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Leopoldo Alas "Clarín". Apuntes de literatura

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Clarín

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La novela española decimonónica más importante (posiblemente en competencia con Fortunata y Jacinta) y donde se ponen de manifiesto todos los supuestos teóricos de Clarín, es La Regenta, su obra más importante.

El escritor destaca en sus dos facetas: como crítico y como literato. De hecho durante su vida, fue más famoso como crítico, que como novelista; sus críticas podían ser además temibles y el público  lo respetaba.  Además era esta una función importante, porque el público se alienaba siguiendo sus posturas, él y otros críticos formaban el gusto de los lectores.

Clarín practica dos tipos de crítica: la que él llamaba, higiénica y policiaca, , que aplica a las obras y autores de baja calidad, y una crítica detallada comprensiva para aquellas obras que juzga de interés. Se manifiesta decidido partidario del estilo sencillo, natural e insiste en la necesidad de librarse de la retórica y de los lugares comunes. Para él la novela es el prototipo de las manifestaciones artísticas de la época. La novela debe ser el reflejo de la sociedad contemporánea.

 

Por otra parte, para sus contemporáneos,  Clarín fue el representante del naturalismo tanto en la crítica como en la novela. Su naturalismo  supera los estrechos límites del francés debido a su formación. En su última etapa se desmarcó del positivismo del Naturalismo zolesco pues como él mismo dijo “triste suerte sería del Naturalismo si dependiese del auge, quizá pasajero, de esa escuela que proclama el análisis empírico como única fuente de conocer en la ciencia. La novela naturalista debe ser el reflejo de la pura realidad, desprovista de cualquier clase de filosofía o ideología.

 

La Regenta es, sobre todo, una novela de conflictos, tanto sociales como personales. Los primeros son producto de una sociedad de transición entre el A. Régimen y la nueva sociedad burguesa, que vive en una serie de contradicciones producidas por las consecuencias de una revolución burguesa que ha dejado casi intactos los cimientos del Antiguo Régimen: la aristocracia y la Iglesia dirigen la vida social y la alta burguesía trata de penetrar en esta dinámica.

La iglesia, muy jerarquizada y revuelta por intrigas internas, está aliada con la aristocracia. La aristocracia, dividida en la vieja casta anterior al XIX, muy cerrada y muy católica: un ejemplo de esa aristocracia que se aviene a los nuevos modos de vida estaría representado en la obra por  los Vegallana. También la alta burguesía pretende integrarse en la aristocracia mediante la cultura (Roncal), la política (Mesía) el sometimiento a la iglesia (Páez) o el matrimonio ( Víctor Quintanar).

 

Clarín llega a la conclusión de que Vetusta es una ciudad dominada por la mezquindad y la hipocresía, cuyas gentes condenan al fracaso cualquier aspiración que se eleve más allá de sus cabezas. Es una ciudad de estúpidos y Clarín registras una a una las estupideces y cursilerías de cada uno de sus habitantes.  En Vetusta, se desarrolla la trama,  un verdadero mosaico de las relaciones sociales, políticas, económicas de una capital de provincias de la época.

Vetusta rige los destinos de todos los personajes secundarios de la obra: es la ciudad levítica, la que dirige los comportamientos tanto de la clase religiosa, como de la “muy noble y muy leal” clase aristocrática, en torno a la cual se desenvuelve la obra.

La ciudad es descrita negativamente desde el comienzo de la novela. Clarín denuncia la miseria espiritual de sus habitantes. El autor transforma a la propia ciudad en un personaje y personifica sus males: <<Vetusta… hacia la digestión del cocido y la olla podrida>>. La bimembración de los elementos contribuye de forma eficaz a la denigración del ambiente que se muestra: <<caliente y perezoso>>, <<aquellas migajas de la basura>>, <<aquellas sobras de todo>>, <<monótono y familiar zumbido>>, etc. A veces, en lugar de dos, son tres y hasta cuatro los elementos que se repiten: <<de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina>>; << se juntaban … parábanse… y brincaban>>, etc., y cuando quiere acrecentar la cosmovisión negativa, utiliza hasta cuatro elementos: <<remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles>>.

