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Más Miguel Hernández

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Miguel Hernández

 

Qué como el sol sea mi verso

más grande y dulce cuanto más viejo.

 

 

 

En cuclillas, ordeño

una cabrita y un sueño.

 

Glú, glú, glú,

hace la leche al caer

en el cubo. En el tisú

celeste va a amanecer.

Glú, glú, glú. Se infla la espuma

que exhala

una finísima bruma.

 

(Me lame otra cabra y bala).

 

En cuclillas, ordeño

una cabrita y un sueño.

 

 

 

Es tu boca

Una herida sangrante y pequeña;

del purpúreo coral doble rama;

un clavel que en el alba se inflama;

una fresa lozana y sedeña

 

Rubí, en dos dividido, que enseña

si se entreabre, blanquísima escama;

amapola, flor, cálida llama;

nido donde el amor canta y sueña.

 

Incendiado retazo de nube;

corazón arrancado a un querube;

fresco u rojo botón del rosal…

 

Es tu boca, mujer, todo eso…

Mas si cae dulcemente un beso

a la mía, se torna en puñal.

 

Al partir de su tierra

pierde el pastor dos lágrimas

 

Mira hermano, en nuestro valle

se me perdieron dos lágrimas…

¡las más grandes que tenía!

y yo no puedo buscarlas.

Mira hermano, corre al valle

y búscalas en las granas…

No vayas a confundirlas

con el mijo de la escarcha:

mis lágrimas son más puras

y amargas que las del alba.

Tal vez por ser muy espesas

se han convertido en luciérnagas.

A estrellitas se metieron

tal vez por ser muy ingrávidas…

Búscalas de todos modos,

y cuando las halles, guárdalas

en dos cajitas, hermano,

como para niñas, blancas.

 

El limón

Oh, limón amarillo,

patria de mi calentura.

Si te suelto

en el aire,

oh limón

amarillo,

me darás

un relámpago

en resumen.

 

Si te subo

 a la punta

de mi índice,

oh limón

amarillo,

me darás

un chinito

coletudo,

y hasta toda

la China,

aunque desde

los ángeles

contemplada.

 

Si te hundo

mis dientes,

oh agrio

mi amigo,

me darás

un minuto

de mar.

 

El silbo del dale

 

Dale al aspa, molino,

hasta nevar el trigo.

 

Dale a la piedra, agua,

hasta ponerla mansa.

 

Dale al molino, aire

hasta lo inalcanzable.

 

Dale al aire, cabrero

hasta que silbe tierno.

 

Dale al cabrero, monte,

hasta dejarle inmóvil.

 

Dale al monte, lucero,

hasta que se haga cielo.

 

Dale, Dios, a mi alma,

hasta perfeccionarla.

 

Dale que dale, dale

molino, piedra, aire,

 

cabrero, monte, astro;

dale que dale largo.

 

Dale que dale, Dios.

¡ay!,

hasta la perfección.

 

El silbo de la llaga perfecta

 

Ábreme, amor, la puerta

de la llaga perfecta.

 

Abre, amor mío, abre

la puerta de mi sangre.

 

Abre, para que salgan

todas las malas ansias.

 

Abre, para que huyan

las intenciones turbias.

 

Abre, para que sean

fuentes puras mis venas,

 

mis manos cardos mondos,

pozos quietos mis ojos.

 

Abre, que viene el aire

de tu palabra… ¡abre!

 

Abre, Amor, que ya entra…

¡Ay!

 

Qué no se salga… ¡Cierra!

 

Tus cartas son un vino

que me trastorna y son

el único alimento

para mi corazón.

 

Desde que estoy ausente

no sé sino soñar,

igual que el mar tu cuerpo,

amargo igual que el mar.

 

Tus cartas apaciento

metido en un rincón

y por redil y hierba

les doy mi corazón.

 

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme, paloma,

que yo te escribiré.

