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Fernando Alonso: El árbol de los sueños (Textos para talleres literarios)

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Fernando Alonso nació en Burgos en 1941. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Madrid, el autor ha trabajado en diversos medios de comunicación, como gestor de actividades culturales y documentalista.  De su labor mediática destacamos algunas actividades: sus colaboraciones en programas radiofónicos infantiles como  Dola, dola, tiralabola) de Radio Nacional de España, por el que obtuvo el Premio Ondas en 1977; el cargo de Jefe de la División de investigación y Documentación de Programas Infantiles-juveniles y la jefatura de la Unidad de Producción número 8. 

 Para él los medios de comunicación no son competitivos, sino complementarios, ellos no tienen la culpa de los bajos índices de lectura, no comparte pues la opinión de Mcluhann, cuando vaticina que la galaxia Marconi, acabará con la Galaxia Gutenberg.  Aunque el peligro de la televisión sea la proliferación de programas con un tempo trepidante que genera espectadores de escasa capacidad reflexiva; la televisión no es el enemigo, él nunca lo ha sentido así, nunca ha sentido que, por el hecho de trabajar en la televisión, está durmiendo con el enemigo. Según él no podemos lavarnos la conciencia de esa forma tan hipócrita ni tirar piedras y esconder la mano. Lo que debe hacerse es crear una verdadera política de promoción de la lectura entre los jóvenes,  convencerlos de que la lectura es una actividad gratificante, fascinante y divertida.  Pero no sólo hay que convencer a los chavales, hay también que convencer a sus padres, no sólo a los profesores que se desloman proponiendo libros de lectura, porque muchos de ellos, sí están comprometidos. Recordemos que el niño es el rey de la casa, pero un rey sin corona, y que somos los adultos quienes debemos proteger su acceso a los bienes culturales y vivenciales, somos nosotros quienes debemos  construir un puente hacia su imaginación, quienes debemos facilitarles el trayecto.  Para el autor, el compromiso  ético del escritor es importante, el escritor no puede lavarse las manos:  

 " Yo pertenezco a la vieja escuela que defiende el compromiso social  del escritor.  Estoy habituado, por formación y costumbre, a detenerme  en la contemplación del mundo que me rodea,  a analizarlo a través del tamiz de mis ideas, de mis convicciones y de mis sentimientos, de tratar de descubrir las múltiples opciones que se nos presentan y de escoger entre ellas. Yo me considero en la obligación de transmitir a los lectores la convicción de que ellos deben hacer lo mismo que yo hago. Me considero en la obligación de levantar mi voz allí donde otros no pueden o no quieren hacerlo."

Pero el compromiso social no significa paternalismo, el siempre se desvincula de la diana del paternalismo porque para él la literatura nunca debe inculcar valores a modo de recetas o consignas explícitas. Nunca pretende decirle al joven lector o al niño qué es lo que debe pensar; muy al contrario,  sus libros se asoman a un balcón del que se cuelgan los finales abiertos, para que cada uno pueda balancearse con libertad y sacar sus propias conclusiones.  Fernando nos contagia ese espíritu alegre y libre, a través de sus libros y nos invita a contemplar el mundo con esa mirada imperecedera.

 Quizá por ese compromiso, sus comienzos no fueron fáciles. Se remontan a una época donde la censura era una mano negra de la que pendían unas tijeras, que cortaban todo aquello que podía inducirnos a creer en los sueños. Los editores reconocían lo incuestionable, la calidad, la innovación de sus libros, pero temían el sesgo de la censura y sólo admitían las publicaciones mutiladas.  Eso sí, poco a poco fueron claudicando, y comenzaron a salir a la luz estas historias que fascinan a los niños y hablan de la solidaridad, las catástrofes, la convivencia, la libertad... temas universales tratados desde un realismo mágico, repleto de guiños  al lector donde el cuida el lenguaje, pues el escritor profesional abre las palabras y les extrae todas sus resonancias, nos las devuelve amplificadas, multiplica sus registros.    