El contraste entre los elementos que sitúa en primer lugar y la descripción posterior  capta de inmediato la atención del lector: Vetusta, heroica, noble y leal…. basura podrida. La ciudad es un puzle de vida aburrida, donde no sucede nada, todos sus personajes son marionetas, un zumbido de personas monótono, que no tienen alicientes.

La estructura de la frase y la especial disposición del período  nos muestra la técnica, en cierto modo, impresionista.  A Clarín le interesa destacar el abandono y por eso mueve la pluma mediante trazos insistentes que reinciden en los elementos. Es una sintaxis compleja, a base de subordinaciones y complementos adnominales:

 

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arrollo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidos un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados en las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacia la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de las campanas de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en Santa Basílica.

Es una ciudad atiborrada de lujuria: nadie soporta la idea de la decencia de Ana Ozores y se  organiza toda una conspiración para hacerla caer. Mesía es el héroe. La atmósfera erótica se refleja en las mínimas actuaciones: cuando Teresina hace la cama del magistral, cuando Ana muerde una cereza, las escenas en el Vivero, en la cocina de los Vegallana, etc.

La obra critica la hipocresía, la envidia, el espionaje a que se someten unos a otros. Todos los personajes que podemos encontrar en una pequeña capital de provincias tienen su representación en la Regenta: el obispo, los marqueses, el cacique, el obrero, etc., pero no son simples arquetipos. El esfuerzo de individualización de cada personaje es uno de los rasgos más decisivos de la obra.  Veamos uno de esos momentos felices para el lector, porque descubre la catadura de los habitantes de la ciudad:

-¡Ya llega, ya llega!- murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a su sabor a la dama más hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de Nazareno, ni más ni menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.

Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella,  por las apretadas de las aceras, por la muchedumbre asomada a las ventanas y balcones, que <>. No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos…Enfrente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra oscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción. Se moría de envidia. <>. Esto era para la de Fandiño el bello ideal de la coquetería. Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros y paseos y también en procesiones… ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos, por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo del terciopelo de la nazarena! <> <<¿Cuándo llegará?>>, preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia admiradora, y siento extraños dejos de una especie de lujuria bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en aquel momento así… un deseo vago… de…, de… ser hombre.

 

 fotografo/boda/Valencia/ElRevesdelEspejo-http://www.jfrechina.com/

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Los dos personajes centrales son Ana Ozores y Fermín de Pas. El resto de personajes se agrupan por bloques en torno a ellos. Son los personajes eje de la acción, sus pasados están minuciosamente descritos y condicionan su presente.

 Los conflictos personales son muy numerosos pero entre ellos destacan los que se ciernen sobre la Regenta y el Magistral. -Ana Ozores, <>, es una mujer todavía joven, que se ha casado con un hombre mayor que ella, don Víctor Quintanar.  Ella es una mujer con inquietudes espirituales pero la sociedad en la que vive la rechaza. Su naturaleza sensual y exaltada se ve reprimida por el tedio de Vetusta, por lo que vive en constante conflicto con el medio. Intenta compensar sus tremendas insatisfacciones bien por el misticismo, llevada de la mano de Magistral, bien por el erotismo incitada por Álvaro Mesia. Al final se ve defraudad en ambos casos.  Ella aborrece Vetusta, siente que la ciudad la asfixia, que ahoga sus inquietudes humanas y espirituales, de ahí que canalice su insatisfacción en el doble plano: : amor físico con don Álvaro Mesía hasta llegar al adulterio y amor espiritual, teñido de religiosidad al principio,  casi sacrílego luego, por parte de Fermín de Pas.

 

ana_ozores.jpg image by edryasPero no importaba: ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando… Y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedías, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba, entre avergonzada y furiosa, que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo: sí, sí, ¿ para qué ocultárselo a sí misma si a veces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primera noche, al despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado: le pareció un despropósito, una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban y se reían de ella al mismo tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del miércoles de ceniza ¡quia pulvis es!, eres polvo, eres materia…, pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído en las mitologías, de lo que había oído a criados y pastores murmurar con malicia… ¡Lo que aquello era y lo que podía haber sido! Y en aquel presidio de castidad no le queda ni el consuelo de ser tenida por mártir y heroína.

