.

 

La compresión de una oración exige reconstruir hasta cierto punto los procesos que la originan, por lo que el oyente debe suplir al hablante en sus posibles faltas o carencias. Esa suplencia activa y puntual que es capaz de rellenar espacios vacíos en la cadena de habla es una manifestación intrínseca del principio de cooperación que rige la interacción lingüística.

 

Sin embargo, no siempre la actuación de este principio supone una intervención activa del oyente. En algunos casos, es incuestionable la necesidad de completar los enunciados  para que el oyente pueda abstraer la información previa. En estos casos el oyente sabe que la carencia de información es una estrategia del interlocutor, que sabe que el receptor puede completarla.

 

Cuando se realiza un uso consciente del principio de cooperación, estamos en el domino de las máximas conversacionales. Este principio sirve fundamentalmente a la instancia de regulación económica, lo que implica tanto formas como significados y referencias. Es una regla del lenguaje. Se intenta siempre maximizar la información minimizando los costes que su transmisión comporta.  De ahí que muchas veces debamos asignarle un sentido adicional, no explicito, a las expresiones y que trasciende su literalidad, para atender al contexto en el que ha sido usado.

 

Grice habla de las siguientes manifestaciones generales del principio cooperativo: Máxima de la cualidad, máxima de la cantidad, máxima de la relación y máxima de la manera.

 

La máxima de la cualidad es expresada en los siguientes términos: di la verdad en tus aportaciones al intercambio comunicativo. No digas aquello que consideras falso o aquello de cuya verdad, careces de pruebas. El principio de cooperación se rompe lógicamente cuando, por algún motivo, el interlocutor sospecha que el otro no ha dicho la verdad. En el caso de que el diálogo prosiga, se exige la adopción de un tipo de estrategia. La máxima de la cualidad contempla la verdad de un enunciado, no desde un punto de vista lógico, sino como uno de los aspectos de la dinámica del intercambio comunicativo. La prevaricación consciente por parte del hablante representa actitudes que suponen un coste adicional. Recordemos que los actos lingüísticos proposicionales de referencia a entidad y de predicación en el sentido de Searle, se realizan siempre con un esfuerzo adicional cuando se miente.

 

No obstante, la máxima de la cualidad, como todas las máximas, puede ser violada ostensiblemente. En ocasiones sucede que el hablante da pistas al oyentes, indicios, que evidencian que no está diciendo la verdad. En este caso, el hablante está proponiendo al oyente un tipo de sentido que trasciende lo literalmente expresado. Es lo sucede, por ejemplo, cuando alguien emplea la ironía. Gracias a ese proceder irónico el hablante sugiere que lo que ha dicho es falso y trata de transmitir lo que realmente se piensa apoyándose en la situación, los gestos o el marco de conocimientos que comparten ambos y que les permite verificar la falsedad de lo dicho. En este sentido, las exageraciones manifiestas constituyen procedimientos irónicos.

 

Es obvio que existe una diferencia entre afirmar o decir pura y simplemente lo que se piensa, es el sentido adicional, el tono, la mirada, los gestos, lo que corrobora la formulación irónica. Sin duda no es lo mismo decir algo que sugerirlo. La ironía transmite un contenido proposicional y se acopia de la alusión. Para entender lo dicho hay que reconocer las normas cívico-éticas con las que se valora la conducta verbal y que pueden servir de enjuiciamiento. Aunque lo sugerido sea falso, no es valorado como una aserción falsa. En un sentido estricto solo por medio de la expresión literal decimos verdades u mentiras y somos responsables de ellas.

 

La ironía puede alcanzar diversos grados de sutiliza. No existe una regla convencional y objetiva que nos permita disociar un enunciado irónico de otro que no lo sea. Sucede entonces que el oyente interpreta como no irónicas palabras que fueron formuladas con este tipo de intención. Este hecho sucede  ante un auditorio, cuando un grupo de oyentes interpreta de forma irónica las palabras del orador. Que la ironía pueda ser entendida como tal es un dato virtual presente de forma más o menos implícita en la conciencia del hablante. Tal virtualidad puede considerarse  una nota definitoria del proceder irónico con el que se recurre a un tipo de colaboración por parte del oyente: el entender irónico. Esta cooperación libera al hablante de la responsabilidad completa respecto a lo irónicamente sugerido. En algunos casos puede darse incluso cuando no hubo pretensión irónica por parte del hablante.

 

La máxima de la cantidad, por su parte, se formularía en los siguientes términos: haz que tu aportación al intercambio comunicativo sea lo más concisa posible. El oyente debe suponer que lo que se dice es no sólo verdadero, sin también que es la verdad justa o toda la verdad del caso. La presuposición se deriva de forma lógica, porque una de las manifestaciones del principio cooperativo, que llamamos máxima de cantidad, nos permite la inferencia pragmática de lo dicho.

