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Estimula tu creatividad en Halloween: Algunas leyendas.

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Algunas historias más: Jorge y Alex.

La historia más aterradora que conozco es la que le sucedió a una niña de 10 años de edad. Todo empezó cuando los padres de la pequeña tuvieron que salir de viaje. A la niña la dejaron con la vecina para que la cuidara y, no contentos con eso, le compraron un perro, para que no se sintiese sola. Ella le dedicaba muchas horas al animal, realmente lo mimaba y cuidaba y, cuando llegaba la noche y se sentía desvalida, sacaba la mano para que el perro se la lamiera. De este modo se sentía acompañada. Pero, la última noche de la semana, la pequeña escuchó un ruido extraño detrás de la puerta de su habitación y tuvo mucho miedo. Sacó la mano una vez más y se sintió reconfortada. Allí estaba su buen amigo, lamiéndole la mano y tranquilizándola. En un momento dado alguien golpeó la puerta con fuerza. La chiquilla encendió la luz y se encontró a su querido animal, su fiel compañero de juegos, muerto en medio de la habitación. Corrió lo más rápido que pudo y se encerró en el baño, mientras lloraba desconsoladamente; allí, en el espejo encontró una nota escrita en sangre que decía: “No sólo los perros lamen”. A la mañana siguiente, la policía confirmó que la sangre del espejo pertenecía al pobre animal, y la pregunta que saltó, como una bofetada, fue: ¿quién había lamido la mano de la niña, si el perro estaba muerto? Dicen que ese fue el inicio de la locura de la niña y que nunca se recuperó.

 


Hace tan solo un par de años un viejo agricultor volvía por la terminal del omnibus, después de un largo y cansado día de trabajo. Llovía con fiereza y por eso, la visibilidad del camino era casi nula. Después de unas horas de trayecto, el hombre llegó al primer semáforo. Había recorrido un largo trecho, atravesado zonas rurales y caminos deshabitados y ahora volvía a aparecer las luces de la ciudad. Quería llegar rápido a su casa, así que se saltó el semáforo y siguió. Iba tan absorto en sus pensamientos que no vio a la chica que pasaba por el camino. El coche pasó sobre ella como si de una piedrecita se tratara, lo que provocó que la desesperación se instalara en su rostro. Al ser de noche, la calle estaba vacía y no se divisaba a nadie. El hombre pues intentó continuar, como si nada hubiera sucedido. Mientras seguía su trayecto hacia la terminal, preocupado por su alguien lo había visto, escuchó un sufrido y continuo llanto. “Qué extraño”- pensó. Todas las personas habían bajado antes”. Pero, cuando se dispuso a mirar por el espejo retrovisor, la visión que tuvo lo aterró. La chica, a la que había atropellado, estaba allí en el asiento trasero y lloraba desconsoladamente.

 

Hay quienes dicen que en los del barrio de Chacarita, cerca del cementerio hay un taxi muy particular. Este taxi únicamente recoge a las personas que salen del cementerio después de visitar a sus seres queridos para convertirlas en cadáveres. En 1978 un periódico de barrio, ya desaparecido, publicó una noticia donde afirmaba que un hombre encontró a una señora muerta encima de la lápida de su madre. Los médicos afirmaban que la mujer tenía una depresión profunda causada por el fallecimiento de algún ser querido, en este caso su madre, pero, sin embargo, ciertos chismes contados por los vecinos hacían referencia a un mito que iba de boca en boca por las ventanas de las casas y que nos hace dudar sobre lo que realmente le sucedió a la víctima.
La leyenda cuenta que la mujer en cuestión estaba cansada y no quería caminar tanto hasta la parada del autobús, así que decidió coger un taxi. Enseguida divisó uno que venía, lo paró y se subió. Seguidamente le indicó al chófer la dirección mientras se sumergía en sus recuerdos, los de una madre besándola tiernamente, una madre que había estado viva y que ahora ya no estaba. Estas visiones le impidieron distinguir la palidez del conductor o el lentísimo cabeceo con que respondía al escuchar la dirección. Pronto sintió frío, un frío inexplicable y que jamás en ninguna otra ocasión había sentido. Quiso cerrar la ventanilla, pero esta estaba ya cerrada. Fue entonces cuando prestó atención a ciertos rasgos físicos de quien iba al volante. Quiso hablarle, pero, se quedó sin palabras al verle las manos flacas, tan inexplicablemente huesudas que tenían la piel incrustada en los huesos, unas blancos blanquísimas, exánimes. Entonces intentó descubrir la cara a través del espejo, pero no pudo, ya que estaba acomodada de tal manera que sólo podía ver el asiento vacío del taxista.
Decidió no claudicar y le hablo: “Perdón”-dijo. No obtuvo respuesta; ella no se amedrentó e insistió, pero ningún sonido salió de su interlocutor. Alzo entonces su mano para tocar el hombro del conductor y fue entonces cuando se llevó un susto tremendo. Su propia mano era una mano pálida, flaca, como la de un muerto. Se palpó la otra mano y se dio cuenta de que era igual. No podía creérselo, pero, si su incredulidad era férrea, también lo fue la imagen que vio reflejada en el cristal. Se trataba de rostro de un cadáver y lo desesperante era que el rostro era el suyo. Intentó llorar, pero no pudo, las lágrimas parecían haberse secado mucho tiempo atrás, tal vez durante el periodo de convalecencia de su madre. Luego el taxi paró y pudo comprobar que habían vuelto al mismo lugar: el cementerio de Chacarita. No le preguntó al extraño hombre el motivo de esa parada porque escuchaba voces en su interior. Eran las voces de las lápidas que susurraban su nombre, llamándola hermana, hija querida, porque eso era ella, una de los suyos y había llegado al fin a casa.
Hay taxistas que hablan sobre un ser raro que nunca se reúne con la gente, que, ni siquiera sale para comer algo. Las pistas existen y son escalofriantes, como el letrero RIP 666. Sabemos que lo primero hace referencia a una tumba y que el número va asociado desde tiempos inmemoriales al diablo. No todos corren la misma suerte de la mujer. Un hombre asegura haberse salvado al ver a su padre muerto en una bicicleta, hecho que lo devolvió a la realidad. Prestó atención, aguzó la vista y así pudo verle el rostro al conductor y se tiró a la cuneta. Este hombre asegura que el misterioso lo seguía, que era una sombra pegada a su aliento. También se cuenta que, una semana después de relatar la historia, el hombre falleció. No se sabe a ciencia cierta si esto es verdad o mentira. Tal vez la verdadera nunca la conozcamos, pero, por si acaso, cuídense de andar por la zona del cementerio de Chacarita.

 

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