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Examen de Lectura, 3º Evaluación. 1º ESO

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La guerra de los mundos

Venga chicos/chicas, anímaos. Lo que os propongo es bastante sencillo. Se trata de que leáis las redacciones que realizaron compañeros vuestros a partir de este fragmento de La guerra de los mundos y luego escribáis las vuestras. Por supuesto, en cuanto tenga un poco de tiempo, suberé algunas actividades. De momento, es suficiente con que las leáis y hagáis un resumen de cada una de ellas. 

Al salir y ser iluminado por la luz relució como un cuero mojado. Dos grandes ojos oscuros me miraban con tremenda fijeza y podría decirse que tenía cara. Había una boca bajo aquellos ojos: la abertura temblaba, abriéndose y cerrándose convulsivamente mientras babeaba. El cuerpo palpitaba de manera violenta. Un delgado apéndice tentacular se aferró al borde del cilindro; otro se agitó en el aire.
Los que nunca han visto un marciano vivo no pueden imaginar lo horroroso de su aspecto. La extraña boca en forma de uve, con un labio superior en la punta; la ausencia de frente; la carencia de barbilla debajo del labio inferior, parecido a una cuña; el incesante palpitar de esa boca; los tentáculos, que le dan el aspecto de una Gorgona; el laborioso funcionamiento de sus pulmones en nuestra atmósfera; la evidente pesadez de sus movimientos, debido a la mayor fuerza de gravedad de nuestro planeta, y en especial la extraordinaria intensidad con que miran sus ojos inmensos… Todo ello produce un efecto muy parecido al de la náusea.
Hay algo profundamente desagradable en su piel olivácea, y algo terrible en la torpe lentitud de sus tediosos movimientos. Aún en aquel primer encuentro, y a la primera mirada, me sentí dominado por la repugnancia y el terror.
Súbitamente desapareció el monstruo. Había rebasado el borde del cilindro cayendo a tierra con un golpe sordo, como el que podría producir una gran masa de cuero al dar con fuerza en el suelo. Le oí lanzar un grito ronco, y de inmediato apareció otra de las criaturas en la boca profunda de la boca del cilindro.
Ante eso me sentí liberado de mi inmovilidad, giré sobre mis talones y eché a correr desesperadamente hacia el primer grupo de árboles, que se hallaba a unos cien metros de distancia; pero corrí a tropezones y medio de costado, pues me fue imposible dejar de mirar a los monstruos. […]
H. G. Wells. La guerra de los mundos.

 

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Verdad reflejada


Nunca pensé que una cosa tan sencilla como peinarse ante el espejo, pudiese ser el detonante de la aventura más alucinante que puede pasarle a una chica de 17 años.
Era dieciséis de enero y yo estaba peinándome frente al nuevo espejo que me habían traído. Si bien se trataba de un espejo que no habíamos pedido, ante la insistencia del repartidor –que repetía maquinalmente- que ésta es la dirección y que ya estaba pagado; de no haber sido por la cabezonería suya, jamás me habría quedado el espejo y nunca habría sabido la verdad. Así que ahí estaba yo, desenredando mi cabello, ante un espejo no había solicitado.
De repente vi algo muy extraño. Divisé un reflejo que se movía; mientras yo, permanecía inmóvil, ni siquiera había deslizado un dedo por el cristal. Me asusté tanto que, en un abrir y cerrar de ojos ya me encontraba en el jardín.

Sin embargo, después de reprocharme por el acto infantil que había realizado, volví a mi habitación, quería saber qué era lo que había visto en el espejo: había sido real o simplemente fruto de mi imaginación. Allí estaba otra vez, con la intención de convocar a los demonios si fuese necesario; no podía cerrarle la puerta a la evidencia: si el espejo había reflejado algo, era porque efectivamente allí pasaba algo raro.


Volví a mirar con el corazón encogido por la ansiedad. Al principio me pareció mi propio reflejo, aunque poco a poco me percate de que sus movimientos no eran los míos; es más, el reflejo no se movía al mismo tiempo, copiaba mis movimientos, pero los movimientos no provenían de mis extremidades.


Poco a poco lo fui desenmascarando. La figura tenía los ojos púrpura y muy brillantes, además –lo más chocante de todo- era su tez, plateada, algo que contrastaba extraordinariamente con sus cabellos dorados.


