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Maratón de literatura: La narrativa de principios del XX

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Novela anterior a 1936

 

La novela del 98.

Tres obras se publican en 1902, La voluntad, de Azorín; Amor y pedagogía de Unamuno; y Camino de perfección de Baroja. Estas obras encabezan la renovación de la narrativa española en el siglo XX.

En los escritores del 98 encontramos la influencia de los irracionalismos en boga  (Schopenhauer y Kierkegaard), de los que toman el tema de la angustia vital, las preocupaciones existenciales y el pesimismo. Schopenhauer se decanta en sus obras por la subjetividad de la que adolecen todas las percepciones humanas. Según él, la razón sólo es capaz de captar los aspectos fenoménicos, las apariencias de las cosas.  La esencia del mundo es la voluntad (El mundo como voluntad y representación). La voluntad nos conmina a una lucha permanente que provoca dolor y angustia, de ahí la necesidad de elección: el hombre vive en la angustia perpetua, sólo puede salvarle la <<ataraxia>>, el nirvana espiritual.  Kierkegaard, por su parte, estudia la dimensión religiosa y existencial del ser humano. Cree que toda persona lleva en su interior la angustia y la idea del pecado, y que debe aceptarse con esas limitaciones.

También les influye Nietzsche, del que proviene el tema del eterno retorno, o la dicotomía entre lo dionisíaco y lo apolíneo. Frente a la medida y el equilibrio que supone lo apolíneo, él defiende la vitalidad desbordada y la irracionalidad de lo dionisíaco. Además su concepto del superhombre se consolida como uno de los conceptos claves que influye en muchas novelas y ensayos. Con este concepto rechaza los valores de la moral de clavos, que rigen la cultura europea. El superhombre aboga por un hombre fuerte, poderoso, que desprecia la debilidad, la adulación y la mentira; por el contrario, se admira en él, la fuerza y la audacia. El mito del eterno retorno defiende que el ser humano habrá de decidir conscientemente hasta el más insignificante acto de su vida como si, segundo a segundo, hubiera de repetirse eternamente de forma cíclica.

 Todas estas ideas influyen de forma determinante en las obras de estos autores en los que podemos encontrar dos notas fundamentales:

-El subjetivismo. No se persigue, como en la estética realista, la reproducción exacta de la realidad, sino la influencia de la misma en el individuo; de igual forma la sensibilidad personal afecta a la apreciación del mundo circundante. El valor de la intuición, es opone a la razón, ensalzado por los postulados de Henri Bergson.

-Concepción totalizadora. La novela es un género multiforme, proteico, en el que tiene cabida también la reflexión filosófica, el ensayo, el lirismo. Azorín habla de novela permeable y Unamuno acuña el término nivolas para sus singulares novelas.

 

 

Nos hallamos con una novela que se diversifica para incluir toda una serie de ideas filosóficas que aparecen en el trasfondo subterráneo de muchas de estas obras.

En Unamuno (1864-1936) nos encontramos habitualmente ante el hombre de personalidad tortuosa, un autor en perpetua lucha consigo mismo. Ideas que aparecen en muchos de sus ensayos (Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo) y que se materializan en sus novelas, a través de sus personajes, y también en sus dramas íntimos. El protagonista de muchas de sus historias suele ser un personaje agonista, en lucha contra la muerte. La novela se convierte así en un método de conocimiento aplicado, donde el autor busca soluciones. Son muchas de ellas novelas de estructura abierta, que exigen la participación de un lector activo e inteligente y que anticipan procedimientos narrativos posteriores, como el monólogo interior.  Destacamos entre su producción Amor y Pedagogía (1902)  que cuenta la historia de don Avito Carrascal que fracasa al intentar educar a su hijo según las modernas teorías pedagógicas; Niebla, ( 1917) donde el autor se inmiscuye en los problemas existenciales de Augusto Pérez; quien abrumado por sus fracasos amorosos quiere suicidarse y al comunicárselo a Unamuno ( que aparece como un personaje más en la novela), descubre su realidad como ente de ficción y suplica a su creador que no lo mate; Abel Sánchez ( 1917), nos presenta la historia de un hombre que lucha contra su constante tendencia al oído y la envidia; La tía Tula (1921), nos presenta las ansias de maternidad de una mujer virgen; finalmente San Manuel Bueno, mártir ( 1930), se adentra en las tormentosa mente del cura de un pueblo que debe hacer creer a todos que tiene fe, aunque no cree.

