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Un libro sirve.... para salvarte la vida

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Un libro sirve

Para salvarte la vida

Scott había vivido épocas mejores. Hubo un tiempo en que controló una parte importante del Bronx y tenía un Lincoln negro de los que llamaban la atención. Fue cuando contrató a su hermano Matthew como chófer, lo vistió con un ridículo uniforme con gorro de plato y le encargó que mantuviera siempre brillante los cromados del coche y a la chiquillería del barrio a diez metros de distancia, para que no se lo llenasen de mocos. Fue cuando visitaba a su madre todas las semanas y le dejaba unas cuantas bolsas llenas de comida y regalos. Fue cuando asistió a los funerales de su padre, que había muerto de repente, de un infarto de miocardio, en la prisión de la isla de Rikers, donde cumplía condena, arropado por la plana mayor de la mafia del noreste de la ciudad. Llevaba dos pistolas antiguas, casi de coleccionista. Una Colt M1911 en la sobaquera y una pequeña Remington doublé Drerriger sujeta  a la pantorrilla con la liga del calcetín más por mantener las apariencias que por otro motivo, pues nunca había sentido apego por las armas y era torpe en su manejo.

Hacía ya algunos años que la estrella de Scott se había ido apagando. Él no se podía explicar el porqué, pero intuía que en algún momento se había producido un hecho que había cambiado el curso de las cosas, y le quitaba el sueño pensar en cuál habría sido ese hecho y en quién lo habría propiciado. Siempre acudía un nombre a su atormentada mente. Sam Fauller, antiguo compañero que nunca había ocultado sus desmedidas ansias de poder ni sus repugnantes modelos de matón. Él era quien se había instalado en su sitio y se había apoderado de todo lo que le pertenecía, hasta de su buena reputación.

Tras pasar por varias casas, cada vez peores, vivía en un departamento infame en el South Bronx, en una zona donde proliferaban pandillas de negros e hispanos que se pasaban la vida cruzados de brazos, salvo cuando decidían zurrarse entre ellos. Su existencia se había convertido en un deambular por la ciudad, la mayoría de las veces sin rumbo ni destino. A veces se acercaba hasta el Yankee Stadium y le robaba la cartera a algún incauto turista que pretendía sacar una foto del templo del béisbol; otras veces se movía por el zoo o el Botanical Gardens con la misma intención, o incluso llegaba hasta City Isaland. Pero el Bronx no era precisamente territorio para incautos, por eso cogía el metro a menudo hasta Manhattan. Eso era otra cosa.

Y así sobrevivía, con robos de poca monta que en la mayoría de los casos no le llegaban ni para comer caliente durante una semana; pero se sentía satisfecho de haber tenido que acudir solo en dos ocasiones a casa de su madre en busca de un plato de comida.

Una mañana, en el cruce de Park Avenue con la West 116th Street, vio algo que lo dejó atónito y, al instante, lo llenó de rabia. Sam Fauller, flanqueado por dos guardaespaldas descendía de una limusina y parecía dispuesto a entrar en el lujoso portal de un edificio. Una rubia despampanante iba cogida de su brazo. Entonces no pudo contener un arrebato y se dirigió a él a la carrera.

-¡Sam! ¡Sam!- lo llamó.

Los guardaespaldas le cerraron el paso de inmediato y la rubia despampanante retrocedió, ocultándose tras el corpachón de uno de ellos.

-Lo conozco- se limitó a decir Sam Fauller, y los matones se apartaron. Luego, mirándolo de arriba abajo se dirigió a él-: ¿Qué quieres?

Sólo pretendía saludarte, hermano, darte un abrazo por los viejos tiempos- le dijo Scott, forzando una sonrisa y abrazándolo efusivamente.

Sam Fauller lo rechazó al instante, se estiró la americana y reanudó su marcha. Ni siquiera se volvió cuando escupió sus últimas palabras:

-No vuelvas a llamarme hermano.

El de Scott fue un acto espontáneo. De haberlo pensado tan sólo un segundo, no lo habría hecho. Cuando se alejó del lugar se metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera de Sam Fauller, que había robado limpiamente. Revisó su contenido y sólo encontró cincuenta dólares.

-¡Mierda!- exclamó decepcionado, y tiró la cartera a una alcantarilla.

Poco después pasó por delante de una librería. Junto a la perta, en la acera, había un tenderete con algunos libros de ocasión. Grandes cartelones escritos a mano anunciaban las ofertas. Y Scott volvió a cometer un acto impulsivo en menos de una hora, pues justo cuando se encontraba a la altura del tenderete alargó uno de sus brazos y robó un libro. De inmediato se lo guardó en el bolsillo interior de la americana, justo a la altura del corazón. Ni siquiera se había molestado en leer el título.

Esa misma tarde se dio cuenta de que un hombre lo estaba siguiendo. Lo hacía con disimulo, pero él ya era perro viejo y lo descubrió de inmediato. Fue entonces cuando comprendió con claridad el lío en el que acababa de meterse. Sam Fauller, un hombre violento y vengativo, iba a hacerle pagar por haberle robado la cartera. Y sabía que no se andaría con chiquitas y que no se conformaría con menos que asesinarlo y dejarlo tirado en medio de la calle, como un perro.