El autor se adentra en la realidad cotidiana y le saca punta a través de la fantasía a las palabras, construye de este modo una tupida red de polivalencias, capaz de extraer el meollo a los asuntos. A veces el lector experimentado reconoce a los maestros: Jonathan Swift, Quevedo, los pícaros, Stevenson, Kafka, Poe, Borges...voces que nos susurran, ocultas en el corazón de sus libros, voces a las que das la mano sin saberlo, que te nutren por dentro. También el poso de lo oral nutre sus libros: canciones y retahílas, cuentos tradicionales aparecen y desaparecen una y otra vez, un homenaje a la tradición, a las raíces de las que se ha nutrido el escritor y con las que también nos está nutriendo a nosotros, sus lectores.

Feral y las cigüeñas ( 1971) nos abre el camino. Un relato que se pliega al mundo de la naturaleza, y nos habla  de cómo el protagonista descubre el lenguaje de las flores y de los animales.  A su protagonista le ha entrado en las venas la extraña enfermedad del río, que le hace correr sin detenerse, caminar por el solo placer de caminar.  El libro es un ejemplo clarividente de la maestría del autor que entronca directamente con la tradición de los cuentos maravillosos.  En el hallamos dichos populares, un cuento dentro del propio cuento, y hasta una adivinanza o un pequeño poema de Alberti. Nos muestra ya la obsesión del autor por el tema del tiempo, asociado al devenir de las personas.  Este libro sería declarado Libro de interés infantil en 1981 por el Ministerio de Cultura, como también lo sería El hombrecillo vestido de gris (1978) que obtuvo el Premio Lazarillo en 1977 y El hombrecillo de papel en 1979.

 En su currículum literario figuran otros libros de indudable calidad literaria. Entre ellos: El faro del viento, El gegenio, Sopaboba,  El bosque de piedra, El misterio influjo de la barquillera, El  secreto del lobo y, por supuesto, El árbol de los sueños.  Todos estos títulos le han hecho además acreedor de una nominación para la Lista de Honor del Premio Andersen.

El autor dice que no  es ningún Peter Pan, pues están muy equivocados quienes creen que la literatura para jóvenes y niños  es El País de Nunca Jamás. Cuando escribe no se mete en la piel del niño u del joven; entre otras cosas, porque no existe un niño u joven determinado, existen muchos, lectores diversificados y cada uno de ellos tiene sus propios intereses y niveles de lectura, que no dependen de su edad biológica, sino de su edad como lectores. Ya no es ningún niño, ni está anclado en esa edad pretérita. Es un adulto comprometido que escribe para  niños y ljóvenes, un adulto que conserva de su niñez la capacidad de sorpresa, de fascinación y asombro, que tantas vías abren a la literatura.

Es consciente de que cuando ese libro inunda la mente de sus lectores, cada uno de ellos lo reescribe en su mente, cada uno de ellos da vida a sus personajes y ese valor de la literatura, ese deseo de pervivencia es el que le impulsa, lo que induce a seguir creando nuevas voces, nuevos mundos, de hecho sabe que hacer leer a un niño no equivale a llenar un vaso, sino a encender un fuego. Son ellos, los que insuflan de vida sus historias, los que la reescriben y las releen.  

 

 

Los fragmentos que te presentamos en este caso pertenecen a la obra El árbol de los sueños, libro que muestra una tupida telaraña de redes, que dirige Huvez, un escritor que se solidariza con un hombre que ha sido detenido por escribir sobre los árboles y los pájaros.  Comprometido con la causa, escribe relatos protagonizados por árboles que sueñan ser lo que no son y que se esconden detrás de diversas máscaras.

