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La mini

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La mini

 

Aquella mañana salí de casa un poco tarde. Se me habían pegado las sábanas, pero no me preocupé. Intuí que la ñoña de Alicia me habría guardado sitio en el examen.  No sabía por qué me aguantaba si continuamente me burlaba de su físico, su peloteo inconsciente a los profesores o esa abrumadora capacidad de cerrarse en banda, tímida como ella sola, cuando alguno de los compañeros de clase se  acercaba a ella.

 Cuando abrí  la puerta del aula, ésta chirrió un poco y don Luís se giro. Avancé muy lentamente, me contonee y sentí que su mirada bajaba  lentamente por mi minifalda. Había llamado su atención y ahora comenzaba el juego. Me di cuenta de que Alicia no me había guardado el sitio, es más estaba sentada casi al final de la clase y cuchicheaba con Marga. Las dos reían. Así mucho mejor, así no estarían pegaditas a mis espaldas. Bambolee con determinación y me senté en las mismísimas narices de don Diego.

Yo no necesitaba empollar ni pringarme las juergas de los fines de semana, para sacar un examen adelante. Nada de quemarme los ojos repasando las últimas anotaciones del profesor, eso era para las ingenuas. Además, ¿para qué me servirían a mí esas letanías de fechas, autores y características? Esas advenedizas respuestas se las dejaba a ellas. Era mucho más práctica la mini, ese pedacito de tela doblado con mimo que estaba en mi armario y que  me ponía sólo cuando tenía una emergencia y el  examen de Historia de Arte lo era. La había comprado en el mercadillo de los sábados y ¡vaya si quitaba el hipo!, le giraba la cara al más pintado. Tan poquita cosa que tenía que jugar con los escasos suéteres cortos que tenía para que se viese que la llevaba puesta.

La clase suspendida en un silencio estridente esperaba las preguntas. Mordisqueo de bolis, rostros semidormidos, ojos escocidos de tanto fijar la vista en una estúpida amalgama de nombres, fechas, dibujos y demás bobadas. Todos repasando mentalmente, todos intentando fijar las chuletas en el lugar propicio, en el hueco de la mesa, , en los bolis memorísticos, incluso en  folios mal disimulados debajo de la hoja en blanco.

-Copiar, vale –repitió don Diego-. Pero al que se pase de listo le planto un cerapio. Le dejaba a la clase muy clara su postura y encima se reía. Inmediatamente los alumnos intuyeron y se escuchó un estruendo: las carpetas aterrizaron en el suelo, los apuntes fueron guardados, los libros hicieron ¡plaf¡ Se había acabado el tiempo.

            Era mi  momento. Sin ningún pudor, sin cargo en la conciencia, me agaché deliberadamente para coger el bolígrafo que torpemente se escurrió entre mis piernas. Un movimiento fugaz del que me resarcí enseguida pues no quería que ningún compañero gracioso aprovechase el manjar gratuito. El profesor usó su inteligencia y se colocó unas gafas oscuras, que le permitían mirar a sus alumnos, sin que ellos supiesen en que recóndito lugar de la clase se habían posado sus ojos.

De pronto, hizo gala de su estúpida superioridad y se acercó a Isa, que comenzó a temblar como una hoja. Les descubrió a la clase el cuerpo del delito y lo arrojó a una de las papeleras.

            -Vaya, con que colocándose la chuletita ¿eh?-. El pupitre se vació. La alumna, avergonzada, desapareció de nuestra vista. Su vejación vendría después, cuando fuese llamada al despacho del director, cuando sus padres arrugasen la nariz y la castigasen algunos fines de semana. En ese dormitorio, el mismo en el que había escrito la chuleta, la cabecita loca recapacitaría. ¿Qué sentido tenía devanarse los sesos haciendo una chuleta, que casi siempre se aprendía de memoria? La chuleta nunca debería haber existido, ni tampoco esas dudas que había cazado el profesor al vuelo. Ella misma se había delatado.

