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Historia de la literatura española: El ingenioso hidalgo. La aventura de los galeotes

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El Quijote inaugura la novela moderna

La obra anticipa elementos, técnicas, recursos que luego serán repetidas hasta la saciedad por "la flor y nata" de la narrativa contemporánea: desde Galdós o Flaubert, hasta Faulkner, Proust, Camus, Kafka...

Lo primero que hace Cervantes es acopiarse de toda la producción literaria anterior: desde la novela sentimental o psicológica, hasta la pastoril, la morisca, la novela de aventuras peregrinas, etc. Pero además recoge toda

la literatura popular al uso: sentencias, cuentos, refranes.

Con todos estos materiales escribe una obra que no es ninguna de las obras predecesoras pero que las engloba a todas, y de ahí que se atreva a considerarse el primero que novela.

Lo más sintomático de esta obra es que el autor no se desvincula de su tiempo ni de la realidad que le ha tocado vivir. Tiene muy en cuenta sus propias experiencias, lo cotidiano y estos materiales se los devuelve al lector con una mirada fría e irónica, para que descubra el precio de la pérdida de los ideales.

Los variados puntos de vista, que ya hemos comentado con anterioridad,  convierten al lector en un agudo detective que debe reconocer en todo momento cuál es el enfoque narrativo desde donde se cuentan los hechos.

Este procedimiento ha sido explotado con la narrativa contemporánea.

Por ejemplo, en la pluma de la genial Virginia Wolf.

El contraste ilusorio con la realidad nos mueve hacia un perspectivismo en el que confrontan el narrador, la propia historia y el lector, aderezado además por las múltiples formas de novelar que se muestran al lector como si mirase un retablo de época.

Esta técnica del contrapunto tan utilizada hoy día ( Huxley, Faulkner) y que ha sido recreada también por el cine ya aparece en el Quijote. En la obra se nos muestran sin ningún pudor por parte del autor, acciones que se suceden simultáneamente, sin que conste ninguna relación entre ambas, pero cuyo desarrollo técnico es equilibrado. La novela del curioso impertinente, Las bodas de Camacho, la historia de Dorotea, elementos todos de la misma farsa novelística.

Otros elementos que la sitúan en la primera línea de la narrativa contemporánea son: la autonomía de los personajes, técnica que luego será recreada por otros autores como Pirandello;  el distanciamiento, la reiteración constante de algunos motivos o la moderna defensa de la libertad que se cuaja en el individualismo del personaje.  

Fragmento:

Don Quijote y los galeotes

(capítulo XXII de la primera parte)

Alzo la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte, en respuesta de sus amenazas; mas don Quijote se puso en medio, y le rogó que no le maltratase, pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese tanto suelta la lengua. Y volviéndose a todos los de la cadena, dijo:

-De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a ellas a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas de muy mala gana y muy en contra vuestra voluntad; y que podría ser  que el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de dineros deste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición, y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria, de manera que muestre con vosotros el efecto para que el Cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a menesterosos y opresos de los mayores. pero, porque sé que una de las partes de la prudencia  es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal,  quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz; que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señora guardas -añadió don Quijote-, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al bueno, y  no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por la fuerza.

-¡Donosa majadería!- respondió el comisario-. ¡Bueno está el donaire con que ha salido a cabo de rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejamos, como si tuviéramos autoridad para soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase vuestra merced, señor, norabuena su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la cabeza y no ande buscando tres pies al gato.

-¡Vos sois el gato, y el ratón, y el bellaco!- respondió Don Quijote.

Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto, que, sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una lanzada; y avínole bien, que éste era el de la escopeta. Las demás guardas quedaron atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero, volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los aguardaba; y sin duda lo pasara mal, si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de alcanzar la libertad, no la procuraran, procurando romper la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera, que las guardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a don Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.

Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Gines de Pasamonte, que fue el primero que se soltó en la campaña libre y desembarazado, y arremetiendo al comisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando al uno y señalando al otro, sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo el campo, porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como de las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.

Entristeciese mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa hermandad, la cual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijo a su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en la sierra, que estaba cerca.

-Bien está eso - dijo don Quijote- ; pero sé lo ahora conviene que haga.

 Y llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:

-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígalo porque ya habéis visto, señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recibido; en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso, y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura.

Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:

_Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando meterse en las entrañas de la tierra, por ni ser hallado de la Santa Hermandad, que sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo que vuestra merced puede hacer y es justo que haga, es mudar ese servicio y montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemarías y credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced, y ésta es cosa que se podrá cumplir de noche y de día, huyendo o reposando, en paz o en guerra, pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto, digo, a tomar nuestra cadena, y a ponernos en camino del Toboso, es pensar que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a nosotros eso como pedir peras al olmo.

-Pues ¡voto a tal!- dijo don Quijote, ya puesto en cólera-, don hijo de la puta, don Ginesillo de Piropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.

Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijoete no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a los compañeros, y apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube de pedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo escudar tan bien don Quijote, que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza, que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído cuando fue sobre él el estudiante  y le quitó la bacía de la cabeza y diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizo pedazos. Quitárosle la ropilla que traía sobre las armas, y las medias calzas le querían quitar, si las grebas no lo estorbaran. A sancho le quitaron el gabán, y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más cuidado de escaparse de la Hermandad, que temían que de cargarse de la cadena e ir a presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso.

Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote; el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino a suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a  quien tanto bien había hecho.

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