Contador de cuentos excepcional presenta una de sus elaboraciones literarias más lograda, en una mezcla de historias dentro de la historia y con cinco narraciones centrales con el árbol como protagonista. Huvez es el protagonista.  Un  escritor  que intenta salvar a un presunto delincuente que escribe "sobre" los árboles a base de solidarizarse ecológicamente con ´él.  Pero el final no será el esperado. El humor fino y ácido, se aprovecha para hacer una crítica de lo que no le gusta. Al tema ecológico y la solidaridad se le añaden otros: el deseo de superación ante la adversidad, la falta de tiempo que el ser humano tiene para vivir con dignidad, el propio oficio del escritor, las obsesiones personales del escritor, el miedo a la hoja en blanco.

De este modo nos presenta el propio autor su libro:

En 1971, después de un descanso de dos años, comencé a escribir El árbol de los sueños. Se trataba de una serie de historias que tenían una unidad temática: en todas ellas el protagonista era un árbol.

Aquella unidad temática cobró cada vez mayor importancia; tanta, que llegó a crear un protagonista: Huvez, autor que, como yo, trataba de escribir un libro. Yo había experimentado anteriormente la fuerza que puede desarrollar un personaje para vivir su propia historia al margen de los proyectos iniciales del autor. Por eso,  le dejé vivir en libertad dentro de mi libro.

Pero Huvez fue tan desleal que se apropio de todas las historias que yo había escrito y las utilizó en su propia obra.

Él estaba escribiendo una novela y no encontraba la forma ni el lenguaje adecuados para escribir sobre cosas tan íntimas como su iniciación en el mundo de los sentimientos, de sus primeros sueños y de sus ilusiones más ocultas.

Entonces, adoptó mis propias historias para que le sirvieran de máscaras. Una máscara de árbol, diferente para cada ocasión, tras de la cual poder hablar sin avergonzarse de su primer amor, de la aceptación de su propia personalidad o de la búsqueda de la felicidad.

Y para que la ocultación fuera aún mayor, escondió la novela que estaba escribiendo tras la máscara de un libro de cuentos.

Huvez se apropio de mi obra hasta hacerla suya, y por eso, deseo que los lectores le paguen con la misma moneda. Quiero que se apropien de su texto, o del mío, ya no lo sé. y lo conviertan en algo suyo.

Para conseguir adueñarse de una obra hay que acercarse a ella con espíritu libre y creativo, Con la convicción de que, en la relación libro- lector no es el autor sino el lector quien tiene la última pregunta.

Para facilitar a los lectores su trabajo de creación- recreación, les diré que, aunque El árbol de los sueños puede leerse como un libro de cuentos independientes o relacionados entre sí mediante una estructura circular, en realidad se trata de una novela iniciática. En ella, como en los ritos primitivos de iniciación, encontrarán máscaras y símbolos.

Pero estos elementos no deben condicionar la lectura, sino todo lo contrario, porque las máscaras son intercambiables y los símbolos encierran un caudal inagotable de significados.

Aplicad todos esos símbolos a vuestros propios intereses y, las máscaras, a vuestras propias necesidades. Entonces, El árbol de los sueños ya no será sólo el mío o el de Huvez, sino que habrá plantado sus raíces en vuestra propia vida.

Espero que este juego de creación- recreación llegue a entusiasmaros tanto que volváis a repetirlo con todos los libros que caigan en vuestras manos.

Lo que te proponemos es que sientas cómo respiran las hojas de este libro. Es el "árbol de los sueños". El primer fragmento podría constituir un ejercicio de escritura creativa, una proposición de un taller literario. En este primer ejercicio el autor cuenta el horror que siente ante la hoja en blanco, un horror que sentimos como propio, puesto a que nosotros también nos gusta escribir. El autor recuerda el día de aquel examen, no sabemos si se refiere a una experiencia personal, lo cierto es que nos sentimos totalmente identificados con lo que está contando. Lo que te propongo es que asocies tu propio miedo a la hoja en blanco a uno de tus miedos más comunes. Eso sí, debes rastrear en tu interior porque vamos a hablar de nuestros miedos más inconscientes o de aquellos terrores inconfesables. Seguro que tenemos alguno, que nos individualiza, que no es típico miedo a volar o el miedo absurdo a algunos animales. Ten un poco de coraje, deja la mente en blanco y nota como penetra ese miedo en tu cuerpo, siente que todo tu ser se convulsiona, siente cómo se eriza tu piel, el olor, el sabor de tu miedo.  Después relaciona ese miedo con la ansiedad ante la hoja en blanco, ese miedo inconsciente a que se duerman las palabras, a que no estas no fluyan. Cierra los ojos durante unos minutos y baila internamente con ese miedo, deja que se apodere de ti. Después comienza a escribir, como si una energía interna te hubiera iluminado desde dentro.

