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Estampas: La biblioteca

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La biblioteca

 ¿No hemos olvidado de esa sana costumbre de acudir a la biblioteca?

 

El aspecto de la biblioteca  era magnífico, satisfactorio, reconfortante, como todas las tardes, cuando el tiempo es clemente y el pretexto gratuito Mientras el frío engulle  a las personas en la calle, reconforta ver grupos de adolescentes al completo sentados, trabajando solitarios o en pequeños grupos, preparando trabajos de literatura o haciendo límites, con la calculadora científica a un lado. A veces una   impaciente cólera estalla en su interior, porque no les da el resultado esperado y se oyen pequeños cuchicheos entre ellos. Puede ser en la biblioteca del hospital, un viernes por la tarde habitual. Los chavales pasean cogidos de la mano de sus novias, sin resaca por el parque.  Padres acompañados de sus hijos, puestos de palomitas u horchata, en las inmediaciones. De los tablones de anuncios cuelgan concursos literarios, boletines informativos de la Consejería de Educación  con cursillos, páginas de periódicos con las noticias del autor de turno galardonado con el último premio Miguel Hernández y por supuesto, carteles de estudiantes o profesores titulados ofreciendo sus clases o buscando un profesor particular.

 Esta tarde  no cabe ni un alfiler. Se ven algunos huecos, pero hasta éstos aparecen reservados. Chavales avispados han dejado encima sus libros o carpetas para asegurarse un puesto estratégico. Esa falta de conmiseración recuerda las oleadas de estudiantes de estudiantes de la facultad que de buena  mañana se reservan un lugar estratégico. Quizás algunos vayan a estudiar, pero otros están mirando el limbo. Cada vez que entra alguien escucho siseos, ojos alzados, intromisión hasta la médula en el intruso que se siente observado. Si es un habitual camina tuteando a los amigos, esbozando sonrisas o saludados; pero los nuevos, son como especímenes a explorar. Sus pies rasgan el suelo con premeditación hasta que encuentran al amigo o compañero con el que han quedado. Cuando llegan a su altura se sienten salvados. Dejan de temblar. Se sientan, cuchichean y hacen como que estudian. No hay un ápice de remordimiento en sus miradas, cuando el bibliotecario cabreado les indica que no están una cafetería. El pobre hombre ya está habituado a su presencia, hace la vista gorda y opta por dejarlos en paz a menos que armen bulla. Abandona el hacha de guerra debajo de la mesa. Así que los intrusos suelen quedarse.

Aghata

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