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Y este que aquí os presento, es mi mundo

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Y este que aquí os presento, es mi mundo.

 

Hola, me llamo Laura Yo llegué al mundo en el Hospital General de Valencia, el 21 de Junio de 1996 a las tres de la mañana, eso al menos me cuentan mis padres. Vivo en Torrente y estudié primaria en el colegio Miguel Hernández, etapa que recuerdo con muchísimo cariño, pues allí pasé los mejore años de mi vida, con diferencia.

En cuanto a mi familia, que hace poco se ha incrementado, considero que estoy muy unida a mi padre. Él tiene los ojos verdes, muy grandes y su pelo es oscuro, aunque poco a poco se va cubriendo de canas. Su constitución no es corpulenta, es más bien una constitución cercana a la media, hasta en el peso, que ronda los 70 u 80 Kg. Resalta su piel curtida, oscura, así como ese fuerte carácter que fluye en ocasiones, sin motivo evidente. En eso se parece mucho a mí, ambos tenemos bastante pronto. Pese a ello, no lo cambiaría por nada del mundo. No quiero decir con eso que sea el mejor, simplemente es el mío, el que me ha tocado a mí y lo quiero muchísimo. Con eso basta. Por cierto, se me olvidaba, se llama José.

En cuanto a mi mentora, mi madre, ella tiene la misma edad que mi padre, 43 años. Físicamente yo soy su gota de agua. Nos parecemos mucho en la cara. Sus ojos son negros, delineados con trazo grueso. También coincidimos en el pelo, ambas somos morenas, aunque ella lo lleve habitualmente mucho más corto, a mí, personalmente, me encanta llevarlo largo.  No es el único rasgo que nos identifica, también tenemos unos labios finos y una enorme sonrisa. Además mi madre tiene una piel preciosa, la piel más suave que existe en el mundo, cuyo olor es inconfundible. En su forma de ser, suele mostrarse responsable y muy tranquila y segura de sus logros o posibilidades. Por eso sé que es fuerte, pese a la humildad aparente. Ella es increíble, yo diría que atravesaría todo el desierto si fuese necesario y Mahoma no moviese ni un ápice para mover la montaña. Se llama Rosi.

¡Ah, se me olvidaba! Tengo un hermano pequeño, de 10 años. Él tiene los ojos almendrados y grandes y una nariz, perfecta, así como unos labios carnosos y pronunciados. También destaca esa piel que parece ensombrecerse con facilidad. Es un chico alto para su edad, está delgado y es bastante travieso, tozudo. Él y yo siempre estamos discutiendo. Me acusa, mofándose de mí o riéndose por lo bajini, de loca, según él estoy muy chiflada. Pero tanto él, como yo, sabemos que tenemos que llevarnos bien y pese a las diferencias, nos queremos mucho. Lo digo muy claro, aunque alguien pudiera acusarme de cobardía: sin él no sé qué haría, qué sentido tendría mi vida.

Soy una chica bastante alta. Mido aproximadamente 1, 67; en cuanto a mi peso, calculó que rondará en torno a los 52 kg. De mi figura destaco mis grandes ojos marrones, muy acentuados y rasgados, la nariz chata y esos labios carnosos y sonrosados, bien delineados.

En cuanto a mi carácter, sé que tengo defectos, supongo que como todos, por eso intento reconocerlos y, rectificarlos, siempre que puedo. Soy orgullosa e incluso a veces un tanto malintencionada, tal vez sea porque tengo un humor variable, por qué me comporto de una u otra manera dependiendo de la persona que tengo delante. Lo reconozco, yo soy clara, no sé fingir y si la persona que está delante no me gusta cómo es, me muestro arisca. Además, aunque no se me olvide lo que tengo que hacer, a veces soy un poco despistada. 

Otra cosa que me define es la facilidad que tengo para encariñarme; suelo ser entonces afable, cariñosa, educada o agradecida. Sin embargo, también es cierto que a veces soy posesiva y hasta puedo llegar a ser un tanto criticona. Lo cierto es que no me avergüenza reconocer mis fallos, y si algo lo hago mal, intento rectificar.

Las personas que me quieren bien dicen de mí que soy dulce y bastante inocente pese a que a veces aparezca mi vena sarcástica, aunque eso ocurre en contadas ocasiones. Sé, por otra parte, que soy muy sensible, demasiado. Es un rasgo de mi forma de ser que no me gusta demasiado, pero es cierto: reconozco que me cuesta bastante expresar mis sentimientos; muchas veces titubeo y no sé qué debo decir o hacer. Pese a que en ocasiones puedo resultar imprevisible, creo conocerme bien, considero que esas lagunas son propias de mi inexperiencia, tal vez sea porque aún soy muy joven.

En mi tiempo libre me gusta leer, escribir o bailar. Lo que más me apasiona es poder escribir sobre mí, mostrarle al papel cómo me siento, lo que está pasando por mi cabeza. Desde luego prefiero recapacitar por mí misma a que me digan en todo momento qué es exactamente lo que debo decir, es algo que no soporto. Detesto que me inculquen una serie de obligaciones, de la misma manera que detesto que ver llorar a mi hermana.

