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Luis de Francia o la venganza del campesino.

 Y he aquí la historia que se ha inventado Fabian. 
Acaeció esta historia en el reino de Francia, allá por el año 12…
Gobernaba Luís, un rey cruel y ambicioso. No ansiaba otra cosa que extender sus dominios y lograr de este modo más y más poder y, para conseguirlo no dudaba en organizar reyertas, batallas contra reinos continuas y sanguinarias y para poder llevar a cabo sus propósitos necesitaba cada vez más armas. Su caprichosa y enfermiza sed de poder le llevó a exigir a sus súbditos cada vez más dinero y a quién no pagaba los tributos lo atravesaba ferozmente con su espada, e incluso, en su crueldad insana, lo decapitaba o emparedaba.


Logró conquistar innumerables reinos en Castilla, Aragón, Portugal, Navarra, Granada. Y conquistó territorios tan codiciados por otros como Inglaterra, Escocia, Irlanda, Dinamarca, el Sacro Imperio Germánico, el ducado de Aquitania y hasta parte de Noruega y Suecia.


Un día, un humilde campesino se negó a pagarle el tributo exigido, el rey montó en cólera y lo emparedó.


Así pasaron los años y para demostrar su poderío, el rey mandó construir una espléndida catedral en París, a la que llamó Notre-Dame. La construyó solo para demostrarles a los acuciados por su salvajismo, lo que era capaz de realizar. ¡Hasta donde llegaba su arrogancia!


Un día, un obispo de la catedral fue corriendo al palacio del rey. Estaba ido y tenía una expresión angustiosa, el horror que reflejaba su rostro hubieran conmovido a cualquiera. Pero el rey ni se inmutó.


-¿Qué os pasa?- le preguntó el rey, al ver su consternación.


-He visto a Satanás. ¡Ha sido horrible! Su cuerpo salió de un humo putrefacto y tenía los ojos rojos, eran tan rojos esos ojos, majestad, y estaban tan llenos de odio que yo---


El rey se puso furioso y le contestó:


-¡Dejaos de estupideces! Bien sabéis vos que debe haberse tratado de una ilusión. ¡Obispos de otros reinos sabrían mostrar más inteligencia y valor que vos!¡Vergüenza debería daros! ¿No sois vos acaso un francés? ¡Demostradlo, pues! ¡Un francés no tiene miedo ni escucha niñerías infantiles! ¡Os exijo que volváis de inmediato a la catedral!


-Mas yo sabría, majestad, reconocer si de ilusiones mías se tratan y, os aseguro, buen rey,, que no ha sido ninguna visión.


-¡Sois un imbécil!¡Idos al diablo en mala hora!


-Os… os lo ruego, por… por favor, creedme.


-¡Me tomáis por memo!


-No. Eso jamás majestad, pero…


-¡Callaos, maldito!


-Escuchadme, por favor.


El rey, harto de la charlatanería del hombre, le hablo a uno de sus esclavos, señalando al obispo.


-¡Sea decapitado inmediatamente!


El esclavo cogió entonces un hacha y partió el cuello del infeliz, quien, al instante, yació exánime.


Pero la historia del obispo corrió de boca en boca, de casa en casa y todo el mundo hablaba del Satanás del pobre obispo. Cientos de campesinos , esclavos y obispos aseguraban haber visto a dicho fantasma. Los obispos castellanos y aragoneses decían que era una bendición de Dios, y que ese Satanás acabaría con sus tribulaciones, que sería su salvador y que por fin daría muerte al rey. Todos volverían a ser felices en sus reinos. Así que había cada vez más hombres de todas las clases sociales dispuestos a darle un empujoncito a Satanás para que se decidiese. El rey estaba furioso y no paraba de asesinar a quienes tenían la temeridad de hablarle de ese supuesto Satanás. Pero la leyenda cada vez estaba más viva y como el rey no era ningún alma valiente, decidió huir, marcharse con sus esclavos más fieles al reino de Nápoles. Le aterroriza la idea de que le diesen caza y lo decapitasen.


Entre los esclavos se encontraban muchos arquitectos y constructores de prestigio, así que, gracias a eso, se hizo más leve el destierro, ya que estos le construyeron un palacete, más pequeño, pero similar a su residencia de París.


Todo parecía sumido en una agradable y plácida paz para el malvado rey. Más una noche, cuanto estaba a punto de acostarse, un gas negro rodeo el halo de su habitación. Todo se llenó de humo, el rey nunca había visto una niebla similar. Apareció en ese momento una escultura de rostro siniestro que, al instante, se resquebrajó y de su interior salió un ser muy extraño, muy parecido al que había descrito el obispo de Notre –Dame.


El fantasma se giró y miró al rey con rostro adusto, después con voz grave y resonante le dijo:


-¿Sois vos, Luis de Francia?


-El mismo- dijo él que, aunque estaba realmente sorprendido, adoptó una pose burlona, que no le gustó nada al fantasma.


-¿Os acordáis de mí?


-No. ¡Es la primera vez que hablo con un espíritu! ¿De qué íbamos a conocernos vos y yo?


-Yo era un pobre campesino sin dinero ni posesiones y me obligasteis a pagaros para satisfacer vuestra ambición. Pero, como no podía daros nada, mandasteis que me decapitasen.


-¡He emparedado a tantos! Lo siento, más si esa es la única información que dais no puedo acordarme de vos- contestó en tono sarcástico.


-¿Y os burláis así, despreciable? No os preocupéis. Ha llegado el momento de vuestra muerte.


El rey sintió en ese momento una quemadura horripilante que le causaba un dolor intenso.


-¿De dónde surgen estos torbellinos de horrendo fuego? ¿Qué está devorando mis entrañas? ¡Qué tortura! ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy! ¡Es un dolor insoportable!


-¡Todo es poco para tus culpas!


-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Piedad!


-Muere, maldito, muere.


Y en ese instante el rey cayó sin vida al suelo y su último aliento se extinguió.
Al día siguiente, los esclavos lo encontraron muerto. Daban vítores y lo primero que dispusieron entre todos fue su regreso a Francia. Avisarían a todos los reinos de su desaparición, les dirían que el rey había muerto.


Fue todo una fiesta su desaparición, todos se alegraron de su suerte.
Hoy en día, el asesinato del rey Luis sigue siendo un misterio pero, tú sabes ahora qué pasó y cuál es el final de aquellos que se encierran en sí mismo, en la locura de la ambición.

 

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