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Júralo

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Júralo

De repente todo se tornó negro. No sabía con cuanta rapidez las imágenes pasaban, ni el tiempo que había transcurrido, desde que aquello había sucedido. Pero lo que sí sabía era que se hallaba en un lugar oscuro y ruidoso, muy ruidoso. El ruido provenía de todas partes, parecía que un amplificador hubiera multiplicado los decibelios. No captaba de qué lado (si había en ese lugar algún lado) provenía, ni siquiera podía reconocer la naturaleza del ruido: si se trataba de un ruido humano o no. Sonaba eso sí, como si miles de personas  o animales chillasen al unísono. En mi vida olvidaré aquel momento de pánico.

Algo o alguien me estaba azotando, me pegaba y me zarandeaba,  con la ira que se siente cuando te cuentan que un pariente tuyo se ha muerto. Lo peor fue intentar abrir los ojos o moverme, ya que por mucho que intentase removerme o defenderme con movimientos precisos ni siquiera podía gritarle al mundo que mirase por el ojo de la cerradura lo que me estaban haciendo. Ni siquiera podía controlar mis involuntarios movimientos.

Y tan rápido cómo vinieron esas continuas agresiones, se fueron. No recuerdo con exactitud lo que se me pasó por la mente unos instantes después del doloroso pinchazo que atenazó mis muñecas (o por lo menos, creo que esa  era la parte del cuerpo, aunque tampoco descarto que fuera el cerebro, ya que éste parecía haberse congelado debido al terror) y surgiera en mi mente un color incluso más oscuro que el negro, como un chapapote gelatinoso. Un color alienígena,   que hizo que me calmase y me parara a pensar durante esas lánguidas imágenes que agujereaban la memoria, arrastrando las cadenas de largos e interminables años.

Pensé en mi familia, amigos y amigas, en mi querida tía Ághata, la persona que me había criado desde que mis padres habían muerto en un aciago accidente de coche y pese al estímulo del coma, pues se pasaron dos interminables años en esa no existencia, mientras yo todavía llevaba chupete.

A medida que ese extraño color abandonaba mis pensamientos todo alrededor de mí se iba aclarando, más y más y descubrí que mis frágiles ojos pardos, habían perecido, que ya no volvería a ver nunca más.  Me aclaré la mente, pues estaba totalmente perdida, incluso llegué a intentar por enésima vez abrirlos. Esta vez tuve muchísima suerte. ¿Qué por qué digo eso? Porque, a continuación, me di cuenta de que no querría ver lo que estaba viendo en esos instantes.

Estaba en un hospital, en una cama blanca como la nieve, mientras se oía un leve pitido que no cesaba. Y luego asistía a lo peor. Mi tía se hallaba a los pies de la cama llorando amargamente, mientras – a través de los cuchicheos- intuí que estaba hablando con un médico que parecía muy profesional y otro señor de la Seguridad Social. Ambos intentaban calmarla, mientras le tendían una gran caja de pañuelos usado una y otra vez. Junto a mí estaba la aparatosa maquinaria: luces, marcapasos y otros cachivaches, de los que desconozco su nombre o funcionamiento.

Después me di cuenta de lo que estaba pasando. Acababa de morir. Me levanté y vi que mi cuerpo parecía haberse encogido. Imaginé que sería de un alma, que no era más que una figura transparente pero  que carecía de poder para tomar sus propias decisiones.

Miré a mi alrededor y tanta fue la tristeza que sentí, que no pude aguantar que una lupa gigante, agrandase la tristeza enfebrecida. Enloquecí y decidí acabar con mi miserable existencia. Pero no surtió efecto porque, como todo el mundo sabe, uno no puede morir dos veces. Lo que sí sentí fue un leve cosquilleo y un poco de falta de respiración, provocado por la ansiedad, y el nudo de pánico en la garganta.  Acabaría con esas sensaciones o me volvería loca.

Me levanté y seguí corriendo hasta que casi me aburrí, hasta que mis ojos –la única parte de mi cuerpo que parecía capaz de vivificarse- se hincharon. Ya era de noche, creí entonces que lo más prudente, sería volver a mi antigua casa. Aunque no pudiese conciliar el sueño, al menos pasaría la noche allí.

Al día siguiente empecé a seguir a mi tía por la casa y por mucho que la quisiera abrazar, no lo conseguía, pues ésta se desvanecía, como si jugase conmigo; como si se un pillería hubiera preferido transformarse en invisible. Sólo la abrazaba, sólo conseguía el beso cálido, cuando los pensamientos me asaltaban. Empezaron entonces a enterrar mi cuerpo sin vida, mientras se oía a las lastimosas plañideras,  Al mediodía mi familia de lleno se congregó  para llevar mi cuerpo al cementerio. Mientras la arena me cubría sentí el estruendo de las plañideras, hasta el aire parecía molesto por el perezoso espectáculo  con el que la gente pretendía finiquitar mi propia existencia.

Seguidamente me fijé en la inscripción de mi propia lápida de mármol blanco y gris. Ahora lo recuerdo todo; aunque preferiría que además del disparo que me alcanzó, mientras acudía al colegio, aquellos hombres me hubiesen jurado, que me borrarían  hasta el recuerdo.

Ana, 1º F

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Comentarios Júralo

que bonito da para un seguimiento y novela
Me gusto el texto, muy interesante.
Besos.

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