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Mi primer día
Era mi primer día en el trabajo. Pensaba que sería un día redondo, pero no fue tal como yo había pensado.
Me levanté temprano para no llegar tarde. Me vestí en un santiamén y, aunque mi trabajo estaba en el otro extremo de la ciudad, llegué enseguida.
En la oficina, me recibió un hombre de complexión robusta y con poco pelo. Me llevó hasta una sala muy pequeña y acogedora. Probablemente era mi despacho. Me instalé en segundos, puse sobre la mesa una foto de mis perros y en la estufa mi bocadillo de jamón con tomate.
Entonces Miguel, mi jefe, entró de sopetón. Traía un montón de papeles en las manos. Lo miré unos instantes a la cara y vi cómo se reía de mí a mandíbula batiente. A mí no me hacía tanta gracia. ¡Era demasiado trabajo!
Contemplé mi reloj de mano, eran las nueve y doce minutos de la mañana. Me puse manos a la obra. Cuando había pasado ya un buen rato en mi escritorio, volví a mirar el reloj.
¿¡Qué!? Sólo habían pasado unos veinte minutos, pero a mí se me habían hecho eternos. Salí de la sala para dirigirme a la cafetería, tal vez solo necesitase un café. Después de tomarlo, estaba decidido a volver al trabajo, pero resultó que el ascensor tenía una avería y había que utilizar las escaleras. Me pareció increíble. Subiría nueve pisos hacia arriba, para llegar a mi despacho.
Subía las escaleras a paso de tortuga, cuando, en uno de los rellanos me encontré con mi compañero, Christian. Él se rió de mí. Me sentía algo cansado, para qué mentir, estaba cansadísimo, de hecho, sudaba la gota gorda, y tuve que agarrarme a la barandilla para no caerme.
-¡Hey, Chaval! El director ha dicho que bajemos a la planta principal.
Me quedé rallado. ¡Había subido siete pisos para ahora bajarlos y volverlos a subir!
-Que no… era una mentirijilla- me dijo él.
Pues, ¡menuda broma!- pensé. Me despedí de Christian y continué subiendo pisos.
Una vez hube llegado a mi despacho, descubrí que me apetecía beber, pero pasé de bajar a la cafetería. Así que cogí el bocadillo para tomar fuerzas y me lo zampé en un tris-tras.
Seguí con el trabajo que el jefe me había dado. iba todo al pie de la letra y el montón de papeles poco a poco menguaba.
Entonces … el jefe chilló a los cuatro vientos por el piso en el que yo trabajaba:
-Necesito comentaros algo.
La multitud se acercó a Miguel, pero yo decidí quedarme más atrás:
-Quería deciros que… ¡efectivamente tenemos un nuevo compañero!
Me emocioné mucho e intentaba pasar delante para que todos me pudieran ver.
-Enhorabuena, Claudia!- exclamaron todos.
Me quedé pensativo y al fin me dije a mí mismo.
Era evidente que yo no era Claudia. Me giré y, cuando la vi, supe porque su llegada se había zampado de un manotazo mi bautizo en la empresa. Como me gustaría meterme en la boca del lobo. Más tarde comprendería que todo había un terrible error, un error del que me arrepentiría amargamente.
Claudia Tarazona

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