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Como un espejismo, María Mercé Roca

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Como un espejismo, María Mercé Roca.

Aunque, en ocasiones, los primeros amores nos traigan aromas de sentimientos intensos y encontrados, aquellos que fueron capaces de metamorfosearnos, lo cierto es que siempre están ahí, agazapados en nuestro regazo.

Y justo eso es lo que quiero que hagas, que traigas de vuelta, aquellas sensaciones íntimas, inocentes, inconmensurables, del territorio de los sueños.  Recrea una situación similar a ésta. Hazlo primero en 1ª persona; después distánciate, piensa como otro, hazte una imagen mental de la historia, pero teniendo que son otros los seres los que la viven. Cuando esta imagen mental se clarifique, ponte a escribir. No olvides utilizar el monólogo indirecto libre, para la recreación de los sentimientos del protagonista.

Recuerdo muy especialmente aquel día. A veces el aire tiene un olor distinto, un poco dulzón, un olor que no se sabe de dónde viene pero que se siente por todas partes sobre todo en el aire. Ocurre pocas veces, pero aquél fue uno de esos días. Fuimos a Fustanyá por el atajo, los dos solos, caminando a paso ligero porque se tarde un buen rato y yo no tenía demasiado tiempo. No nos detuvimos  ni un momento hasta llegar a la carretera, junto a la Central del Molino, justo para calmar los latidos del corazón. Y durante todo el camino no hablamos para no cansarnos más, pero ella, que iba delante, de vez en cuando se volvía y me sonreía o apretaba un poco el paso y me gritaba desde lejos que no me retrasara. Estaba de buen humor, cantaba, me demostró que sabía silbar y me dijo que su abuela, cuando era pequeña, siempre la reñía porque decía que sólo silbaban los rapaces. Y me contagió su buen humor. Me sentía contento y por dentro iba rogando que ella no cambiara, que no se le torciera el humor, que no cambiara de gesto como hacía tan a menudo. Pero no, aquel día estuvo más alegre que nunca, más simpática, más dócil, más cercana que otras veces. Y fue un día distinto. Por todo: por ella, por mí, que ya no me acordaba del feo que me había hecho al no ir a verme, y por el día que hacía, por el olor de las cosas y por el color de la luz. Llegamos muy sudados y hacía viento, y enseguida sentimos que se nos enfriaba el sudor y se nos pegaba a la piel. Nos sentamos un momento junto al abrevadero y vimos pasar las vacas. En Fustanyà, sólo hay un par de casas, una casa de colonias, la iglesia, el cementerio y el campanario. Todas, excepto las dos que iban delante, eran jóvenes terneras blancas o marrones, con la cabeza grande y las patas cotas. A ella le hizo mucha gracia que un perro –un chucho que ladraba todo el rato- le mordiera la pata a una vaca que se iba hacia abajo; la vaca dio un grito, como un quejido, y se apresuró a reunirse con las demás. Y de pronto ella se encaramó sobre el borde del lavadero y empezó a caminar por encima con los brazos extendidos, como en el circo.

-Si me caigo tendrás que sacarme- dijo riendo.

 completo toda la vuelta, me tendió las manos, dio un salto, y en vez de saltar lejos fue a caer con los dos pies en el barro, allí mismo. Le quedaron las playeras, los calcetines y los bajos de los pantalones bien manchados y, además, de un color que parecía quién sabe qué. Mientras tanto no paraba de reír. Se limpió las suelas y se guardó los calcetines en el bolsillo mientras seguía riendo. Yo la sostenía por un brazo, porque llevaba un pie descalzo y hacía equilibrios para no volver a caer. Así, en esa posición tan incómoda, me dijo que se iría pronto y que lo sentía porque ahora empezaba a estar bien a mi lado. Como no supe qué responderle, le dije que subiéramos al campanario, pero que no se lo contara a nadie porque a los de la iglesia no les gustaba.

