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Una entrevista de "mentirijillas"

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La entrevista

La entrevista era en pleno centro de Valencia. Me habían dicho que me presentase a las 10. A las nueve estaba allí. Miré el escaparate de la editorial. “División de ventas. Reclamos de su famosa enciclopedia. Se trataba de un trabajo no cualificado, de patearse las calles y vender enciclopedias, según me enteré después.

Entré trastabillando las piernas y con las de perder en la mirada. No sabía si sería capaz de articular palabra sin que se me notase la boba inseguridad. Entonces vi un grupito delante de mí; cada uno de ellos se había colgado a las espaldas su prepotencia. Arrastraban el currículo como si éste fuese una brillante joroba; en cambio yo… ¿Sería capaz de decir dos y dos son cuatro o aparecería el mal endémico que siempre se colaba ante los desconocidos, el voraz tartamudeo que se tragaba mis expectativas?

Enseguida me di cuenta de que el tipo no me gustaba.  Intuí, por su  forma de sonreír, que me soltaría toda la retahíla de gilipolleces. Suspiré.

Alargue la mano y mantuve su apretón, aunque el tacto me resulto desagradable. Alce los ojos. ¿Por qué no empezaba ya? No quería que comenzase mi propio ritual, que se moviese mi pierna derecha compulsivamente, en un tic frenético e imparable.

El hombre intento camaradería… aunque primero me auscultó de tal modo que instintivamente me coloqué el bolso encima de mis piernas y me ovillé sobre la silla.

-Así que Licenciada- dijo. Noté el fastidio de su voz… ¿Por qué siempre que alargaba mi currículo en una de esas entrevistas de pacotilla sucedía lo mismo? Era como si mi currículo borrase el porte de mi voz, como si ese título aplastase la máscara de  mi aplomo.

-En Filología Hispánica- contesté, manteniendo un segundo su mirada.

Sentí el desprecio que provocaba mi respuesta y ante esa bofetada dolorosa, me puse en guardia.

-Bueno…, esa está chupada, ¿no?

Iba a sacar las uñas, pero él no me dejó. Estaba divirtiéndose, el muy cabrón.

-¿Casada?

-Sí…-y para rematar la faena, añadí- con una niña preciosa de tres añitos. Una monada, ¿sabe?-. Saqué tranquilamente una foto de la cartera y se la tendí. Sabía que eso no le intimidaría, pero me daba igual.

-Muy mona, sí. ¡Ya lo creo!-antes de pudiera sostenerle el tono, apuntillo-: ¿Tiene coche?

Suspiré. Otra bobada.

-¡No! ¡No tengo coche! Pero tengo unas piernas fabulosas, ¿sabe? Estuve a punto de levantarme y mostrárselas, pero me contuve.

-¿Y cómo piensa venir al trabajo?-. Este tío era memo, era tan fácil intuir el golpe siguiente.

-En metro, para en la esquina. ¿Usted no coge nunca el metro? Es más sano. Haga la prueba. Sin atascos. Sin semáforos estúpidos. Seguro que sus trabajadores se lo agradecerían. Ya sabe…la mala leche que le entra a uno, cuando se pasa el tiempo dando vueltas a una manzana en busca de un aparcamiento inexistente. Y luego está el seguro, la gasolina. ¡Quite, quite! ¿Para qué quiere una, coche?

Después de la retahíla, me quedé mirándolo, encarándome. Sabía que el pavo ya no me cogería. Otra entrevista al traste. Bueno, la cosa no era tan grave; entrevistas como esa, las había a patadas.

-¿Por qué quiere el trabajo?- quiso saber, incrédulo, dispuesto a dar carpetazo al asunto.

- Sabe… Es por los libros. Me encantan. Sería capaz de venderle un libro a un ciego. Me chiflan los libros. Me contagié de esa enfermedad en la carrera. No se crea las leyendas urbanas que se cuentan por ahí. Hispánicas no es difícil, pero si no te gusta leer, no le pillas el tranquillo a la cosa. ¿Esto es una editorial? ¿No?

- Pues claro… y una de las mejores- añadió pavoneándose.

-Pues por eso he venido aquí. ¿A qué a usted le encantan los bombones?- Le miré nuevamente desafiante.

-Claro que sí, mujer.  Yo le hice que ver que su mirada me había molestado. Parecía dudar. Era increíble. ¿A qué esperaba para darme la patada en el culo?

-Pues a mí me chiflan los libros.

De pronto sonrió y…

-El lunes a las nueve la quiero aquí. ¿Está dispuesta a trabajar la calle?- me dijo.

              -Pues claro. Me encanta patear.  

Sabía que sería duro, pero por algo se empezaba.

-Por cierto. ¿Ha dicho que sería capaz de convencer a un ciego de que comprase una enciclopedia?

-Sí, eso he dicho.

-Hummm… Eso me gusta. Tiene usted agallas. El lunes veremos si eso es cierto.

Por el tono de su voz, intuí que no iba a colocar una alfombra roja a mis pies.

-Casada, con una hija, licenciada en Hispánicas… - lo oí murmurar mientras me daba con la puerta en las narices.  Antes de comenzar ya lo sabía. Ese no era el trabajo con el que un hispanista habría soñado.

Mari Carmen Moreno Mozo

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