 

Después de treinta y tres libros publicados

no había conseguido superar el miedo

a la hoja en blanco.

Aquel miedo le había acompañado

desde su infancia.

Fue una experiencia que vivió

durante un examen:

Sus ojos comenzaron a abrirse

mientras leía las preguntas.

Miro a su alrededor.

Tenía la esperanza de haberse equivocado

de examen; de haberse metido, por error,

en una clase de mayores.

Pero no.

Aquella era su clase.

Allí estaban todos sus compañeros;

y parecían tan tranquilos.

Algunos habían comenzado a escribir.

Con los ojos dilatados por el asombro, Huvez

llegó a la última pregunta.

¡Ni una!

¡No sabía nada de nada!

La hoja del examen era como un inmenso

desierto; como un espejo,

que reflejaba su mirada vacía.

De pronto, el folio se convirtió en una llanura nevada.

Comenzó a caminar por ella y sintió

que se hundía en aquella blancura profunda.

Agitó la mano para pedir ayuda.

Poco a poco, su mano desapareció,

ahogada en aquel vacío insondable.

Luego, la hoja de papel en blanco

pareció aumentar de tamaño,

mientras que él encogía dentro de su ropa.

Finalmente, sintió que el tiempo se estiraba,

lento; y latía en sus sienes

con un ritmo que parecía congelado.

Los minutos se demoraban, igual que la gota

de agua que colgaba del grifo y se estiraba,

como si fuera de goma, resistiéndose a caer.

Aquellas tres sensaciones se repetían, de forma

sucesiva, con un ritmo cada vez más rápido.

Entonces, se dejó dominar por el vértigo;

como si estuviera girando en el centro

de un enorme remolino.

No recordaba otros detalles de aquel examen;

pero nunca había podido superar la pesadilla

horrible de aquella inmensa hoja de papel en blanco.

 

Por eso, quizá, siempre escribía en folios usados

por una cara la primera versión de sus libros.

Por eso, sin duda, le había quedado una gran

inseguridad, que le llevaba a cumplir toda

una serie de rituales, minuciosos,

antes de ponerse a escribir.

Primero, ordenaba su mesa de despacho:

a su izquierda, la máquina de escribir;

a su derecha, un mazo de folios usados

y otro de folios nuevos; frente a él un tarro

lleno de lapiceros y otro, de rotuladores.

Afilaba con sumo cuidado todos los lapiceros.

Se levantaba para poner un poco de música.

Hacía unas llamadas telefónicas.

Leía el periódico.

Por último, miraba el reloj y comprobaba

que casi era la hora de la comida o de la cena.

Entonces, pensaba que ya no merecía la pena

sentarse a escribir.

-De mañana no pasa- se decía. y-Mañana comenzaré el libro.

 

Ahora sentimos esa metamorfosis. Nos hemos transformado en árbol, como la ninfa Dafne, aunque esta transformación sea distinta. Nosotros no buscamos esquivar la pretensión de ningún Dios; todo lo contrario, lo que queremos es transmitir nuestros sentimientos a ese primer amor  que se esconde en lo más profundo de nuestra alma, queremos decirle lo que sentimos pero no podemos susurrarle palabras  porque somos un árbol y no podemos hablar. Nuestra raíz se alimenta únicamente de la presencia de ese ser que se apoya en nuestro tronco, que se guarece del sol, gracias a nuestros brazos poderosos. Ahora somos un árbol y debemos pensar como tales, por eso el árbol no sabe qué son los delfines. No podemos movernos, aunque sí podemos hacer que se mezan nuestras hojas.