Este campanario parece estar construido con una piedra muy blanca, como si fuera arcilla, pues está mucho más estropeado que la iglesia. Supongo que un día se caerá si no lo reconstruyen pronto, pero que yo sepa aquí no dicen misa nunca y entre las lápidas del cementerio sólo hay una reciente. En fin: le dije que subiéramos al campanario y ella dijo que le parecía que le daría miedo pasar por encima de las tablas, pero que quería ir de todas maneras. Porque el campanario está separado un par de metros del talud que se levanta detrás de la iglesia y hay unas tablas delgadas de madera atadas con cuerdas para cruzar de un lado a otro. Lo desagradable es mirar abajo, tengas o no tengas vértigo, porque hay más de dos metros desde allí hasta el suelo y cuando miras hacia abajo el suelo parece llamarte. Pero pasamos por debajo de los alambres que cierran el paso, saltamos por encima de dos troncos que también hacen de barrera y llegamos hasta el extremo de las tablas. Le expliqué cómo tenía que hacerlo: caminando deprisa, mirando al frente, sin respirar. Primero pasé yo; quise darle la mano, pero me dijo que prefería cruzar sola. Pasó sola, con los ojos cerrados y casi corriendo. Al llegar al otro lado dijo que había tenido miedo: miedo a caer al vacío y hacerse daño.  Los ojos le brillaban con cierta ansiedad y tardó mucho en desaparecerle la palidez de las mejillas. Y ya habíamos llegado. Primero contemplamos el techo, que es de madera antigua y muy trabajada, después miramos las campanas. Una lleva escritos los nombres de un regidor y de un cura párroco, y la otra, el mismo nombre del regidor, pero con el título de alcalde. Nos apoyamos en la barandilla,, mirando hacia el valle. Debajo mismo se veía un campo amarillo, bien peinado, y después del campo seguían, más abajo, el lecho del río, la carretera, las cuevas, Rialb y mucho, mucho más abajo, las primeras casas de Ribes. Subía un <<cremallera>> y en el lugar donde dejaba la vía para engancharse a la cremallera avanzaba tan despacio que desde allí parecía estar detenido. Y el aire todavía tenía el mismo olor.

-¿Qué montaña es esa?

Y yo fui diciéndole los nombres de todas, los que no sabía, me los inventé, y ella no lo notó. Después de mirarlo todo, se sentó de un salto encima de la barandilla, impulsándose con las manos.

-Sosténme.

Y para sujetarla le rodeé la cintura con los brazos y junté los dedos detrás de su espalda, como si rezara. Y ahora ella estaba de espaldas, mirando hacia la casa de colonias y yo seguía viendo todo el valle y le iba enumerando los coches que subían o bajaban y la gente, como hormigas de colores. Ella no decía nada; al cabo de un rato le pregunté en qué pensaba.

-Me parece que hace un día raro- dijo- y pienso que no gustará tener que irme.

Y lo dijo despacio, con voz emocionada. Los dos nos miramos y, sin darme tiempo a parpadear, me dijo que me quería. Yo me apresuré a decirle que sí, que yo también la quería desde el primer día en que la había visto, allá en la plaza del Raig. Estaba confuso y lo dije muy mal y deprisa. Por dentro me sentía muy tierno y con ganas terribles de llorar que me quebraban la voz. Nos dimos un beso. Muy largo, muy dulce. Y otro. Y otro. Luego, de pronto, saltó al suelo, me tiró del brazo y me hizo subir la plataforma del otro lado, la de la campana de la izquierda. Y metimos la cabeza dentro. Nada más tocar el hierro surge un sonido que recuerda vagamente el toque de difuntos. Con las cabezas dentro y los cuerpos muy pegados, me dijo que me preparara.

-Yo- dijo y cogió la cuerda que sujetaba el badajo y empezó a moverlo y a hacerlo repicar a uno y otro lado, y era como si repicase dentro de nuestras cabezas. Empezó a gritar: - Nos queremos, nos queremos, nos queremos…- y su voz parecía el tañido de otra campana, más aguda.

Nos fuimos corriendo, antes de viniera alguien. Cruzamos torpemente por encima de las tablas, pasamos entre las zarzas y los matorrales para no ir hasta el camino. Seguimos corriendo casi hasta la carretera. Después empezamos a bajar sin detenernos ni una vez, llegamos a la Central del Molino, cruzamos la carretera e iniciamos la subida. Nos sentamos diez minutos junto a la capilla pequeña: me dijo que le fallaban las piernas y que le dolía el corazón de tan rápido que le latía. Llegué tarde a casa, mi padre me esperaba poniendo morro, pero ni lo noté: la había acompañado hasta su casa, la había abrazado muy fuerte y en mi cabeza sólo resonaba el tañido de la campana de su voz que repetía una  y otra vez que nos queríamos.

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Comentarios Como un espejismo, María Mercé Roca

me encantas tus escritos, te invito a mi blog, cecily69obolog, para que opines sobre mis poesias y cuentos.

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