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Las manzanas de oro

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Las manzanas de oro

Entre todos los héroes griegos fue Heracles, hijo de Zeus y Alcmena, el más poderoso. El rey de Micenas y de Tirinto, Euristeo, le tenía gran envidia, por lo que le pidió que llevara a cabo una serie de pruebas, y entre ellas, una empresa casi imposible de realizar: que le consiguiera las manzanas de oro que estaban ocultas en un jardín sagrado y custodiadas por el temible Dragón Ladon y por las Hijas de la Noche, a quienes los humanos llamaban Hespérides. El problema era que nadie sabía dónde se encontraba el jardín.

Obediente, Heracles se puso en camino para encontrar el misterioso lugar, pues anhelaba realizar grandes hazañas. Buscó, indagó y preguntó, pero nadie sabía nada. Finalmente, Nereo, el Viejo del Mar, pudo informarle: el jardín de has Hespérides se hallaba en un paraje encantado más allá del final del mundo. Donde el titán Atlas sostenía la bóveda celeste sobre sus hombros.

El semidiós se puso en ruta de inmediato. Pasó por lugares desconocidos y llenos de peligros, se enfrentó a seres monstruosos y sanguinarios, y llegó por fin al lugar donde Atlas aguantaba el cielo sobre sus espaldas. Cerca se divisiva el hermoso jardín rodeado de olorosas madreselvas y rosales trepadores. En el aire resonaban las risas amables de las hermosas ninfas que jugaban con el Dragón a perseguirse entre los árboles.

El hijo de Zeus, que vestía sólo con una piel de león y llevaba en la mano una enorme clava, temió asustar a las Hespérides con su aspecto y con su poderosa arma, y no se atrevió a entrar. Se dirigió al gigante y le dijo:

-Poderoso Atlas, tú conoces a las ninfas. ¿No podrías entrar en el jardín y coger las manzanas Ellas no se asustarán al verte. Mientras tanto yo te sostendré el cielo. Atlas accedió encantado y prestamente depositó sobre los hombros del semidiós la bóveda celeste. Después, con una alegre sonrisa y un gesto de despedida, se introdujo en el jardín.

Desde su puesto, Heracles oyó los gritos de sorpresa y alegría de las jóvenes al ver al titán y la voz más bronca del Dragón dándole la bienvenida. Durante tres días no tuvo más noticias de Atlas que un eco de risas y persecuciones por el jardín sagrado. Al tercer día, apareció Atlas con las manzanas, que depositó a los pies del héroe.

-Amigo Heracles- le dijo- he hablado con el Dragón, que es muy inteligente, y me dicho que las Hespérides están disgustadas por perder las manzanas, y además yo estoy cansado de sostener el cielo sin poder divertirme nunca. Y te aseguro que con el Dragón y con las ninfas me lo paso muy bien- le comentó con un guiño-. Te dejo aquí, amigo mío, sosteniendo el cielo, y yo me voy a vivir al jardín sagrado. Para que veas que cumplo mi palabra, te entrego las manzanas. No me guardes rencor.

-Está bien, lo comprendo- aseguró Heracles- cualquiera en tu lugar haría lo mismo. Te pido un solo favor.

-Pídeme lo que quieras.

-Verás, tú puedes sostener sin esfuerzo la bóveda celeste, pero yo no estoy tan acostumbrado y se me resbala. Quisiera ponerme una almohadilla de cuerdas sobre la cabeza para que me sea más fácil aguantarla sin que se caiga.

-Me parece justo- manifestó el gigante- Te la aguantaré mientras te la colocas. Y el cándido titán sostuvo el cielo para que Heracles se acomodara la almohadilla protectora. El semidiós, que no esperaba otra cosa, se apartó rápidamente, recogió las manzanas y echó a correr.

-¡Dragón, Dragón, que se escapa!- chillaba indignado Atlas.

Pero el dragón sacó la testa fuera por la puerta del jardín y respondió:

-Eres tan estúpido que te mereces este destino. Ya te advertí que no confiaras en el héroe. Ahora nada puedo pacer por ti. Y como las Hespérides lo reclamaban para jugar al escondite, volvió a entrar en el jardín, dejando a Atlas solo y aburrido con su carga.

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