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La iglesia en los siglos XI, XII y XIII.

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Si no estudias, te lo pierdes: La iglesia en los siglos XI, XII y XIII.


Los habitantes del occidente de Europa, a partir del siglo XI, tenían la conciencia de pertenecer a una misma comunidad, la <>. Prácticamente todos los planos de la vida del hombre estaban relacionados con la religión. En verdad puede hablarse de una sociedad sacralizada al referirse a la Europa medieval. La Iglesia estaba presente en todas partes, a través de las parroquias y de los obispados, pero también por su inserción las estructuras feudales. La misma ceremonia de armadura de un caballero tenía un ritual religioso. Sólo la iglesia podía dulcificar las rudas costumbres guerreras de aquel tiempo, a base de instituciones como la tregua de Dios, que obligaba a los cristianos a no utilizar las armas durante cierta época del año.


La renovación de la Iglesia.


Fue notable a lo largo del siglo XI. La vida monástica, había recibido un gran impulso en el siglo X, gracias a la reforma de Cluny. Los monjes cluniacenses, que ponían su acento en el esplendor de la liturgia y en la defensa de la autoridad pontificia, se difundieron rápidamente por toda la cristiandad. Precisamente de sus filas nació el aliento que llevó a la reforma gregoriana. Esta toma su nombre del papa Gregorio VII el cual, en la segunda mitad del siglo XI, hizo frente a la intromisión de los laicos, y especialmente de los emperadores germánicos, en la vida de la iglesia. Desde Roma se formuló la doctrina teocrática, que consideraba al poder espiritual superior al temporal y reclamaba para el pontífice la plenitud del poder. Otra prueba indiscutible de la vitalidad de la iglesia fue la organización, desde fines del siglo XI, de las Cruzadas, cuya predicación fue obra de los pontífices. Al mismo tiempo el cristianismo estaba progresaba territorialmente: Polonia, Hungría, Escandinavia, Europa oriental, península Ibérica, etc. En este clima surgieron las Órdenes Militares en las que confluían el espíritu religioso y el guerrero. En el interior de la cristiandad florecieron las peregrinaciones. Sin duda la más importante de todas era la que tenía como meta el sepulcro que, según se suponía, conservaba los restos del apóstol Santiago, en Galicia.
Las profundas transformaciones que estaba sufriendo la sociedad europea después del año 1000, exigieron de la iglesia un rápido esfuerzo de adaptación a las nuevas circunstancias.
Por eso, en el siglo XII, surgieron reformas monásticas, de las cuales la más importante fue la reforma del Císter (los monjes blancos, por el color de su hábito, que contrastaba con el negro de los cluniacenses). Testigos de una época de intensas roturaciones, los monjes cistercienses propugnaban el trabajo manual y un espíritu de austeridad, muy lejos de la pompa monástica tradicional. La figura más importante de la nueva Orden fue, indudablemente, San Bernardo. Por las mismas fechas el monje Graciano realizaba una fabulosa labor de codificación del derecho canónico, que pronto se convirtió en un instrumento jurídico de capital importancia para la Iglesia.
Las herejías entre el siglo XI y el siglo XIII.
No obstante, a fines del siglo XII, la cristiandad se vio sacudida por fuertes movimientos populares, en los que siempre latía un deseo de vuelta a la pobreza evangélica, huyendo de las riquezas mundanas. Estos movimientos, que recogían aspiraciones sociales de grupos sometidos, se proyectaron en doctrinas religiosas condenadas por Roma como heréticas, y que se difundieron ante todo por el sur de Francia y el norte de Italia. El que consiguió más éxito fue el de los cátaros, que se inspiraba en las viejas tradiciones maniqueas y que tuvo un gran eco en torno a la ciudad francesa de Albi (de donde deriva el nombre de albigenses con que se les conoce). Ante el peligro de las herejías la iglesia reaccionó a la predicación, pero también a la violencia. Par acabar con los albigenses fue precisa la organización de una cruzada, dirigida por Simón de Monfort. En la primera mitad del siglo XIII, y con el fin de terminar con las herejías, la Iglesia creó la Inquisición, autorizando el empleo de la tortura como medio para arrancar confesiones.


Las órdenes mendicantes.
El acontecimiento básico de la Iglesia en los primeros años del siglo XIII fue el nacimiento de estas nuevas órdenes religiosas. Se trataba de adaptar la vida religiosa a los centros urbanos, pero al mismo tiempo se insistía en la necesidad de intensificar la predicación popular y de renunciar a las riquezas, viviendo exclusivamente de las limosnas. Así surgieron la Orden de los franciscanos y la de los dominicos. La primera, fundada por el italiano Francisco de Asís, buscaba la imitación de la vida apostólica, practicando una predicación itinerante. Los domínicos, por su parte, deben su origen al clérigo hispano Domingo de Guzmán. En ellos el papel de los estudios estaba más destacado. Ambas órdenes conocieron un éxito fulgurante, aunque sus aspiraciones primitivas en parte fueron olvidadas. Esto motivó entre los franciscanos una fuerte disputa, pues unos reclamaban la pobreza inicial (los espirituales), mientras que otros se adaptaron a la transformación en una orden poderosa.

 

Las órdenes mendicantes: la regla de San Francisco (siglo XIII)
“Esta es la regla y la vida de los Hermanos Menores, quienes observaron el Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, pobreza y castidad. El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al papa Honorio y a sus sucesores elegidos canónicamente y a la Iglesia Romana. Los restantes hermanos se comprometen a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores.
Se prohíbe estrictamente a todos los hermanos aceptar dinero u propiedades, tanto en su persona como a través de otros.
Aquellos hermanos a los que el Señor concedió habilidad para el trabajo, trabajarán con fidelidad y devoción, con el fin de que la ociosidad, enemiga del alma, pueda ser rechazada.
Los hermanos no tendrán nada propio, ni casa, ni tierra, sino que vivirán como peregrinos en este mundo, sirviendo al señor en pobreza y humildad, y pidiendo limosnas. No se avergonzarán de ello, pues el señor se hizo pobre por nosotros en este mundo.
Todos los hermanos tendrán como ministro general y siervo de toda la comunidad a uno de ellos y le deberán obediencia. A su muerte, los ministros provinciales elegirán un sucesor en un capítulo que se reunirá en Pentecostés”.
P. Espinosa: Antología de textos históricos medievais, Livraria Sá da Costa.

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