 

            Hacía dónde dirigía sus ojos Don Diego era una incógnita para todos, menos para mí. Yo sí sabía qué estaba mirando. La míni era mucho más práctica que todas esas chuletas peligrosas, que si eran descubiertas, provocaban el cachondeo de los compañeros que se befaban en tu propia cara.

Yo no hacía daño a nadie. No iba a por matrícula, ni siquiera un boyante notable. Sólo el escueto aprobado para resarcirme de notas anteriores, del inadmisible cuatro  y medio que me fastidiaba y a que él le parecía un triunfo porque así te tenía cogida por los pelos. Podías recuperar esa nota, pero también podías hundirte en el pozo de lo insuficiente sin que nadie pudiera salvarte, pese a las lágrimas de cocodrilo con las que pretendías que se ablandase y que sólo conseguían que se riese de tu debilidad.  Se la tenía jugada, porque si bien otros ejercían su profesión con austeridad y se volvían a su casa sin el resabio de la falta de ética profesional, a Don Diego le encantaba que los alumnos merodeasen a su alrededor y le hiciesen la pelota. Además estaban sus falsas sonrisitas, el modo cómo te miraba cuando se acercaba el verano, el bisbiseo con el que se aproximaba, rompiendo las distancias y toqueteando tus cosas, o tu trasero, de una forma imperceptible. Muchas de las alumnas bebían los vientos por él, decían que estaba muy bueno y les encantaba esa camarería que se esfumaba como por arte de magia cuando llegaba el examen. Yo quería camelarme al profesor pero sin que ninguna de esas pavas me señalase con el dedo.

-Callaos, que viene- decía Marga, contrayendo  los músculos de la cara para que no se sonrojasen.  

- Mirad, mirad como anda- comentaba  Alicia, mientras se limpiaba las gafas, para no perder ni uno solo de sus movimientos oscilatorios.

En esos momentos, el profesor sonreía.

- Niñas al salón - decía riéndose.  La comisura de sus labios se llenaba de hoyitos  y más de una suspiraba mecánicamente. Que las había llamado niñas, ¿dónde estaban las niñas? Allí no había ninguna, se decía. La que más y la que menos ya se había estrenado. Todas con la ropa a la última, con bisutería y esos objetitos chics imprescindibles: carpetas con el póster del modelo o el cantante de moda, lapicitos de colores, reglas multicolores, fosforitos, sacapuntas de conejitos y estuches. Todo se apiñaba en sus pupitres y proyectaba una imagen alucinógena de ellas mismas. Y en su alucinación todas se creían especiales.

 El profesor comenzaba la clase y allí todas haciendo el corro, copiando a destiempo, suspirando o pensando en las musarañas. Seguramente para las otras, estudiar era una especie de trabajo que efectuaban con diligencia, pero yo no tenía tiempo. Yo necesitaba todo el tiempo para mí, para disfrutar y si no aprobaba, adiós al Selectivo en Junio, adiós a las vacaciones playeras en Denia. La sola idea de tener que quedarme encerrada en casa, me mareaba. Así que me apliqué a la faena. Las piernas se cruzaban y descruzaban rítmicamente, como siguiendo un sonido orquestal. Disimulaba, mordisqueaba el boli aparentando nerviosismo y me agachaba de vez en cuando, porque el dichoso bolígrafo estaba poseído y se caía una y otra vez.

 Al fondo Alicia me miraba, al igual que Marga, pero para mí ellas eran invisibles, aunque a veces me entraba un cosquilleo incómodo, la sensación de que alguien me abofeteaba, pero eso eran solo imaginaciones mías.

