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Larra, bravísima esta prosa periodística

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Larra

 

Mariano José de Larra nació en Madrid y allí también murió, al suicidarse, en 1837. Hijo de un español liberal exiliado, vivió algunos años de su niñez en Francia, lo que influyó en su formación literaria y personal por el conocimiento directo de una lengua que le permitió acceder a la cultura francesa, y por la vivencia en un ambiente político-liberal y progresista. Odia el absolutismo de Fernando VII y la opresión reinante; por eso, tanto su obra, como su vida, dan fe de esa lucha incansable por la libertad social y política.

Se inicia como escritor público en 1828 con la publicación del periódico El Duende Satírico del Día. Al tratarse de un periódico de carácter crítico, es objeto de la represión del régimen y dura poco tiempo, aunque lo suficiente para que el lector pueda reconocer la extraordinaria capacidad de observación, la capacidad de análisis de las situaciones y, por supuesto, el humor mordaz e irónico que caracteriza a sus artículos.

Aunque escribe algunos poemas y un importante drama romántico “Macías”, cuyo tema le sirve también para su novela histórica “El doncel de Don Enrique el Doliente” (1834), la actividad literaria de Larra más sobresaliente es la escritura periodística, los artículos que aparecen diversos periódicos o revistas como El Pobrecito Hablador –fundado por él mismo en 1832-, la Revista Española, El Español, El Observador, etc.  Todos ellos aparecen recogidos en “Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres”.  Su prematura muerte sólo le permitió ver impresos tres de ellos, que aparecieron en 1835, ya que los otros se editaron en 1837.

Larra asume el romanticismo como una actitud vital, manifestada a través de una aguda sensibilidad ante todo lo que le rodea. La visión tan pesimista y desengañada le conducirá al suicidio con tan sólo 28 años de vida. Apasionado por el hombre, al que lo condiciona su devenir histórico-social y cultural, nos ofrece una visión dramática del mundo que rodea a éste. Larra reacciona de manera muy crítica ante las costumbres, las formas de comportamientos sociales, la política, la intolerancia o la burocracia administrativa. En cada uno de esos artículos destaca claramente su personalidad.  Mientras la mayoría de los escritores costumbristas nos ofrecen cuadros pintorescos, con cierta complacencia; Larra imprime su pluma al servicio de unas marcas que intenta erradicar: la hipocresía, la ignorancia, lo ridículo, la incompetencia…, lacras que desfilan ante nuestros ojos, y en las que el autor participa activamente como espectador o como personaje.

En “El castellano viejo”, después de contar la desastrosa comida, en la que se ha visto forzado a participar invitado por aquél, dice al marcharse de la casa:

¡Santo Dios, yo te doy gracias! Exclamo respirando como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye apenas ya sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no te pido honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados, en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones…

Por otra parte, en todo momento nos ofrece su visión antiabsolutista, la huella liberal es consciente y aparece en todo momento. En la “La diligencia”, adscrito al tema de los medios de transportes madrileños y en el que traza un cuadro vivo del patio de diligencias,  aprovecha para mostrar claramente su compromiso político;

Los tiranos, generalmente cortos de vista no han considerado en las diligencias más que un medio de transportar paquetes y personas de un pueblo a otro; seguros de alcanzar con su brazo de hierro a todas partes, se han sonreído imbécilmente al ver mudar de sitio a sus esclavos: no han considerado que las ideas se agarran como el polvo de los paquetes y viajan también en diligencia. Sin diligencia, sin navíos, la libertad estaría todavía probablemente encerrada en los Estados Unidos.

“El día de los difuntos de 1836”, constituye uno de sus artículos políticos más radicales, pesimistas y desalentadores. Un artículo que escribió escasos meses antes de suicidarse y donde exclama:

Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!

Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo. Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del gran osario.

 

En cuanto a la estructura de sus artículos, casi todos ellos presentan un esquema similar:

Planteamiento generalizador: los temas giran en torno a la situación cultural, las costumbres o la visión de algún extranjero sobre el país.

Ejemplo concreto. en ese momento aparece el diálogo y la narración con los que acerca el tema al lector.

 

Final de carácter reflexivo: A veces, la conclusión se presenta con carácter nuevamente general.

A diferencia de los autores costumbristas, Larra no se limitó a describir, sino que profundizó en sus circunstancias sociales y en personas concretas. En sus textos volcó ideas impregnadas de la intención reformista de los ilustrados con el objeto de modernizar el país y de abrirlo a la cultura europea.

Recordemos que para Larra la palabra costumbre no significa sólo tipismo o sátira sino un medio para efectuar consideraciones sociales o filosóficas, extraer conclusiones sobre el carácter de un pueblo o meditar sobre la vida en general. En él observamos una pintura animada, vida de tipos y usos de la época y una visión pesimista, desgarrada de la vida, del país y la sociedad. En El mundo todo es máscara, acuña su imagen predilecta de la sociedad: todos llevan máscara, son inauténticos, fingen y además son insolidarios.

Los artículos que retratan las costumbres de España como “El café” reflejan el estado de retraso, la ignorancia cultural. Critica la educación “La educación de entonces”, “El castellano viejo” “Vuelva usted mañana

Pero la prosa de Larra no se quedó en el costumbrismo. También escribió artículos políticos y artículos de crítica literaria.

En los primeros critica a los sectores reaccionarios: los carlistas, partidarios del absolutismo, y también al gobierno de la reina regente María Cristina y a su ministro Mendizábal. Destaca “El día de difuntos de 1836 “donde une el destino de España al de su propio corazón, no hay esperanza para España ni para Larra.

