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Examen de lectura. 1º ESO. Todas las historias.

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Examen de lectura. 1º ESO. Todas las historias.

Examen de lectura. 1º ESO

Examen de lectura, 1º ESO 3º Evaluación.


La guerra de los mundos
Venga chicos/chicas, animaos. Lo que os propongo es bastante sencillo. Se trata de que leáis las redacciones que realizaron compañeros vuestros a partir de este fragmento de La guerra de los mundos y luego escribáis las vuestras. Por supuesto, en cuanto tenga un poco de tiempo, subiré algunas actividades. De momento, es suficiente con que las leáis y hagáis un resumen de cada una de ellas.

Este es el texto que sirvió de referencia. Todas las historias han tenido en cuenta de una u otra manera esta historia. 
Al salir y ser iluminado por la luz relució como un cuero mojado. Dos grandes ojos oscuros me miraban con tremenda fijeza y podría decirse que tenía cara. Había una boca bajo aquellos ojos: la abertura temblaba, abriéndose y cerrándose convulsivamente mientras babeaba. El cuerpo palpitaba de manera violenta. Un delgado apéndice tentacular se aferró al borde del cilindro; otro se agitó en el aire.
Los que nunca han visto un marciano vivo no pueden imaginar lo horroroso de su aspecto. La extraña boca en forma de uve, con un labio superior en la punta; la ausencia de frente; la carencia de barbilla debajo del labio inferior, parecido a una cuña; el incesante palpitar de esa boca; los tentáculos, que le dan el aspecto de una Gorgona; el laborioso funcionamiento de sus pulmones en nuestra atmósfera; la evidente pesadez de sus movimientos, debido a la mayor fuerza de gravedad de nuestro planeta, y en especial la extraordinaria intensidad con que miran sus ojos inmensos… Todo ello produce un efecto muy parecido al de la náusea.
Hay algo profundamente desagradable en su piel olivácea, y algo terrible en la torpe lentitud de sus tediosos movimientos. Aún en aquel primer encuentro, y a la primera mirada, me sentí dominado por la repugnancia y el terror.
Súbitamente desapareció el monstruo. Había rebasado el borde del cilindro cayendo a tierra con un golpe sordo, como el que podría producir una gran masa de cuero al dar con fuerza en el suelo. Le oí lanzar un grito ronco, y de inmediato apareció otra de las criaturas en la boca profunda de la boca del cilindro.
Ante eso me sentí liberado de mi inmovilidad, giré sobre mis talones y eché a correr desesperadamente hacia el primer grupo de árboles, que se hallaba a unos cien metros de distancia; pero corrí a tropezones y medio de costado, pues me fue imposible dejar de mirar a los monstruos. […]
H. G. Wells. La guerra de los mundos.


Verdad reflejada

Nunca pensé que una cosa tan sencilla como peinarse ante el espejo, pudiese ser el detonante de la aventura más alucinante que puede pasarle a una chica de 17 años.
Era dieciséis de enero y yo estaba peinándome frente al nuevo espejo que me habían traído. Si bien se trataba de un espejo que no habíamos pedido, ante la insistencia del repartidor –que repetía maquinalmente- que ésta es la dirección y que ya estaba pagado; de no haber sido por la cabezonería suya, jamás me habría quedado el espejo y nunca habría sabido la verdad. Así que ahí estaba yo, desenredando mi cabello, ante un espejo no había solicitado.
De repente vi algo muy extraño. Divisé un reflejo que se movía; mientras yo, permanecía inmóvil, ni siquiera había deslizado un dedo por el cristal. Me asusté tanto que, en un abrir y cerrar de ojos ya me encontraba en el jardín.
Sin embargo, después de reprocharme por el acto infantil que había realizado, volví a mi habitación, quería saber qué era lo que había visto en el espejo: había sido real o simplemente fruto de mi imaginación. Allí estaba otra vez, con la intención de convocar a los demonios si fuese necesario; no podía cerrarle la puerta a la evidencia: si el espejo había reflejado algo, era porque efectivamente allí pasaba algo raro.

Volví a mirar con el corazón encogido por la ansiedad. Al principio me pareció mi propio reflejo, aunque poco a poco me percate de que sus movimientos no eran los míos; es más, el reflejo no se movía al mismo tiempo, copiaba mis movimientos, pero los movimientos no provenían de mis extremidades.

Poco a poco lo fui desenmascarando. La figura tenía los ojos púrpura y muy brillantes, además –lo más chocante de todo- era su tez, plateada, algo que contrastaba extraordinariamente con sus cabellos dorados.

Estuve así mirando, no sabría exactamente cuánto tiempo permanecía abstraída sin saber qué decir o hacer; tal vez por eso, fue la propia imagen la que dio el primer paso. Su voz era dulce, templada y cálida; cualquiera que la hubiese escuchado hubiese pensado que se trataba de un ángel.

-Ven conmigo, hermanita mía.

Al escuchar su voz, un escalofría recorrió todo mi cuerpo. No pude gritar, no me llegaba el suficiente aire a los pulmones. Mientras, ella me observaba con semblante serio. Por fin decidí hablarle.

-¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces en un espejo? –le pregunté, aterrorizada.
-Me llamo Marina- se presentó- Soy de otro planeta muy lejano a éste y tú tienes que venirte conmigo, porque eres mi hermana- reiteró

Cuando terminó de hablar, me quedé pensativa y llegué a una absurda conclusión: ¿Y si era verdad que María era mi hermana? Mis padres –recordé mentalmente- me habían dicho que yo tenía una hermana gemela que había desaparecido cuando era muy pequeña. Entonces, aunque no sería muy lógico, podría ser que la abdujeran los extraterrestres y de ahí que viviese en otro planeta.

-Tienes que volver, estés donde estés. Si eres mi hermana de verdad, papá y mamá, se pondrán contentísimos- le dije con una amplia sonrisa, aunque el tono de mi voz era incierto.
Ella no había esperado esa reacción. Decidió finalmente sincerarse, decirme la verdad, era necesario que yo la creyese y sobre todo, que le hiciese caso. Me intentó explicar tranquilamente cómo había sucedido todo.

-Mira la carpeta morada que hay en el armario de la habitación de tus padres- pidió sin que ni un titubeo, disminuyese el tono imperioso de su voz.
Cuando abrí el cajón, me encontré con la misteriosa carpeta morada. Lo que contenía no dejaba lugar a duda. Yo era la extraterrestre y habían sido los que se habían hecho pasar por mis padres, quienes me había abducido. Una gruesa lágrima recorrió mi mejilla cuando supe la verdad. Ahora ya no había marcha atrás. Tenía que irme de allí. Lo peor fue que allí, en mi propia habitación, estaban mis padres esperándome. En cuanto al espejo, este estaba inservible, se había hecho añicos y eso significaba que no podría comunicarme con mi hermana.

Decidí, sin embargo, que no podía seguir allí: en una casa pintada de mentiras y con unos padres que eran en realidad unos impostores. Conseguí refugio cada de una amiga. Esperaba, deseaba con todas mis fuerzas, que mi hermana diese con mi nuevo domicilio y pudiese comunicarse conmigo. Pero esa señal no volvió a producirse. Lo único que me quedaba de ella eran unos tristes trozos de aquel espejo roto, un espejo que había hecho añicos mi tranquila existencia: un espejo que atravesaría muy gustosa, aunque al cruzarlo me dirigiese al lado oscuro de la fuerza.
Elena Sánchez, 2º C

Sólo siete lunas

Todo ocurrió durante el caluroso mes de julio, en una cálida noche bajo la luz de la luna. Ahí estábamos los dos juntos, él y yo, mirando las estrellas, tumbados, dejando que la suave arena de la playa jugueteara con nuestros pies.

Aquél chico era muy guapo. Sus ojazos grises te hipnotizaban de tal forma que era imposible dejar de mirarlo. Su cabello fino se despeinaba con la fresca brisa del mar, mientras que sus dedos se entrelazaban con los míos, aferrando nuestras manos. El tacto de su piel resultaba asombroso. Estaba ardiendo, como el sol y con sólo un pequeño roce, te invadía una ola de calor por todo el cuerpo.