Si alguien decide talarnos, no podemos prohibírselo, nada podemos decirle para que no lo haga. ¿Cómo vamos a comunicarnos con él u ella si las palabras están ocultas en nuestro tronco? ¿Cómo protegernos de los corazones que han herido nuestra corteza? ¿Cómo evitarlo?  Recordamos que los delfines mueren de amores, pero no sabemos qué es un delfín. Vemos que la persona a la que deseamos es cortejada por otro, pero no podemos movernos, ni alzar nuestra voz, ni ser encantadores. No podemos desplegar esos trucos que hemos aplicado otras veces para ligar.  

No es tan sencillo como parece, aunque puedes respetar el tono del autor, la fina ironía con la que describe la situación que hace que esbocemos una gran sonrisa.

Claro que también puedes sufrir otro tipo de metamorfosis y no necesariamente tienes que expresar tus inquietudes amorosas. Puedes haberte transformado en un animal, por ejemplo. ¿En cuál te convertirías? Serías capaz de ponerte esa nueva piel... y describirnos lo que se oculta tras esa máscara que despliega sus alas o se mueve con sigilo.  

No.

El árbol enamorado no acertaba a comunicar

sus sentimientos a la niña.

Por eso, cuando caía la noche, con su manto

de soledad, el árbol se vestía de tristeza.

Aquella soledad, y aquella tristeza,

llenaban sus hojas de lágrimas

Pero a la mañana siguiente,

la presencia de Alda y los rayos de sol

secaba el rocío de sus lágrimas

y daban un brillo luminoso a sus ramas.

Por eso, sus lágrimas no eran amargas.

El arbolito enamorado respiraba el aire

de una mañana de primavera.

De pronto, descubrió la forma

de declarar su amor.

¡El verde de sus hojas se hizo radiante!

Como siempre, llegaron los niños y las niñas,

precedidos por el sonido de sus gritos

y de sus risas.

Como siempre, Alda fue la primera en llegar.

Y, como siempre, colgó su chaqueta de una rama.

 

Aquel día, el árbol no prestó atención

a sus juegos, ni a sus risas, ni a sus canciones.

Contuvo la respiración de todas sus hojas.

Centro la fuerza de su savia en un brote,

que crecía junto a la chaqueta de Alda.

Y guió la ramita hasta pasarla por el primer ojal

de la chaqueta.

Luego, en aquel brote, moldeó

la flor más hermosa de toda la primavera.

 

Cuando terminó el recreo, Alda descolgó

su chaqueta.

con el tirón, se rompió la ramita

y la flor se quedó prendida en el ojal.

La niña miró la flor con gesto de sorpresa.

Y el árbol, palideció, avergonzado,

al sentir sobre sus hojas

la mirada sorprendida de la niña.

Alda contempló, de nuevo, la flor.

Luego, se volvió hacia uno de los niños,

que siempre andaba tras ella.

Bajó la mirada y exclamó sonriente:

-Gracias, Juan. Ha sido un detalle muy bonito.

-¿Juan?- protestó el árbol-¡Yo no me llamo Juan!

Pero Juan era un niño muy despierto

y ya había aprovechado aquella ocasión.

Tomó la mano de Alda y, cogidos de la mano,

se pusieron en fila.

-¡He metido la pata!- murmuró el árbol.

a partir de aquel día, todo se le iba

en suspiros:

-¡Soy un imbécil!- protestaba una y otra vez.

Y, después de un día de suspiros,

la soledad de la noche volvía a llenar sus hojas

de lágrimas.

Pero, ahora, su tristeza era amarga

y sus lágrimas, saladas.