Fermín de Pas sufre el conflicto entre su ambición personal, alimentada por su madre y sus aspiraciones espirituales que permanecen dormidas hasta la irrupción de Ana Ozores. En un principio busca el equilibrio pero no lo logra ya que Ana no puede ser sólo suya por el espíritu pues necesita amor humano. Entonces es cuando quiere serlo todo para ella pues Ana no es sólo espíritu ya que espíritu y carne se confunden. Aunque al principio rechaza el descubrimiento, finalmente ha de reconocerlo pero ya es demasiado tarde. Ella se ha entregado a Álvaro Mesía que es un don Juan decadente sin interioridad vital, incapaz de sentir amor. Don Fermín de Pas, <>, es un hombre ambicioso, insatisfecho y dominado por su madre; él cree ser el actor, él cree dirigir los hilos de los personajes que deambulan por sus calles. Vetusta es la razón de vida, encarna su soberbia y en ella deposita su ansia de poder. Sin embargo, paradójicamente, aunque es su presa más preciada, él está apresado en el mundo que Vetusta le impone.

Observa, primeramente, cómo describe Clarín el ansia de poder del Magistral diciéndonos que uno de sus recreos consistía en subir a las alturas, es evidente el tono irónico: <<Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas>>. El autor nos muestra el sentimiento que le produce la ciudad: gula. Vetusta representa el conformismo para su ansia de poder, lo que se muestra perfectamente en estos fragmentos:

 

Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no la había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viene a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba.  Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía, más ansiaba subir, en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas.

….

Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas las cosas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacia su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados más apetitosos; no aplicaba el escalpelo, sino el trinchante.

Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, del poderío que tenía en la mono; devoraba su presa, la Vetusta levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el domador le arroja.

….

 

 

La acción de la obra queda perfectamente estructurada con un típico triángulo amoroso

( mujer, marido y amante), en el que uno de sus ángulos es doble, puesto que es evidente la codicia que siente el Magistral por Ana Ozores, la protagonista. El nudo interno de la trama gira en torno a la lucha interna de Ana ante los dos amantes, que la llevará a enfrentarse a momentos de exaltación religiosa y a otros de máxima sensualidad. Clarín nos presenta la duda de esta mujer  y para ello introduce procedimientos como el monólogo interior, uno de los más representativos dentro de la obra. Este procedimiento sirve para que Ana analice su propia situación, de forma que sus pensamientos y sentimientos cobran vida propia ante el lector.

El punto cumbre de la acción llega cuando Ana cede a la conquista de don Álvaro y comete adulterio. Este hecho es transcendental para la conducta de los personajes. La presencia del Magistral en el triángulo salva a la historia, al dotarla de una entidad nueva que la aproxima a la novela contemporánea. Uno y otro conflicto ponen en evidencia la indisoluble unión entre el espíritu y la materia. Veamos el acierto con el que Clarín describe el momento clave de la historia, cuando el Magistral descubre que Ana le engaña:

El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad de cristal helado.  Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro ridícula… Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa…, le había engañado, le había deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, ansías de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él, atado por los pies con trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, el tenía que callar, morderse la lengua; las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas… ¿Quién le tenía sujeto? El mundo, el mundo entero… Veinte siglos de religión, millones de espíritus ciegos, perezosos que no veían el absurdo porque no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud, a lo que era suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel…, cruel… Cientos de papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos…, toda la historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran sus grilletes… Ana que le había consagrado el alma, una fidelidad de amor sobrehumano, le engañaba como a un marido idiota, carnal y grosero… Le dejaba para entregarse a un miserable lechugino, a un fatuo, a un elegante de similor,  a un hombre de yeso…, ¡ a una estatua hueca!. Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo; ni su madre, que creía adorarle, podía darle un consuelo, el consuelo de sus brazos y de sus lágrimas… Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse…, su madre no podía adivinar, ni debía… No había más que un deber supremo, el disimulo; silencio…, ¡ni una queja, ni un movimiento! Quería correr, buscar a los traidores, matarlos… ¿Sí? Pues silencio… Ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa…