La primera vez que lo toqué, supuse que tendría fiebre pero, al cabo del tiempo, descubrí que se trataba de su temperatura habitual y me acostumbré. Más, todavía, no dejó de sorprenderme, por muchas veces que lo acariciara.

Era una noche de ensueño, perfecta. Todo transcurría como en una película de princesas Disney. Nunca me cansaría de observar cómo el brillo de las estrellas se reflejaba en él, haciendo que su cuerpo resplandeciera como diminutas piedras preciosas.

Durante la última semana, él me dijo que se marcharía pronto, que el mes de agosto estaba a punto de comenzar y debía volver a casa, después de las magníficas vacaciones. Lo entendía, las vacaciones no iban a durar toda la vida y, en algún momento, todo tendría que acabar. Pero aún siendo consciente, me entristecía el hecho de perderlo, el que se fuese de mi lado.

Con un movimiento elegante se giró hacia mí, pasando dulcemente su mano por mi rostro.
Quería hablar conmigo:
-Verás…-comenzó a hablar titubeando- ¿Te acuerdas de cuando te dije que dentro de poco me iría?
-Sí- conteste, preocupada.
-Pues te quería decir que… bueno… al final me marcho esta misma noche, a la una de la madrugada.
-¿Cómo? ¿Esta noche? ¿Por qué?
-Sé que es duro y cuesta asimilar. Yo también he pasado las mejores vacaciones de mi vida. Te amo y nunca seré capaz de olvidarte, pero han surgido unos problemillas…
-¿Qué problemillas?
-Nunca lo podrías entender. Es algo difícil de explicar y tal vez, si te lo cuento, no quieras volver a saber nada de mí…
-Por favor, dime de qué se trata. Seré comprensiva y te ayudaré, si hace falta.
-Bueno, vale. Eres la primera persona a la que se lo cuento, espero que no te espantes… Allá va… Soy un extraterrestre- se hizo el silencio- Antes de que empieces a reírte o tomarme por un loco déjame que te lo demuestre.
El esbelto chico se puso en pie y empezó a transformarse Su piel era azul fluorescente con miles de destellos, sus ojos se volvieron todavía más grandes de lo que eran y su espectacular figura atlética aumentó un palmo de altura. Al fin y al cabo tampoco estaba tan mal. Me recordó a los personajes de “Avatar”. Por mucho que su exterior cambiara, su corazoncito seguía latiendo como antes, por mí.
Avergonzado, bajó la mirada y dijo:
-Ya sé que soy un monstruo. Siento haberte mentido, sé que después de ver esta cosa tan horripilante, seguro que no me perdonas.
Vi cómo una lágrima color plata se derramaba por sus mejillas. Seguidamente anunció que había llegado la hora de regresar a su planeta. De una de las minúsculas estrellas apareció un platillo volando, que poco a poco fue acercándose. Como en las pelis…
Después se abrieron las puertas, lo abracé susurrándole tiernamente al oído: “Tú eres el propietario de mi corazón y siempre lo serás. Por enorme que sea la distancia que nos separé, jamás te olvidaré y siempre seguiré esperándote. Te quiero”.
Su cara se iluminó y en ella se dibujo una preciosa sonrisa emocionada por las palabras que acababa de escuchar. Me besó dulcemente en los labios. De su bolsillo sacó un hermoso collar del que colgaba una piedrecita en forma de corazón que brillaba con la misma intensidad que su piel. La puso en mi mano y, seguidamente, susurró: “Sólo siete lunas, sólo siete bellas lunas tendrán que pasar y junto a ti volveré a estar”.
Nos despedimos el uno del otro y se marchó en su nave.
Esas fueron sin duda alguna, las mejores vacaciones de mi vida.
“Sólo siete lunas, sólo siete bellas lunas llenas…” y él volvería junto a mí.


El susto de ciencias


Un día caluroso de principios de junio, estaba yo estudiando para un examen de castellano. El calor me impedía recordar todas las cosas, eso era un “tostón”, pero pensé que pronto se acabarían las clases y… empezaría el verano. Esa noche me acosté tarde, porque quería aprobar el trimestre.

A las 13: 09 del día siguiente empecé a hacer el examen. Me salió muy bien, y por eso estaba orgullosa de mí misma. El lunes, 6 de junio, me dieron la nota de castellano. Había sacado un 8 y estaba muy contenta. Y llegó el gran día, el día más esperado del año: el 22 de junio a las 13.59. Sólo quedaba un minuto para la libertad total, para salir de clase con alegría desenfrenada y en seguida pensé:
-Se acabaron las clases, los deberes, los exámenes.

Pero tenía una sensación un poco extraña. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Empecé de pronto a encontrarme mal. Me dolía mucho la cabeza y tenía angustia. Me volví corriendo a casa. En cuanto entré una luz me enfocó en la cara y me desmayé. Cuando desperté era de noche. No había nadie en casa, estaba todo oscuro y no se escuchaba ningún ruido. No iban las luces y había un papel encima de la mesa. No se veía muy bien, pero parecía una carta. De pronto se encendieron las luces y sí, era una carta, aunque no entendía muy bien lo que ponía:

-949h391212”$$//(0)=%!FG&%$TTER%T”%%!%6473!%34”$t5g23t5.

No se entendía nada y nunca había visto esto. Después pensé que sería una broma de mi padre; pero, registré toda la casa y no había nadie, sólo estaba Luna, mi gata… y estaba muy rara, tenía otro color de ojos, eran casi grisáceos. Me puse a llorar y volví a desmayarme.

Al día siguiente salí corriendo a la calle. No había nadie, hacía frío y no se veía ni un alma, ni siquiera coches. Decidí dar una vuelta para inspeccionar, pero no vi a nadie. Llamé a la vecina para asegurarme que estaba bien. Me extraño que nadie respondiera, porque ella nunca salía de casa.

Entonces fue cuando vi una furgoneta que tenía unos símbolos iguales a los de mi carta:
7949h391212”$$//(0)=%!FG&%$TTER%T”%%!%6473!%34”$t5g23t5.
Fui corriendo hacia ella y, puesto que las puertas estaban entreabiertas, me colé sin pensarlo en su interior. No había nadie, únicamente unos sacos de color zafiro muy raros. Me asomé para ver quién conducía, pero no había nadie al volante. En ese instante me asusté mucho y decidí bajarme. Entonces la furgoneta se paró de golpe. Se abrieron las puertas solas y pude escapar sin que nadie hubiera advertido mi presencia. No recuerdo bien lo que pasó, tal vez volviese a desmayarme. El caso es que al despertarme estaba en un edificio extrañísimo, desde luego jamás había visto nada semejante. Pero si el edificio era extraño, las criaturas que lo habitaban aún no lo eran más.
Eran unas criaturas muy graciosas, muy bajitas y con una voz dulce, incluso empalagosa. Sólo tenían un ojo, una cola de color leopardo y –lo que más me impresionó- era que se movían a cuatro patas.

Creía que nadie me había visto, pero no era así. Un extraterrestre se me acercó y empezó a hablarme con un tono muy raro. Yo –por muchos que hacía- no entendía absolutamente nada de lo que estaba diciendo. De pronto descubrí a mis padres, que estaban metidos en una gran jaula y no se movían. Por momentos, toda la furia contenida, se abalanzó sobre mí y mis ojos comenzaron a echar chispas. ¿Qué hacían allí mis padres? ¿Qué les habían hecho? El extraterrestre, ante mi estupor, se acercó aún más y antes de que pudiera evitarlo, me tocó en la cabeza y me colocó un chip. Fue todo un alivio escuchar la voz del extraterrestre que decía:
-Hola terrícola. Hemos venido de la galaxia Lunaandroide, exactamente del planeta
Nuncánosdescubrirán. Hemos venido a la Tierra porque tenemos que hacer un trabajo de ciencias sobre la vida en otros planetas. Esperamos no haberte asustado a ti o a tu familia y amigos. Disculpa las molestias.
¿Exámenes? ¡¡¡¡Brrrr!!!!
Nuria Beltrán, 2º C

El furor cobalto de todas las tormentas

Recuerdo exactamente todo lo que sucedió aquella tarde. Eran las seis y media. Yo paseaba junto a mi perro Bruno por el bosque de las inmediaciones de mi casa. Los sonidos del bosque parecían un abrazo inesperado, me asaltaban aquí y aquí, incluso provocando mi inquietud. No eran los sonidos de los pájaros o el ulular de los pájaros, eran sonidos más estridentes, que se me metían en mis oídos.