Por eso, cuando los rayos de sol

secaban el rocío de su llanto,

una capa de sal apagaba el brillo de sus hojas.

A la sombra de su tristeza,

a la sombra de sus hojas cubiertas de salitre,

Alda y Juan se sentaban todos los días.

Hablaban, reían y se miraban a los ojos.

Juan leía un poema, que había encontrado

en un libro de su hermano:

-Si los delfines

mueren de amores,

¡triste de mí!

¿Qué harán los hombres,

que tienen tiernos

los corazones.

-Si los delfines mueren de amores...- repetía el árbol.

-¿Qué serán los delfines?- pensaba.

Las ruedas de su memoria giraban en vacío.

Llevaba tanto tiempo plantado en aquel patio,

que apenas recordaba las cosas

que había aprendido en su infancia.

Ya sólo conocía a los niños del colegio

y a los pájaros del cielo.

Sabía que los delfines no eran niños, ni pájaros.

Pero, fueran lo que fuesen, le daba igual.

comenzó a soñar que deseaba ser delfín;

porque pensaba en aquellos delfines que morían

de amor  suspiraba con su misma pena.

Con aquellos suspiros, el salitre de sus hojas

penetraba en su interior,

hasta empapar su corazón de madera

con un veneno lento y amargo.

Aquella primavera, el árbol del colegio

comenzó a vivir su primer otoño.

Nadie comprendía que un árbol de hoja perenne

perdiera sus hojas.

Nadie podía entender que las perdiera

en pleno mes de mayo.

-Será un nuevo tipo de pulgón- dijo el jardinero.

Y bañó de pesticida las pocas hojas

que le quedaban.

Aquel mismo día; Juan grabó con una navajita

en el tronco del árbol:

Juan x Alda

-¡Qué vergüenza!- protestaba el árbol-

Juan- Alda... Juanalda...

¡Suena a pastillas para la tos...!

El comienzo del verano trajo silencio

y soledad al patio del colegio.

Ahogado por el pesticidas,

ahogado por la pena,

ahogado por aquella herida grabada en su tronco,

al árbol sintió que se detenía el torrente

de su savia.

Sintió que su vida que se alejaba por la senda

de los delfines y comenzó a cantar:

-Si los delfines mueren de amores...

Poco después, el árbol enamorado solo mostraba

un signo de vida:

El sonido de aquella canción

                                                 Si los delfines...

                                                                              cada vez

que el viento soplaba entre sus ramas.

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Comentarios Fernando Alonso: El árbol de los sueños (Textos para talleres literarios)

Qué historia tan bonita Agatha!
Un gran autor.
Un abrazo
Realmente impresionante, Querida Aghata, al narrar la historia del autor, de quien era, que hiso y que escribio, compartes y plasmas la vida sublime que ha llevado este personaje.

;-) Un fuerte abrazo, amiga querida. ;-)
el cuento es muy hermoso
Anónimo Anónimo 25/09/2009 a las 22:35
:-) esta muy bien el libro pero tiene partes un poco malas osea...una mierda pero al final esta muy bien yo me lo he leido 2 veces y me gusta
sonia sonia 07/04/2010 a las 15:48
es una obra inspiradora que te hace pensar y soñar en las cosas que realmente queremos ser.
juana juana 08/04/2010 a las 01:18
el libro de el arbol de los sueños es hermoso yo lo e leido
ivanna nayely ivanna nayely 02/05/2010 a las 20:33
soy una niña de 10 años que me lo acabe de leer ahora
ivanna nayely ivanna nayely 02/05/2010 a las 20:36
hola me gusta mucho ller y practico patinaje
ivanna nayely ivanna nayely 02/05/2010 a las 21:36
muy buena
stephanie stephanie 21/10/2010 a las 19:26
me ha gustado contigo siempre se aprende
Esta historia la tengo en mis recuerdos desde mi adolecencia, es una gran historia de amor.

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