Baroja, por su parte, es uno de los autores más pródigos de la trayectoria de principios del siglo XX. Es una de las personalidades más egocéntricas e individualistas de ese período, tal vez la otra sea Valle- Inclán. Él mismo se define a sí mismo como “pajarraco de individualismo”.  Él defiende el carácter proteico de la novela contemporánea donde –según él- podemos encontrar tanto fragmentos filosóficos, como psicológicos, la prescriptiva aventura por la aventura, los sueños utópicos, el carácter épico del héroe, etc.  La novela es pues abierta, desordenada, fragmentaría; de hecho se ha acusado a Baroja de mal novelista, precisamente por ese aparente descuido constante. A él le tiene sin cuidado. No le preocupa demasiado el desenlace y desde luego sus protagonistas se hacen eco, portavoces a ultranza de sus ideas.  Su estilo es siempre sencillo, él no intenta los procedimientos renovadores como el monólogo interior o el contrapunto.  Su diálogo es clarividente y en el tiempo se nota la influencia de la intuición, la necesidad de recrear las evocaciones, tanto lejanas como próximas (en cierto sentido es lo que hará Proust, aunque con una técnica más perfecta).  Le gusta desde luego lo cotidiano, contar las vidas cotidianas desde dentro, desde su propia idiosincrasia.  Un ejemplo de su capacidad para la fabulación podría ser Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, primera obra de la trilogía <<La vida fantástica>>. Es una típica novela barojiana, en la que la presentación de ambientes y personajes y la narración ágil y directa llevan el peso de los acontecimientos. Baroja mismo diferencia dos épocas en su trayectoria. Una que abarca desde 1900 a la guerra del 14; otra, desde la guerra al momento actual.  También divide sus obras por trilogías, algo curiosamente muy común en la actualidad:

Tierra Vasca: La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903), Zalacaín, el aventuro

(1903)

La vida fantástica: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradoz (1901), Camino de perfección ( 902),  Paradox, rey ( 1906)

La lucha por la vida: La busca (1904), Mala hierba (1904), Aurora roja (1906).

La raza: La dama errante (1908), La ciudad de la niebla (1909), El árbol de la ciencia (1911).

Las ciudades: César o nada (1910), El mundo es ansí (1912), La sensualidad pervertida (1920)

El mar: (trilogía): Las inquietudes de Shanti Andía (1911), El laberinto de las sirenas (1923), Pilotos de altura (1929), La estrella del capitán Chimista (1930).

Otras narraciones están agrupadas en series, como Memorias de un hombre de acción (1913- 1935), que comprende 22 volúmenes, así como sus memorias Desde la última vuelta del camino (1944-1949), en 7 tomos.

Para el crítico Eugenio Nora, se pueden distinguir tres etapas en su obra. La primera de ellas es la más creativa: en este período se incluyen Camino de perfección, La lucha por la vida, El árbol de la ciencia, etc.

Las dos siguientes etapas repiten los moldes anteriores y abundan en divagaciones ideológicas. Entre esas obras posteriores, se encuentran las famosas Memorias de un hombre de acción, que cuenta las aventuras de un antepasado del autor, Eugenio de Avinareta, conspirador y guerrillero del siglo XIX; así como sus propias memorias, escritas con una sinceridad abrumadora.

Una de sus mejores novelas es sin duda El árbol de la ciencia, en parte,  autobiográfica. Refiere los años que van de 1887 a 1898 en los que Baroja terminó la carrera de Medicina y trabajó como médico rural.  Andrés Hurtado, su protagonista, es el alter ego del autor, el portavoz de sus ideas e impresiones sobre una época tan convulsa, como fue fin de siglo.  El doctor  Iturrioz, le sirve al autor para generar polémica. Sus intervenciones siempre son objeto de controversia. Se discute sobre todo: sobre política, ciencia, filosofía. Así se ven dos puntos de vista disímiles, que muestran el cambio generacional.

En cuanto a la producción de Azorín (1873-1967), nos hallamos frente a una narrativa que sigue caminos muy dispares –desde la autobiográfica de La voluntad hasta la fantasía que rezuma La isla sin aurora. Su prosa es una muy estilizada y cuidada, preciosista.  Es habitual hallar en este autor una continua involución interna, una reflexión personal sobre su propia obra. De ahí que se hable incluso de metanovelas. De hecho lo más característico de su narrativa es la evanescencia de las sensaciones, cómo el paisaje, el entorno, es recreado por los protagonistas.

El propio Azorín nos lo explica en La voluntad: “ Ante todo, no debe haber fábula, la vida no tiene fábula, es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria… todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novelas”.

De ahí el fragmentarismo, esa sucesión de cuadros que se corresponden con los movimientos de la percepción. La omnipresencia de lo insignificante es continua, hasta el extremo de hablarnos de novela lírica, acentuada por el subjetivismo, la reducción de la realidad a impresiones e intuiciones inconexas.  Destacamos pues este impresionismo psicológico que lo recoge todo: casas, pueblos, paisajes. La mirada se detiene, para nutrirse de la esencia, de la sustancias de las cosas: colores, juegos de luces, sonidos y silencios, a la máxima potencia.