Estuve así mirando, no sabría exactamente cuánto tiempo permanecía abstraída sin saber qué decir o hacer; tal vez por eso, fue la propia imagen la que dio el primer paso. Su voz era dulce, templada y cálida; cualquiera que la hubiese escuchado hubiese pensado que se trataba de un ángel.


-Ven conmigo, hermanita mía.


Al escuchar su voz, un escalofría recorrió todo mi cuerpo. No pude gritar, no me llegaba el suficiente aire a los pulmones. Mientras, ella me observaba con semblante serio. Por fin decidí hablarle.


-¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces en un espejo? –le pregunté, aterrorizada.
-Me llamo Marina- se presentó- Soy de otro planeta muy lejano a éste y tú tienes que venirte conmigo, porque eres mi hermana- reiteró


Cuando terminó de hablar, me quedé pensativa y llegué a una absurda conclusión: ¿Y si era verdad que María era mi hermana? Mis padres –recordé mentalmente- me habían dicho que yo tenía una hermana gemela que había desaparecido cuando era muy pequeña. Entonces, aunque no sería muy lógico, podría ser que la abdujeran los extraterrestres y de ahí que viviese en otro planeta.


-Tienes que volver, estés donde estés. Si eres mi hermana de verdad, papá y mamá, se pondrán contentísimos- le dije con una amplia sonrisa, aunque el tono de mi voz era incierto.
Ella no había esperado esa reacción. Decidió finalmente sincerarse, decirme la verdad, era necesario que yo la creyese y sobre todo, que le hiciese caso. Me intentó explicar tranquilamente cómo había sucedido todo.


-Mira la carpeta morada que hay en el armario de la habitación de tus padres- pidió sin que ni un titubeo, disminuyese el tono imperioso de su voz.

 Cuando abrí el cajón, me encontré con la misteriosa carpeta morada. Lo que contenía no dejaba lugar a duda. Yo era la extraterrestre y habían sido los que se habían hecho pasar por mis padres, quienes me había abducido. Una gruesa lágrima recorrió mi mejilla cuando supe la verdad. Ahora ya no había marcha atrás. Tenía que irme de allí. Lo peor fue que allí, en mi propia habitación, estaban mis padres esperándome. En cuanto al espejo, este estaba inservible, se había hecho añicos y eso significaba que no podría comunicarme con mi hermana. 

 

Decidí, sin embargo, que no podía seguir allí: en una casa pintada de mentiras y con unos padres que eran en realidad unos impostores. Conseguí refugio cada de una amiga. Esperaba, deseaba con todas mis fuerzas, que mi hermana diese con mi nuevo domicilio y pudiese comunicarse conmigo. Pero esa señal no volvió a producirse. Lo único que me quedaba de ella eran unos tristes trozos de aquel espejo roto, un espejo que había hecho añicos mi tranquila existencia: un espejo que atravesaría muy gustosa, aunque al cruzarlo me dirigiese al lado oscuro de la fuerza.
Elena Sánchez, 2º C

 

 

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Sólo siete lunas


Todo ocurrió durante el caluroso mes de julio, en una cálida noche bajo la luz de la luna. Ahí estábamos los dos juntos, él y yo, mirando las estrellas, tumbados, dejando que la suave arena de la playa jugueteara con nuestros pies.


Aquél chico era muy guapo. Sus ojazos grises te hipnotizaban de tal forma que era imposible dejar de mirarlo. Su cabello fino se despeinaba con la fresca brisa del mar, mientras que sus dedos se entrelazaban con los míos, aferrando nuestras manos. El tacto de su piel resultaba asombroso. Estaba ardiendo, como el sol y con sólo un pequeño roce, te invadía una ola de calor por todo el cuerpo.

 
La primera vez que lo toqué, supuse que tendría fiebre pero, al cabo del tiempo, descubrí que se trataba de su temperatura habitual y me acostumbré. Más, todavía, no dejó de sorprenderme, por muchas veces que lo acariciara.


Era una noche de ensueño, perfecta. Todo transcurría como en una película de princesas Disney. Nunca me cansaría de observar cómo el brillo de las estrellas se reflejaba en él, haciendo que su cuerpo resplandeciera como diminutas piedras preciosas.


