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La isla del tesoro, Robert. Louis Stevenson

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El habitante de la isla

 

Por la ladera del monte, que era escarpada y pedregosa, oír resbalar, de pronto, una avalancha de pequeños guijarros, que rebotaban hasta caer a mis pies. Alcé los ojos en esa dirección y divisé un raro bulto que se escondía detrás del tronco de un pino. ¿Qué podía ser? ¿Sería un oso, un salvaje, un mono? No podía asegurarlo; sólo me daba cuenta de que era una forma negra, poderosa y velluda. El terror me dejó clavado en el suelo.

Entonces me sentí completamente rodeado: a mis espaldas tenía la cuadrilla de asesinos y, enfrente, aquel animal misterioso que me acechaba detrás de un tronco. ¿Qué hacer? Di media vuelta al instante y retrocedí hasta la orilla, echando de cuando en cuando una ojeada a mis espaldas.

La extraña figura reapareció en seguida y se puso a dar un rodeo en torno a mí, como si quisiera cortarme la retirada. Yo estaba rendido, exhausto; pero, aunque hubiese sido así, al punto me di cuenta de que era imposible competir en ligereza con semejante rival. El bulto parecía volar entre los árboles con la rapidez de un ciervo; pero corría con dos piernas, nada más, exactamente como un ser humano, aunque agachado y encogido como jamás lo había visto yo en mi vida. Sin embargo, ya no me cupo la menor duda: era un hombre.

Entonces me acordé de lo que había oído contar sobre los caníbales, y fue como si se me segaran las piernas. Estuve a punto de gritar y pedir auxilio; mas el hecho de que mi perseguidor fuese un hombre – un salvaje, sin duda, pero hombre al fin- me tranquilizaba un tanto. Y así andaba, corriendo y dudando, cuando me asaltó el recuerdo de la pistola que llevaba conmigo. Al sentir que no me hallaba por completo indefenso, se me reanimó el corazón: dejé de correr y me dirigí resueltamente a su encuentro.

Se había escondido detrás de otro árbol y me estaba observando. Pero, al ver que iba hacia él, salió, adelantó un paso, luego vaciló y volvió atrás; hasta que por fin, con gran asombro mío, cayó de rodillas, y así vino arrastrándose hacia mí, con las manos juntas en actitud suplicante.

-¿Quién eres?- le dije.

-Soy Ben Gunn- me contestó con una voz, agria, apagada y torpe-. Soy el desdichado Ben Gunn, y hace tres años que no hablo con alma viviente.

Entonces vi que era un hombre blanco, como yo, y de correctas facciones. Su cuerpo estaba quemado por el sol, tenía renegridos los labios y sus ojos brillaban de un modo sorprendente en aquel rostro tostado y reseco. Iba cubierto de harapos, de retazos de vela carcomida y viejos trozos de hule, sujetados unos con otros por medio de botones de cobre, palillos de madera, juncos secos y anillas de hierro.

-¡Tres años!- exclamé-. ¿Naufragaste acaso?

-No, me soltaron.

Comprendí en el acto esa rara expresión, que en la jerga pirata un horrible castigo, consistente en abandonar al culpable en una isla desierta, con un saquito de pólvora, y un puñado de balas.

-Me soltaron hace tres años- prosiguió el infeliz-, y desde entonces he vivido alimentándome de carne de cabra montés, bayas y ostras. Cuando la dura necesidad aprieta, un hombre pasa por todo antes que morir; pero tengo unas ansias locas de comer algo de lo que se come en el mundo del que tú vienes… Di, muchacho, ¿no tendrías un pedazo de queso, un pedacito así nada más? ¡Hace infinidad de noches que sueño con él! Pero luego me despierto… ¡y nada! ¡Es horrible, es horrible!

-Si puedo regresar a bordo – le dije-, te prometo traerte un queso entero.

Mientras tanto, el pobre hombre me tentaba las ropas, me acariciaba las manos, contemplaba mis gruesos zapatos, y así iba expresando vivamente la infantil alegría que experimentaba al hallarse en presencia de otro ser humano. Pero, al oír mi respuesta, alzó los ojos y se quedó inmóvil, mirándome con extrañeza:

-¿Si puedes regresar a bordo, has dicho? –repitió-. ¿Y quién es capaz de impedirlo?

-Tú, no, seguramente.

-¡Claro que no!... Y dime: ¿cómo te llamas, muchacho?

-Me llamo Jim.

-¡Jim, Jim!- exclamaba alborozado, como si mi nombre fuese para él una revelación-. Pues mira, Jim, he llevado una vida tan desastrosa, tan mala, que te avergonzarías de oírla.

Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro 

Actividades

  1. Resume el contenido del texto
  2. Busca en el diccionario el significado de las palabras siguientes: escarpada, guijarros, velluda, exhausto, resueltamente, vaciló, harapos, retazos, jerga, bayas.
  3. Explica el significado de las siguientes expresiones: fue como si le segaran las piernas, en actitud suplicante, con voz agria, de correctas facciones.
  4. ¿Qué significa la palabra soltar en la jerga de los piratas?
  5. Continúa la narración. Conviértete por instantes en Stevenson.
  6. Cuenta alguna anécdota emocionante o divertida que haya pasado últimamente. Intenta relatarlo de tal manera que despiertes el interés de quién lo lea.
  7. Conviértete por momentos en Ben Gunn y cuéntale al lector lo que se siente cuando te abandonan en una islas, con la misma precariedad y crueldad con la que él fue abandonado.                         

 

 

 

 

 

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