En primer lugar prensé que se trataba de algún animal que se había extraviado de su madriguera y se escondía de nosotros pero al ver la inquietud de mi perro, sus gemidos inhabituales, me preocupé. Esa preocupación creció descomunalmente cuando él empezó a estirar del collar, como si pretendiese escapar de un peligro inminente.
Intenté que se calmase, pero como era un perro de gran tamaño, apenas podía controlarlo. No me hacía caso, así que solté la correa y él salió corriendo. Mi perro no es de los que se amedrenta con facilidad, en ninguna otra ocasión lo había sentido tan nervioso, ningún animal o desconocido le había provocado antes esa reacción que me puso los pelos de punta. Lo que ocurría es que no me había dado cuenta de que había un chaval de unos dieciséis años mirándonos fijamente.
Su mirada, brillante y penetrante, me sobresaltó. Sus ojos eran azules, pero era un azul salvaje, parecía contener el furor cobalto de todas las tormentas. Noté que estaba tenso e inexplicable sentí miedo, así que reculé hacia atrás, imitando la reacción de Bruno.
De pronto sus ojos se quedaron en blanco. Poco a poco toda su silueta se iluminó, como si su cuerpo convulsionase y adquiriese una fuerza desproporcionada y potente. No sé cómo lo había hecho; lo único cierto era que me había cegado. El corazón se paralizó por segundos.

No me gustaba esa energía desproporcionada que despedía, ni la palidez que poco a poco adquirían sus ojos que se estaban volviendo amarillos, como si expulsasen bilis o putrefacción. En cuanto abrió los labios y le vi aquellos afilados colmillos, palidecí y vinieron a mi mente imágenes de vampiros succionando la sangre de los inocentes. Sus manos me parecieron mucho más grandes de lo habitual, no me gusto observar que una de ellas la erguía amenazante, como si esgrimiera una espada; tampoco me gustaron aquellas garras negras, prestas al desgarro de la carne.

No sé porqué sentí que éramos presas fáciles e intente proteger a Bruno cuando este empezó a ladrar descontroladamente, mientras abría la boca y mostraba sus afilados dientes. Todo su pelo se erizó, hasta la cola se erguió como una espada. Inmediatamente se colocó delante de mí en posición amenazadora, desafiante.

Intenté detenerlo pero me fue imposible. Bruno se abalanzó sobre aquel ser y ambos se enzarzaron en una pelea. Yo, al ver aquella escena, busqué desesperadamente algo punzante en el suelo, algún objeto que me pudiese servir de arma. No podía enfrentarme a él, únicamente con mis débiles manos, tenía que hallar algo, que me ayudase en el ataque. Encontré un pedazo de rama puntiaguda y pensé que eso me serviría, que si se la clavaba concienzudamente, podría desgarrarlo; o en su defecto, provocarle una herida y hacerle huir. Me lancé contra él furiosa, intentando separarlo de mi perro, que parecía extenuado y que tenía el globo ocular enrojecido por uno de sus puñetazos. Descubrí finalmente el tremendo tajo de su costado y vi que se desplomaba malherido en el suelo, después de ser lanzado contra un árbol.

Grité su nombre, mientras la impotencia iba tornando en negra desesperación. Le aticé tal golpe al chico que este retrocedió sorprendido. Su grito cortó el jadeo de mi respiración, me giré pero cuando intenté propinarle otro golpe, el chico había desaparecido, se había volatilizado como una pompa de jabón.

Bruno yacía en el suelo. Su cuerpecito se desangraba. A mí volvieron las imágenes, todos esos buenos momentos que los dos habíamos pasado juntos: como cuando él era pequeñín, yo le daba el biberón y él lo succionaba mientras con sus patitas endebles me cubría la cara de pequeñas incisiones o arañazos.

Bruno mordía los cojines, mientras yo le pedía riéndome que parase y él, como única respuesta, me mordía las zapatillas. Poco a poco fue creciendo, hasta convertirse en un perro magnífico, el perro que todos mis amigos envidiaban y del que yo me sentía orgullosa. De hecho, era imposible no apreciar a aquel animal que había permanecido fiel a mi lado, incluso en los momentos duros de mi enfermedad, cuando parecía que el cáncer iba a terminar con mi vida.

Y pensar que ahora él iba a morir, que había dado su vida por protegerme, sin que yo hubiese podido impedírselo. Eso era demasiado. Entonces supe que ese chico había tejido una cota de malla indestructible y que un día nos reencontraríamos: cuando mis ojos inyectados en sangre, robasen el furor cobalto de todas las tormentas.

Hasta que su aliento se secase

Era una noche oscura. Estaba tan aburrido en casa que decidí salir a la calle y dar una vuelta. Pero no había ni un alma, parecía que todo el mundo se hubiese esfumado, que la tierra hubiese succionado a las personas. No vi coches, ni personas, ni siquiera luces. ¡Nada! La solitud más absoluta. Exasperado volví a casa y entonces me di cuenta de que el contestador tenía un mensaje. Apreté el buzón y pude oír los gritos de mi padre pidiendo ayuda. Eran unos aullidos tan estremecedores que imaginé que imaginé que tanto mi hermano, como mamá estarían aterrorizados. Sin siquiera tener claro a dónde dirigirme, salí corriendo de casa. No sabía qué hacer, decidí ir a casa de mi abuela, pues esa me pareció la idea más sensata de todas.

Cuando llegué vi la puerta entreabierta, había algo muy extraño en esa angustia, en la soledad que me pisaba los talones. Entré con el corazón encogido, sin saber exactamente lo que estaba pasando. Parecía que unas garras aladas, arañasen las paredes: luces abriéndose y cerrándose, ruidos secos de pisadas apenas inaudibles. Sabía que había alguien, que alguien estaba a mi lado; así que armándome de valor me giré y vi como la puerta, vapuleada por una fuerza centrífuga, se movía descontrolada. De pronto se mantuvo abierta, vi una sombra, y aquellos ojos amarillos traspasando mi cuerpo, como si tuvieran rayos X. Salí corriendo, pero tropecé y caí rodando escaleras abajo. El golpe me dejó inconsciente y mareado.

Cuando desperté estaba tumbado en una camilla con un montón de cables en la cabeza. Había tres tipos raros, rarísimos, a los que en mi vida había visto. Tenían la piel oscura y eran todos iguales. Me quedé mirándoles e intenté articular sonidos, pero me sobrecogió las cuencas vacías de sus ojos; me parecieron horribles, era como si el ser que los había hecho los hubiese dejado inacabados, como si sus cuerpos se hubiesen quedado a medio hacer.

Quería escapar pero de repente uno me cogió uno e hizo un movimiento raro. De la mutación de sus cuerpos salieron otros más; era una mutación que me dejó sin aliento, aterrorizado. Entre todos comenzaron a balancearme al mismo tiempo que ellos iban multiplicándose. De pronto descubrí el escudo protector, la barrera que nos separaba y que era intangible. Uno de ellos se parecía a mí, la fijeza con la que me miraba me producía náuseas, porque eso significaba que antes había sido como yo y que en algún momento de la cadena había sufrido una permutación.

Por una razón extraña, ellos parecían considerarme una especie de Dios, alguien a quien dirigir sus plegarias, alguien que podría concederles todos y cada uno de sus sueños; era como si yo pudiese apretar entre mis dedos sus deseos más inmediatos.