Durante la última semana, él me dijo que se marcharía pronto, que el mes de agosto estaba a punto de comenzar y debía volver a casa, después de las magníficas vacaciones. Lo entendía, las vacaciones no iban a durar toda la vida y, en algún momento, todo tendría que acabar. Pero aún siendo consciente, me entristecía el hecho de perderlo, el que se fuese de mi lado.


Con un movimiento elegante se giró hacia mí, pasando dulcemente su mano por mi rostro.

Quería hablar conmigo:

-Verás…-comenzó a hablar titubeando- ¿Te acuerdas de cuando te dije que dentro de poco me iría?

-Sí- conteste, preocupada.

-Pues te quería decir que… bueno… al final me marcho esta misma noche, a la una de la madrugada.

-¿Cómo? ¿Esta noche? ¿Por qué?

-Sé que es duro y cuesta asimilar. Yo también he pasado las mejores vacaciones de mi vida. Te amo y nunca seré capaz de olvidarte, pero han surgido unos problemillas…

-¿Qué problemillas?

-Nunca lo podrías entender. Es algo difícil de explicar y tal vez, si te lo cuento, no quieras volver a saber nada de mí…

-Por favor, dime de qué se trata. Seré comprensiva y te ayudaré, si hace falta.

-Bueno, vale. Eres la primera persona a la que se lo cuento, espero que no te espantes… Allá va… Soy un extraterrestre- se hizo el silencio- Antes de que empieces a reírte o tomarme por un loco déjame que te lo demuestre.

El esbelto chico se puso en pie y empezó a transformarse Su piel era azul fluorescente con miles de destellos, sus ojos se volvieron todavía más grandes de lo que eran y su espectacular figura atlética aumentó un palmo de altura. Al fin y al cabo tampoco estaba tan mal. Me recordó a los personajes de “Avatar”. Por mucho que su exterior cambiara, su corazoncito seguía latiendo como antes, por mí.

Avergonzado, bajó la mirada y dijo:

-Ya sé que soy un monstruo. Siento haberte mentido, sé que después de ver esta cosa tan horripilante, seguro que no me perdonas.

Vi cómo una lágrima color plata se derramaba por sus mejillas. Seguidamente anunció que había llegado la hora de regresar a su planeta. De una de las minúsculas estrellas apareció un platillo volando, que poco a poco fue acercándose. Como en las pelis…

Después se abrieron las puertas, lo abracé susurrándole tiernamente al oído: “Tú eres el propietario de mi corazón y siempre lo serás. Por enorme que sea la distancia que nos separé, jamás te olvidaré y siempre seguiré esperándote. Te quiero”.

Su cara se iluminó y en ella se dibujo una preciosa sonrisa emocionada por las palabras que acababa de escuchar. Me besó dulcemente en los labios. De su bolsillo sacó un hermoso collar del que colgaba una piedrecita en forma de corazón que brillaba con la misma intensidad que su piel. La puso en mi mano y, seguidamente, susurró: “Sólo siete lunas, sólo siete bellas lunas tendrán que pasar y junto a ti volveré a estar”.

Nos despedimos el uno del otro y se marchó en su nave.

Esas fueron sin duda alguna, las mejores vacaciones de mi vida.

“Sólo siete lunas, sólo siete bellas lunas llenas…” y él volvería junto a mí.

 

 

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El susto de ciencias

Un día caluroso de principios de junio, estaba yo estudiando para un examen de castellano. El calor me impedía recordar todas las cosas, eso era un “tostón”, pero pensé que pronto se acabarían las clases y… empezaría el verano. Esa noche me acosté tarde, porque quería aprobar el trimestre.


A las 13: 09 del día siguiente empecé a hacer el examen. Me salió muy bien, y por eso estaba orgullosa de mí misma. El lunes, 6 de junio, me dieron la nota de castellano. Había sacado un 8 y estaba muy contenta. Y llegó el gran día, el día más esperado del año: el 22 de junio a las 13.59. Sólo quedaba un minuto para la libertad total, para salir de clase con alegría desenfrenada y en seguida pensé:

-Se acabaron las clases, los deberes, los exámenes.