Mis compañeros se habían enfrascado en la descomposición de datos de sus memorias, ellos escribían y mientras yo hacia mi teatro a conciencia. Hasta que me cansé.  Pensé que ya era suficiente, que el mensaje había sido captado. Lo conveniente era seguir el proceso mental de las aleaciones y salir de allí, para ver a Jaime que ya estaría en el bar esperándome. Disimulé un poco y me esforcé un poco. Leí las preguntas y seguí mi instinto, contesté al azar, lo primero que me vino a la mente. Después solivianté las carpetas tiradas estratégicamente a la derecha, junto al montoncillo de libros y mochilas deportivas y me escabullí.  Por un momento intenté tender un puente gratuito de solidaridad con esos compañeros que seguían devanándose los sesos, pero su operación me pareció tan absurda que no pude y desprecié en mi fuero interno todas y cada una de sus alucinaciones memorísticas.

Llegué al pasillo y comencé el ritual, otro triunfo. Los chicos de otras clases miraban el espectáculo de mis piernas contoneadas cual caramelos sabrosos para unos ojos altivos, que por momentos parecían idos. Los que en otra situación jamás me hubiesen mirado, se giraron en redondo y mis piernas flaquearon por momentos, porque el que más y el que menos quería atarlas, que se inmovilizasen.

Javi me esperaba en el bar. Le daba vueltas nerviosamente a una taza de café con leche mientras miraba a Maribel, una tía a la que todos consideraban una especie de diosa pero que no se dignaba a salir con cualquiera. El que quisiera pillarla debía tener una buena moto u otro medio de locomoción, y la bici del campo no contaba.

Al acercarme notaba que su enfado iba en aumento y que me hubiera asesinado con sus propias manos si hubiera podido. Una mirada de rabia acusadora, que yo contraataqué mirando a Maribel, en un ataque involuntario de celos.

Su beso no fue cálido, sino muy frío, y calentó los motores.

-¿Estás loca, tía? ¿Es que no tienes bastante conmigo?- bufó.

-Vaya, quién fue a hablar, la putita de turno a la vista y a la novia que le den morcilla.

Entonces se relajó y al ver que lo había pillado, cambio de estrategia.

-Que no, tontaina, que yo no quiero lo manoseado. Te quiero a ti -dijo poniéndose la mano en el corazón, con una pose forzada-. Pero si sigues enseñando hasta los higadillos vas mal, pero que por muy mal caminito- decreto.

 Alargó disimuladamente la mano e intentó meterla por debajo del suéter para palparme las cosquillas. Sabía que si me provocaba una risotada, se acabaría el mosqueo.

-No me hagas cosquillas-. Lo miré tensa y me desembaracé de su mano- Espera a la salida, bobo-.

Una risita nerviosa cortó el aire y se mezclo con las voces de mis compañeros que entraron en tropel. Iban con el profesor.  .-Estoy aprobada.- pensé y me relajé. La cara del profesor sorteó las mesas y como un puñal se clavó  en mis piernas. Vaya con la chusma de los sabelotodo: Dani, Jaime, Marga y, pegadita al profe, la tonta de Alicia, que ya le valía…Por eso no la soportaba, por eso y por lo carca que era la tía cuando se sentaba a tu lado. Siempre hablando de apuntes, de su perrita  o de su padre guay que si seguía así le iba a regalar la moto al fin, ¡menudo premio! Yo ya tenía la mía un año y no iba por ahí alardeando de padre guay. A mí no me hacía falta tanto sobresaliente. No necesitaba continuamente participar en esa maratón despiadada por la conquista de décimas, para mí era más importante vivir la vida.

No volví a preocuparme del tema hasta que vi el listado de notas y lo recorrí con  ojos, incrédulos una y otra vez. Suspendida. No daba crédito. Tanta película para que me catease. Ese se iba a enterar de una vez por todas quién era yo.

 Estoy ocupado, ahora- arguyó- alzando la vista.

-Quiero ver mi examen- casi vociferé en un tono amenazante. Sabía que no tenía sentido que le pidiese el examen, porque era una pérdida de tiempo inútil y porque el examen estaba suspendido. Supuse- sin embargo- que se le caería la cara de vergüenza en cuanto me viese allí, otra vez… y con la mini milagrosa.