Así pasaron algunos días y ya me permitían moverme, hasta los vi agachar la cabeza, cuando pasaba a su lado. Yo estaba desesperado, ¿qué había sido del resto de las personas? ¿Y mis padres? ¿Mi abuelo? ¿Mi hermano? No quería reconocer la evidencia, no quería saberlo, pero un día la propia verdad me salió al paso: los humanos estaban allí, en aquella cárcel. En ese lugar espeluznante los habían encerrado. Permanecerían en ese lugar, hacinados, hasta que su cuerpo, o el poco aliento que les quedaba, se secasen.
Aquello me pareció cruel, peor incluso que un tiroteo de una batalla a muerte. Pero un día vi que me colocaban la misma bata negra que yo había visto anteriormente. Me llevaron a la misma fría habitación. Intuía que se acercaba el final. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué no seguía siendo un Dios? Me miré el brazo y vi aquella gotita de sangre, un minúsculo puntito rojo. Comprendí que se avecinaba la época de la alergia. Seguramente y sin querer, me había reventado un grano, y ese hilito de sangre me había descubierto: su sangre era verde, la mía, roja.

Ya no había ninguna salida, ahora el silencio sería único lenguaje, el fin, la nada. Me preguntaba si al fin aquella insignificancia podría ser el puente que, una vez atravesado, me conduciría al mundo de los no nacidos, aquellos cuerpos que aún siendo mis hermanos, nunca habían existido.
Alex, 2º B



Dale un beso a tu ángel de la guarda

El día de fin de curso del instituto me levanté a las once de la mañana porque había quedado para ir con unas cuantas amigas de compras para la gran noche. Estaba deseando que llegase el final, agotada y hastiada. Un poco de diversión, al menos, rompería el hechizo que me había mantenido inerme durante el curso. En cuanto regresé aceleré todo el proceso: con rapidez comí, me duché y me arregle; en cuanto viniesen a por mí, yo estaría preparada y así podríamos irnos al instituto cuanto antes.
Pronto llegamos allí, cenamos y después, incluso antes de que terminara la cena, comenzó a sonar la música. Yo fui una de las primeras que me alcé para bailar. Quería desentumecerme, dejar que fluyese toda la vitalidad que se había quedado prisionera, durante los interminables días de estudio. Ahora llegaba mi momento, se aproximaban las vacaciones. En un momento dado me sentí inquieta, como si alguien me observase, pero no le di importancia. En una fiesta así es normal: todo el mundo se fija en todo el mundo. No había ningún motivo para que me preocupase.
La fiesta se prolongó hasta las dos de la madrugada. Ms amigas querían acompañarme, pero a mí no me importaba volver sola; no era necesario que se preocupasen por mí. No obstante, no podía negar que la oscuridad de la noche, el manto del silencio, me producía una punzada de inquietud, cuanto antes llegase a casa, antes me tranquilizaría.
Pero entonces, cuando ya casi había llegado, vi una luz verde que provenía del campo cercano a mi urbanización. Cualquiera se hubiese asustado, pero yo, que soy curiosa por naturaleza, no pude contenerme: quería saber lo que pasaba. Tal vez fuese algún vecino, pero ¿qué estaría haciendo en el campo y prácticamente a oscuras?
Me escondí como pude detrás de unos arbustos. Entonces lo vi. No pasaba nada, sólo era un chico rubio y alto. Poco a poco fue aproximándome y extrañamente y pese a la oscuridad circundante, pude ver aquellas dos esmeraldas que refulgían: unos ojos verdes, increíbles, que parecían destellar, incluso en aquella penumbra.
No sé qué sucedió a continuación, seguramente tropecé con alguna piedra, lo cierto es que me caí y él me descubrió. Enrojecí de vergüenza, porque era evidente que le había estado espiando, pero la sorpresa fue mayúscula al ver su cara desencajada. Seguramente pensó que me había hecho daño. El sonrió, se aproximó y me tendió la mano. Yo creía estar viendo un ángel, y desde luego, me agarré a él, ya que apenas podía mover la pierna, por lo visto me había hecho una buena torcedura.
Apoyada en él nos fuimos acercando a la urbanización. Cerca de ella había un pequeño parque. Me condujo a uno de los bancos y allí nos sentamos. El pie se me había hinchado y me dolía. Ambos estábamos cortados y era ya muy tarde, así que en cuanto descansé un poco, me acompañó hasta la puerta de casa, no sin antes quedar conmigo para la noche siguiente.
Yo estaba nerviosa. El chico me había calado, pero no sabía quién era y desde luego tampoco sabía qué hacía por allí a aquellas horas de la noche. De hecho, cuando se lo pregunté, había rehuido la respuesta.
Esperé impaciente que llegase la hora del reencuentro y cuando llegaron las doce, y pese a que me habían vendado la pierna, me escabullí para ir a la cita. Cojeaba, pero por nada del mundo, me hubiera perdido la cita.
Al llegar al banco vi una especie de monstruo verde con unos ojos, seis brazos y cuatro piernas. Fui acercándome lentamente y el monstruo, al escuchar el rudo que hacía mis pies al arrastrarse, se giró y asustado empezó a tartamudear mi nombre. Avergonzado y ante mis ojos incrédulos, se transformó en el ser del día anterior: el ángel, que me había cautivado.
Yo estaba tan asustada que, de la impresión, sufrí un golpe de calor y me desplomé. El chico llegó jadeando y volvió a cogerme entre sus brazos. Noté que me levantaba, pero no protesté. Me dejé llevar. Me aproximó a un pequeño pilón y allí logró que me despejara. En cuanto me despejé me contó su increíble historia, mientras me miraba con aquellos ojos verdes, cuyo reflejo me hacía palidecer de emoción. Me dijo que era un extraterrestre, pero que quería que yo lo descubriera. Según sus palabras, que me dejaron muda, se había quedado prendado de mí en cuanto me había visto en la fiesta. Ahora ya sabía su secreto. Según él, sólo yo podía cambiar su destino: él quería quedarse a mi lado, quería ser mi novio y olvidar su pasado. Sólo lo conseguiría si se transformaba en humano para siempre.
Yo era incapaz de pronunciar palabra: que un chico guapísimo quisiera ser mi novio, era una noticia extraordinaria y hacia que me sintiese halagada, pero cómo podría ser novia de un extraterrestre, de alguien con el que no compartía nada. Sin embargo, cuando me dijo que sólo con un beso, se transformaría; que uno sólo de mis besos obraría el milagro, no pude contenerme. ¡Ay, la naturaleza femenina es débil! La posibilidad de vivir un romance intergaláctico, era una experiencia que podría contar a mis nietos. Aquel beso abrió una puerta, y espero que nadie ni nadie la cierre, no quiero quedarme sin mi ángel de la guarda.
Lidia, 2º C

Una extraña historia que se ha esfumado.