Destacamos en su producción cuatro etapas:

La primera comprende: Diario de un enfermo, La voluntad, Antonio Azorín, Las confesiones de un pequeño filósofo. Todas ellas cargan las tintas sobre la autobiografía, en todas ellas la recreación impresionista del paisaje es continua. De hecho el alter ego de José Martínez Ruiz, es Azorín (diminutivo de azor), con el que sería conocido.

La segunda etapa incluye: Tomás Rueda, D. Juan, Doña Inés. Ya no son novelas autobiográficas, aunque los personajes nos adelanten los rasgos más significativos de su personalidad.

La tercera está representada por Félix Vargas ( luego rebautizado como El caballero inactual), Superrealismo ( que también cambia su título por el de El libro de Levante) y Pueblo. Es la etapa de atracción por la vanguardia, sobre todo por el surrealismo, aunque no aparezca en sus novelas.

La cuarta etapa contiene El escritor Capricho, El enfermo, Marría Fontán, Salvadora de Olbena, La isla sin aurora. Son novelas muy diversificadas. Oscilan entre la autobiografía, la novela rosa, la novela sin espacio, ni tiempo ni personajes; a la última, esteticista y simbólica.

La novela modernista.

El modernismo se caracteriza por una prosa preciosista y rítmica. El ejemplo evidente son las Sonatas de Valle-Inclán. Son cuatro (Sonata de otoño, Sonata de estío, Sonata de primavera y Sonata de invierno) y giran en torno a la aventura del Marqués de Bradomín, un caballero español <<feo, católico y sentimental>>. Son novelas donde prima el esteticismo, el culto a la belleza sensorial de la palabra, la búsqueda de la sugestión y las evocaciones sensuales mediante el uso de sinestesias o el uso de una adjetivación que acentúa la fantasía.  La pasión, la emoción, el vitalismo, la melancolía, el erotismo, etc.  Las cuatro sontas nos cuentan cuatro aventuras eróticas ambientadas en el siglo XIX.

No obstante Valle-Inclán, en calidad de autor inclasificable, destaca además por otras obras, aquellas en las que emplea la técnica expresionista y se acopia de los procedimientos del esperpento.  Entre estas obras destacan Tirano Banderas y El ruedo Ibérico.

Tirano Bandera cuenta unos sucesos que suceden en una república imaginaria: Sta. Fe de Tierra Firme, donde vive el dictador Santos Banderas, el Generalito, un hombre obsesionado por la pasión del mando,  Se trata de una persona cruel, que se mantiene en el poder gracias a la opresión. Es un símbolo de todos los dictadores que han sido, son y serán. La fuerza del personaje principal es tal que de los secundarios apenas conocemos el oficio: soldados, indios, prostitutas, vividores, presos…

El tirano es la quintaesencia de lo inhumano, una caricatura de un ser humano, que lleva la máscara de la crueldad en el rostro. Como contrapunto aparece el personaje de Zacarías, el Cruzado, el “pelado”, el indio sufrido que lucha contra la injusticia que no comprende, el único hombre de carne y hueso.

 

Novela novecentista.

A los novecentistas se les conoce también como la generación del 14 – año en que se inicia la primera guerra mundial-.  Los integrantes de este nuevo grupo ( formado por novelistas como Ramón Pérez de Ayala o Gabriel Miró, a los que se unen figuras destacadas en otros terrenos, no específicamente narrativos, como José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Eugenio D´Ors) se caracterizan por una firme elaboración ideológica y literaria en sus creaciones.

 Se caracteriza por:

-Sustitución del sentimentalismo, la angustia y el tono patético de los escritores del 98 por un examen más objetivo, sereno y optimista de la realidad.

 -Valor de la literatura como medio de influencia y de transmisión de cultura, sobre todo a través del ensayo  (género más cultivado por los estos escritores). El objetivo pedagógico deja sus huellas en la novela; la defensa de la educación como liberadora del individuo e impulsora de la sociedad está presente en las narraciones de Ramón Pérez de Ayala (Berlamino y Apolonío)

-Preocupación por el lenguaje.  La mayoría de los críticos señalan la gran riqueza lingüística de estos escritores (neologismos, metáforas sorprendentes, tecnicismos…) Sobresale en este sentido la prosa de Gabriel Miró, muy cercana a la lírica y de una gran belleza sensorial (sobre todo a la hora de describir el paisaje (Las cerezas del cementerio, El obispo leproso).