Pero tenía una sensación un poco extraña. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Empecé de pronto a encontrarme mal. Me dolía mucho la cabeza y tenía angustia. Me volví corriendo a casa. En cuanto entré una luz me enfocó en la cara y me desmayé. Cuando desperté era de noche. No había nadie en casa, estaba todo oscuro y no se escuchaba ningún ruido. No iban las luces y había un papel encima de la mesa. No se veía muy bien, pero parecía una carta. De pronto se encendieron las luces y sí, era una carta, aunque no entendía muy bien lo que ponía:


-949h391212”$$//(0)=%!FG&%$TTER%T”%%!%6473!%34”$t5g23t5.


No se entendía nada y nunca había visto esto. Después pensé que sería una broma de mi padre; pero, registré toda la casa y no había nadie, sólo estaba Luna, mi gata… y estaba muy rara, tenía otro color de ojos, eran casi grisáceos. Me puse a llorar y volví a desmayarme.


Al día siguiente salí corriendo a la calle. No había nadie, hacía frío y no se veía ni un alma, ni siquiera coches. Decidí dar una vuelta para inspeccionar, pero no vi a nadie. Llamé a la vecina para asegurarme que estaba bien. Me extraño que nadie respondiera, porque ella nunca salía de casa.


Entonces fue cuando vi una furgoneta que tenía unos símbolos iguales a los de mi carta:

7949h391212”$$//(0)=%!FG&%$TTER%T”%%!%6473!%34”$t5g23t5.

 Fui corriendo hacia ella y, puesto que las puertas estaban entreabiertas, me colé sin pensarlo en su interior. No había nadie, únicamente unos sacos de color zafiro muy raros. Me asomé para ver quién conducía, pero no había nadie al volante. En ese instante me asusté mucho y decidí bajarme. Entonces la furgoneta se paró de golpe. Se abrieron las puertas solas y pude escapar sin que nadie hubiera advertido mi presencia. No recuerdo bien lo que pasó, tal vez volviese a desmayarme. El caso es que al despertarme estaba en un edificio extrañísimo, desde luego jamás había visto nada semejante. Pero si el edificio era extraño, las criaturas que lo habitaban aún no lo eran más. 

Eran unas criaturas muy graciosas, muy bajitas y con una voz dulce, incluso empalagosa. Sólo tenían un ojo, una cola de color leopardo y –lo que más me impresionó- era que se movían a cuatro patas.


Creía que nadie me había visto, pero no era así. Un extraterrestre se me acercó y empezó a hablarme con un tono muy raro. Yo –por muchos que hacía- no entendía absolutamente nada de lo que estaba diciendo. De pronto descubrí a mis padres, que estaban metidos en una gran jaula y no se movían. Por momentos, toda la furia contenida, se abalanzó sobre mí y mis ojos comenzaron a echar chispas. ¿Qué hacían allí mis padres? ¿Qué les habían hecho? El extraterrestre, ante mi estupor, se acercó aún más y antes de que pudiera evitarlo, me tocó en la cabeza y me colocó un chip. Fue todo un alivio escuchar la voz del extraterrestre que decía:

 -Hola terrícola. Hemos venido de la galaxia Lunaandroide, exactamente del planeta

Nuncánosdescubrirán. Hemos venido a la Tierra porque tenemos que hacer un trabajo de ciencias sobre la vida en otros planetas. Esperamos no haberte asustado a ti o a tu familia y amigos. Disculpa las molestias.

¿Exámenes? ¡¡¡¡Brrrr!!!!

Nuria Beltrán, 2º C

 

El furor cobalto de todas las tormentas

Recuerdo exactamente todo lo que sucedió aquella tarde. Eran las seis y media. Yo paseaba junto a mi perro Bruno por el bosque de las inmediaciones de mi casa. Los sonidos del bosque parecían un abrazo inesperado, me asaltaban aquí y aquí, incluso provocando mi inquietud. No eran los sonidos de los pájaros o el ulular de los pájaros, eran sonidos más estridentes, que se me metían en mis oídos.


En primer lugar prensé que se trataba de algún animal que se había extraviado de su madriguera y se escondía de nosotros pero al ver la inquietud de mi perro, sus gemidos inhabituales, me preocupé. Esa preocupación creció descomunalmente cuando él empezó a estirar del collar, como si pretendiese escapar de un peligro inminente.

