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Jesper, Carol Matas

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Ojalá nunca se dieran situaciones como la que se relata tan gráficamente en               esta novela.

(…) Los alemanes han llegado disparando al azar. La mayoría éramos mujeres –dijo moviendo la cabeza-, y me temo que no todas han huido lo suficientemente rápido. Al llegar a casa  he querido llamar a mi amiga Karen para contárselo y resulta que las líneas están cortadas.    Los funcionarios deben de haberse ido también a casa. Primero el gas y el agua, después la electricidad y ahora esto. Si el doctor Best cree que nos va a someter con esta tiranía, mejor que se lo vuelva a pensar –declaró dejándonos pasar por fin a la sala-. ¡No lo conseguirá! Antes tendrá que matarnos.

Bueno, se había organizado una huelga en toda regla. No había transporte público ni teléfono, los obreros no iban al trabajo. ¿Pensaba el doctor Best que realmente nos iba a someter cortando el gas y el agua? Siempre había querido a Copenhague, pero ahora sentía que me iba a estallar el corazón de lo orgulloso que estaba.

Janicke y Stefan se ofrecieron voluntarios para ir a buscar agua al depósito. Cogieron               un caldero grande cada uno y se fueron a pie. Había media hora de camino, y tengo que admitir que me dio envidia Stefan, por poder tenerla toda para él, durante una hora.

-Es increíble lo que ocurre ahí fuera- exclamó Janicke a la vuelta, dejando el caldero de golpe y derramando un poco de agua en el suelo inmaculado del vestíbulo-. ¡Es realmente increíble! Están haciendo una hoguera enorme al final de la calle para que no pasen las patrullas alemanas. Mirad por la ventana.

Nos arremolinaos en la ventana a tiempo para ver cómo prendían una nueva hoguera y              se elevaban las llamas. Una media hora después de que encendieran las hogueras, llegó un camión de bomberos rodeado de tropas alemanas y apagaron el fuego. Nada más marcharse el camión, la gente corrió a la hoguera. Echó cosas nuevas, papeles, muebles, cualquier cosa, y la volvieron a encender. Pronto llegaron las tropas alemanas otra vez y empezaron a disparar al azar calle abajo. Una mujer joven cayó herida. Volvió el camión de bomberos y apagó las llamas. Los alemanes dirigieron las ametralladoras sobre la gente. Habría alrededor de treinta o cuarenta personas. Alcanzaron a otra persona: parecía una señora mayor. Se fueron las tropas y el camión.

La gente tiró más cosas en el montón y lo volvió a encender. De nuevo aparecieron las tropas y el camión. Por entonces ya debía de haber unas cincuenta personas. Volvieron a apuntar, pero nadie se retiraba. Le acertaron a un chico joven y a un señor mayor. La gente se ocupaba de      los heridos y los llevaba a otras calles, supongo que al hospital. No me lo podía creer, pero en cuanto se marchó el camión, echaron más trastos al montón, hasta puertas enteras, ¡y lo encendieron de nuevo! Era tarde, se había puesto el sol. Sólo se vislumbraban en la oscuridad la extraña luz de la hoguera y las sombras de la gente brincando en la calle de abajo.

Se oyó el ruido de un avión, un avión alemán, volaba bajo, acercándose. Yo no lo veía, pero Stephan gritó:

-¡Al suelo!

Me tiré rápidamente. El avión bombardeó toda la calle. Oí chillidos de miedo y gritos de dolor. Me puse en pie tambaleándome.

-Tenemos que ayudar.

Stephan me sujetó y me tiró.

-Estamos ayudando. Pertenecemos a la resistencia y tenemos cometidos que llevar a cabo.      Si morimos, no podremos hacerlo.

El avión se retiró y se oyeron sirenas. Nos asomamos. Había sombras por todas partes, madres llamando a sus hijos; maridos, a sus mujeres. Algunos estaban echando abajo las barricadas para que pudieran pasar las ambulancias. Pero tan pronto como éstas se alejaron,  las barricadas se levantaron de nuevo. Algunos incondicionales permanecieron en la calle. Nos llegaban sus voces en el aire de la noche. La hoguera se quedó encendida. Nosotros no nos movimos de donde estábamos. Me sentí inútil y descorazonado, especialmente al oír llorar a los niños.

Jesper

Carol Matas.

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