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Esa muñeca a la que diste cuerda

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El bar

 

En el ambiente hay un murmullo de risas. La gente, apiñada ante la caja, pide su propia combinación, la de siempre. Apenas esbozo una cómica sonrisa que parece una mueca horrible, cuando tiemblan mis palabras:

-Un cortado- digo muy bajito a tu amigo. Creo que va a asesinarme su mirada. Ya sé que todos saben lo que quiero y tiemblo al pensar que únicamente es un juego. Apresuradamente te miro y me voy. Deduzco por el cuchicheo un puñado de risas estridentes haciendo eco.

Secas tus manos y te acercas. Sonríen tus amigos, acechando cada mirada mía como guantes gigantescos que me atenazan mientras auscultan mis movimientos.

Cojo el cortado. Mi mano flácida tembletea, casi se derrama el líquido, pero yo me hago el firme propósito de adelantarme hasta la mesa más próxima sin sacudirme el cortado y sin siquiera mirarte.

Busco un sitito estratégico desde dónde poder mirarte los labios y descifrar lo que dicen. No puedo desasirme de tu mirada nerviosa que sale a recoger las mesas. Parece que la mía es un fruto tardío porque casi siempre la recoges la última.

Vuelves a la barra y te acomodas en un rincón, ansioso por elevar tu súplica por encima de las mesas. Casi rozas mi mirada. Concentro mis ojos aderezados con palabras dulces, disfraces de mi amor hacia ti.

Al acabar, debo dejarte, aunque mi agudo dolor te sorbe el corazón y te quedas mirando mi silueta mientras atraviesa las mesas hasta que te abandona y te anegas.

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