 

En los artículos de crítica literaria encontramos los dedicados al teatro y los que evidencian su formación ilustrada aunque pronto su libertad ideológica aboga por la libertad en la  creación. Larra expone las causas de la decadencia del teatro: malos actores, las cargas que pesan sobre los empresarios, malas traducciones, Propone la creación de una Escuela de Arte Dramático, la educación del público y la

 

Lo característico de Larra es la ironía con la aborda los temas.  Recurre para ello a la acumulación, a veces caótica de acontecimientos o hechos que parten de un dato concreto hasta que se amplifican para dotar de una visión de conjunto al asunto.  En ocasiones, se vale de la parodia de los ensayos científicos, que se habían dado a conocer a través de los propios periódicos. Este procedimiento, amplifica el efecto irónico o corrosivo: la subjetividad del texto se reviste de un lenguaje aparentemente objetivo, resaltando de este modo el efecto cómico.

Su crítica es siempre mordaz. Con una actitud pesimista que recuerda a los grandes autores del Siglo de Oro, como Quevedo, Larra trasmite su discurso ético, literario, político… cohesionando su gran capacidad fabuladora, con la precisión crítica, que pone el dedo en la yaga; consigue de esta manera una  comunicación, inmediata, directa con el lector.

 Es una lástima, que su vida se desmoronase y le conduciese al suicidio: El abandono de su amante Dolores Armijo, y las decepciones políticas le hundieron en una profunda depresión que lo condujo al sucidio. Sólo tenía 28 años.

 

 

 

 

En este país

 

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonando tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorados en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.              

…..

En este país… Esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?, decimos ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: ¡Cosas de este país! Que con vanidad pronunciamos y sin pudor repetimos.

….

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel, que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzase al verme entrar.

-Este cuarto está hecho una leonera- me dijo-. ¿Qué quiere usted?, en este país…- y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países y me instó a que pasase el día con él, y yo, que había empezado ya estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llévome, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

-¡Cosas de España!- me salió diciendo al referirme su desgracia.

-Ciertamente- le respondí, sonriéndome de su injusticia-, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

-¡Cosas de España!-me repitió.

-Sí, porque en otras partes colocan a los necios – dije yo para mí.

Llevóme  en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto y el librero respondió:

-Ni uno.

-¿Lo ve usted, Fígaro?- me dijo-. ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende, vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.

-Ciertamente- le contesté yo-, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no sean, ni autores necios que se mueran de hambre.

-Desengáñese usted: en este país no se lee- prosiguió diciendo.

- Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted ¿qué lee?- le hubiera podido preguntar-. Todos nos quejamos de que no se lee y ninguno leemos.

-¿Lee usted los periódicos?- le pregunté, sin embargo.

-No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

-pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país y clamaba:

-¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las cosas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

-¡No hay limpieza en España! – exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo:

-¡Ah! ¡País de ladrones! – vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba, en Londres, donde en calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre:

-¡En este país, no hay más que miseria!- exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro, y:

-¡Oh qué horror!- decía don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida-.

¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

-No entremos. ¡Qué cafés los de este país!- gritaba.

Se hablaba de viajes:

-¡Oh!¡Dios me libre!; ¡en España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

….

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad, de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

 

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser mal tratado de los extranjeros a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

Un reo de muerte

Este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevaba a cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros, es causa de que se oiga con la mayor indiferencia el fatídico grito que desde el amanecer resuena por las calles del gran pueblo, y que uno de nuestros amigos acaba de poner atinadísimamente por estribillo a un trozo de poesía romántica:

                   Para bien por el alma

                       del que van a ajusticiar.

Ese grito, precedido por una lúgubre campañilla tan inmediata y constantemente como sigue la llama al humo, y el alma al cuerpo; este grito que implora la piedad religiosa a favor de una parte del ser que va a morir, se confunde en los aires con las voces de los que venden y revenden por las calles los géneros de alimento y de vida para los que han de vivir aquel día. No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación, pero debe ser horrible a sus oídos el último grito que ha de oír de la coliflorera que pasa atronando las calles a su lado.

Leída y notificada al reo la sentencia, y la última venganza que toma de él la sociedad entera, en la lucha por cierto desigual, el desgraciado es trasladado a la capilla, en donde la religión se apodera de él como de una presa ya segura; la justicia divina espera allí a recibirle de manos de la humana. Horas mortales transcurren allí para él; gran consuelo debe de ser el creen en un Dios, cuando es preciso prescindir de los hombres, o, por mejor decir, cuando ellos prescinden de uno. La vanidad, sin embargo, se abre paso a través del corazón en tan terrible momento, y es raro el reo que, pasada la primera impresión, en que una palidez mortal manifiesta que la sangre quiere huir y refugiarse al centro de la vida, no trata de afectar una serenidad pocas veces posible. Esta tiránica sociedad exige algo del hombre hasta en el momento en que se niega entera a él; injusticia por cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad de su víctima. Parece que la sociedad, al exigir valor y serenidad en el reo de muerte, con sus constantes preocupaciones, se hace justicia a sí misma, y extraña que no se desprecie lo poco que ella vale y sus fallos insignificantes.

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Comentarios Larra, bravísima esta prosa periodística

Vaya, Un gran hombre con gran corazón y un don maravilloso para la literatura...
Excelente post amiga, me gusta mucho toda la sabiduria que compartis.

Un fuerte abrazo querida!!!

Muchas gracias dulce Yakely. Estos textos de Larra son excelentes.
¡Qué pena ese sufrimiento que le condujo al suicidio!
Un beso muy fuerte.

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