El fragmento nos ofrece una síntesis de los motivos temáticos: el amor, la religión, el elemento crítico, la hipocresía, etc.  Nos muestra la lucha que mantiene el protagonista contra su propia existencia anodina y el dolor religioso.  El Magistral no reacciona como un padre espiritual sino como un marido celoso, lo que incide en el tono del texto y lo dota de coherencia a los ojos del lector, pues el protagonista está totalmente humanizado. El análisis psicológico de los protagonistas es un acierto meditado y usado con maestría y en este aspecto qué duda cabe: Clarín es un buen maestro y se adelanta a su tiempo.

 

El final de la obra es desolador. Se nos presenta a la protagonista en la soledad más absoluta: ha perdido a su marido, le ha abandonado su amante, ha originado las iras de Vetusta… Sólo le queda un consuelo: la religión. Pero este consuelo supremo también le será  negado y la novela termina con ese descorazonamiento, el hundimiento total de Ana Ozores.  

El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata… La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato, y al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor dentro del confesionario.

Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.

Ana esperaba sin aliento, resuelta a acudir, la seña que la llamase a la celosía.

Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una escena trágica inminente.

Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño…

Pasaban segundos, algunos minutos largos y la mano no llamaba.

La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía… y se atrevió a dar un paso hacia el confesionario.

Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, con unos ojos que pinchaban, como fuegos fijos, atónitos, como los del Jesús del altar…

El Magistral extendió su brazo, dio un paso asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla.

El Magistral se detuvo. Cruzó los brazos sobre el vientre. No podía hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo; volvió a extender los brazos hacia Ana…, dio otro paso adelante…, y después, clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblorosas salió de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía, sin caer ni vacilar siquiera.

Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.

La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.

Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.

Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.

Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la oscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces…

Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.

Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.

Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia; y por gozar un placer  extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

 

Respecto al supuesto naturalismo de la obra, hoy suele rechazarle entre los críticos. Encuentran demasiadas cosas no naturalistas como el profundo sentimiento religioso o la dimensión de interioridad, tampoco abusa de pormenores patológicos ni existe determinismo. Baquero ve en la densidad psicológica de la novela un elemento poco naturalista. El argumento sigue las oscilaciones de Ana Ozores entre la tentación erótica y el entusiasmo religioso pero, aunque parecen realidades contradictorias, son sentimientos casi idénticos. Clarín muestra la subyacente unidad de las pasiones de Ana en sutiles descripciones psicológicas y mediante  recursos en los que las escenas religiosas se convierten en escenas de amor y viceversa: la escena del Tenorio o las escenas religiosas de Navidad y Semana Santa.

El narrador actúa de modo omnisciente  y introduce comentarios sobre lo que ocurre, rasgos poco naturalistas. No obstante  la perspectiva omnisciente de la Regenta está muy cuidada; de hecho  Clarín permite que los personajes se presenten entre ellos o por ellos mismos, mediante sus actos o reflexiones: Ana se sumerge en sí misma y el lector recibe información indirecta de ella.

 

Sin lugar a dudas, uno de los rasgos más definidores de La Regenta es su ironía, la cual se dispara a dos bandas: contra el exceso de idealismo y contra los excesos de realidad. También, muy lejos del naturalismo, el uso de la sugerencia que permite a Clarín mantener la emoción del lector: la escena de Ana y Mesía en el balcón finaliza, dejándole al lector la incógnita de si se ha consumado el adulterio.

La otra novela larga de Clarín es Su único hijo. Puede incluirse en el grupo de intenso espiritualismo donde se encuentran las últimas obras de Galdós y de Pardo Bazán. Narra la historia de Bonifacio, quien desengañado con su amante y traicionado por su mujer, sufre una profunda evolución moral, y, al final, aparece ennoblecido y, al rechazar la insinuación de que él no es el padre del hijo de su mujer, encuentra en su paternidad la realización de su más íntima aspiración espiritual.