Como cualquier mañana de algún día lluvioso, yo, Marlen, me quedé tumbada, ya que cuando llovía o nevaba demasiado, el autobús no pasaba por las casas para recoger a los niños y claro, mis padres ya se habían largado, así que ellos tampoco podían llevarme al instituto, porque se habían ido cada uno a su trabajo.
Llamé a mamá y se lo dije:
-Mamá, no iré a clase hoy porque llueve muchísimo y el autobús no ha pasado a recogerme, ¿vale?
A lo que ella respondió:
-Claro, Marlen, pero recuerda llamar a la profesora y pedirle los deberes que ha mandado hoy.
Bajé a la planta de abajo y me dirigí a la cocina para hacerme el desayuno cuando, de pronto, apareció un ser bastante pringoso y gelatinoso. Al principio no podía ver lo que era; aunque sabía que se trataba de un bicho bastante repugnante únicamente por el tufo que desprendía. Su olor te quemaba los conductos nasales y su voz hacia que te pitasen los oídos.
Era bastante feo, la verdad. En el lugar donde tenía que haber una boca, había una nariz alargada y muy puntiaguda, además de dos ojos enormes que sobresalían en la oscuridad perforando el sonido de la lluvia. Eran unos ojos metálicos, capaces de provocar el horror en aquel que se atreviese a mirarlo.
Pegué un fuerte chillido, pero nadie parecía oírme, de hecho ni yo misma sentía el gorjeo de mi propia voz, de mi garganta no salía ningún sonido, había enmudecido. Me estaba verdaderamente preocupando y sólo hacía que cerrar los ojos y pellizcarme; sólo quería despertar, que la realidad me invadiese, demostrando que todo era fruto de mi imaginación. Pero no lo era, ese ser había asaltado mi mundo y nadie podía ayudarme ni oírme.
Me caí al suelo. Cuando me desperté estaba sentada en el sillón de mi gran salón y tenía al bicho sentado en el suelo, mirándome fijamente. Volví a chillar, pero tenía la boca tapada con un esparadrapo. ¿Qué estaba pasando ahí? No entendía nada. ¿Por qué me había amordazado? ¿Qué quería aquel ser que yo pudiese ofrecerle?
Seguía sin decirme nada, sólo me miraba. Cuando se dio cuenta de que yo estaba mirándolo, me dijo:
-Pequeño androide, sólo vengo a investigar la raza humana.
Alucinada, así me quedé cuando sus palabras flotaron en el enrarecido ambiente de la habitación. Pensé que me mataría allí mismo, pero, para mi sorpresa, sólo añadió:
-Para eso necesito cortarte un trozo de pelo y un dedo tuyo.
Me estaba preocupando de verdad. El pelo era mi arma secreta, ni un mechón me dejaría cortar, eso lo tenía muy claro. En cuanto al dedo, era algo que había visto en las películas y que siempre me había parecido horripilante e inhumano, por muy asesino que uno fuera. Intenté el forcejeo, pero era inútil. El androide me había cortado ya un mechón y en el momento en que se quedó mirando mi dedo, justo en el instante de mayor tensión, cuando iba a gritar, hasta que reventase el esparadrapo, hasta que se me oyese en las profundidades del universo, justo en ese mismísimo momento, oí una voz amortiguada, suave, casi un susurro… Era mamá. Miré en dirección a la mesilla y encontré el mechón de mi pelo, encima de un trozo de papel de plata. Así que aquello no era ningún sueño; pero, ¿cómo contarle al mundo una extraña historia que se ha esfumado?
Marlene, 2º C

La belleza está en el interior

Aquella mañana mi madre me sermoneaba. No recuerdo exactamente con quién me había metido yo, pero sí recuerdo la estúpida frase con la que ella intentó avergonzarme: <<La belleza sólo se encuentra en el interior. A mí esa frase me resultaba desconcertante, porque contradecía todo lo que veíamos mis amigas y yo día a día. ¡Cuán equivocada estaba! Unos días más tarde me tragaría mi error.
Ana y yo habíamos decidido ir a estudiar a la biblioteca. A Ana no se le daba bien la historia y tres días después teníamos examen. Finalmente ella se fue y yo decidí salir al jardín para tomar el sol y merendar. Estábamos ya mediados de junio, el calor era sofocante y yo necesitaba despejarme. Cuando me cansé de deambular, decidí regresar.
Mis padres no estaban en casa, habían ido a la residencia para ver a mi abuelo, pero eso no significaba que yo pudiera pasarme toda la tarde fuera. Podían llamar o regresar antes y no les gustaría no hallarme estudiando en la habitación. El suspiro de aburrimiento que salió de mis labios se transformó de pronto en un ¡Ohhhhhh!, de sorpresa. No podía creer lo que estaba viendo, incluso llegué a pensar que podía tratarse de un espejismo, una alucinación de mi imaginación. Una nave roja descendía tranquilamente y a través de los cristales yo podía verlo tranquilamente. En el interior había un extraterrestre que me miraba, estupefacto. Supuse que se había extraviado y en lugar de gritar, me acerqué, soy muy curiosa y no me amedrento con facilidad. Tenía que verlo con mis propios ojos.
El humanoide bajó de la nave y con una sola mirada me lo dijo todo. No estaba en peligro, no era un ser espeluznante, pese a no parecerse a ninguno de mis amigos. Lo más asombroso de todo era que hablaba mi idioma.
<<Vaya –pensé tontamente- un extraterrestre bilingüe>>. Poco a poco me di cuenta de que no tenía nada que ver con esos cuentos chinos que salían en las películas o en los programas sensacionalistas. Me sentí irremediablemente fascinada por aquellos ojos inmensos, parecían contener la belleza de todos los mares, como si quisiera extender su inmensidad en la palma de mi mano. Fue todo un flechazo. Nunca antes había sentido esa explosión de sentimientos que se desbocaron sin que pudiera evitarlo.
El extraterrestre se quedó a mi lado, durante 3 años. Fue la historia de amor más extraordinaria que he vivido, una historia que nunca podré olvidar ni volver a vivir. Cuando tuvo que marcharse a su planeta, me dejó un vacío que yo sé que nunca podré llenar. Su forma de amar no se parecía en nada a la de cualquier ser humano, era como si el polo de los sentimientos inclinase continuamente la balanza a mi favor, como si todo lo que desease pudiese ser conseguido sin apenas mover ni un solo dedo de la mano. Sé que ningún chico podrá darme eso, que nunca jamás volveré a sentir con tanta intensidad y que nadie podrá curar mi herida.
Ahora recuerdo con pesar la frase que tantas veces me había repetido mi madre. Ahora esta frase cobra todo su sentido: <<La belleza está en el interior>>. Esta se ha convertido en mi divisa. Desde aquel día no he podido olvidarla y nunca más me he reído ni he vuelto a mirar a nadie por encima del hombro. Aquel encuentro me quitó la venda de los ojos, incluso a veces me pregunto si mi extraterrestre no sería un ángel, un bello ángel que me hizo entender el verdadero sentido de los sentimientos y como cualquiera de nosotros podemos ser bellos, precisamente porque ninguno de nosotros, somos dos gotas de agua idénticas.
Esther García, 2º ESO.

El sueño de Morfeo


Sábado por la mañana. Mi madre hace el intento de despertarme. Chillo que sí, que ahora me levanto, pero… ¡qué va!, me mantengo en la misma pose, sin mover ni un músculo una horita más. En esos sesenta minutos, me quedo durmiendo, totalmente sopa. Sé que ella ha continuado con la odisea de invadir mi espacio, zarandearme y hacer que me levante. Su voz va diluyéndose, como cola-cao en un tazón de leche caliente. De pronto noto su voz extraña, rara y sé que esa voz no es la suya. Es una voz demasiado fina, para lo grave que ella la tiene, una voz de niña, tal vez la voz de una adolescente de no más de quince años.
Al fin me incorporó y mi primera misión es ir a la cocina, para papear algo. Allí me he topado con una desconocida. Está de espaldas y su cuerpo me produce náuseas. ¿De dónde ha salido ese bicho? La miro fijamente. No tiene dos piernas ni pies. Tiene cuatro. De repente notó que el suelo está pegajoso, casi gelatinoso y estoy a punto de patinar en mi propia cocina. Decididamente esto es muy extraño. El ser que tengo ante mí no tiene pies, descubro que en su lugar tiene un apéndice que desprende un líquido repugnante, que a mí me hace recordar la baba de caracol. Es un ser tan horripilante, tan horroroso. ¡Es fea, la tía! ¡Feísima! Su fealdad adquiere un aspecto grotesco que me produce escalofríos. Su cara es deforme y tiene ocho ojos. La nariz son cuatro agujeros irregulares y no tiene una boca sino dos.
Si su cara es repugnante, su cuerpo lo es aún más: cinco brazos, cuatro ombligos, seis pechos, y eso sólo en la parte superior. Al final descubro que el apéndice gelatinoso sí que hace las función de un pie, y que le permite moverme muy, muy lentamente y también me doy cuenta de que tiene uñas y más dedos que un ciempiés.
Pero, ¿qué le digo? ¿Qué debo hacer? Ella no me explica nada. ¿Qué narices está pasando? ¿Dónde está mi madre? Me calmo e intento entablar una conversación. Le explico quién soy, cómo me llamo, cuántos años tengo. Y la miro con cara bobalicona, de niña que no ha roto un plato intentando que ella haga otro tanto. Pero ella no sabe mi idioma. Sólo hace ruidos asquerosos, como si aplastase un insecto con sus bocas: aaaaauuuuuaaauuuu…
No entiendo nada. ¿Qué querrá decir? ¿Qué pretenderá contarme? Después de dos horas inútiles, salgo disparada a mi habitación. Me encierro en ella, me echo sobre la cama, me tapo con la almohada. Todo esto después de haber tenido la precaución de cerrar la puerta con llave. Noto el sopor del sueño como una aguja clavándose en mi sien, una aguja que aguijonea mi cerebro y provoca que mis párpados se cierren; aunque yo, desesperada, intento mantenerme despierta. Tal vez sea mejor así. Tal vez, cuando despierte, ella se haya marchado, y se haya ido por donde ha venido, ese es mi único deseo.
A las dos horas escuchó mi nombre. ¡Carlaaaa! ¡Carlaaaa! ¿Carlaaaaa? Esa sí que es la voz de mi madre, ese sí que es sonido grave de su voz. Como soy sonámbula, le he contado a mi madre todo en sueños. Ella se echa a reír, pero sé que ese último ”aaaauuuuaaaa” le ha provocado un escalofrío, incluso permite que me quede en la cama un ratito más. Ese vagabundeo involuntario se ha convertido en mi tabla de salvación, ahora podré quedarme toda la mañana abrazada al sueño de Morfeo.
Carla, 2º B



