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La magia más poderosa, Carlo Frabetti.

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La magia más poderosa, Carlo Frabetti.

 

Explica el significado de las palabras y expresiones subrayadas en el texto.

Continúa la historia.

Analiza morfológicamente el siguiente fragmento:

-¿Eres Ulrico? –preguntó uno de ellos.

-¿Estáis buscando a mi primo Ulrico? – contestó el enano con su mejor cara de inocencia-. Se ha ido en aquella dirección- añadió. Lo reconoceréis enseguida porque se parece mucho a mí. Es más o menos de mi estatura y también tiene el pelo rojo, aunque es mucho más guapo…

 

Hacía una mañana espléndida. El sol brillaba radiante en un cielo sin nubes, los pájaros cantaban en los árboles y el sombrío castillo de Crudelia ya no era sino un punto en el horizonte. En otras circunstancias, Ulrico, gran amante de la naturaleza y de las mañanas soleadas, hubiera disfrutado enormemente del paisaje, pero estaba tan absorto en sus pensamientos que casi ni se fijaba en donde ponía los pies, y estuvo a punto de caerse varias veces al tropezar con alguna piedra del camino.

Su conversación con Ágata le había aclarado algunas dudas, pero a la vez le había dejado perplejo y meditabundo. Un poco de somnífero había bastado para hacerle tener la sensación de ser víctima de una magia poderosísima, capaz de alterar el tiempo y el espacio. Un sistema de pasadizos y puertas secretas, unido a un cierto parecido físico, había hecho  creer a los súbditos de Crudelia que ella y ´Ágata eran una misma persona y que la reina tenía el poder de cambiar la apariencia a voluntad. ¿Habría siempre una explicación igual de sencilla y natural detrás de la magia?

Según Ágata, todo lo que hacían las brujas era utilizar las plantas medicinales para curar enfermedades, provocar el sueño o alegrar el ánimo, o aumentar momentáneamente el vigor. También el vino hacía dormir y alegraba el ánimo y nadie llamaba magos a los taberneros…

Tan sumido estaba Ulrico en estas reflexiones que no se fijó en los tres jinetes que cabalgaban hacia él hasta que no estuvieron muy cerca. Demasiado cerca, pues cuando vio que uno de ellos lo señalaba y espoleaba su caballo dirigiéndose hacia él, ya era tarde para intentar huir.

Ágata le había asegurado que le daría a Crudelia una pista falsa sobre su paradero, y no creía que la bruja le hubiera mentido; pero tal vez la reina no se hubiera dejado engañar y hubiese mandado hombres en su busca en todas direcciones.

Como no le gustaba malgastar sus fuerzas y era inútil echar a correr o intentar esconderse detrás de un árbol, Ulrico esperó tranquilamente a los jinetes. Y no tuvo que esperar mucho, pues en menos que canta un gallo los tuvo a su alrededor.

-¿Eres Ulrico? –preguntó uno de ellos.

-¿Estáis buscando a mi primo Ulrico? – contestó el enano con su mejor cara de inocencia-. Se ha ido en aquella dirección- añadió. Lo reconoceréis enseguida porque se parece mucho a mí. Es más o menos de mi estatura y también tiene el pelo rojo, aunque es mucho más guapo…

-Cogedlo- dijo el que le había preguntado, y sin casi saber cómo el enano se encontró metido en un saco y cargado como una alforja sobre la grupa de uno de los caballos.

Tras un incomodísimo viaje que se le hizo interminable, Urico se sintió transportado en volandas por sus captores, que de pronto se detuvieron, abrieron el saco y le dejaron caer al suelo como quien vacía una bolsa de patatas (aunque ellos no podían saberlo, pues en aquel tiempo sólo había patatas en América).

-Aquí está el enano, alteza- dijo uno de los hombres.

Ulrico rodó por el suelo de un lujoso salón y se encontró a los pies de un apuesto oven de bucles dorados y elegantemente vestido de raso azul. Fuera quien fuese aquel relamido, por lo menos no estaba en el castillo de Crudelia.

Para sorpresa de Ulrico, el joven al que habían llamado <<alteza>> se precipitó hacia él  y lo ayudó a levantarse con grandes muestras de deferencia, a la vez que reprendía a sus hombres.

Insensatos! ¿Cómo habéis osado tratar así al maestro Urico, el más ilustre de mis huéspedes?

-Disculpad, alteza- se excusó el que parecía el jefe de los tres-. Nos dijeron que lo trajésemos a cualquier precio y, tratándose de un enano, pensamos que era un malandrín.

-Señor, os suplico que perdonéis la torpeza de mis rudos soldados-dijo el relamido joven a Ulrico-, y perdóname a mí también por no cerciorarme de que mis órdenes eran interpretadas correctamente.

-Estáis disculpados- dijo Ulrico, mirando de reojo a sus captores y arreglándose la ropa, pues el viaje a caballo dentro del saco lo había dejado un tanto maltrecho-. He viajado más de una vez en peores condiciones.

