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La fuerza creativa de Herbie Brennan

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La fuerza creativa de Herbie Brennan

Cuando un autor inteligente se toma en serio la fantasía y decide allanar este campo con todo el utillaje y grandes dosis imaginativas,  si su novela triunfa y se alza con un best-seller , se produce una gran explosión en el mundo editorial a la caza de autores que generen una corriente de empatía con los adolescentes.  A los adolescentes no se les convence fácilmente, pero este género ha conseguido engancharlos y son capaces de absorber páginas y más páginas; lecturas de gran envergadura engarzadas en sagas leídas  en un tiempo récord.

Lo interesante de estos libros es que han conseguido renovarse, han indagado en los propios intereses de estos chavales y han conseguido atraerlos hacia esas nuevas esferas de percepción; enfoques, espacios y aventuras que, sin desubicarnos de la tradición, generan planteamientos nuevos, personajes con carisma y aventuras que saltan continuamente el trampolín al reinventarse continuamente.

 De todos esos autores, Hernie Brennan (Irlanda, 1940) es uno de los más destacados, tal vez porque el mundo de la magia lo lleva en su sangre, forma parte de él mismo y desde siempre se ha sentido atraído poderosamente por él y eso es lo que notan los chavales, esa corriente de empatía que existe entre sus expectativas y las historias que inventa. Pero además este escritor polifacético, no sólo ha escrito narraciones fantásticas, sino que también ha creado juegos de ordenador en caja y software para PC (como la serie Grailquest), lo que le proporciona un prestigio en un terreno, ávido por cazar talentos, pero en el que no es fácil abrirse un hueco. Brennan lo ha conseguido  gracias a  sus conocimientos, a ese afán investigador que siempre ha llevado consigo y  que lo ha consagrado como polemista y estudioso en parasicología, física cuántica, magia, reencarnación, etc. Su filiación a la parasicología y las ciencias afines se ve corroborada por los libros que ha publicado:

Magia experimental: experimentos al alcance de todos (1987), La reencarnación: técnicas seguras y efectivas para recordar existencias anteriores  (1988), Manual práctico de la reencarnación (1997) o Cómo acceder a sus vidas pasadas (2000).

En todos estos campos ha mostrado sus conocimientos, a todos ellos les ha dedicado horas de sueño, demostrando una gran cualificación profesional y una alta dosis de curiosidad innata, una cualidad nada desdeñable para el escritor que quiere abrirse un hueco en la literatura.  Por supuesto que en este terreno el autor ha logrado grandes éxitos desde que inició su andadura literaria con Las puertas Astral, un libro que incidía en la exploración del universo fuera de la corporalidad y que se convirtió en un best-seller, como también lo sería La guerra de la hadas, votado en los EEUU  como el nº 1 en el Top Ten Teenage Pick

Lo interesante de estos libros es la curiosa simbiosis de fantasía, mitología y ciencia, no exenta de guiños  a la tradición, pero capaz de presentar las aventuras con un estilo fresco y trepidante que no ofrece descanso al lector. El lector asiste a los continuos saltos de la acción, que le obligan a no perder el hilo de los acontecimientos y le mantienen en una constante tensión. Las descripciones de los personajes y de los ambientes están cuidadas al milímetro, sin florituras o alargamientos excesivos, como ocurre en otras historias del género. Por otra parte es destacable la plasticidad con la que el autor describe algunos espacios y personajes, el uso de la ironía e incluso de la caricatura para representar a los excéntricos elfos oscuros o las huestes demoníacas. El autor consigue un alto grado de verosimilitud al describir las situaciones problemáticas, los rituales, las posesiones demoníacas, los elementos y claves implícitas; en todos estos casos despliega sus propios conocimientos. 

Los tres libros aciertan en sus universos cerrados y dispuestos al milímetro, en la trepidante aventura que mantiene el pulso del lector y en los procedimientos narrativos al uso: los diálogos son dinámicos y sirven para situarnos al personaje y describirnos pequeños rasgos de carácter, que el autor completa con atinadas descripciones;  la sobriedad del lenguaje contribuye más si cabe a la fluidez narrativa, que se deshilvana en ocasiones, para crear un alto grado de tensión, en ocasiones algo agobiante para el lector. Por otro lado, en las historias aparecen momentos climáticos, narrados con una gran plasticidad, se trata lógicamente de los momentos en los que se produce un choque violento entre los personajes benévolos, algunos un poco ingenuos y las astutas, las perniciosas fuerzas del mal.

