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Esa muñeca a la que diste cuerda.

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A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a

[número cuarenta y seis edición INVIERNO 2010]

Foto: Juan Frechina

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M A R Z O

 

Esa muñeca a la   que diste cuerda
  por Mari Carmen Moreno

Es inútil que corras
  que mitigues tu sed en su regazo,
  que le soples mentiras.

Es inútil que persigas
  sus ojos de bambú,
  en una jalea de tristeza.

Es inútil esa burbuja
  que protege la entrada.
  Él sabe muy bien
  cómo seguir adelante.

Muchacha débil
  desapareces
  tras cuerpos
  cuneiformes
  que se contonean
  y te solapan
  en tablillas de barro
  prestas a desaparecer.
  El jugo del limón contonea
  tu cuerpo
  mientras un caracol se pasea por el escenario
  sin pronunciar tu nombre.

La despedida

Todo ha dejado de tener sentido  en el elixir del olvido. Ya no me veo ser ni existir.  Buceé tanto, que si tú me conocieses en ese instante cruel llorarías, como lloré yo, en el cuenco del pasado. La morada de mis sueños está asida grácilmente a ti, aunque quisiera marcharse demasiado deprisa, sin siquiera   una súplica.He sentido tu impotencia al traspasar esa terrible inseguridad que desama mis sentidos.He renunciado a todo mi  sentimiento marchándome sin miedo y en ese instante se ha crucificado todo mi   tedio.Sé que bajaré a los infiernos de  gelatina donde tantos han caído y allí se apagará mi inmensa inocencia para   volver a nacer. Sé que te besaré por última vez  antes del naufragio. Allí, cuando nadie me vea, cobijaré mi anónimo rostro,  impávido en el fluido de otros rostros que se desahogan de la asfixiante   soledad de un amor de hielo. Allí me desintoxicaré de mi  triste congoja, esa que habitaba en mí cuando tu ira apagaba mis yagas,  porque no amabas ni siquiera la faz de mi inocencia mientras desabrochabas tu  silueta en la mía. Pero era un durísimo simulacro de mí, nunca conocerás ni  sabrás de mi tintura. Tú que desperdiciaste mi risa, tú que sofocaste mis pies y te anclaste para desgarrarme. Todo lo tuyo es un aullido fiero que traspira a mordiscos. El viento era rocío cuando callabas y el sueño tuyo un bálsamo que me embriagaba al saberme sola al fin para llorar inútilmente. Cuando he huido he descubierto tu  alma auténtica. Tú te creías dichoso de tu posesión, apuntillando ¡mía!  ¡mía!, pero no lo fui ni lo seré nunca. Sólo el carbón de mi cuerpo bajo   el declive de tus ojos inocuos en el pavor de mis ojos. Cuánto fuego consumido para tu  pérdida. Lo que palpabas de mí era un espejo deformado que no te amaba. La casa se ha llenado de luz  chispeante. Todo lo hiende mi propia soledad que se ha librado al fin de ti,  queridísimo amor, ya no podrás zaherirme ni clavarme a tu nausea.

 

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Comentarios Esa muñeca a la que diste cuerda.

precioso mari carmen

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