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Los padres

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Los padres

Todos los padres son buenos, pero los de ahora son de los mejores. Que más de la mitad de los jóvenes españoles entre los 25 y los 29 años sigan viviendo en casa obedece en buena medida a la falta de los medios económicos pero también a la medida en que los padres se están comportando. Sin la tolerancia y la compresión que está demostrando la actual generación de padres y madres sería difícil concebir esta masiva permanencia en el hogar.

Las cosas en su  interior ya no son ni tan estrictas ni lo jerárquicas que eran, y esa conversión de la casa en residencia multiuso, en entradas y salidas desincronizadas, en superposición de situaciones y criterios requiere de un indulgente respeto mutuos que favorece, sobre todo, el talante paterno. Puede ser, como afirma el informe del Instituto de la juventud que los jóvenes, faltos de emancipación sufran una pérdida de identidad, pero mucha de la que aún poseen se encuentra apuntalada por  los cientos de miles de madres y padres que prestan su aliento sin condiciones. Otros países desarrollados registran una fuerte correlación entre el incremento del desempleo y el aumento de la delincuencia o la marginalidad. El asombroso sosiegocon que aquí se viven unas cifras de paro muy altas es un fenómeno no independiente del abrigo familiar.

España ha sido acaso el país europeo más convulsionado últimamente por el cambio de costumbres y valores. De una sociedad religiosa bajo un régimen dictatorial se ha pasado en pocos años a representarse con leyes y modos tanto o más tolerantes que sus vecinos. En el acelerado paso al laicismo, en la legislación sobre drogas, en la aceptación de objetores e insumisos, en la laxa aceptación de conductas sexuales, en su pactismo constante. España ha demostrado una plasticidad que, si de una parte, ha desembocado en una falta de códigos fuertes, ha creado una holgura de libertad sin parecido.

Dentro de esa libertad se han hospedado desmesuras chabacanas en televisión, despropósitos peliculeros a lo Bigas Luna, ruidosos desmanes de fin de semana, descontrol en el consumo de estupefacientes y alcohol entre adolescentes, pérdida de autoridad en las escuelas, infracciones sin castigo en ciudades y carreteras, abusos irresponsables en la información, pero también una atmósfera de desahogo que difícilmente se conoce en otras partes.

Quien ha producido este estado de cosas es el conjunto social, pero sus derechos morales han sido los pertenecientes a una generación, en torno a los cincuenta, que sacudió de su alrededor los aherrojamientos del franquismo y son hoy los padres de esos jóvenes necesitados.

Todo el esfuerzo de convivencia, de permisividad, de entendimiento que el país realizó en la transición, lo  ha seguido manteniendo, a pesar de todo. Los chicos y chicas desean establecerse por su cuenta, como es de razón, pero es raro que alcancen a repudiar con furia la figura de padres y madres, que han cambiado la coacción por la comprensión y el escándalo por toneladas de permisividad, ayuda o silencio.

No es inteligible el alto grado de paz social que se respira aquí – pese a la falta de horizontes de empleo, pese a la decepción del mundo juvenil, pese a todo –si no se atendiese a la parte de cohesión que esta generación procura. Mientras la norte de los Pirineos, aún en la crisis, ha crecido espectacularmente el número de hogares compuestos por una sola persona o formados por reuniones de conocidos, la tendencia española se modera en el colchón familiar. Efectivamente, las afueras no ofrecen grandes oportunidades, pero, aún así, si el hogar fuera menos favorable ganarían los impulsos para abandonarlos. Sólo el balance entre lo que se recibe y lo que se pierde determina la elección del lugar; y algo más, importante y complejo, ha de intervenir para una mayoría de jóvenes curtidos no hayan desertado de la sombra de sus padres.

Aherrojar: oprimir, subyugar.

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