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La entrega de los oscar. Comentario de textos.

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La entrega de los oscar
De madrugada, con las luces de la ciudad apagadas y mi habitación como una isla flotando en medio de la noche, vi en el parpadeo de la televisión algunas imágenes sobre un reportaje de la historia de los <>. Pasaba por el estrado mucha gente llorosa y emocionada, recogiendo estatuas y agradeciendo, a veces en una lista interminable, la concesión del premio. Hablaban de su madre, de su marido, de sus hijos y hasta de su perro Nunny.


Y entonces me acordé de don Apolonio, aquel profesor extravagante que durante mi bachillerato interrumpía sus lecciones para ponernos a cavilar sobre asuntos que no aparecían en el programa, pero que él consideraba de máxima importancia: (…) ¿Cuántas personas han sido necesarias para que cada uno de vosotros haya podido llegar esta mañana al colegio? El alumnado chupaba lapiceros, miraba al techo del aula rebuscando datos en aquella estrambótica lección de álgebra. Uno pensaba en la madre que le había dado el colacao, en el conductor del autobús, incluso en la abuela que le había dado el último repaso de peine. Pero don Apolonio iba más lejos (…). No sólo nos hablaba de la madre que nos había dado el colacao, sino del inventor de la fórmula del mejunje, del cultivador del cacao y del tipo que inventó la cuchara con la que habíamos removido la bebida. Don Apolonio nos llevaba a la edad de piedra para mostrarnos que el gesto más sencillo, la actividad más nimia llevaba el aval de media humanidad. Algo parecido a lo que les ocurría a esos actores, actrices o directores que en Hollywood recogían estatuillas.


El talento, decía Flaubert, es una larga paciencia. El éxito parece ser que también lo es. Lo pensé allí, en medio de la noche,, mirando el parpadeo de la pantalla. Pensé que alguna de aquella gente que allí aparecía en verdad no era más que una larga serie de esfuerzos hechos para lograr que uno de sus miembros consiguiera destacar, hacer valer sus méritos. (…) Madres, abuelos, esposas, manos anónimas unidas hasta formar una pirámide capaz de sacar un vértice de la arena. En el parpadeo de la pantalla, mientras la gente de Hollywood hablaba, vislumbré toda una serie de rostros anónimos, de todas esas personas de las que nunca conoceremos sus rostros ni sus nombres, ocultas detrás de todo trofeo, de toda condecoración. Soldados desconocidos en una batalla en la que otros obtendrán una victoria que también a ellos pertenece.

Antonio Soler, El Semanal, 2 de mayo de 1999

 

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