Si tuviese que quedarme con un momento de mi vida, éste sería el día del nacimiento de mi hermana, hace ya un año. Recuerdo que siempre había querido tener una hermanita, pero ya éramos dos y mis padres ya eran mayores. Así que me hice a la idea de que no podría tener una hermana, que ya era tarde para eso. Felizmente, no fue así. Un día, un día que parecía idéntico a los otros, mi padre nos llamó y dijo “Toca, reunión familiar”- Lo primero que pensé era que estaba chiflado. Mi hermano y yo le miramos expectantes. Yo pensaba que soltarían alguna tontería, incluso llegué a pensar que se trataba de una conversación tan inocente, como la que explica que los niños vienen de la cigüeña o algo así. Pero no se trataba de so. Todavía recuerdo cada uno de sus gestos y palabras. Había llegado la hora de la confesión.  Mi padre reincidió en esa idea y me dijo: -¿No querías una hermana? Entonces lo comprendí todo. Ahora todas las piezas encajaban: el motivo de que mamá no fumase, de que bebiese únicamente cerveza sin alcohol. Recuerdo además con cuánta celeridad llamé a Andrea y se lo conté. Ella y yo nos abrazamos, desde luego desde ese día ya no he sabido lo que significa la tristeza, sólo faltaba que encima fuese una niña. La verdad, yo sólo quería que tanto a mamá como al bebé no les ocurriese nada malo.

Pasaron unos meses. El embarazo no carecía en riesgos, lo que era lógico dada la edad de mi madre. Entonces le hicieron aquella prueba, que averiguaba lo que estaba ocurriendo dentro de cuerpo, los progresos de la criatura. Cuando fuimos a recoger los resultados el 21 de agosto de 2007, fecha que tengo aún muy presente en mi recuerdo, yo estaba asustadísima, pues cabía la posibilidad de que el bebé no estuviese bien. Por eso tanto papá, como yo, cruzamos los dedos antes de entrar y no respiramos hasta que –después de haberme sentado, por recomendación suya- nos dijeron que el bebé estaba bien, todo estaba saliendo como estaba previsto.

En ese momento me daba igual que fuese nene o nena, lo único importante, era que estaba todo en regla. Tanto papá como yo, acercamos las manos, nos las apretamos y nos dimos ánimos. Yo sé que hoy no estaría bien, si no fuese por su continua presencia y alegría contagiosa.

Salimos del hospital y recuerdo que yo no paraba de llorar, y que mis lágrimas provocaron las lágrimas de mis padres. Y aunque mi hermano – como era lógico- quería un chico, yo sabía que lo querría de todas formas, que lo protegería afectuosamente por encima de todo. Llegamos al chalet, pues era verano y solíamos subirnos al chalet, por esa época. Mi hermano aún estaba en los siete sueños, pero subí y le estiré de las orejas, hasta despertarlo, quería darle la noticia cuanto antes. Solté la bomba: -Vas a tener una hermanita. Él sonrío abiertamente. Los dos descendimos corriendo las escaleras y ya estamos los cuatro hablando de cómo sería cuando llegara. Nos preparábamos para el acontecimiento: así poco a poco íbamos comprando las cosas. Pasaron los meses, los días se nos hacían eternos. Cuando era la hora de dormir, solía poner yo la cabeza en la barriguita de mi madre. En ese momento descubría sus movimientos, las pataditas. No pude contenerme, ardía de curiosidad: -¿Qué se siente, mamá? Ella me contestó: “Cada patadita es una sensación muy distinta”. Como veis estaba deseosa, quería verla, cogerla, tenerla pegadita a ella.

Para mí el día 22 del 12 de 2009 nos tocó la lotería.  A mí me dejaron en casa de la abuela, allí pasaría la noche. Mi había roto aguas el día anterior, y si la niña no nacía –lo que podía suceder perfectamente- tendrían que provocárselo. Recuerdo que mamá tenía miedo de que le faltase el oxígeno al bebé. Así que yo pensé “Lorena, sal ya”. Mi tía Amparo, me dijo que ella me llevaría a casa, yo, por mi parte, le di un beso a mi madre, el beso con mayor cariño del mundo, le besé nuevamente la barriga.

Esa noche no podía dormir, por la preocupación que sentía. Desde luego temblaba como un flan, y no me tranquilicé hasta que a las cuatro de la madrugada, llamó papa y dijo “Laura, ya está en el mundo. Todo ha ido bien”.

Desperté en casa de mi abuela, junto a mi hermano. Les enseñe la foto que me había enviado mi padre y luego le dije: -Papá, hoy no voy al instituto. Ven a por mí. Pero él me contestó: -Laura, la vas a tener toda tu vida ya. Arréglate y vete a clase y eso hice.