 

Cuando me falte sangre

con zumo de clavel,

y encima de mis huesos

de amor cuando papel.

 

De amor penadas se alicaen las flores

De amor penadas se alicaen las flores,

se agriendulzan de tierra los arados,

y  balan malheridos los ganados,

y vagan semiciegos los pastores.

 

Perniquiebran sus cumbres de temblores

las palmeras de cuellos sublunados,

y esquivamente solos, malparados

boquiabren pecho y voz, los ruy- señores.

 

Penado voy de amor, y alicaído,

por esta bendición de aires y aulagas,

como cordero cojo me regazo.

 

Más triste y seguirente que un balido

en ti busco el alivio de mis llagas,

y cuanto más lo busco, más me llago.

 

Pena bienhallada

Ojinegra la oliva en tu mirada,

boquitierna la tórtola en tu risa,

en tu amor pechiabierta la granada,

barbioscura en tu frente nieve y brisa.

 

Rostriazul el clavel sobre tu vena,

malherido el jazmín desde tu planta,

cejijunta en tu cara la azucena,

dulciamarga la voz en tu garganta.

 

Boquitierna, ojinegra, pechiabierta,

rostriazul, barbioscura, malherida,

cejijunta te quiero y dulciamarga.

 

Semiciego por ti llego a tu puerta

boquiabierta la llaga de mi vida,

agriendulzo la pena que me embarga.

 

 

Ser onda, oficio, niña, es tu pelo,

nacida ya para el marero oficio;

ser graciosa y morena tu ejercicio

y tu virtud más ejemplar ser cielo.

 

¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,

dando del viento claro un negro indicio,

enmienda de marfil y de artificio

ser de tu capilar borrasca anhelo.

 

No tienes más quehacer que ser hermosa,

ni tengo más festejo que mirarte,

alrededor girando de tu esfera.

 

Satélite de ti, no hago otra cosa,

si no es una labor de recordarte.

-¡Date presa de amor, mi carcelera!

 

Me tiraste un limón, y tan amargo,

con una mano cálida, y tan pura,

que no menoscabó su arquitectura

y probé su amargura sin embargo.

 

Con el golpe amarillo, de un letargo

dulce pasó a una ansiosa calentura

mi sangre, que sintió la mordedura

de una punta de seno duro y largo.

 

Pero al mirarte y verte la sonrisa

que te produjo el limonado hecho,

a mi voraz malicia tan ajena.

 

Se me durmió la sangre en la camisa,

y se volvió el poroso y áureo pecho

una picuda y deslumbrante pena.

 

 

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me  hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

 

Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

pero que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

 

Cardos y penas, llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

 

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y de cardos:

¡cuánto penar para morirse uno!

 

Te me mueres de casta y de sencilla:

estoy convicto, amor, estoy confeso

de que, raptor intrépido de un beso

yo te libé la flor de la mejilla.

 

Yo te libé la flor de la mejilla

y desde aquella gloria, aquel suceso,

tu mejilla, de escrúpulo y de peso,

se te cae deshojada y amarilla.

 

El fantasma del beso delincuente

el pómulo te tiene perseguido,

cada vez más patente, negro y grande.

 

Y sin dormir estás, celosamente,

vigilando mi coba, ¡con qué cuido!

para que no me vicie y me desmande.

 

Yo sé que ver y oír a un triste enfada

como se viene y va de la alegría

como un mar meridiano a una bahía,

a una región esquiva y desolada.

 

Lo que he sufrido y nada todo es nada

para lo que me queda todavía

que sufrir el rigor de esta agonía

de andar de este cuchillo a aquella espada.

 

Me callaré, me apartaré si puedo

con mi constante pena instante, plena,

a donde ni has de oírme ni he de verte.

 

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,

pero me voy, desierto y sin arena:

adiós, amor, adiós hasta la muerte.

 

 

No me conformo, no: me desespero

como si fuera un huracán de lava

en el presidio de una almendra esclava

o en el panal colgante de un jilguero.