Pérez de Ayala  construye sus personajes sobre una mampara de irrealidad, donde se sitúan sus continuas citas y alusiones a otras obras clásicas o modernas. En ese contexto el autor introduce también frecuentes alusiones filosóficas o históricas.   Así en A.M. D. G. nos presenta la educación que recibe Bertuco en un colegio jesuita. Se trata  de una férrea crítica a la educación de estos colegios, basada en la intransigencia, el miedo, los castigos y la ausencia de autorrealización personal.  En La pata de raposa, nos presenta otro tipo de educación, en este caso la educación sentimental de Alberto; mientras que Troteras y Danzaderas asistimos a un recorrido de su protagonista ( lberto) por Madrid, que nos relata con agudeza las relaciones  que mantiene con el mundillo de la bohemia y en el que aparecen personajes famosos del momento ocultos en nombres ficticios.  En Berlamino y Apolonio se nos presenta la contraposición de ideales opuestos, personificados en dos zapateros, uno con gustos filosóficos, cerrado en su interior, y el otro con apetencias dramáticas, abiertas al exterior. Los dos viven la misma ciudad, Pilares (nombre bajo el que se oculta Oviedo, la ciudad del escritor). E n la novela son frecuentes las referencias cultas, la ironía y la acumulación de recursos literarios como el perspectivismo, los contrastes o el uso continuo de las figuras literarias.  También son muy apreciadas novelas como Tigre Juan y El curandero en su honra sobre el donjuanismo y el concepto del honor español, respectivamente.

En cuanto a Gabriel Miró (1879- 1930) es este un ejemplo carismático de hasta dónde puede llegarse con el uso del preciosismo literario, rico en perfección forma.   Lo más destacado de su narrativa es su sensibilidad poética. En su obra la descripción supera la narración, porque la acción escasea, incluso en ocasiones, parece desaparecer. Los personajes parecen seres inmóviles sin metas ni caminos; hasta el tiempo, parece detenido, pues lo importante son las evocaciones. Lo interesante de su novela es la riqueza expresiva, cómo la palabra viste a los objetos y al ambiente, y los dota de música, color y sensorialidad. Es un lenguaje que nos arrastra hacia un tiempo imposible, hacia un mundo estático y dormido.  Por la musicalidad, por la combinación de los elementos del discurso, hasta por la disposición de los periodos sintácticos es una prosa perfecta. Miró logra combinar la vacuidad decadente, con el preciosismo modernista.  Entre sus obras destacamos: Las cerezas del cementerio (1910), Libro de Siguenza ( 1917), El humo dormido( 1919), Nuestro padre San Daniel ( 1921), El obispo leproso ( 1925) y Años y Leguas ( 1928).

 

La novela de vanguardia. Está encabezada por la magistral figura de Ramón Gómez de la Serna ( 1888-1963), quien rompe completamente los moldes del género, rehúye el argumento y en su lugar ofrece sorprendentes cuadros estéticos, reflexiones, divagaciones… lo que él llama novela libre. Es uno de los autores que más contribuyó  a la penetración del vanguardismo y las nuevas ideas estéticas. Su bello ensayo Ismos, reflexiona sobre las nuevas corrientes.  Nunca pretende en sus obras fines didácticos, moralizadores o ideológicos;  únicamente escribir literatura de vanguardia, sin otras pretensiones. El <<va por libre>>, sus obras nunca son novelas al uso. Sus novelas presentan un contenido tabú (muchas veces erótico), un realismo incongruente y una exposición y disposición de los elementos caótica, sin apenas acción y con un argumento escueto.  Tampoco en el lenguaje hace concesiones a la tradición, sus asociaciones semánticas son libres y en ocasiones cargadas de retoricismo.  Los personajes utilizan un lenguaje incongruente y humorístico que provoca un efecto envolvente.  Destacamos algunas de sus novelas: El doctor inverosímil (1914), El novelista (1924), El torero Caracho (1926), La Nardo (1930), El hombre perdido ( 1946), Seis falsas novelas (1931. Esta última recopilación constituye con Ismos, el resumen, la síntesis de lo que supuso las renovaciones de la vanguardia.

Pero tampoco podemos olvidarnos en este repaso de la trayectoria de Benjamín Jarnés (1888-1949), él es sin duda el autor que consigue materializar con rigor los tanteos de la vanguardia, consiguiendo el máximo grado de deshumanización.  Sus novelas presentan un mundo aparentemente e impreciso, aislado de cualquier sostén argumental. Apenas hay acción y la incoherencia en la disposición de los elementos invita al lector a recomponer el puzle, a la reorganización del conjunto.  Se trata de una novela que exige la colaboración inteligente del lector que se enfrenta a  una novelística exenta de emoción y de sentimientos. Es el momento de la novela experimental, coetánea a la poesía pura.

En el caso de Jarnes nos encontramos con un lenguaje refinado, culto y lleno de clasicismo. Un lenguaje donde la palabra se cincela con exactitud, y el conjunto no está exento de lirismo.

Destacamos entre su producción: El profesor inútil (1924), Paula y Paulina (1929), Locura y muerte de nadie (1929), Libro de Esther ( 1935) o Venus dinámica ( 1943).

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