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Lazarillo de Tormes

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Era de mañana cuando este mi tercer amo me topé y llévome tras si gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas do se vendían pan y otras provisiones. Yo pensaba, y aún deseaba, que allí me quería cargar de lo que se vendía, porque esta era propia hora cuando se suele proveer de lo necesario, mas a muy tendido paso pasaba por estas cosas. <<Por ventura que lo ves aquí a su contento – decía yo- y querrá que lo compremos en otro cabo>> (…)
A buen paso tendido íbamos por una calle abajo. Yo iba el más alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer. Bien considere que debía ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que la comida estaría a punto y tal como yo la deseaba y aún la había menester.
En este tiempo dio el reloj la una después del mediodía y llegamos a una casa, ante la cual mi amo se paró, y yo con él, y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa. La cual tenía la entrada obscura y lóbrega de tal manera, que paresce que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras.
Desque fuimos entrados, quita de sobre si su capa y, preguntado si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos y, muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él.  Y hecho esto, sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad. Y yo le di larga cuenta que quisiera. (…)
Esto hecho, estuvo ansi un poco, y yo luego vi mala señal, por ser casi las dos y no le ver más aliento de comer que a un muerto. Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aún arcaz como el de marras. Finalmente, ella parescía casa encantada. Estando así, díjome:
-Tú, mozo, ¿has comido?
-No señor- dije yo-, que aún no eran dada las ocho cuando con vuestra merced encontré.
-Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, y cuando ansi como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy ansi. Por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.
Vuestra Merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa.

 

Notas:
En junto: al por mayor.
Razonables cámaras: amplias habitaciones.
Arcaz como el de marras: se refiere al baúl del tratado II con el que Lázaro luchaba para robar el pan del clérigo.
Caer de mi estado: desmayarme.

 

 


Lógicamente Lázaro cree tener buena estrella al toparse con el escudero, pues este va bien vestido y se muestra amable con él. Después de haber servido al ciego y al clérigo de Maqueda, con los que ha sufrido un sinfín de penalidades, la rica apariencia del escudero hace que se cree falsas expectativas: iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden.  Lázaro se imagina ingenuamente que al fin podrá comer y disfrutar de las comodidades de la vida.
El paseo con el amo está presidido por los pensamientos del muchacho sobre la comida. Al ver que el escudero no se preocupa por comprar víveres, piensa –en primer lugar- que no los necesita, pues su casa debe estar previamente abastecida. El optimismo de Lázaro aparece en diversas frases y evidencia que mantiene su esperanza, a pesar de que comprueba que el escudero no se detiene en el mercado: <<Por ventura no lo vee aquí a  su contento –decía yo- y querrá que lo compremos en otro cabo>>.  Además la despreocupación que muestra su amo por la compra de la comida le engaña: <<Yo iba el más alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer. Bien consideré que debía ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que la comida estaría a punto y tal y como yo la deseaba y aún la había menester>>.
Las referencias temporales acotan la escena y contribuyen a marcar la angustia del protagonista, ya que las horas acrecientan su hambre: era de mañana, en ese tiempo dio el reloj la una después del mediodía; me parecía más conveniente hora de mandar poner la mesa; y yo luego vi mala señal, por ser casi las dos.
Pero al llegar a la vivienda, Lázaro se impacienta.  La conversación que mantiene dilata peligrosamente el momento de comer y empieza a sospechar, a ver en esa dilatación, una mala señal. Finalmente, la torpe excusa que le da el escudero para no comer, no hace más que acrecentar su desasosiego: sus sospechas son ciertas, nuevamente el azote del hambre, marca su existencia.
Lázaro se dirige a un <<Vuestra Merced>> a quién dirige su relato y del que el lector lo desconoce todo. Es la persona que, ante los rumores de las relaciones entre la mujer de Lázaro y el arcipreste de San Salvador, le ha pedido que le cuente <<el caso>>. Como sabemos, Lázaro no se limita a responder a esa cuestión, sino que relata toda su vida para que el personaje – y el lector- puedan comprender su actitud de indiferencia moral y su despreocupación por la hora

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