-Ven en horario de tutoría-. Me molestó que ni siquiera alzase la vista del periódico. Eso me dio muy mala espina, aún así insistí.

-Ahora- recalqué, mientras manoseaba mi mochila tan nerviosa que ésta cayó al suelo. En esa ocasión el arrodillamiento no fue ningún ensayo para la función, era sólo la pérdida de mi seguridad. Sentía el gusanillo de la culpa,  me dolían los ojos, porque había llorado; sin embargo, procuré mantener mi altanería.

 -Pero, pero ¿por qué?- le mire apabullándolo. Las palabras hilvanadas en el pasillo chocaron con su fría mirada, mirada de persona que sabe que controla la situación. Me sabía el papel, pero me puse nerviosa cuando los iris de sus ojos y los míos se cruzaron. Descubrí un rostro insobornable.

-Así que ahora te has vuelto displicente – mascullé tan bajito que ni me oyó abrir los labios.

- Porque has copiado en mis mismísimas narices-. Se acercó a mí y me miró con severidad.  

-¡Copiar, yo? ¿Cómo iba a copiar delante de sus narices? Nadie se atrevería. Sería de tontos.

-Delante de mis narices y con el libro abierto debajo de la mesa ¿no?

-Pues no, qué tonterías está diciendo. Yo no traje libro ese día y además hubiera sido de estúpidos arriesgarse a copiar delante de usted para que me pillase.

Mentía como un cerdo. Yo no había copiado en mi vida. Me ponía rojísima, me daba corte, en fin, que no podía. Entonces sacó pecho y me enseño un libro. No podía creerlo. Era mi libro de Historia del Arte.

Mira, cuando saliste de clase, no me di cuenta, lo reconozco. Pero al acabar todos, vi el libro justo donde te habías sentado y estaba abierto de par en par. Me vas a decir ahora que el libro no era tuyo pero lo abrí y tenía tu nombre. Así que no hay nada más que hablar.

-Pero yo no llevé el libro ese día,  Puedo hacer de todo…-mascullé, enfurecida-Pero copiar, no. Eso es una pérdida de tiempo-.Me había delatado, pero ya me daba lo mismo.

- Mira, ahora tengo mejores cosas que hacer que escucharte. En septiembre te presentas a la recuperación y punto. No se derrumba el mundo por eso. Sólo tendrás que estudiar un poquito más en verano-. Noté su socarronería y sentí como mi ira se disparaba. Mis piernas estuvieron a punto de gastarme una mala pasada. Pero todas las palabras que iba a soltar, se esfumaron de pronto y enmudecí. No le dije nada. No sé el motivo, pero me di media vuelta y salí de allí con torpeza.

Curiosamente cuando salí del despacho, dos sombras se perdían por los pasillos riéndose. Iba en su misma dirección, cuando vi que eran ellas. Disimuladamente me saludaron y al pasar a su lado vi como Marga le decía a Alicia.

-Así aprenderá a bajarse los humos.

Así que habían sido  ellas. Un plan perfecto. No sé cómo se les había ocurrido gastármela de esa forma, a mí que no se me pasaba una y que iba por la vida, a la defensiva. Ellas, amuermadas en el cuarto ante el dichoso libro, para sacar una nota boyante y presumir ante papá; yo, sin pegar golpe, de fiesta y fiesta, siempre ostentando una seguridad que en el fondo era fragilidad: vivir la vida, porque no sabía qué sucedería mañana.

-De pronto, alguien me atrapó al vuelo por la cintura.

- Hola mona ¿qué tal las clases? ¿Qué? ¿Ha rectificado la nota? – dijo y me guiño un ojo. Esta vez no parecía tan enfadado al ver la minifalda. Incluso creí entender su guiño.  

Me sentí tan sucia, que cerré mis oídos, intenté que el tono de mi voz no delatase mi vergüenza.

-Estoy cateada, fastidiada. El cabrón dice que me pilló copiando y no es así. No copio nunca.  Según él, el libro estaba abierto debajo de la mesa, pero yo ese día no me lo llevé. Nunca me llevo el libro a los exámenes.