El niño y el marciano
Al salir de mi casa, una luz se filtró en mi espalda. Al girarme vi dos grandes ojos verdes que me miraban. Su cara era redonda y su enorme boca me sonreía. De pronto se apagó la luz. No me lo podía creer: ¡Un marciano!
Yo le dije: -Hola. Y él me respondió: -Hola.
-¿Qué haces aquí?
-No lo sé. Iba a aterrizar en Marte, pero la nave ha virado en el último momento y ha equivocado la trayectoria. He aterrizado aquí- contestó tristemente.
Me di cuenta enseguida de que no era peligroso y le propuse que fuésemos amigos. Se le iluminó la cara y sus ojos verdes resplandecieron, con un movimiento de cabeza asintió, agradecido.
Al día siguiente fue a recogerme a la escuela. Todos mis amigos se quedaron estupefactos al verlo. No se lo podían creer. Lo que tenían delante de las narices era un extraterrestre y lo mejor de todo era que se mostraba cariñoso con todos, a todos los trataba con amabilidad y, por ese motivo, nadie se sintió en peligro. Todos lo aceptaron como a uno más.
A partir de ese día, siempre estaba con nosotros, salvo aquellos ratos en los que yo permanecía excluido en mi cuarto, haciendo los deberes y aún en esos momentos a veces estaba a mi lado y me ayudaba a resolverlos. Era increíble, pero sabía muchísimas más cosas que yo, en su planeta la enseñanza estaba muy avanzada. Era como si tuviera a mi lado una enciclopedia hablante. Durante el tiempo que permaneció a mi lado –casi un mes- mis notas subieron notablemente y los profesores estaban muy contentos con mi rendimiento, hasta mis padres habían observado el cambio.
Pero una noche se fue. Cuando descubrí que se había ido me sentí muy triste, pero a la vez agradecida, por todo lo que me había ayudado. Me había dejado una nota y en ella, después de agradecerme el apoyo y cariño con el que siempre le había tratado, me decía que si alguna vez necesitaba su ayuda, sólo tenía que colocarme de espaldas y pronunciar su nombre. Entonces me di cuenta. Cómo iba a llamarlo, si nunca se me había ocurrido preguntarle cómo se llamaba. Mi querido amigo se había ido; nunca más lo vería, nunca más oiría su voz aflautada, y no lo vería porque había cometido la tremenda estupidez de no preguntárselo.
Cuando me desperté al día siguiente, el alma me pendía de un hilo, nada ni nadie hubiera conseguido alegrarme. Pero entonces, noté un pequeño dolor en el cuello, algo que me pinchaba. Retiré la almohada y descubrí una pequeña cajita. En su interior, mi amigo había grabado su nombre. Era Thomas. Sentí tal júbilo, que estuve tentada de llamarlo, pero pensé no ese no había sido el trato: y guardé su nombre, al lado de mi corazón, como una ceniza caliente. Solo mucho tiempo después, volvería a pronunciar ese nombre, pero eso forma parte de otra historia.
Pilar, 1º G

Pelusa


Todo comenzó una tarde de verano después del desayuno con mis padres y Tom, nuestro perro. Apenas había terminado el desayuno, cuando me vi obligada a subir al autobús. Ahí estaba mi amiga, acompañada de “Marcups”.
Al fin llegué a mi instituto y allí vi la nota: “Esta noche vendrán a por ti: 3:35”.
Debí haberlo supuesto cuando vi a Marcups, riéndose y gritando esa noche era la “Noche extraterrestre”, el día que ellos habían marcado con una X.
-No iré- respondí- Estoy muy cansada y “don Reproche” nos ha mandado 130 copias para casa.
-Pues eso está fatal- respondió disgustado Marcups- Deberías ir, pues es una experiencia que nunca olvidarás, es algo lindo de ver.
Me alejé de él y me fui a clase. Todos estaban muy raros. No parpadeaban y todos llevaban un flequillo muy extraño… Le levanté el flequillo a Marilyn. Tenía una cosa verde, musgosa en la frente. Le toqué intentando arrancársela. Ella grito ¡socorro!, consiguiendo que apartase la mano, asustada. Entonces vi a la profesora metiendo sus narices en la conversación:
-¿Te pasa algo, María?- preguntó, asustada.
-No- le contesté. Mientras hablaba notaba los ojos de Marilyn atravesando su cogote. Sabía que ella estaba riéndose de la profesora, mientras yo me había quedado inmovilizada, ni siquiera podía mover el músculo de la lengua, para contestar a la profesora.
Menos mal que sonó la campana y me sacó del apuro. Lentamente basculé hasta el autobús y conseguí encararme en uno de sus asientos.
Cuando llegué a casa, me eché encima de la cama hasta las 3: 35. De pronto creí morirme, el ruido era tan ensordecedor, que pensé que la casa del lago se había derrumbado. Llamé corriendo a papá y mamá. Tenían esa cosa verde, musgosa y pegajosa que anteriormente ya había visto en la frente de mi amiga. Ellos siguieron durmiendo, ni siquiera contrajeron su rostro, así que salí de su habitación y me dirigí al lugar de donde había surgido el terrible golpe. Era verdad, parte de la casa estaba derruida y Tom se había vuelto loco, se movía en círculos concéntricos y no paraba de ladrar. En cuanto me vio aparecer, salió hacia mí como un rayo pero, como ni me inmuté, salió corriendo hacia la habitación de mis padres.
En un momento dado sentí el contacto frío de una mano. Me giré y allí estaba él: ¡el extraterrestre! Fue tal la impresión, que me giré hacia atrás y caí en un tremendo sopor.
Cuando desperté, creí que todo había sido fruto de mi propia ensoñación, un sueño provocado por todas esas situaciones extrañas que estaban produciendo en el pueblo. Me levanté y a trompicones me dirigí al cuarto de baño y…. ¡Oh, no! ¡Esa temible cosa verde y musgosa! ¡La maldita señal! No quería electrocutarme, pero la mano se movía poderosamente hacia el objetivo. Rasco un poco… y
¡Simplemente era pelusa! Una pelusa verde y blandita que salió disparada hacia el cristal. Levante el brazo, para aplastarla, pero ya era demasiado tarde. Se había esfumado ante mis narices y en su lugar había una mancha terrible de un tinte inconfundible y gelatinoso.
Inma, 1º F