 

Besarte fue besar un avispero

que me clava al tormento y me desclava

y cava un hoyo fúnebre y lo cava

dentro del corazón donde me muero.

 

No me conformo, no: ya es tanto y tanto

idolatrar la imagen de tu beso

y perseguir el curso de tu aroma.

 

Un enterrado vivo por el llanto,

una revolución dentro de un hueso,

un rayo soy sujeto a una redoma.

 

Me sobra el corazón

 

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,

hoy estoy para penas solamente,

hoy no tengo amistad,

hoy sólo tengo ansias

de arrancarme de cuajo el corazón

y ponerlo debajo de un zapato.

 

Hoy reverdece aquella espina seca,

hoy es día de llantos de mi reino,

hoy descarga en mi pecho el desaliento

plomo desalentado.

 

 No  puedo con mi estrella.

Y me busco la muerte por las manos

mirando con cariño las navajas,

y recuerdo aquel hacha compañera,

y pienso en los más altos campanarios

para el salto mortal serenamente.

 

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,

mi corazón escribiría una postrera carta,

una carta que llevo allí metida,

haría un tintero de mi corazón,

una fuente de sílabas, de adioses y regalos,

y ahí te quedas, al mundo le diría.

 

Yo nací en mala luna.

Tengo la pena de una sola pena

que vale más que toda la alegría.

 

Un amor me ha dejado con los brazos caídos

y no puedo tenderlos hacia más.

¿No veis mi boca qué desengañada,

qué inconformes mis ojos?

 

Cuanto más me contemplo más me aflijo:

cortar este dolor ¿con qué tijeras?

 

Ayer, mañana, hoy

padeciendo por todo

mi corazón, pecera melancólica,

penal de ruiseñores moribundos.

 

Me sobra corazón.

 

Hoy descorazonarme,

yo el más corazonado de los hombres,

y por el más, también el más amargo.

 

No sé por qué, no sé por qué ni cómo

me perdono la vida cada día.

 

 

TUS OJOS

Tus ojos parecen

agua removida.

 

¿Qué son?

 

Tus ojos parecen

el agua más turbia

de tu corazón.

 

¿Qué fueron?

 

¿Qué son?

 

 

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

 

Llegó con tres heridas:

la del amor,

la de la muerte,

la de la vida.

 

Con tres heridas viene:

la de la vida,

la del amor,

la de la muerte.

 

Con tres heridas yo:

la de la vida,

la de la muerte,

la del amor.

 

TRISTES GUERRAS

 

Tristes guerras

  si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

 

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

 

 

La guerra, madre: la guerra.

Mi casa sola y sin nadie.

Mi almohada sin aliento.

La guerra, madre: la guerra.

Mi almohada sin aliento.

La guerra, madre: la guerra.

 

La vida, madre: la vida.

La vida para matarse.

Mi corazón sin compaña.

La guerra, madre: la guerra.

Mi corazón sin compaña.

La guerra, madre : la guerra.

 

¿Quién mueve sus hondos pasos,

en mi alma y en mi calle?

Cartas moribundas, muertas.

La guerra, madre: la guerra.

Cartas moribundas, muertas.

La guerra, madre: la guerra.

 

 

Canción primera

 

Se ha retirado el campo

al ver abalanzarse

crispadamente al hombre.

 

¡Qué abismo entre el olivo

y el hombre se descubre!

 

El animal que canta:

el animal que puede

llorar y echar raíces,

rememoró sus garras.

 

Garras que revestía

de suavidad y flores,

pero que, al  fin, desnuda

en toda su crueldad.

 

Crepitan en mis manos.

Aparta de ellas, hijo.

Estoy dispuesto a hundirlas,

dispuesto a proyectarlas

sobre tu carne leve.

 

He regresado al tigre.

Aparta, o te destrozo.

 

Hoy el amor es muerte,

y el hombre acecha al hombre.

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