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Faetón

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Faetón

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Faetón era hijo del Sol y de Clímene. Épafo, hijo de Io y de Júpiter, era compañero suyo. Un día, éste, harto de su vanidad, puso en duda que el dios fuera su padre, como Faetón pregonaba orgulloso. Avergonzado y furioso, el joven fue a decírselo a su madre, Clímene le juró y perjuro que su padre era realmente el Sol y le propuso que, si quería comprobarlo por sí mismo, fuera a verle a su palacio, que no estaba lejos de su país. Faetón así lo hizo y, por un difícil camino, llegó hasta él.


Vio el bellísimo palacio del Sol, elevado sobre altas columnas, resplandeciente de oro, granates, plata y marfil que lo formaban. No pudo acercarse a su padre, que estaba sentado en su trono esplendoroso, porque no era capaz de soportar la luz que emanaba de su rostro. Tuvo que contestarle desde lejos al preguntarle el Sol sobre el motivo de su presencia.


Faetón le dijo que había ido a verle porque quería pruebas de que realmente era su hijo. El Sol, después de haberse quitado los rayos que rodeaban su cabeza, le abrazó tiernamente. Pero a él no le bastaba; tenía que mostrarlo a los demás. Le ofrece, entonces, darle el don que le pida como muestra de su paternidad y jura dárselo por la infernal laguna Estigia, fórmula que utilizaban los dioses para sellar sus palabras. Faetón le ruega que le deje conducir un día el carro que él lleva, tirado por caballos de alados pies.


El Sol, al oírle, se arrepiente de no poder dejar de cumplir su promesa e intenta disuadirlo. Lo que le ha pedido es algo que sobrepasa sus fuerzas mortales; ni los mismos dioses pueden gobernar el carro, ni tan siquiera el propio Júpiter, soberano del Olimpo, sería capaz de hacerlo. Febo conoce el camino y sabe guiarlo. Hay que pasar entre las constelaciones, entre los cuernos de Toro y las fauces del León y los curvados brazos del Escorpión y del Cangrejo; los fogosos y violentos caballos que tiran del carro son además dificilísimos de manejar, sacan fuego por la boca y la nariz. Conducir el carro sería para Faetón un castigo en vez de un privilegio; puede pedir cualquier otra cosa; su padre, desesperado por su imprudente juramento, está dispuesto a dárselo todo. En vano escuchó el joven insensato y vanidoso las palabras de su padre. Deseaba cada vez con más fuerza llevar el carro y demostrar al mundo quién era.


Febo, al fin, lleva a su hijo ante el carro resplandeciente, de oro, de plata, de pedrería, espléndido, maravilloso. La Aurora abre las puertas de púrpura del palacio del Sol con sus atrios llenos de rosas, huyen las estrellas, y las Horas uncen al carro los caballos que vomitan fuego. El sol unta con una crema divina el rostro de su hijo para que pueda soportar el fuego y le da los últimos consejos: hay que aguijar poco los corceles y sostener fuerte las riendas; le señala el camino preciso que ha de seguir sin desviarse lo más mínimo; le recomienda, por fin, a la Fortuna.

 El joven insensato sube gozoso al ligero carro y coge las riendas. Los cuatro velocísimos caballos llenan el aire con sus relinchos y, al sentirse libres, se lanzan por los aires desgarrando las nubes con sus patas y elevándose con sus alas. Pero el carro no lleva el peso acostumbrado y salta por el aire; los caballos, al notarlo, se salen del camino, desbocados. 

El pánico se apodera de Faetón. Intenta en vano frenarlos, está perdido, no sabe por dónde va. Por primera vez se calientan zonas siempre heladas. Mira hacia abajo, y le tiemblan las piernas, y se le nublan los ojos, se arrepiente ya de su loca pretensión; aterrorizado, no sabe qué hacer. Cuando ve al Escorpión con sus pinzas y su cola erguida, pierde el control de sí mismo y suelta las riendas. Los caballos, desenfrenados, se precipitan contra las estrellas fijas; llevan el carro por parajes remotos. Las zonas más altas del mundo empiezan a incendiarse; la tierra, reseca, se resquebraja; arden los árboles, los sembrados; se incendian las ciudades, las selvas, los montes; naciones enteras quedan calcinadas. El carro, al rojo vivo, está envuelto en nubes de cenizas, en humo, rodeado de tinieblas.


Fue entonces cuando se ennegreció la piel de los etíopes, y la Libia se convirtió en un desierto. Arden y se evaporan las aguas de los ríos; fluye fundido el oro que lleva el Tajo en su corriente; el mar se encoge, el océano es casi un campo de arena; tres veces Neptuno saca del agua el rostro amenazador y no soporta el fuego del aire. La Tierra, que apenas puede ya hablar por el calor; se dirige a Júpiter en un lamento desgarrador, pidiéndole que acabe con ella, si es su deseo, con sus rayos, pero que no la deje sufrir así, ni a las aguas y los mares, ni a los cielos; están a un paso de la confusión del antiguo caos. Júpiter blande su rayo – ya no le quedan nubes- y lo lanza contra Faetón, el osado auriga, que cae, con sus cabellos ardiendo, al río Erídano, describiendo en el aire un largo trazo como si fuera una estrella.


El sol, desesperado por la muerte de su hijo, tardó un día en volver a salir. Los incendios iluminaron la oscura tierra. Los dioses tuvieron que rogar a Febo que no dejara así, cubierto de tinieblas al mundo; el propio Júpiter se excusa de haber lanzado el rayo contra su hijo y le ruega también que vuelva a conducir su carro. El sol reunirá sus caballos enloquecidos – Pirois, Eooo, Eton, Flegonte- y los golpeará, furioso, con el látigo, echándoles la culpa de la muerta de su amado hijo.


Las Helíades, hermanas del joven, lloran sin consuelo su muerte durante cuatro lunas –tres meses- . De pronto Faetusa, la mayor, ve que sus pies se quedan rígidos; Lampetie, al oír sus gritos, no puede ya acercarse a ella porque una raíz la fija en tierra, y la tercera, en vez de cabellos, se arranca hojas: los dioses las transformaron en álamos y permanecieron así a la orilla del río, donde cayó el cadáver humeante de su amado hermano.


Cigno, medio hermano de Faetón, llena de su desesperado llanto el Erídano y el bosque, que había aumentado con los cuerpos de sus hermanas, hasta que, lentamente, blancas plumas ocultan sus cabellos, su cuello se alarga, salen alas de sus costados y su boca es ya un pico; es un cisne y busca la superficie de los lagos y de los estanques.


Dicen que el canto del cisne es dulcemente triste.

Actividades: 

Resume el contenido anterior. 

Divide el texto en partes, explicándolas brevemente. 

¿Qué tipo de metamorfosis aparecen en este texto? 

Analiza sintácticamente las oraciones que aparecen en negrita. 

Comenta las figuras retóricas que aparecen. 

 

Mitos del mundo clásico. Versión libre de las “Metamorfosis” de Ovidio a cargo de Rosa Navarro Durán. Ed. Alianza editorial.

 

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