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Un extraterrestre visita la Tierra

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Un extraterrestre de visita a la Tierra

Aquello sucedió una espléndida noche de verano. Yo estaba mirando por la ventana cuando, de repente, vi una estrella fugaz  que se dirigía a la Tierra. Mientras observaba lo que sucedía en el cielo, escuché la voz de mi madre que me estaba llamando, para ir a cenar. Entonces le dije que no tenía hambre, que había merendado bastante y que prefería quedarme en mi cuarto, supuestamente, acabando la redacción que nos había pedido la profesora.

Sentía mucha curiosidad, así que seguí en la misma posición, mirando aquella extraña estrella fugaz que cada vez se hacía más grande. De pronto, escuché un gran estrépito y vi la explosión. Algo había sacudido todo el bosque y yo quería averiguar qué demonios había pasado.   Decidí que más valen ocho  ojos que dos, por eso llamé a mis amigos y, después de ponerles al día, les pedí que me acompañen al bosque.

En ese momento sonaron las doce, una hora un tanto intempestiva, la hora de las brujas, había oído llamarla en más de una ocasión. Pero estábamos decididos. Cuando llegamos vimos una luz intensa que provenía de la zona más recóndita del bosque. En cualquier otra ocasión no nos hubiésemos adentrado en  la boca del lobo,  pero esta era una situación especial. Sabíamos que sucedía algo raro, no obstante, ninguno quería volver a su casa sin saber lo que había pasado. Nos acercamos sigilosamente y lo que descubrimos nos dejó de piedra. Vimos una nave espacial, la abrimos y…

Nos encontramos cara a cara con aquel hombre-lobo que tenía una placa en el pecho que ponía –dedujimos- su número de serie:

589-369-211-016-183

Experimento nº 1.089.000.

Nombre de la especie: australobotet.

Al ver la placa, recordamos una especie humana muy parecida que –si nuestra memoria no nos fallaba- se llamaba “Austolophitecus”. Llegamos pues a la conclusión de que podía tratarse de un antepasado del lobo.

Se trataba de un lobo bastante grande. Su pelaje era impresionante: negro, pero con pigmentaciones granates.  Observamos a su vez aquellos brazos y piernas gigantescos, desproporcionados, que se movían torpemente, pero capaces de cortarnos por la mitad como si de una endeble rama se tratase. En un momento dado, nos descubrió. Se giró hacia nosotros y se quedó mirándonos con aquellos inexpresivos ojos azules.

No fue lo único que había en la nave. También había un botón que ponía: “Volved a casa”. Lo apretamos y la nave empezó la cuenta atrás: 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1….

No nos paramos a pensarlo, mientras la cuenta atrás seguía su curso, nosotros descendimos, “pies para qué os quiero”. Todos regresamos a casa pitando, sin siquiera despedirnos los unos de los otros.

En cuanto llegué a casa, me metí en la cama: pero antes pasé por la cocina y picoteé todo lo que hallaba a mi paso. En lugar de tragar, engullía, como si me fuese la vida en ello. Cuando me tumbé en la cama: mis ojos tenían una mirada fría, casi inexpresiva; aquellos ojos azules se me habían quedado clavados y me pregunté si en realidad, el y nosotros éramos tan diferentes.

Jakub, 1º F

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