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Irreconocible

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Lo irreconocible

Y no sé cómo me digno a escribir y no hablar. He perdonado errores casi imperdonables. He intentado sustituir personas, insustituibles; mientras olvido a otras, inolvidables.

He actuado por impulsos sin ser impulsada o quizás fue la rosa de los vientos la que propulsó sueños que jamás hubiera imaginado.

Me han decepcionado personas que nunca imaginé, pero también he decepcionado yo a otras a las que juré que no traicionaría en mi vida.

Me he enamorado y he hecho locuras; me he revolcado en el fango, pero después he velado por mi misma y he conseguido levantarme.

Si me han abrazado dulcemente  he deseado que esos abrazos fuesen inacabables, aunque luego, al soltarlos, maldiga su caricatura.

Me he reído cuando no podía, cuando las lágrimas visten el disimulo.

Me han dicho te quiero, aunque he notado la mordaza de su mentira; aún así he querido creérmelo.

He hecho amigos y enemigos eternos.

He gritado, saltado, llorado… felicidad y tristeza. La tristeza tirita de frío en las fauces de la canción desesperada; las fotos se calzan las botas de siete leguas para que llegue a tiempo a la fiesta de los recuerdos.

La voz, SU VOZ, ha debido escucharme cuando llamaba al olvido para escuchar su silencio.

Me he enamorado, ¡sí! Algunas sonrisas llegan al punto de arrancarme los labios con un mordisco inesperado que se avergüenza al brotar de mi interior.

Derrumbada, he salido adelante.

He llegado a creer que iba a morir de tanto echar de menos,  me he sentado al borde del precipicio para ver su vacío; con la esperanza de fundirme en su infinitud.

He tenido miedo a perder a alguien a quien creía conocer; desaparece aunque no quiera escucharme, aunque se desencaje mi espalda, de tanta carga de sueños rotos.

Me ha dolido la barriga a consecuencia del miedo o de la risa. He dejado –lo confieso- que me acariciasen el pelo y después he sentido en mis carnes la bofetada más terrible.

He comido verduras, aún recuerdo que de pequeña sus vitaminas me daban asco.

Sé que en este mismo instante, miles de historias se cruzan en el camino; cuantas cosas pueden estar pasando en una fracción de segundo.

Puede que a veces uno no se dé cuenta de la cantidad de intersecciones, de las bisectrices que se cruzan en su camino.

Se puede fingir, sonreír, no pensar, creerse uno mismo que no piensa o que se desapasiona…

Piensas “que te vaya bonito”,  mientras te das de bruces con la irrealidad, mientras el fuelle de lo que te gusta o no te gusta es propulsado.

Sabes que no tienes escapatoria, que ni siquiera puedes fumarte la mentira.

Tal vez busques el lado bueno; tal vez todos hechos de tu vida puedan ser inocencias.

Es imposible que puedas engañarte a ti misma, deberías saberte la cartilla: no inviertas en transformaciones.

Pasas las páginas de un libro imaginario, te propones olvidarlo, evitar, borrar, dejar que corra el aire.

Quizás a la vuelta de la esquina encuentres lo que habías perdido. Engáñate a ti misma, creyéndote que se trata de una tontería, una tontería inmensa que te impide pasar por el aro, que desentumece las aspas del molino.

Pregúntate, el porqué, el motivo de esas ocurrencias.

Asómate a la ventana de la locura, suelta la mayor idiotez que suele escogerse cuando uno piensa en voz alta, sin que afloren razones algunas; reconoce que pasas de trucos, que te dan igual que lo invisible marque las cartas antes de que se jueguen sus bazas.

Te encantaría escoger muchas opciones y que tal vez las razones extraídas de la chistera negra, hagan que te sientas mejor por una milésima de segundo.

Sabes muy bien que todo llega… que todo pasa. Sabes – sin que nadie te lo haya enseñado previamente- que los algunos de tus actos son deleznables y que  el día de mañana los odiarás  con todas tus fuerzas.

Reconoce que la vida no escapa sola, que las cosas no se van por sí solas.

Los actos son ciénagas donde se hunden las manadas rebeldes. ¡Ay! Las cosas son como tienen que ser. No intentes cambiarlos.

Si te subas al carro de la vida, sin una brida con la que sujetarlo, tal vez caigas.

La aventura provoca remordimientos y los remordimientos te perseguirán hasta el fin de la vida. Aunque duelan no puedes esconderlo ni atraparlos en una hucha sin fondo. No tiene sentido que engañes: la realidad es soberbia, más lista que el hambre.

Aún así, que no te cueste un riñón reconocer lo vivido, saber que todavía puedes asumir tus responsabilidades, que no necesitas que te llamen por tu nombre: solo vive, reconoce la senda que has pisado, tensa el arco y dispara la flecha que todavía es irreconocible.

Esther, 2º B

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