Son pues libros que estimulan la imaginación, que nos ofrecen aventuras al límite, y que te hacen pasar un buen rato, libros que nos invitan a trasladarnos a universos paralelos, no exentos de encanto, y donde el autor no descuida las relaciones interpersonales y su complejidad ni tampoco algunos de los interrogantes científicos al uso (como la existencia de los extraterrestres, los viajes a otras dimensiones); aspectos todos ellos que sin duda ya conocen los amantes de las sagas fantásticas y  que gustaran tanto a los adolescentes, como aquellos adultos que se atreven a traspasar ese umbral mágico.

Aghata

 

Pyrgus sintió que le desaparecían de la mente los últimos restos de la influencia del demonio, y que en su interior estallaba una furia violenta y terrible. ¿Cómo se atrevía aquella criatura a hablar con tanto aplomo del asesinato del emperador? ¿Cómo se atrevía a amenazar al reino de los elfos? Pyrgus hubiera querido abalanzarse sobre Beleth y estrangularlo con sus propias manos, pero en vez de eso tuvo que conformarse con examinar su jaula para ver las posibilidades que tenía de escapar.

La jaula era como la que compartía la gata con sus gatitos en la fábrica de pegamento, aunque más grande, pero no era lo suficientemente amplia para que Pyrgus pudiera estar derecho. El chico se agachó tras los barrotes mientras contemplaba una escena terrorífica e infernal.

Su jaula colgaba de una cadena conectada a un mecanismo que había en el techo de la cueva, bajo la mansión metálica de Beleth. Directamente debajo de dónde él estaba, un estanque de azufre derretido arrojaba un resplandor rojo. En la cueva trabajaban unos treinta seguidores de Beleth, que se protegían la piel del calor con armaduras de escamas y cuyos cuerpos, musculosos y fornidos, eran aptos para manejar el metal candente con el que estaban fabricando un monstruoso misil junto al estanque. Beleth había recuperado la temible figura con la que había aparecido en el Triángulo de Arte de Brimstone. Además, de uno de los enormes cuernos enroscados colgaba un farol.

Detrás de los laboriosos demonios, había una tarina plana, sobre la cual contingentes de tropas en miniatura formaban un orden de batalla. La tecnología de aquel lugar era muy distinta a la de la sala de control del emperador: en vez de esferas de cristal había proyectores triangulares que recreaban sobre la tarima los demonios blindados, que Pyrgus había visto a las afueras de la ciudad, a un tamaño reducido de apenas cincuenta milímetros. A simple vista, parecía un ejército de juguete, pero, si se miraba bien, desaparecía el tamaño falso y uno se encontraba sumido en medio de la acción, de forma mucho más efectiva de la que se lograba con una esfera.

-¡Agresión!- rugió Beleth, fascinado.

Las tropas se preparaban para hacer maniobras. Se habían dividido en dos bandos muy igualados, y cuando Pyrgus miró, se abalanzaron unos contra otros. Las varitas mágicas luminosas echaron chispas y sisearon, y bolas de fuego atravesaron el campo de batalla. Por todas partes explotaban misiles, pero las tropas de Beleth parecían indestructibles. Sorteaban ilesas las salpicaduras de las llamas, las explosiones y las relucientes cuchillas, sobrevivían y se lanzaban de nuevo al ataque con ciega ferocidad. Aquellas eran las criaturas que pronto se unirían a Hairstreak para enfrentarse a las fuerzas del Emperador Púrpura. El padre de Pyrgus no tenía la más mínima posibilidad de ganar.

-La realidad será muy entretenida- dijo Beleth-, pero ya basta de jueguecitos. Quiero contarte cómo vas a morir. –El suelo tembló cuando Beleth se dirigió a un conjunto de palancas metálicas situadas junto al estanque de azufre. Levantó la vista hacia Pyrgus, que estaba prácticamente sobre su cabeza, y sonrió -. ¿Verdad que es un mecanismo fascinante? Ya sabes, todos esos artilugios mágicos para capturar relámpagos son maravillosos, y no se han de utilizar anticuadas piezas, ni engranajes ni mandos. Es un mecanismo que se entiende perfectamente. A mí me encanta, príncipe heredero, porque produce muchas satisfacciones.- Beleth se estiró y acarició el extremo de una palanca.

La jaula donde se hallaba Pyrgus era muy incómoda. Como estaba agachado, los músculos de las piernas se le resentían y no tardaría en sufrir horribles espasmos, y además, le dolía la cabeza otra vez, mucho más que antes. Eran sólo dos problemillas más en un día verdaderamente nefasto. Ojalá pudiese decirle algo genial a Beleth, pero no se le ocurrió nada. Tampoco importaba mucho, pues el demonio seguía hablando.