Trató de perder de vista a su perseguidor en varias ocasiones, aprovechándose del gentío en las zonas más transitadas y cruzando una calle con el semáforo en rojo, pero aquel sabueso conocía su trabajo y estaba bien adiestrado. Finalmente, decidió volver al Bronx, que era su mundo, con la confianza de que allí conseguiría despistarlo. Tomó la línea 6 del metro, la que termina en Pelham Lawrence, esperando hasta el último instante, se bajó del vagón con las puertas a medio cerrar. Más tranquilo, se dirigía por un solitario camino hacia la salida. Estaba seguro de que el hombre no había podido reaccionar a tiempo y ahora estaría escupiendo blasfemias dentro del vagón, alejándose irremediablemente.

Sin embargo, de improvisto, se quedó paralizado. Aquel hombre no solo no estaba en el vagón, sino que se encontraba frente a él, a muy poca distancia, con una navaja automática en la mano. El acero brillaba con la luz fluorescente de las lámparas. Sin mediar palabra, el hombre se abalanzó sobre él y le asestó dos cuchilladas.

En el primer momento, Scott no sintió nada, y por eso llegó a creer que el libro que había robado le había servido de parapeto; pero dos hilos de sangre, uno a cada costado, le sacaron del error. El hombre no había fallado sus golpes, aunque ninguno hubiese resultado mortal.

Echó a correr como un poseso y salió de la estación. Pensó entonces que era posible que Sam Fauller solo hubiese pretendido darle un escarmiento y que aquel sicario ya se habría marchado. Pero sus pensamientos volvieron a resultar equivocados. Giró la cabeza y descubrió que el hombre lo perseguía a corta distancia. Era muy veloz y pronto le daría alcance. Estaba perdido. La americana se le había desgarrado con los navajazos y el bolsillo donde se encontraba el libro se había desprendido, quedando más o menos a la altura del abdomen.

De pronto, sintió que aquel hombre le había dado alcance. Lo miró de reojo y sólo pudo ver un bravo moviéndose como una centella. Una vez, dos, tres. Se detuvo en seco y se miró el vientre. Si dijo que esta vez el libro sí le había salvado la vida. Pero no era así, porque tres nuevos hilos de sangre tiñeron su camisa.

Scott reanudó su loca carrera con el matón de Sam Fauller pisándole en todo momento los talones. Daba la sensación de que aquel matón sanguinario estaba esperando el instante oportuno para darle el golpe de gracia. Se sentía tan cansado y aturdido que no se dio cuenta de que se introdujo en un estrecho callejón sin salida, un oscuro fondo de saco entre varios edificios que terminaba en el muro de hormigón de una nave. No podía dar un paso más. Se detuvo y apoyó su maltrecho cuerpo contra la áspera superficie del muro.

El matón no se acercó, como en ocasiones anteriores, sino que se detuvo a veinte metros de distancia. Se quedó mirándolo unos segundos y luego, con mucha sangre fría, sacó una pistola y le apuntó.

Scott cerró los ojos antes de escuchar tres disparos. Luego se desplomó. Cuando volvió a abrirlos, el callejón estaba desierto. Se sorprendió de seguir respirando y se dijo que tal vez el libro hubiese hecho la función de chaleco antibalas y eso le había salvado. Fue entonces cuando sacó el libro del bolsillo. Lo examinó. Estaba intacto. Por el contrario, su cuerpo parecía un colador, pues a los navajazos, ahora tenía unir los balazos. Ninguno de los que habían perforado su tronco parecía mortal; sin embargo, el que le había atravesado el muslo tenía muy mala pinta, sobre todo porque de la herida le manaba abundante sangre.

<<Moriré desangrado; una de las balas ha debido segarme la arteria>>, pensó, mientras sentía que las fuerzas le abandonaban.

Fue en ese instante cuando, sin saber por qué, se quedó mirando el libro, que había quedado sobre la acera. Le llamó la atención el título: Manual de primeros auxilios.

Lo agarró con fuerza y lo abrió en busca del índice. Y allí encontró el remedio: tenía que taponar la herida con algo sólido y luego hacerse un torniquete para evitar que la sangre continuase manando sin control.

Desgarró su camisa en tiras y buscó por los alrededores el objeto sólido con el que taponar la herida. No lo encontraba. Finalmente decidió que ese objeto fuera el propio libro. Lo presionó contra su herida y, con las tiras de la camisa, lo vendó como mejor pudo, tratando de ajustarlo al máximo. A continuación, un poco más arriba, casi a la altura de la ingle, se hizo el torniquete.

Pocos minutos después, perdió el conocimiento.

Y así lo encontró la policía. Y así lo recogió la ambulancia. Y así llegó al servicio de urgencias del hospital. Todos los médicos que le atendieron lo certificaron por unanimidad: aquel libro, sujeto de manera tan tosca, le había salvado la vida.

Alfredo Gómez Cerdá.

 

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