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Leyendas medievales

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Algunas leyendas medievales recopiladas por Julian de 1ºD. 

El hada Melusine


Melusine, era la hija de Elinus, rey de Escocia y del hada Pressina. Cuando crece, Melusine descubre que su padre la había visto nacer, contra los deseos de su madre. Entonces decide encerrarlo en una montaña. Su madre, el hada Pressina, le recrimina su atrevimiento y condena a su hija a convertirse en una serpiente de la cintura para abajo todos los sábados.


Un día, Melusine paseaba por el bosque Raymond en Potiers. Lusignan, la ve bañarse y se enamora de ella. Entonces, Melusine se casa con él, pero le pone como condición que nunca la visite los sábados. No obstante, ante la insistencia de sus hermanos que intentan convencerlo de la infidelidad de su joven esposa, este la espía y ve su cola de serpiente. A partir de ese día desaparece para siempre y la joven Melusina, sigue llorando, terriblemente sola y esperando que algún día vuelva y pueda contarle su desdichada historia.

Abelardo y Eloisa

Abelardo nació en 1079 en Palais (Bretaña), en una aldea próxima a Nantes. Berengario, su padre, era una persona culta e ilustre que supo dar una buena educación a su progenie.

Siendo muy joven, Abelardo fue destinado a la carrera militar, que luego abandonó por su pasión por el estudio. Cultivó todos los saberes de su tiempo, incluyendo la música y el canto. Ese afán de conocimiento le llevaría a renunciar tanto a la herencia como a su primogenitura. Su historia forjaría la leyenda de un ser inteligente y tolerante; asceta o sensual, según el vaivén de los acontecimientos o de los designios que dictaba su corazón.

Dedicado a la filosofía, estableció una escuela en la colina de Santa Genoveva y a la misma atrajo a una gran multitud de alumnos que le profesaban un profundo respeto. Años más tarde, sus obras De trinitate y su Introducción a la teología, despertarían grandes polémicas y serían condenadas por la iglesia Romana.

Tuvo su primera escuela en Melun y en Corbeil para regresar a los 25 años a París en donde se entregó plenamente al debate filosófico. Para aprender teología, el maestro no tuvo ningún reparo en hacerse discípulo de Anselmo. Después comenzaría el debate con el maestro, al que venció en una discusión pública y quedándose de este modo con casi todos sus discípulos.

Eloísa, por su parte, era una bella joven de talento excepcional, sobrina de Fulberto, canónigo de París. Había nacido en 1101 y tenía entonces 17 años. En cuanto vio a la joven Abelardo. Ambos quedaron prendados y Abelardo, con el pretexto de cultivar su formación filosófica, la sedujo: “inflamado de amor, busque ocasión de acercarme a Eloísa y en consecuencia, trace mi plan.”, decía Abelardo en una epístola dirigida a uno de sus amigos.

Cuando Eloísa quedó embarazada, Aberlardo decidió raptarla para conducirla a Bretaña. Allí, dio a luz un niño en la casa de la hermana de su amante. Pero cuando Abelardo regresó a París, Fulberto lo esperaba para ejecutar su venganza: sus emisarios mutilarían sin más al seductor de su sobrina.

Eloísa, sin otra alternativa, tomaría los hábitos en el convento de Argenteuil y Abelardo, ingresaría en el convento de Saint-Denis. Aunque éste, más adelante, abandonaría el claustro para dedicarse nuevamente a la enseñanza y al debate filosófico, aumentando su fama y con ella, la cantidad de seguidores y adversarios.

Abelardo, como consecuencia de sus ideas y discusiones teológicas, fue rechazado por los monjes de Saint-Denis, por lo que se retiró a la diócesis de Troyes donde se comprometió con una vida austera y rigurosa. Allí fundó el oratorio al Paracleto o Espíritu Santo Consolador, del que más tarde Eloísa sería posteriormente abadesa.

Durante el Concilio de Sens, en 1140, San Bernando venció a Abelardo en una discusión pública. En consecuencia, fue condenado a cárcel perpetua (sentencia que luego fue conmutada por la clausura en un monasterio). Años más tarde, el abad de Cluny, Pedro el Venerable, lograría reconciliar a Bernardo y Abelardo.

Abelardo murió en la abadía de San Marcelo, en Chalons-sur-Saone, el 21 de abril de 1142. Tenía por entonces 63 años. En sus últimos años, había abandonado sus ideas heréticas, rechazando el arrianismo y el sabelianismo. Se sabe que su amada Eloísa reclamó su cuerpo. Ella moriría en 1163 y los restos de ambos amantes serían depositados en un museo de París. Posteriormente se dice que sus restos se hallaban en el cementerio del Pere Lachaise, aunque muchos arqueólogos cuestionan su autenticidad.

Es obvio que, en el terreno de lo legendario, ficción y realidad se dan la mano y tejen una verdad de fe, basándose en el romanticismo de una historia relatada de generación en generación y que los que escuchan con fervor, desean creer.

Abelardo y Eloísa, los amantes que se vieron inmersos en realidades discontinuas; uno, dedicado al debate filosófico y la otra, a la vida monástica, pero que nunca dejaron de amarse apasionadamente. No pudieron morir juntos, pero protagonizaron la terrible desdicha de un amor imposible que, aunque no les concedió la felicidad, al menos, sí les concedió la convicción de haberse sentido amados.

Lohengrin

Lohengrin, el caballero del cisne, es uno de mitos medievales que posteriormente sería absorbido por la leyenda artúrica, como hijo de Parsifal (Perceval), el caballero del Grial.

Como cuenta un poema épico del siglo XIII y otras fuentes relacionadas con él, cuando murió el duque de Brabante, éste solicitó a su única hija, Elsa, que se casara con uno de sus caballeros, Friedrich de Telramund. Sin embargo, ella lo rechazó y él, indignado se quejó al Emperador, Enrique el Cazador, alegando que había roto su promesa y acusándola de haber matado a su padre, infame acusación que nadie osó contradecir. Ella rezó e invocó ayuda. Su oración fue tal que provocó que sonase la campana de Montsalvat, en el reino del Grial, señalando que alguien estaba necesitado de ayuda y que vivía una situación de infortunio. Lohengrin, oiría este reclamo e iría a rescatar a la damisela con la ayuda de un cisne mágico.

Tras vencer a Friedrich en un combate singular que serviría para probar la inocencia de Elsa y cumpliendo con las normas de la cortesía caballeresca, el noble Lohengrin no mataría a Friedrich; sería posteriormente el emperador el que lo condenaría a muerte. Lohengrin tomaría la mano de Elsa y de este modo se convertiría en el duque de Bramante. Pero el joven le pondría a su amada esposa una condición: ella jamás le preguntaría cómo se llamaba o dónde había vivido. El propio Grial había dispuesto que si alguno de los caballeros salía del reino del Grial, lo haría en el más absoluto anonimato, de manera que si alguien descubría su identidad, el caballero se vería irreversiblemente obligado a retornar.


Así pasarían varios años; pero, después de tener unos cuantos hijos, Elsa no pudo soportar la curiosidad, deseaba saber el origen de su marido. En el relato original, serían las burlas de una duquesa las que provocarían la ruptura del pacto (en la ópera de Wagner, por ejemplo, lo hace por la insistencia de Ortud, la esposa de Friedrich). Así que ella realizaría la fatídica pregunta, obligando de este modo a Lohengrin a regresar para proteger el Grial. La dama quedaría sola y abandonada a su suerte. De las brasas de su amor desgraciado, sólo quedarían su espada, su cuerno y el anillo: triste herencia para sus amados hijos.

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