-Pues sí que la has hecho buena ¿no?-.  Ese fue su único comentario. Después me apretó con fuerza e intentó subir mi mini. El tortazo me dolió hasta mí, pero él no se inmutó. Se rió y me dijo:

-Venga, vámonos a mi casa.  

Aghata

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Comentarios La mini

hija de mi vida..........qué talento tienes¡¡¡¡

buenas noches mi agata bella¡¡

muak¡
hija de mi vida..........qué talento tienes¡¡¡¡

buenas noches mi agata bella¡¡

muak¡
marleeeeennnn¡¡¡¡ Muchísimas gracias. ¡Ay! Socorro, no quiero que llegue el lunes. No quiero pasar por quirófano ni que me pongan la epidural. Cuando he dado a luz no me la pusieron y las otras veces no me gustó la experiencia. ¡¡¡¡Esto no me gusta!!! Nada de nada.
Un beso gigante, querida amiga
el lunes te operan???

de las rodillas otra vez???

no sé que es la epidural........me suena a cuando uno tiene un niño no?? es que yo soy de pueblo total.......imagina , aquí las mujeres han parido siempre en las casa
je je je
de todas formas tú tranquila.......que soy bruja y veo que de esta no la aliñas ¡¡ jejeje
aliñar=morirse=estirar la pata.

es que hablar contigo me da complejo......agata.......que es que tienes un manejo de la palabra......que yo vamosssssssss¡¡¡¡

je je je
Eso, eso Marlen guapa, hazme un conjuro y si el médico se pasa de la rosca...pues, bueno ya sabes.
Un beso gigante me voy a la cama
tranquilaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

que con tres brujas como amigas no hay nada que temer¡¡¡

tranquilaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa''''''¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡no pasa nadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

mira........para darte ánimos...........ésta canción es para tí¡
Ay, Marlen.... Menudo manejo tienes tú de las palabras, hija. Espero que los conjuros sirvan... Hoy soy un manejo de nervios. En fin....
Un beso gigante, mi bella bruja.
Por cierto, precioso el video, mi hadita. ¡Qué voces más dulces! Sí, yo también he cambiado mucho. Un beso gigante 
Que te operan otra vez???? aisss, epidural!!! vaaa eso no es na!!! tu crees que las brujitas te van ha dejar sola, no y no, tu tranquila, entra y sal con una sonrisa y todo irá a las mil maravillas, ya veras!!! Suerte!!!  todo mi cariño y muchos besos. Ya nos contarás!! si te van ha dejar estupenda!!!Muackssssssss.
Luz Luz 31/01/2010 a las 13:18
Eso espero, estupenda... Que yo quiero pegar botes y vamos... volver a las andanas, bailar, bailar, bailas. ¡Cómo me gustaba bailar! No había tío que me sacara de la pista (salvo mi marido, claro).
mira agata escribes muy bien tu si es epidural es no dormirte entera si no recuerdo piensa una trama mientas de misterio tu con animo das defensas y con defensas todo perfecto
Gracias Lucy. ¡¡¡¡Ay!!! No sé si mañana, durante la operación, estaré para muchos trotes. Pero muchas gracias por todo.
Pronto estaré de vuelta.
jaja la lectura me mantuvo en duda y muy entretenida, me gusta como escribes.
saludos
Me gusta mucho tu relato. Que tengas suerte con tu epidural. Verás como no es nada.
Un beso grande. 
Gracias Brooke, en realidad este texto ha estado mucho tiempo, mucho tiempo en un cajón, hasta que le he dado el tono. No sé si ha quedado muy bien, pero así ha salido. Un beso gigante.
Gracias querido amigo. Ya estoy de vuelta, pero tengo que tomármelo con calma porque no me encuentro muy bien. ¡Vaya! ¡¡No estoy para mucho bailoteo!!!
En fin.
Un beso

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