De todas formas la crítica ha destacado exageradamente sus diferencias con La Regenta. Cardyn Richmard dice que ahora el narrador se limita a seguir el mundo en vez de presentarlo fidedignamente, con lo que obliga al  lector a no ser pasivo para participar en la  recreación activa del texto. Pero esto también aparece en La Regenta, donde, por ejemplo, Clarín sugiere muy sutilmente las relaciones de Magistral y Petra. El erotismo de La Regenta es siempre sugerido. Otros críticos dicen que si en La Regenta la lucha se establece entre el mundo y unos personajes, en Su único hijo se establece dentro de los mismos personajes. Esto, como ya hemos dichos, tampoco es del todo cierto pues los conflictos humanos son tan importantes o más que los sociales en su primera novela. Hay, eso sí, una mayor interiorización de todos los elementos novelescos (acción, espacio y tiempo) a la vez que la ironía y el intelectualismo clarinianos se acentúan al máximo hasta el punto de devenir la novela hacia lo grotesco.

Es esta una obra bastante intelectual, porque en ella hallamos continuas referencias culturales: literarias, científicas, etc. Es un rasgo de modernidad, preferente en algunas novelas contemporáneas. Aunque no sea una obra naturalista, son frecuentes los datos fisiológicos referentes a la intimidad femenina: la menopausia, el parto, rasgos fisiológicos, etc. Sin embargo, siempre Clarín supera los moldes decimonónicos: aceleración del  ritmo narrativo, los personajes viven más por sí mismos, se nos descubre su interioridad.  Veamos el fragmento donde se narra el parto de Emma, situación a la que ha llegado, porque ha engañado a su marido con su amante; sin embargo, el marido decide aceptar la vergüenza y autoconvencerse de que el hijo es suyo:

-¡Un niño, tiene usted un niño, señor!- gritaba Eufemia, que entraba como un torbellino y llegaba hasta tocar al pasmado Bonis, sin reparar en que estaba el señorito en camisa en mitad de la alcoba. Ni ella ni él veían esto; la criada estaba entusiasmada, enternecida; Bonis se lo agradecía en el alma, mientras se ponía los pantalones al revés y tenía que deshacer la equivocación, temblando, anhelante, dudando si romper una vez más con lo convencional y echar a correr en calzoncillos por la casa adelante. Pero no; se vistió a media, y tropezando con paredes y puertas, y muebles y personas, llegó al pie del lecho de su esposa.

En el regazo de doña Celestina vio una masa amoratada que hacía movimientos de rana; algo como un animal troglodítico, que se veía sorprendido en su madriguera y a la fuerza sacado a la luz y a los peligros de la vida, Bonis, en una fracción de segundo, se acordó de haber leído que algunos pobres animalejos del mar, huyendo de sus enemigos más poderosos, se resignaban a vivir escondidos bajo la arena, renunciando a la luz por salvar la vida: en prisión eterna por miedo del mundo. Su hijo le pareció así. ¡Había tardado tanto! Se le figuró que nacía a la fuerza, que se le hacía violencia abriéndole las puertas de la vida…

-¡Coronado, Bonis, coronado!- decía una voz débil y mimosa, excitada, desde la cama.

Bonis, sin entender, se acercó a Emma y le dio un abrazo, llorando.

Emma lloraba también, nerviosa, muy débil, demacrada, convertida en una anciana de repente. Se apretó al cuello de su marido con la fuerza con que ella se agarraba a la vida, y como quejándose, pero sin la voz agria de otras veces, siguió diciendo:

-¡Coronado, Bonis, coronado!, ¿sabes?, ¡estuvo coronado!

-¡Claro, como que nació de cabeza!- gritó don Venancio, que estaba al otro lado del lecho, con los brazos remangados, con algunas manchas de sangre en la camisa y en el levitón, sudando, muy semejante a un funcionario de matadero.

-¡Pero estuvo mucho tiempo coronado…, Bonis!

-Sí, siglos – dijo el médico.

-A ti no se te dijo, se te hizo marchar, pero hubo peligro, ¿verdad don Venancio?

-Pero, hija mía, si acababa de acostarme…

-Sí, pero hace mucho tiempo que la cosa estaba próxima…, estaba coronado…, y no se te decía por no asustarte…, ¡hubo peligro!...

