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El fantasma de la ignorancia

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El fantasma de la ignorancia

Lo sé. ¡El fantasma de la ignorancia se ha acomodado en mi aula! Lo ha hecho deliberadamente, con alevosía y premeditación. Cada mañana se sienta y estira las piernas hasta colocarlas encima de la silla, ni siquiera se siente intimidado por qué le haya reprochado su falta de respeto.

Al principio he intentado que se largue con pancartas alusivas a mi cometido, quería que se sintiese amedrentado y se marchase. Pero, ¡ay!, poco a poco, me he ido habituando y como es un alumno silencioso que no molesta, he optado por dejarlo en paz, ni me he molestado en ponerle un parte y echarlo del aula. Total, ¿para qué? No merece la pena que alce la voz, casi prefiero no irritarlo… He abandonado el hacha de guerra debajo de la mesa e incluso le he hecho gestos, para que escuche mi discurso en silencio, y él parece encantado. Acude puntualmente y hasta se ha hecho amigo de mis alumnos. Para ellos es gratificante que el profesor agache la cabeza y se bata en retirada,  eso les demuestra cuán frágil es. Ese perfil es el que a ellos les interesa y, aunque debería darme vergüenza,  lo tengo asumido, ya no estoy para confrontaciones airadas, no seré  yo la que provoque ese juego sucio en mi aula.

Por otra parte desde que él ha llegado, la clase es una balsa de aceite. Ese parece ser el pacto ciego que él ha sellado conmigo, aunque no me haya hecho ninguna   proposición indecente.  En mi clase no se oye ni una mosca,  los alumnos se colocan matemáticamente en hileras de dos en dos y ante la letanía de mis palabras, se adormecen;  únicamente  su respiración  acredita que están vivos. Se acabaron los chillidos, los levantamientos escurridizos para largarse del aula a pulular por el centro, o las preguntas cínicas que provocan cabreos. Parece como si el fantasma haya creado un muro de contención, una barricada que evita que me lleguen sus siseos o sus reproches.

Hasta el resto de profesores ha notado el cambio y me ha felicitado: ellos me preguntan cómo consigo el silencio, cómo logro que los alumnos me obedezcan, pretenden que les muestre el conejo que ha salido de la chistera. Casi me lo tengo demasiado creído, y de hecho me siento en mi salsa, cuando los compañeros me halagan de ese modo, como si fuese la heroína indiscutible, la profesora perfecta.

Tampoco los alumnos se quejan al tutor, para ellos soy genial y enrollada y conmigo se aprende. Al menos eso dicen, aunque yo sé que lo último es una mentira piadosa para engrosar mi currículo, para evitar que ninguna mancha perjudique la letanía de los acontecimientos.

Pero hoy he cometido un terrible error… Hoy la seguridad de mi voz se ha quebrado y en el pasillo ha vuelto a oírse mi grito pidiendo silencio, cuando la clase se me ha ido de las manos. Los alumnos se levantaban descontrolados, se acercaban, primero con timidez, pero luego, más seguros; curioseaban los libros que había extendido sobre mi mesa. Libros grandotes, de tapas duras y letras chiquitinas. ¡Cómo no se me había ocurrido antes!

El ronroneo de sus voces ha asustado al profesor de la clase de al lado. ¡Qué mala suerte ha tenido! El pobre ha escogido el aula contigua a la mía, porque pensaba que su silencio sería una almohadilla donde apoyar sus propias reivindicaciones inseguras. Cabreado por el descontrol, asoma la cabeza. Los alumnos se ríen con ganas, muestran las ilustraciones al compañero, me piden consejo a gritos, me preguntan el argumento. El pobre, hecho una furia vuelve sobre sus pasos. Sabe que con ese escándalo será difícil que sus alumnos se concentren en el examen. Se quejará al Jefe de Estudios y conseguirá que a la engreída profesora sabelotodo se le bajen los humos. Me tiene sin cuidado lo que diga.

 El fantasma se gira al verlo. No puedo creer lo que sucede a continuación: Su excelencia se levanta y después de despedirse de mí, sale detrás de él.  Ahora soy yo la que he salido del aula y  me he acercado a curiosear a su aula. No se oye ni una mosca. Veo al fantasma sentado en la primera fila. Siento el estallido de felicidad de los alumnos, ellos observan al profesor: ha agachado la cabeza y se ha sentado sin pronunciar una queja. El fantasma me sonríe guasón. Yo sé que nunca más atravesará la puerta de mi aula. Mi compañero se levanta y, sin decirme ni una palabra, me cierra la puerta  en mis propias narices.

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Comentarios El fantasma de la ignorancia

Interesante texto, me gusto.
Una pregunta ¿se te ven a ti las visitas que tienes en tu blog donde se ve el resumen? es que a mi desde el viernes 31 tengo 0 visitas y claro es muy raro, y me gustaria saber si a ti se te ven. Desde ya muchas gracias.
Besos
Como siempre es un gusto leer tu blog!
Deseo que tengas un hermoso 2011!
Besos!
sabriflo Sabri 08/01/2011 a las 19:54
Me he sentido muy identificada al leer este texto: también yo me enfrento día a día con este fantasma. Tengo curiosidad por saber cuáles fueron los libros que aparecieron encima de la mesa.
¡Ánimo!
Plaerdemavida Plaerdemavida 18/01/2011 a las 23:03

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