A las dos vino mi padre a recogerme en coche. Nos llevó a mí y a mi hermano al hospital. Durante el trayecto, mi padre me decía a quién se parecía, intentaba explicarnos a los dos cómo era. Y por fin llegamos. Antes de entrar vimos a mi tía y ella dijo que se parecía a mi hermano. Yo me alegré, reconozco que él es más guapo que yo –y más tonto, todo hay que decirlo-.

Entré, embargada por la emoción. Allí estaba mama con mi hermana en brazos. Al verlas allí, empecé a llorar. Era el gran momento. Me pareció, me lo parecerá siempre, la niña más guapa del mundo; tan pequeña, tan indefensa, tan mía. Entonces la cogí. Nunca había mantenido en mis brazos algo con tanto cuidado. Es una sensación maravillosa, indescriptible. No podía dejar de mirarla. No podría dejar de cuidarla, siempre la protegería. Es un momento que se me ha quedado grabado en mi mente, para siempre. Papa me miraba, mientras sostenía un hermoso ramo de rosas. Y entonces mamá rompió a llorar y él, espero paciente que las aguas volvieran a su cauce porque quería inmortalizar ese momento.

Ese es el menor día de mi vida, la experiencia más gratificante que he vivido. Ahora ya ha pasado un año y esa niña tan pequeña ahora es la ventana a la que todos nos asomamos. No para de corretear por casa, de quitarme las cosas y de desordenar mi cuarto, pero no me importa en absoluto, como tampoco me importa andar todo el día cambiándole los pañales o llevármela al parque, pues me paso el día pendiente de sus necesidades. Además creo que es al revés, creo que es ella, ese ser tan indefenso, la que cuida de mí, porque en cuanto entro en casa, acude a mis brazos, me regala un beso y ese regalo yo no lo cambiaría por nada del mundo. Me encanta hacerme la dormida porque entonces viene y, después de mirarme en silencio, se encarama a la cama y se tumba a mi lado; es ahí, justo en ese momento, cuando se para el mundo. Si el mundo se acabase en ese instante, a mí no me importaría, porque sé que a su lado, sería feliz, aunque tuviese que atravesar el espejo, ella sería mi incondicional amuleto.

Muchas veces me he parado a pensar qué será de mí y siempre que eso no soy capaz de imaginarme dentro de 20 años. Además me prometí no hacerme ese tipo de preguntas ilógicas. Es incomprensible hacerse este tipo de preguntas, cuando ni siquiera sabemos qué sucederá mañana. La verdad es que no me apetece cuestionarme ¿dónde estaré?, ¿tendré trabajo?, ¿seré feliz? ¡No!. Ese no es el camino. Lo importante es vivir el ahora, el momento. Puede que alguien piense que lo que pasa es que no quiero sentir el yugo de la responsabilidad, que no quiero ser consciente de que la vida no es un sendero de rosas prediseñado. Ya lo sé. Es evidente que uno no puede vivir en una nube constantemente, pero tampoco es necesario mirarlo todo a través de un espejo opaco e imaginarse que de un momento a otro va a caernos una lluvia negra.

No le tengo miedo al futuro porque sé que tendré coraje, que sabré desenvolverme y lucharé por mis sueños. Pensar ahora que eso no será así, es caer en un abismo, sentir el arrebato de la locura. De todas formas, nada es eterno. Mi futuro es ahora el presente. Sé que pensaréis que divago de este modo, porque soy una adolescente, porque no tengo capacidad para darme cuenta de la realidad que me circunda, pero os aseguro que estáis muy equivocados. Sí, que la tengo. Lo que sucede es que hoy por hoy a las personas únicamente les preocupa el dinero y vivir como un marajá. Pero yo no pienso así. Para mí vivir bien no significa atesorar cosas, personas o situaciones provechosas; para mí, vivir bien es simplemente levantarse por las mañanas, que mi madre me dé un beso o que mi padre –mirándome a los ojos- me pida que “estudie mucho”. Aunque casi nunca les haga caso, y vaya a la mía, reconozco que tienen razón, que debo enderezar mi rumbo, sino quiero equivocarme. Para mí vivir bien, es estar a gusto en medio del griterío, que las personas de mi entorno me quieran y eso es obvio que lo tendré. No niego que no me gustaría saber cómo seré yo cuando sea adulta o tenga una familia, pero por ahora, sólo me preocupa si me levantaré con energía; el resto –lo que me depare el futuro- depende de mi perseverancia, yo por ahora lo tengo bastante claro: me asomo de puntillas al futuro y aunque este sea resbaladizo, sé, lo sé porque lucharé para que así sea: sé, espero que me vaya bien, que la vida me ofrezca la suficiente garantía para ser razonablemente feliz.

Laura

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Comentarios Y este que aquí os presento, es mi mundo

¡Qué mundo tan rico! ... un Universo lleno de preguntas y respuestas y la infancia por el medio ... delicioso
Como rellenas esas etapas que se nos cuelgan en la guirnalda del tiempo y la aposentamos sobre nuestro pecho ... cerca del corazón. Eres increible!!
Un beso y un te quiero ... desde mi tienda de golosinas ...
Que bonito escribes me gusto mucho.
Besos.

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