Y Emma lloraba, con algún rencor todavía contra el peligro pasado, pero más enternecida por el placer de vivir, de haber salvado con el alma llena de un sentimiento que debía ser de gratitud a Dios y no lo era, porque ella no pensaba en Dios, pensaba en sí misma.

-Vaya, vaya, menos charla- gritó don Venancio; y escondió con el embozo los hombros de Emma.

-Y ahora, ¡cuidado con dormirse!

-No, hija mía, dormir, no; eso sí que sería peligroso- exclamó Bonis con un escalofrío. La idea de la muerte de su mujer se le pasó por la imaginación como un espanto. ¡Morir ella! ¡Quedar él sin madre! Y se volvió a su hijo, que lloraba como un profeta.

 

Clarín escribió también novelas cortas y cuentos. En las novelas cortas no se esforzó tanto en tejer intrigas como en justificarlas por el cuidadoso análisis del personaje. Sus figuras tienen la humana verosimilitud necesaria para promover  en el lector grandes simpatías. Algunos de estos personajes se caracterizan por la frustración. El novelista y los personajes coinciden en desear algo inasequible, de ahí sus imprecisos afanes de conquista nunca logradas.  Las figuras  novelescas,  que presenta Clarín, se conservan sorprendentemente vivas y cercanas a la sensibilidad del hombre actual. Generalmente son seres sin complicación pues no pretende en sus novelas cortas la evolución de caracteres como ocurre en sus noveles largas, sino narrar el acontecimiento clave en que se revela el personaje. Destacan Pipá y Doña Berta. Sus cuentos recrean las vidas de personajes humildes víctimas de la sociedad y están narrados con gran economía de recursos. ¡Adiós cordera¡ representa una de las cumbres del cuento español. Baquero Goyanes distingue aquellos que tienden al intelectualismo irónico (El gallo de Sócrates, La mosca sabia,) y los que son explosiones de ternura y humorismo lírico (¡Adiós cordera! La trampa). En los primeros domina la caricatura y están construidos sobre las peculiares grotescas de un tipo humano que suele ser un sabio ridículo y desvitalizado. Los protagonistas del segundo grupo suelen ser niños, viejos, animales, gentes marginadas. Oleza añade un tercer grupo: el de los intelectuales positivos, a la búsqueda de valores auténticos, Cambio de luz, El sustituto, El frío de papá. Aquí te presentamos la descripción de uno de estos personajes, el Rana.

                                                                           EL   RANA

Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres o cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas, sociológicas y aún filosóficas y teológicas. Había aprendido a leer allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado a los pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado, porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y tabaco. Era peón de albañil, pero casi  siempre dimisionario. No estaba conforme con la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males la tenía el oro de la reacción; ahora parecía ser que el enemigo era <>. <>, se había dicho el Rana; y, como antes del oscurantismo y de los presupuestívoros, ahora maldecía del burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición, siempre vestía de levita, verdad es que debida a la munificencia de algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular del pueblo, y todas la clases sociales le encontraban gracia al Rana,  y veían en él, acaso, el último representante de una generación famosa de perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por el ingenio  de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de su excitada fantasía. El Rana, a pesar de sus ideas disolventes, de su bala rasa (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo, sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba de los rigores del terror blanco.  Pero salía de prisiones sin abdicar uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía a presentarse tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negociaciones impías y en sus imprecaciones escandalosas. (…)

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Comentarios Leopoldo Alas "Clarín". Apuntes de literatura

Vaya, que post más elegante y misterioso... sabes? esta vez no voy a pensar nada, porque antes de intentarlo me quede congelada con tan bella e interesante sabiduria... Espero descongelarme pronto, porque imaginate, así como el rana no me voy a poder librar de los rigores del terror blanco y frio...

No, no... no quiero quedarme para siempre hiel :-) oooo.
Creeran que en casa hay un muñeco de nieve esperando desesperadamente la navidad... jejeje.

                                              
Cuídate mi reina, ánimo, ok? Tienes mucho porque ser fuerte, no lo olvides... "Nankuro Naeza".
Dios te bendiga y fortalezca hoy y siempre.

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