 Intenté que se calmase, pero como era un perro de gran tamaño, apenas podía controlarlo. No me hacía caso, así que solté la correa y él salió corriendo. Mi perro no es de los que se amedrenta con facilidad, en ninguna otra ocasión lo había sentido tan nervioso, ningún animal o desconocido le había provocado antes esa reacción que me puso los pelos de punta. Lo que ocurría es que no me había dado cuenta de que había un chaval de unos dieciséis años mirándonos fijamente. 

Su mirada, brillante y penetrante, me sobresaltó. Sus ojos eran azules, pero era un azul salvaje, parecía contener el furor cobalto de todas las tormentas. Noté que estaba tenso e inexplicable sentí miedo, así que reculé hacia atrás, imitando la reacción de Bruno.
De pronto sus ojos se quedaron en blanco. Poco a poco toda su silueta se iluminó, como si su cuerpo convulsionase y adquiriese una fuerza desproporcionada y potente. No sé cómo lo había hecho; lo único cierto era que me había cegado. El corazón se paralizó por segundos.


No me gustaba esa energía desproporcionada que despedía, ni la palidez que poco a poco adquirían sus ojos que se estaban volviendo amarillos, como si expulsasen bilis o putrefacción. En cuanto abrió los labios y le vi aquellos afilados colmillos, palidecí y vinieron a mi mente imágenes de vampiros succionando la sangre de los inocentes. Sus manos me parecieron mucho más grandes de lo habitual, no me gusto observar que una de ellas la erguía amenazante, como si esgrimiera una espada; tampoco me gustaron aquellas garras negras, prestas al desgarro de la carne.

 

No sé porqué sentí que éramos presas fáciles e intente proteger a Bruno cuando este empezó a ladrar descontroladamente, mientras abría la boca y mostraba sus afilados dientes. Todo su pelo se erizó, hasta la cola se erguió como una espada. Inmediatamente se colocó delante de mí en posición amenazadora, desafiante.


Intenté detenerlo pero me fue imposible. Bruno se abalanzó sobre aquel ser y ambos se enzarzaron en una pelea. Yo, al ver aquella escena, busqué desesperadamente algo punzante en el suelo, algún objeto que me pudiese servir de arma. No podía enfrentarme a él, únicamente con mis débiles manos, tenía que hallar algo, que me ayudase en el ataque. Encontré un pedazo de rama puntiaguda y pensé que eso me serviría, que si se la clavaba concienzudamente, podría desgarrarlo; o en su defecto, provocarle una herida y hacerle huir. Me lancé contra él furiosa, intentando separarlo de mi perro, que parecía extenuado y que tenía el globo ocular enrojecido por uno de sus puñetazos. Descubrí finalmente el tremendo tajo de su costado y vi que se desplomaba malherido en el suelo, después de ser lanzado contra un árbol.


Grité su nombre, mientras la impotencia iba tornando en negra desesperación. Le aticé tal golpe al chico que este retrocedió sorprendido. Su grito cortó el jadeo de mi respiración, me giré pero cuando intenté propinarle otro golpe, el chico había desaparecido, se había volatilizado como una pompa de jabón.


Bruno yacía en el suelo. Su cuerpecito se desangraba. A mí volvieron las imágenes, todos esos buenos momentos que los dos habíamos pasado juntos: como cuando él era pequeñín, yo le daba el biberón y él lo succionaba mientras con sus patitas endebles me cubría la cara de pequeñas incisiones o arañazos.


Bruno mordía los cojines, mientras yo le pedía riéndome que parase y él, como única respuesta, me mordía las zapatillas. Poco a poco fue creciendo, hasta convertirse en un perro magnífico, el perro que todos mis amigos envidiaban y del que yo me sentía orgullosa. De hecho, era imposible no apreciar a aquel animal que había permanecido fiel a mi lado, incluso en los momentos duros de mi enfermedad, cuando parecía que el cáncer iba a terminar con mi vida.


Y pensar que ahora él iba a morir, que había dado su vida por protegerme, sin que yo hubiese podido impedírselo. Eso era demasiado. Entonces supe que ese chico había tejido una cota de malla indestructible y que un día nos reencontraríamos: cuando mis ojos inyectados en sangre, robasen el furor cobalto de todas las tormentas.