 

Esta máxima puede entenderse como el procedimiento con el que, en la práctica verbal, aprovechamos hasta lo que no se dice, para significar algo concreto. En este caso también existen violaciones ostensibles,  por ejemplo,  las tautologías, en las que no existe ninguna aportación comunicativa y que son consideradas en cierto modo, actos lingüísticos antieconómicos, aunque sean expresiones que obedecen a un patrón común y recursivo, lo que significa que solemos emplearlas en situaciones comunes, más o menos estereotipadas.

 

Si en todo sistema lingüístico se observa una adaptación entre formas utilizadas y sentidos producidos, un patrón sintáctico intrínsecamente antieconómico, como la tautología, sería por definición inviable. El hecho de que exista se explica por el sentido adicional que  comunica y  trasciende la literalidad de lo expresado. Se pretende pues algo más que una mera formulación de una identidad entre términos. Es el contexto lingüístico o la situación de habla la que nos permite adivinar un sentido que haga aceptable el enunciado tautológico desde el punto de vista comunicativo. Para cada tipo de contexto o situación, un mismo enunciado tautológico puede ser parafraseado de diversas formas. Esto no es obstáculo para que exista, un significado común a todas las posibles paráfrasis. Dicho significado común sería un tipo de intención comunicativa con el que se viene a apuntar lo siguiente: en la definición de determinada entidad, una de las notas o características normalmente presentes, cobra preeminencia sobre el resto, hasta el punto de poder explicar por sí misma la esencia y, a partir de esa esencia, la conducta o los posibles atributos de la entidad referida. Es obvio que al ser la nota  de relieve definitoria de una esencia o naturaleza, no está en nuestras manos modificar la acción el estado de lo observado.

 

La máxima de la relación debe enunciarse en los siguientes términos: Haz que tu aportación al intercambio comunicativo sea relevante, es decir, ofrece a tu interlocutor información, pregunta, ordénale algo, pero hazlo de manera que tu intervención sea coherente, respecto a sus expectativas, necesidades o posibilidades. La violación ostensible se produce cuando no encuentra su fundamento en el principio de cooperación. Por ejemplo, una respuesta de tipo total, requiere normalmente una respuesta de tipo sí o no y que, a veces, se matiza con expresiones causales o condicionales: Sí/ no porque… Una vez más la violación ostensible de la máxima exige un esfuerzo adicional del interlocutor.

 

Resulta decisivo para la máxima de relación, que la coherencia discursiva cumpla con las necesidades, expectativas o posibilidades de los interlocutores. Si se rebasa la esfera de lo literalmente expresado es porque se ha expresado por algún motivo o con una necesidad determinada.

 

La máxima de la manera exige que el interlocutor sea claro y ordenado en su exposición, que evite la complicación cuando ésta resulte innecesaria.

 

Hasta ahora hemos explicado los fundamentos que justifican la observación de las máximas y sus violaciones ostensibles, es decir, aquellas que conscientemente busca el hablante. Vamos ahora a referirnos a un ejemplo paradigmático que nos sirve para entender la función de la máxima de la manera. Nos referimos a aquellos casos en los cuales la expresión del discurso oral o escrito muestra sentidos adicionales de diverso índole.

 

Sin duda, la expresión rimada es una violación de la máxima de la manera, porque ella nos instaba a evitar una complicación innecesaria y es evidente que un discurso oral o escrito no poético en el que se muestran rimas, es un discurso innecesariamente complicado. A veces el hablante apostilla un comentario con una rima que no ha sido conscientemente buscada. Esto sucede cuando el interlocutor atribuye a la expresión un valor o efecto que no se esperaba, violando de esta forma la neutralidad o el carácter no marcado de un uso lingüístico. En cambio, un uso adecuado de la máxima supondría que un discurso está correctamente dispuesto; para producir un enunciado de esas características es necesario que el hablante emplee y cohesiones sus discursos apropiadamente mediante conectores y otras herramientas lingüísticas.

 

Es evidente que no se trata de un listado exhaustivo de manifestaciones del principio cooperativo. Existirán otros tipos de conducta cooperativa que requerirán del conocimiento intuitivo o de la competencia pragmática que tengan los interlocutores del acto comunicativo.

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Comentarios Máximas conversacionales

hola maricarmen da muy bueno el tema da unos cuantos puntos muy actuales de toda la vida , solo que tu has querido hacerlo para gente culta , para gente corriente que los puntos fuertes pueden interesar el tecnicismo los oculta

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