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Hasta que su aliento se secase

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Hasta que su aliento se secase

Era una noche oscura. Estaba tan aburrido en casa que decidí salir a la calle y dar una vuelta. Pero no había ni un alma, parecía que todo el mundo se hubiese esfumado, que la tierra hubiese succionado a las personas. No vi coches, ni personas, ni siquiera luces. ¡Nada! La solitud más absoluta. Exasperado volví a casa y entonces me di cuenta de que el contestador tenía un mensaje. Apreté el buzón y pude oír los gritos de mi padre pidiendo ayuda. Eran unos aullidos tan estremecedores que imaginé que imaginé que tanto mi hermano, como mamá estarían aterrorizados.  Sin siquiera tener claro a dónde dirigirme, salí corriendo de casa. No sabía qué hacer, decidí ir a casa de mi abuela, pues esa me pareció la idea más sensata de todas.

Cuando llegué vi la puerta entreabierta, había algo muy extraño en esa angustia, en la soledad que me pisaba los talones. Entré con el corazón encogido, sin saber exactamente lo que estaba pasando. Parecía que unas garras aladas, arañasen las paredes: luces abriéndose y cerrándose,  ruidos secos de pisadas apenas inaudibles. Sabía que había alguien, que alguien estaba a mi lado; así que armándome de valor me giré y vi como la puerta, vapuleada por una fuerza centrífuga, se movía descontrolada. De pronto se mantuvo abierta,  vi una sombra, y aquellos ojos amarillos traspasando mi cuerpo, como si tuvieran rayos X.  Salí corriendo, pero tropecé  y caí rodando escaleras abajo. El golpe me dejó inconsciente y mareado.

Cuando desperté estaba tumbado en una camilla con un montón de cables en la cabeza. Había tres tipos raros, rarísimos, a los que en mi vida había visto. Tenían la piel oscura y eran todos iguales. Me quedé mirándoles e intenté articular sonidos, pero me sobrecogió las cuencas vacías de sus ojos; me parecieron horribles, era como si el ser que los había hecho los hubiese dejado inacabados, como si sus cuerpos se hubiesen quedado a medio hacer.

Quería escapar pero de repente uno  me cogió uno e hizo un movimiento raro. De la mutación de sus cuerpos salieron otros más; era una mutación que me dejó sin aliento, aterrorizado. Entre todos comenzaron a balancearme al mismo tiempo que ellos iban multiplicándose. De pronto descubrí el escudo protector, la barrera que nos separaba y que era intangible. Uno de ellos se parecía a mí, la fijeza con la que me miraba me producía náuseas, porque eso significaba que antes había sido como yo y que en algún momento de la cadena había sufrido una permutación.

Por una razón extraña, ellos parecían considerarme una especie de Dios, alguien a quien dirigir sus plegarias, alguien que podría concederles todos y cada uno de sus sueños; era como si yo pudiese apretar entre mis dedos sus deseos más inmediatos.

 Así pasaron algunos días y ya me permitían moverme, hasta los vi agachar la cabeza, cuando pasaba a su lado. Yo estaba desesperado, ¿qué había sido del resto de las personas? ¿Y mis padres? ¿Mi abuelo? ¿Mi hermano? No quería reconocer la evidencia, no quería saberlo, pero un día la propia verdad me salió al paso: los humanos estaban allí, en aquella cárcel. En ese lugar espeluznante los habían encerrado. Permanecerían en ese lugar,  hacinados, hasta que su cuerpo, o el poco aliento que les quedaba, se secasen.

Aquello me pareció cruel, peor incluso que un tiroteo de una batalla a muerte. Pero un día vi que me colocaban la misma bata negra que yo había visto anteriormente. Me llevaron a la misma fría habitación. Intuía que se acercaba el final. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué no seguía siendo un Dios? Me miré el brazo y vi aquella gotita de sangre, un minúsculo puntito rojo. Comprendí que se avecinaba la época de la alergia. Seguramente y sin querer, me había reventado un grano, y ese hilito de sangre me había descubierto: su sangre era verde, la mía, roja.

Ya no había ninguna salida, ahora el silencio sería único lenguaje, el fin, la nada. Me preguntaba si al fin aquella insignificancia podría ser el puente que, una vez atravesado, me conduciría al mundo de los no nacidos, aquellos cuerpos que aún siendo mis hermanos, nunca habían existido.

Alex, 2º B

 

 

 

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Comentarios Hasta que su aliento se secase

uuuufff que miedo, pero esta muy bien escrito.
Besos.
Este chico, Alex, promete ¿verdad? ... un relato recordando a Poe
Precioso, le pondrás una nota estupenda (sonrio)
Un millón de abrazos ... señorita ricitos dorados ...

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