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Lecturas, 2ºESO. Cárcel blanca

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Cincuenta edición del concurso Jóvenes Talentos que organiza Coca-Cola.

Cárcel blanca
Marina Marquín Hierro


Un día, después de un sueño inquieto, se despertó convertido en una pequeña lechuza de ojos amarillos. Giró la cabeza hasta casi verse la espalda. Bueno, o lo que antes hubiese sido la parte de atrás de su esbelto cuerpo. Antes… Ahora esta palabra significaba algo demasiado lejano para él.


Antes de sufrir esas convulsiones en el cuerpo, antes de oír las palabras sosegadas y tranquilizadoras de su madre, diciéndole, con esa cálida voz suya que tan bien conocía, palabras de consuelo, había cerrado los ojos, intentando no gritar, haciendo todo lo posible para dormirse y conseguir que el dolor acuciante que le oprimía el pecho, que le hacía encorvarse, que producía que enormes torrentes de lágrimas se deslizasen por sus mejillas, parara. Tuvo la sensación de que sus ojos iban a salirse disparados, y cuando los abriera a la mañana siguiente sus cuencas estarían vacías.


La angustia y el dolor eran una mala combinación. Estaba cambiando, lo sabía tan bien como la certeza de que acabaría. En algún momento dejaría de pensar y se sumiría en ese profundo sueño que tanto anhelaba, para despertarse a la mañana siguiente convertido en otro ser completamente diferente.


Y ese momento por fin había llegado. Ahora se encontraba en el hospital, mirando con sus ojos saltones a los demás niños dormidos, víctimas del mismo experimento. La chica que había a su lado tampoco había despertado, pero no era muy difícil adivinar que se había convertido en una ninfa de pelo verde y labios carnosos.


Un poco más lejos había un chico cuyo aspecto se asemejaba al de un águila real. Kevin sintió que la angustia que creía expulsada junto con su cuerpo humano había regresado al de la lechuza. Aquel muchacho era un hermoso pájaro, grande y vigoroso. Él era una simple lechuza gris e insignificante.


Paseó sus ojos por toda la habitación, de paredes blancas, camas blancas, cortinas blancas y suelo blanco. Kevin quiso sonreír, pero notó la boca rígida como un pedrusco. Maldijo la voz sosegada de su madre, sus cálidas manos y sus ojos enternecedores. Le había vendido a la ciencia para que experimentaran con él. Era verdad que de no haberlo hecho no habría visto un nuevo amanecer. La leucemia se había llevado casi por completo su cuerpo humano. Sabía que su madre lo había hecho para arrancarle de las garras de la muerte, que tan rápido lo arrastraba hacia su mundo inhóspito.

Pero ahora preferiría haber muerto a pasarse el resto de su vida atrapado dentro de un ser que nada tenía que ver con su cuerpo humano, hermoso y fuerte al principio, hasta que leucemia lo había alcanzado y doblegado. iba a echar de menos las tardes pasadas en el parque, recostado en esa vieja hamaca de madera gastada, permitiendo que los rayos de sol le acariciasen la piel mejorando su aspecto pálido y demacrado.


Pero eso ya sólo serían recuerdos.


Ahora estaba atrapado entre cuatro paredes blancas, convertido en conejito de indias de científicos, y se sentía peor que si le hubieran dado con un martillo en la cabeza. Entonces descubrió que las lechuzas podían llorar.


Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se dio cuenta de que una señora de bata, también blanca, se había arrodillado al lado de su precioso cabello blanco. Pestañeó para disipar las lágrimas y poder contemplar la escena que tenía ante sí.


El ser todavía estaba sufriendo convulsiones y gemía al notar cómo se le agujereaba la cabeza. En la parte frontal del cráneo le estaba empezando a salir un pequeño pincho con forma espiral. El caballo resoplaba de dolor mientras la enfermera le daba unas pastillas que Kevin imaginó que serían calmantes.


Al cabo de diez minutos hicieron su efecto y la estancia volvió a quedarse en silencio. Kevin cerró los ojos de nuevo y esperó.


Horas más tarde, la puerta se volvió a abrir. Kevin pegó un brinco, lo que hizo que los latidos de su corazón se convirtieran en un murmullo constante.


Los demás niños ya se habían despertado y conservaban animadamente entre ellos. Kevin volvió a mirarse las plumas y decidió quedarse donde estaba.

—¡Eh, tú!

Se removió inquieto y ocultó la cabeza debajo de las alas. No quería saber nada del mundo. Tal vez, pensó, si cerrara los ojos todo desapareciera.


—¡Tú, la lechuza gris!


Kevin quiso soltar un gruñido para hacerle ver que no quería hablar con nadie. Pero no funcionó. En su lugar le salió un desagradable chirrido que resultó absolutamente ridículo. Se encogió aún más, avergonzado de su situación. Abrió un ojo, pero lo que tenía ante sí merecía ser observado con los dos bien abiertos: un grandioso unicornio blanco, de pelo brillante y pezuñas doradas le miraba fijamente. Los ojos amarillos de Kevin se posaron en la cola de aquel extraordinario ser y fueron recorriendo el esbelto cuerpo del animal con el pico abierto, para terminar posándolos en sus dos hermosos ojos azules del color del océano más profundo.


—¡Vaya!, por fin decides enfrentarte a lo que te rodea. Soy Meila. Me gustan tus ojos. Son del color del fuego cuando está muy caliente.


—¿Mis ojos? ¡Son grandes y saltones!


—Pero preciosos, ¡caray! Tu plumaje es del color del arco iris cuando te da el sol.


Kevin extendió un ala y comprobó que tenía razón. Los tímidos rayos del atardecer se filtraba por la venta y hacían que sus plumas brillaran como trozos de cristales de diversos colores.


—Tú eres mucho más hermosa que yo! Ya me hubiera gustado a mí convertirme en un unicornio.


—¡Pero qué dices! ¡No sabes la suerte que tienes! Tú podrás surcar los cielos cuando quieras, extender tus alas y planear, o recogerlas y descender en picado. Podrás notar el viento en tu cara y disfrutar de la libertad.


—Eso, si consigo salir de aquí.


—¿Pero no te das cuenta de nada? Eres tan pequeño que pasarás desapercibido y podrás escaparte por cualquier rincón. A veces las cosas más pequeñas pueden ser las más grandes.


Entonces Kevin empezó a pensar que esa nueva vida quizá no fuera tan mala, sólo quizá… Y su nuevo corazón se llenó de alegría por primera vez.


Preguntas
Busca el significado de las palabras subrayadas en el texto:
¿Dónde se encuentra el protagonista?
¿Qué le sucede exactamente? ¿Por qué?
Explica brevemente cuál es su estado de ánimo.
¿Qué le dice el unicornio?
¿Qué efecto provocan las palabras del unicornio en él?
Extrae una moraleja de la historia.

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