-Morirás lentamente- le informó Beleth-. Muy despacio, y de forma muy, pero que muy dolorosa.  Esta palanca pone en funcionamiento la máquina que está encima de tu cabeza. Cuando yo la empuje, la máquina soltará la cadena y tu jaula empezará a descender. Está preparada para funcionar con gran lentitud. No creo que llegues a percibir ni siquiera que se mueve, pero te doy mi palabra de que se moverá, y lo hará hacia abajo.

Pyrgus bajo la vista. Debajo de él, hervía y burbujeaba el estanque de azufre.

-Llegará el momento- continuó Beleth-, aunque tardará bastante, en que la vida te resultará incómoda. Entonces los gases del azufre te harán toser, el calor te hará sudar, el hedor del sulfuro te llenará las narices y te llorarán los ojos.

-Un momento, Beleth…-dijo Pyrgus.

Pero Beleth no estaba dispuesto a que lo interrumpiesen y lanzó una risita.

-Las cosas irán de mal en peor. La temperatura subirá a medida que te acerques al estanque de azufre. Cuando los fluidos de tu cuerpo se evaporen, tendrás muchísima sed. Te picará la piel, y luego te saldrán ampollas. Todo sucederá lentamente, muy despacio, para que puedas disfrutar de cada segundo de exquisito y creciente dolor. No, por favor, no me interrumpas; estamos llegando a lo mejor. Por fin, tras muchas, muchísimas horas de tortura prolongada, llegarás al estanque de azufre. Despacio, poco a poco, tu jaula entrará en el sulfuro derretido. Se te quemarán primero los pies, empezando por las plantas. Luego, cuando la jaula se sumerja más, te arderán los tobillos y las piernas hasta las rodillas. El azufre cicatriza las hemorragias, así que permanecerás vivo y consciente mientras tu cuerpo se abrasa poco a poco, milímetro  a milímetro. La cabeza y el cerebro serán lo último en desaparecer, así que podrás disfrutar del supremo horror de ver como el azufre fundido sube hasta el cuello antes de que pierdas la consciencia para siempre. –Beleth soltó una risa grave y gutural mientras acariciaba el revestimiento metálico del enorme misil que los demonios construían junto al estanque-. Lo último que verás será mi Bomba del Juicio Final.

-¿Bomba del Juicio Final? – repitió Pyrgus muy a su pesar.

-El arma que me permitirá apropiarme del reino de tu padre – explicó Beleth con una sonrisa-. Esta cápsula de metal encierra el poder destructivo de un pequeño sol. La lanzaré desde uno de mis vimanas, lo que tus amigos humanos llaman con el curioso nombre de <<platillos volantes>>. Matará a un millón de soldados de tu padre, docena arriba, docena abajo. Es un verdadero ahorro de mano de obra. Destruirá vuestros palacios y arrasará la capital del reino hasta convertirla en una explosión de luz mortal. Morirás contemplándolo y sabiendo que detrás de ti irán tu familia y tus amigos.

-¿Por qué haces esto?- quiso saber Pyrgus-. Entiendo que queras matarme, pero ¿por qué emplear una tortura tan larga y tan lenta?

Beleth sonrió, encantado.

-Son cosas de mi carácter-. Sus dedos se enroscaron en torno a la palanca-. ¡Oh, cuánto me gusta esta parte!- exclamó-. ¡Me llena de emoción!- Tiró de la palanca.

Los sudorosos demonios dejaron de trabajar momentáneamente y se volvieron para mirar la jaula de Pyrgus. Tras un rechinar de máquinas, Pyrgus notó una ligera sacudida de la jaula, que enseguida se estabilizó aunque se balanceó un poco.

-No parece que se mueva, ¿verdad?- gritó Beleth-. Pero se mueve, créeme. Es tu último viaje y durará muchísimo tiempo. Pronto te dejaré para que disfrutes de la excursión, pero antes de irme quiero proporcionarte un pequeño tormento mental para que acompañe al dolor físico. Quiero contarte qué va a pasar con el Trono del Pavo Real y con el destino de tu querida hermanita. Quiero hablarte de la traición y la felonía y de la destrucción total y absoluta de la casa de Iris. Quiero hablarte de nuestros planes de saqueo del reino de los elfos. Quiero…

Dentro de la jaula, Pyrgus  experimento otra punzada de dolor de cabeza: era como si la presión arterial le aumentara dentro del cráneo. Sintió náuseas y durante un momento de dicha, creyó que iba a vomitar encima de Beleth. Pero las náuseas desaparecieron, aunque persistieron el dolor de cabeza y la presión arterial en el cerebro. Lo atribuyó a los nervios y puso todo su empeño en ignorarlos.

Debajo de él, Beleth hablaba sin parar, feliz y contento.

El portal de los elfos,  Herbie Brennan

Ed. Salamandra.

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