La isla de la bestia

Os contaré la historia que siempre os he querido contar, mis queridos lectores, una historia que se remonta a aquellas vacaciones, cuando todavía era un crío y me ganaba la vida, trabajando como grumete en los barcos.
Diario de a bordo:
Hace mucho tiempo que no vemos tierra. Tanto yo, como el capitán de la tripulación o el resto de mis compadres estamos preocupados. Ni siquiera un triste islote, ni un mísero promontorio desde donde observar las tormentas. El suboficial siempre repitiendo la misma cantinela, pero me es imposible, a los grumetes no se nos está permitido decidir, pero al menos nadie nos ha robado aún la capacidad de pensar.
Hace mucho tiempo que no veía al capitán tan preocupado. Sólo sale de su camarote para contemplar los atardeceres o para vislumbrar el nacimiento de la mañana. Hace tiempo que hemos dejado de seguir un rumbo fijo y que tenemos la sensación de ir navegando en círculos, como si un tifón se hubiese colgado a las velas. Esperamos alguna señal, que amaine el temporal, que se despejen las incógnitas o de lo contrario, empezaremos a menguar, se desvariará nuestra capacidad de discernir, al igual que han menguado los víveres que hace mucho que escasean. Ojala nazca un nuevo día, ojala la llegada del alba, venga acompañada de bonanza.
William Brak Perci.
Al día siguiente el general se levantó pensando que todo iba a ser mejor y milagrosamente así fue. El marinero miró a estribor y descubrió una gran isla, con selvas profundas en medio de una montaña que parecía una gigantesca Babel. El barco viró en aquella dirección rumbo a la isla… nadie pensó que estábamos en medio de un océano caprichoso, en la posibilidad de que la isla fuera peligrosa.
Lo sorprendente del nuevo territorio fue el ambiente de desolación y exterminio que encontramos. Todos los indígenas habían muerto. No tenían síntomas de enfermedad ni tampoco sus rostros mostraban huellas de haber sido expoliados o atacados; la única pista era la estrella de cinco puntas que tenían en la frente.
Como de costumbre únicamente habíamos bajado los suboficiales, un explorador y yo. Volvimos al barco con algunas provisiones de las que pocas que habíamos podido encontrar; nadie quería hablar, pero en nuestros rostros se dibujaba el horror: lo que habíamos visto sólo había podido ser obra de Satán. Se lo dijimos al capitán, pero no al resto de la tripulación; no queríamos que se alarmasen, el pánico en alta mar puede provocar locura, incluso ser la causa de un motín que podría haber sembrado la desgracia.
Dos días más tarde, encontramos otra isla; esta vez el descubrimiento se había dado en apenas un lapsus temporal y todos sentimos el gusanillo de la esperanza. En esta ocasión no pudimos contener a los hombres, por lo que todos desembarcamos. Yo y el explorador fuimos a echar un vistazo. Poco tiempo después vimos a aquel ser extraño, que se movía sigilosamente y decidimos seguirlo, no sin antes volver a por refuerzos.
Acampamos en medio del bosque y… cuando la noche ya estaba negra como la boca de un lobo, lo vimos correr. Lo seguimos y para nuestra sorpresa nos dimos cuenta de que llevaba en la frente la misma estrella de cinco puntas que llevaban los indígenas. Llevábamos antorchas y por eso pudimos ver cómo se transformaba: como esa cosa adquiría una consistencia viscosa y como le crecían antenas. Tenía tres ojos, una boca pequeña y carecía de nariz. No tenía pies sino tentáculos. De repente nos dimos cuenta de que sollozaba, era un sollozo tan desconsolado que nos quedamos mudos, sin saber qué hacer o decir. Lo peor fue que de pronto el ser parecía haber desaparecido y nadie sabía qué dirección había tomado… hasta que nos dimos cuenta de que estaba detrás de nosotros, era el mismo ser pero ¡tres veces más grande! Lo único que lo diferenciaba – y por eso supimos que nos habíamos equivocado- era que uno de sus brazos se había transformado en una especie de proyectil que lanzaba unos cañonazos que expulsaban una especie de balas.
No pudimos vencerle. De hecho yo fui el único que escapé con un mensajero. Ambos corrimos con todas nuestras fuerzas, porque sabíamos que un solo titubeo podía rajar nuestros pellejos, transformándonos en idénticas momias a las que habíamos visto y ninguno de los dos estaba dispuesto a dejarse morir.
Por fin encontramos una especie de poblado y les entregamos una carta. Los que creyeron nuestra versión, nos siguieron. Yo mismo les señale la ensenada donde nos había atacado la bestia. Pero, si mis palabras no eran lo suficiente elocuentes, allí estaba otra vez. Parecía haber salido de las entrañas de la tierra, como si ella misma lo hubiese regurgitado, de la misma manera que Cronos había vomitado a sus hijos. Nos atacó de nuevo, pero en esta ocasión supimos cómo vencerle. Le clavamos 10 lanzas, lo atacamos entre todos, asestándole tantos mandobles, que logramos vencerlo.
La bestia cayó rendida, eso fue al menos lo que ha quedado escrito en los anales de nuestra historia y ese fue el único tema de conversación que nos mantuvo despiertos durante el banquete. Enterramos el cuerpo en el mismo lugar donde había surgido por primera vez, después de colgar su cabeza cerca del campamento, para preservarlo de posibles ataques. De este modo fue cómo capturamos a la bestia, a la que bautizamos como el Kraket. A partir de aquel día nuestra suerte cambió para el resto de nuestras vidas.
Así es como cuento la leyenda del viejo Trequet a mis nietos y así es como logro que la leyenda perviva. Yo con mis setenta y nueve años he vivido lo suficiente para contarlo; espero que esta leyenda no sea olvidada y que nadie sea tan estúpido como para volver a comprobar si es cierta. Sería una locura volver allí: nunca se sabe si el chasquido de una rama puede despertar a la bestia.
Marcos, 1º F


Petrificados


Domingo, 4 de la madrugada. Una gran explosión, que se escuchó en toda la calle, me ha despertado. Al igual que todos los demás, miré desde mi ventana y observé un gran resplandor, una luz blanca que cegaba. Lo único que notábamos por el sonido era que caían más y más objetos del cielo, pero nadie sabía exactamente qué eran. Todas las personas habían salido a la calle para ver esas cosas.
De repente sólo se escuchaban gritos aquí y allá pidiendo ayuda. Vimos esfumarse la luz blanquecina y descubrimos que se trataba de unos monstruos con aspecto de personas pero que tenían la piel verde. Sus dientes rectangulares se asemejaban a dientes de tiburón blanco, pero tres veces más grandes y devoraban a todo aquel que previamente había sido petrificado por unos ojos amarillos y terroríficos que brillaban más que la luna. Lo único que pude hacer al ver toda esa sangre fue ir corriendo a la habitación más segura de mi casa, pero ya era demasiado tarde.
Esas cosas estaban por todas partes. Me di la vuelta y me desmayé solamente al sentir su apestoso aliento en mi cara. Eso es lo único que recuerdo, ahora que todo ha acabado. En estos momentos no sé dónde estoy, siento que todos los músculos de mi cuerpo se contraen, pronto dejaré de moverme. Puedo pensar, sin embargo, me es imposible desplazarme y me pregunto qué va a ser de nosotros, ahora que estamos petrificados. Toda la ciudad, amordazada, impasible, detenida en un agujero negro, en un tiempo ¿inexistente?
Rolando, 1º F



