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Feliz día del libro a todos

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Infinita literatura, chicos. ¡¡A leed se ha dicho!!

 TAGS:undefinedLibros. Libros, libros, libros. Libros viejos, libros nuevos, libros caros, libros baratos, libros en escaparates, estanterías, carretillas, bolsas, arrojados en un montón sin orden ni concierto o cuidadosamente alineados tras un cristal. Amontonados en torres audaces, extendidos por la acera, atados en paquetes (Pruebe su suerte. ¡Compre nuestro paquete sorpresa!), expuestos sobre columnas de mármol, encerrados tras rejas en oscuros armarios de madera (¡No tocar: primeras ediciones autografiadas!). Libros encuadernados en tela, en piel o seda, con herrajes de cobre o hierro, oro o plata. En algunos escaparates había libros cubiertos por completo de diamantes.

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Había novelas de aventuras con trapito para el sudor. Novelas de terror con hojas de valeriana dentro disecadas, que se podían olisquear para tranquilizarse cuando la tensión amenazaba ser excesiva. Libros con pesados candados, sellados por las autoridades de la censura nattifftoffe (¡Venta autorizada, lectura prohibida!). Una tienda vendía exclusivamente obras <<inacabadas>>, nada más que manuscritos que se interrumpían a la mitad porque sus autores habían muerto mientras las escribían. Otra sólo tenía un surtido de manuscritos de zurdos en escritura invertida. Otra vendía sobre todo novelas cuyos protagonistas eran insectos. Vi una tienda de viejo sólo frecuentada por enanos de barba rubia que llevaban todos anteojeras. Una de wolpertingos en la que sólo había libros de divulgación.

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Sin embargo, las grandes librerías no se habían especializado, y presentaban su oferta la mayoría de veces desordenada…, sistema que evidentemente apreciaba la clientela, lo que se notaba por el placer con que se revolvía. En las librerías especializadas era casi imposible conseguir una primera edición firmada de un escritor famoso que tuviera un precio razonable, porque no vendían gangas. En cambio, en los paquetes sorpresas atados de un gran librero se podía encontrar muy bien algún libro cuyo valor superara muchas veces al del paquete, y si en esas tiendas gigantescas se atrevía uno a descender unas escaleras hasta los pisos subterráneos, las probabilidades de descubrir algo de verdadero valor aumentaban espectacularmente.

La ciudad de los libros soñadores, Walter Moers Ed. Maeva.

 

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