Tras indicar con un gesto a sus hombres que se marcharan, el joven rogó a Ulrico que se sentara en un aparatoso sillón forrado de terciopelo azul (casi todo era azul en aquella sala) y se presentó ceremoniosamente.

-Sabed, maestro Ulrico, que soy el príncipe Arlindo, y me he tomado la libertad de mandaros llamar por un asunto de la mayor gravedad, y una vez más os pido mil perdones por el lamentable malentendido que ha llevado a mis hombres a trataros tan rudamente.

-Estaré encantado de ayudaros en la medida de mis posibilidades, príncipe, pero me temo que os habéis equivocado de persona. Mis recursos son muy limitados y mis habilidades escasas.

-¿No sois vos el Ulrico que ha librado de su encantamiento a una princesa que, custodiada por siete gigantes, llevaba siete años dormida?

Ulrico rio al ver con qué rapidez se pregonaban los rumores, y con qué facilidad se deformaban los hechos al ir de boca en boca.

-Mi querido Arlindo, no eran siete gigantes, sino todo lo contrario, y la princesa en cuestión no llevaba siete años dormida, sino unas pocas horas.

-Bueno, ya sabéis que estas historias siempre se exageran un poco… Pero ¿es cierto que la reanimasteis con el beso de la vida?

-Me limité a insuflar aire en sus pulmones, y ella volvió a la normalidad por sí misma.

-Tenéis la modestia de los grandes sabios- dijo Arlindo con admiración-. Estoy cada vez más convencido de que vos sois el único que puede ayudarme.

-Contadme vuestro problema, príncipe y, como os he dicho, haré cuanto esté en mi mano.

-¿Habéis oído hablar de la Bella Durmiente del Bosque?-preguntó Arlindo.

-Sí, conozco la leyenda.

-No es una leyenda, mi buen Ulrico- dijo el joven bajando la voz y mirándole fijamente a los ojos-. Yo la he visto.

-¿La habéis visto? Eso es muy interesante…

-Obsesionado por esa leyenda, que no es tal leyenda, y que ya mi hada madrina me relataba cuando era niño.

-¿Tenéis un hada madrina?- exclamó Ulrico-. Eso es, si cabe, todavía más interesante… Oh, perdonadme por la interrupción.

-No, no, al contrario. Os ruego que me hagáis cuantas preguntas estiméis conveniente a lo largo de mi relato… Sí, tengo la inmensa suerte, el inmerecido privilegio y la altísima dicha de tener un hada madrina. Lamentablemente, se halla ausente. Y además, por razones que no acabo de comprender, no ve con muy buenos ojos mi empeño en esta empresa. Ya sabéis que las hadas van y vienen a su antojo, y que sus designios son a menudo inescrutables.

-Claro, claro…

-Como os decía, obsesionado por la historia de la Bella Durmiente, la he buscado sin descanso durante años, guiándome por vagos rumores y oscuras referencias…, y al fin la he encontrado.

-Continuad, os lo ruego- le apremió Ulrico, al ver que el joven se quedaba absorto, con una expresión soñadora.

-Sí, la he encontrado… Yace en un lecho de flores, en un castillo abandonado e invadido por la vegetación, y su belleza es tal que no puede ser descrita. Su cabello es como el oro más fino y su cutis es blanco y suave como el marfil… No hace falta que os diga, querido Ulrico, que si ya la amaba en mis fantasías, al verla ese amor se centuplicó al instante, convirtiéndome en su esclavo más rendido. Imaginaos, pues, cuál no sería mi desesperación al no conseguir despertarla.

-¿Lo intentasteis… adecuadamente?

-Dicen que este tipo de encantamientos se rompen con el beso de un príncipe azul. Yo, como podéis ver, soy un príncipe azul, y la besé suavemente en los labios, tal como manda la tradición.

-Pero no se despertó.

-No- dijo Arlindo con un hondo suspiro-. Tal vez no sea digno de ella. Tal veza mi corazón no sea lo suficientemente puro… ayer llegó a mis oídos el rumor de que un enano de rojo cabello había despertado, no lejos de aquí, a una princesa encantada, y al instante mandé emisarios en todas direcciones para buscaros. Lo que pretendo de vos, sin duda ya lo habéis imaginado, mi buen Ulrico.

-Llevadme junto a ella, Arlindo. Haré lo que pueda para reanimarla.

-No viviré lo suficiente para agradecéroslo- dijo el príncipe  embargado por la emoción-, sea cual fuere el resultado de vuestro intento. Tal vez la Bella Durmiente se enamore de vos y no de mí si lográis despertarla; pero la alegría de verla viva compensará con creces el dolor de perderla.

-Muy nobles palabras como ésas- dijo Ulrico-. El verdadero amor consiste en desear el bien de la persona amada por encima del propio, y muy pocos hombres aman así. Pero no os preocupéis por eso, buen Arlindo; no sé si lograré despertar a la Bella Durmiente, pero lo que sí puedo aseguraros es que no se enamorará de mí. Las princesas no se enamoran de los enanos, amigo mío, ni siquiera en los cuentos de hadas.

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