Con mis propios ojos


Todo empezó aquel día que me mudé a una pequeña y humilde residencia universitaria. Siempre había vivido con mi abuela y estaba segura de que vivir sin ella me vendría bien después de tantos años.
Como estaba sola y las habitaciones eran, como mínimo de dos personas, me asignaron una compañera de habitación a la que no había visto en mi vida. En fin, ya me acostumbraría.
Caminé torpemente con mi equipaje hacia la habitación, fijándome bien en los números de las puertas con el objetivo de encontrar el número dieciséis. Afortunadamente sólo tuve que subir un piso ya que llevaba un montón de maletas y no había ascensor. Cuando llegué a la habitación, abrí la puerta con la vieja y oxidada llave que me habían proporcionado en recepción. Allí me habían dicho que mi compañera aún no había llegado.
Para mi sorpresa, la habitación no estaba vacía. ¿Se habían equivocado en recepción? Divisé una maletita en la litera superior junto a una chaqueta de cuero. Pasados cinco segundo, me percaté de que alguien me observaba.
-Hola- Me saludó con timidez.
Su voz era rara, sin parecido alguno a las voces que escuchas todos los días. Era suave y lenta, aguda, como la de un niño y con un matiz robótico.
La saludé con la mano, pues estaba bastante para responderle. Era obvio que ambas éramos bastante tímidas, ya que ninguna de las dos habló en dos minutos. Me limité a guardar mis cosas en uno de los armarios. A pesar de no ser muy habladora, quise romper el incómodo silencio que se había producido. Alcé la mirada para hablar pero se me quebró la voz: Me quedé hipnotizada al ver su mirada. Sus ojos eran verdes. Un intenso verde que parecía desprender luz propia. Unos ojos enormes, con unas pupilas que asemejaban un pozo sin fondo. Me miraban a través de unas largas y negras pestañas, esperando a que hablara. Entonces me di cuenta de que estaba boquiabierta, incapaz de que mi boca articulara palabras y sin poder apartar los ojos de su mirada,
Cerré la boca, me tranquilicé e hice un gran esfuerzo para hablar:
-Soy Noelia, ¿y tú? – tartamudeé dejando la frase en el aire para que me respondiera.
-Nicole- contestó de inmediato con una voz que me continuó resultando extraña.
Vio que mi equipaje no cabía en el armario.
-¿Quieres usar mi armario? Yo solo llevo esto –dijo señalando su escaso equipaje- Solo utilizaré este cajón- añadió, mientras abría uno de los cajones de su armario.
-Gracias- respondí, cayendo de nuevo en la tentación de mirar sus impactantes ojos.
Su piel era muy pálida y esto hacia que sus ojos impresionaran aún más. Tenía el pelo negro como el carbón, lo que destacaba sobre su tez de porcelana; además, le caía perfectamente liso hasta la cintura.
Me dedicó una amplia sonrisa y enseguida se dispuso a guardar su maletita en el cajón que había señalado.
Me preguntó sobre la carrera y las asignaturas que había escogido. Las dos queríamos estudiar Medicina. Me chocó que dijera que la razón por la cual estudiaba medicina era para estudiar el cuerpo humano, era demasiado obvio.
Pasados dos días me crucé por los pasillos a uno de los encargados de la limpieza.
-¿Noelia García?- me preguntó- Eres tú, ¿verdad?
-Sí, claro. Soy yo. ¿Ocurre algo?- me preocupé.
-No, nada grave. Sólo me han dicho que tu compañera no vendrá hasta dentro de dos semanas. La recepcionista quería que lo supieras.
-¿Mi compañera?- Me extrañé- ¿Está segura de que se refería a mí? Lo digo porque acabo de estar con ella y llegó hace dos días- le informé.
La limpiadora dijo que seguramente se había equivocado, encogiéndose de hombros. Yo, algo intranquila por la información, me fui a clase.
Cuando volví de las clases, mi compañera ya había llegado. Sus libros estaban encima del escritorio; junto a ellos había nota que decía:
“Estoy estudiando en el baño”
Me sorprendieron dos cosas. La primera, que estudiara en el baño. ¿Quién estudia en el baño? Me imaginé que sería por cuestiones de concentración. Solté una risita por lo bajo. Lo segundo, que estudiara sin sus libros. Para eso no tenía ninguna respuesta.
Los siguientes días transcurrieron igual: al volver de las clases se encerraba en el baño, con o sin libros. No fueron estás las únicas cosas que me llamaron la atención, también hubieron otras. Nunca repetía modelito, llevaba una gran variedad de complementos y todo lo sacaba de su minúscula maletita. Sus encierros duraban apenas 15 minutos y en sus notas, no bajaba de diez.
Aprovechando uno de sus encierros en el baño, me dirigí hacia el armario y abrí el cajón donde guardaba la maletita. No estaba.
En ese momento salió Nicole del baño con su maletita y la depositó en el cajón. En cuanto salió de la habitación, abrí el cajón. Me imaginé el interior de la maleta: toda la ropa doblada cuidadosamente dentro. Cogí la maleta con las dos manos, pues pesaría bastante si había tanta ropa. Sorprendentemente era ligera, como si estuviera vacía. Estaba segura de que guardaba toda esa ropa ahí. Yo misma le había visto sacarla y meterla. En ese momento escuché la puerta. Era ella, así que guardé la maleta en su sitió, rezando para que no se hubiese dado cuenta.
Habían pasado dos semanas desde que había llegado a la residencia y ya me sentía muy a gusto con mi compañera, que había pasado a ser mi amiga. El domingo, sin embargo, alguien llamó a la habitación, justo cuando ella no estaba. ¿Nicole? No, ella tenía llaves.
Abrí la puerta. Era una chica de estatura mediana y pelo rubio hasta los hombros.
-¿Quién eres? –le pregunté, al no poder identificarla.
-Soy Nicole, tu compañera. ¿No te dijeron en recepción que tardaría dos semanas? ¡Qué raro! Me dijeron que te informarían.
Palidecí. Si ella era Nicole, ¿quién era mi compañera? No entendía nada. Le dije que sí me lo habían dicho, intentando disimular. Enseguida se fue para hablar con la directora de la universidad y contarle las razones por las que no se había incorporado antes. Según lo que me dijo, había sufrido una grave enfermedad.
A los cinco minutos entró la que yo había conocido como “primera” Nicole. Parecía decepcionada, enfadada. Le pedí explicaciones, pero sólo me dijo:
-Lo siento, Noe, todo me ha salido mal. Nicole no debería haber llegado tan pronto, por eso elegí su identidad. Yo sólo quería aprender las costumbres de este planeta. No he cumplido del todo esa parte. Lo siento, de veras, gracias por todo, gracias por tu amistad, pero tengo que irme.
-Pero… ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por qué? –le respondí, sin entender la mitad de sus palabras.
Agarró la maleta y me cogió de la mano, arrastrándome hasta el baño. Depositó la maleta en el suelo y la abrió. Dentro había una bola del tamaño de una canica. Seguidamente deslizó cuidadosamente sus dedos hasta un pequeño compartimento que tenía muchos botones y un pequeño agujero.
Nicole introdujo la bola en el orificio y marcó un número de más de veinte dígitos en un teclado que había situado al lado del agujero.
-Me voy, Noelia. Nunca debí pisar la tierra, ni desvelar mi identidad. Soy extraterrestre, aprendí uno de vuestros idiomas y vine para conocer cómo erais. Tú me has ayudado. Gracias, otra vez.
De la pequeña maleta salió una máquina enorme. Nicole pulsó varios botones y al instante la estancia se llenó de humo. De pronto, el humo se desvaneció y Nicole con él.
Conté esta historia a mis compañeros. Se la tomaron a broma. Nadie pensó que esos hechos ocurrieran de verdad. Yo misma, después de tantos años, dudo de ello. Veo esos recuerdos lejanos, borrosos, inciertos. Las imágenes se oscurecen y se esconden hasta desaparecer. Estoy menos segura cada vez de lo que vi con mis propios ojos.
Raquel, 2º B

 

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Comentarios Examen de lectura. 1º ESO. Todas las historias.

La de el furor cobalto de todas las tormantas da mucha pena pero esta muy bien escrito.
Ruben Ruben 22/05/2014 a las 15:59
Con mis propios ojos es muy bonita e inreresante
Ruben Ruben 22/05/2014 a las 18:57

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