 

Hasta que su aliento se secase


Era una noche oscura. Estaba tan aburrido en casa que decidí salir a la calle y dar una vuelta. Pero no había ni un alma, parecía que todo el mundo se hubiese esfumado, que la tierra hubiese succionado a las personas. No vi coches, ni personas, ni siquiera luces. ¡Nada! La solitud más absoluta. Exasperado volví a casa y entonces me di cuenta de que el contestador tenía un mensaje. Apreté el buzón y pude oír los gritos de mi padre pidiendo ayuda. Eran unos aullidos tan estremecedores que imaginé que imaginé que tanto mi hermano, como mamá estarían aterrorizados. Sin siquiera tener claro a dónde dirigirme, salí corriendo de casa. No sabía qué hacer, decidí ir a casa de mi abuela, pues esa me pareció la idea más sensata de todas.


Cuando llegué vi la puerta entreabierta, había algo muy extraño en esa angustia, en la soledad que me pisaba los talones. Entré con el corazón encogido, sin saber exactamente lo que estaba pasando. Parecía que unas garras aladas, arañasen las paredes: luces abriéndose y cerrándose, ruidos secos de pisadas apenas inaudibles. Sabía que había alguien, que alguien estaba a mi lado; así que armándome de valor me giré y vi como la puerta, vapuleada por una fuerza centrífuga, se movía descontrolada. De pronto se mantuvo abierta, vi una sombra, y aquellos ojos amarillos traspasando mi cuerpo, como si tuvieran rayos X. Salí corriendo, pero tropecé y caí rodando escaleras abajo. El golpe me dejó inconsciente y mareado.


Cuando desperté estaba tumbado en una camilla con un montón de cables en la cabeza. Había tres tipos raros, rarísimos, a los que en mi vida había visto. Tenían la piel oscura y eran todos iguales. Me quedé mirándoles e intenté articular sonidos, pero me sobrecogió las cuencas vacías de sus ojos; me parecieron horribles, era como si el ser que los había hecho los hubiese dejado inacabados, como si sus cuerpos se hubiesen quedado a medio hacer.


Quería escapar pero de repente uno me cogió uno e hizo un movimiento raro. De la mutación de sus cuerpos salieron otros más; era una mutación que me dejó sin aliento, aterrorizado. Entre todos comenzaron a balancearme al mismo tiempo que ellos iban multiplicándose. De pronto descubrí el escudo protector, la barrera que nos separaba y que era intangible. Uno de ellos se parecía a mí, la fijeza con la que me miraba me producía náuseas, porque eso significaba que antes había sido como yo y que en algún momento de la cadena había sufrido una permutación.


Por una razón extraña, ellos parecían considerarme una especie de Dios, alguien a quien dirigir sus plegarias, alguien que podría concederles todos y cada uno de sus sueños; era como si yo pudiese apretar entre mis dedos sus deseos más inmediatos.


Así pasaron algunos días y ya me permitían moverme, hasta los vi agachar la cabeza, cuando pasaba a su lado. Yo estaba desesperado, ¿qué había sido del resto de las personas? ¿Y mis padres? ¿Mi abuelo? ¿Mi hermano? No quería reconocer la evidencia, no quería saberlo, pero un día la propia verdad me salió al paso: los humanos estaban allí, en aquella cárcel. En ese lugar espeluznante los habían encerrado. Permanecerían en ese lugar, hacinados, hasta que su cuerpo, o el poco aliento que les quedaba, se secasen.
Aquello me pareció cruel, peor incluso que un tiroteo de una batalla a muerte. Pero un día vi que me colocaban la misma bata negra que yo había visto anteriormente. Me llevaron a la misma fría habitación. Intuía que se acercaba el final. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué no seguía siendo un Dios? Me miré el brazo y vi aquella gotita de sangre, un minúsculo puntito rojo. Comprendí que se avecinaba la época de la alergia. Seguramente y sin querer, me había reventado un grano, y ese hilito de sangre me había descubierto: su sangre era verde, la mía, roja.


Ya no había ninguna salida, ahora el silencio sería único lenguaje, el fin, la nada. Me preguntaba si al fin aquella insignificancia podría ser el puente que, una vez atravesado, me conduciría al mundo de los no nacidos, aquellos cuerpos que aún siendo mis hermanos, nunca habían existido.

Alex, 2º B

 

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