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La enseñanza de la literatura

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Prof. Mari Carmen Moreno

 

¿Qué es la literatura?

El problema de la definición de literatura no reside en esas definiciones más o menos hipotéticas y, sin duda, reconocidas por todos, sino en cómo explicarles a los adolescentes el sentido una obra literaria, cuando está cambia según la perspectiva o ciencia con la que abordemos su estudio y, por supuesto, según la época, cosmovisión o lector.

La literatura se ha entendido, en primer lugar, como una forma de descubrimiento de los medios y procedimientos de la propia lengua. Según esto, lo que distingue a la literatura de otras formas de lenguaje es el afán de crear belleza; no obstante, éste es un concepto poco fiable, entre otras razones, porque los cánones de lo que es o no bello, fluctúan, varían, se aniquilan o surgen de las ruinas, en cada periodo literario. Por lo tanto, es difícil que con este argumento convenzamos a nuestros alumnos del valor de la literatura, puesto que no podemos acotar sus límites, incluso, si se lo preguntásemos, cada uno de ellos nos daría una lista disímil de las cosas que para él o ella son bellas.

Tratemos de poner el dedo en la llaga. Si la literatura se define como un medio de lograr extraer la belleza del lenguaje y no sabemos qué es la belleza, entonces, ¿para qué no sirve? No sirve para nada y si no nos sirve, no tiene ningún sentido que leamos o escribamos textos potencialmente literarios, porque no van a ayudarnos a triunfar en la vida. Además, la mayoría de los escritores –como muchos artistas- fueron pobres, fracasados, lunáticos; un atajo de farsantes que ni siquiera supieron solventar sus propios problemas. Entonces, ¿qué pueden enseñarnos ellos sobre la vida? ¿Por qué leemos o escribimos? ¿Para enloquecer como ellos?

Pero, ¡ojo!, no confundamos persona con personaje, obra con creador. Las anécdotas de su vida no son exactamente lo que nos interesan, porque aquí no se trata de juzgar a nadie, ni éste es un programa sobre “Cómo triunfar en la vida”. Para ello ya existen otras fórmulas, otros maestros más adecuados que los maestros de la literatura. Nuestra misión como docentes es explicarles que la obra literaria no siempre mantiene una relación lógica con la realidad extralingüística: se acerca o separa de esa realidad humana o vital de cada época. Ella misma crea una película que sirve de expresión o protección; es – en definitiva- un refugio, una forma de comunicación personal e íntima. Precisamente por eso nos sirve, porque nos ayuda a aislarnos, porque nos protege y saca de nuestras cavilaciones, porque conmociona. Se convierte así en una superación de la realidad al crear mundos posibles. De ahí la impermeabilidad de las experiencias personales, la creación de personajes verosímiles pero ficticios que potencian hasta límites insospechados el músculo de la imaginación.

La literatura es una forma privilegiada de autoexpresión, una medio para sacar los hilos de nuestro dolor, esa desilusión amarga de la que la vida nunca nos priva, una forma de curarnos de la soledad. Es una experiencia que provoca euforia, puesto que un texto nos conduce a otro, nos recuerda algo leído con anterioridad, algo que no desaparece una vez hemos terminado la lectura; sigue ahí en nosotros, perdura como un fuego inextinguible.

 

 

Ese lenguaje motivado, polivalente, estimula nuestra mente; hasta el punto de convertirse en un peculiar juego donde creador y lector comparten ámbitos, situaciones de travesura. De ahí la ilusión con la que abordamos los textos literarios cuando ya hemos aprendido a sentir y conmovernos. En ese momento se oculta dentro de cada uno de nosotros y sólo depende de nuestra sensibilidad que le permitamos despertarse o, por el contrario, lo ignoremos tristemente.

La lectura siempre crea en nosotros un horizonte de expectativas, mucho más rico e imprevisible que cualquier otro tipo de ocio. Ella no puede dirimirnos de esa íntima lucha con la que abordamos el día a día, pero nos muestra opciones capaces de embaucarnos, hasta el punto de hacernos creer que lo leído pertenece a nuestra propia realidad u entorno. En ese guiño al lector estriba su magia.

Entonces, ¿por qué si la literatura es una terapia que esconde alivio, como una píldora dulce, que nos cura, casi nadie lee, con asiduidad? Y cuando digo casi nadie, no pretendo tirar la pelota fuera de la cancha. Ni siquiera esos hombres y mujeres que cargan a sus espaldas una vida compleja y asfixiante, lo hacen. ¡¿Cómo pretendemos que lean los adolescentes, pese al bullicio de la literatura infantil y juvenil?!

Se jacta ese mercado de sus éxitos, de su odisea o acercamiento a los jóvenes, pero únicamente se interesa por la lista de éxitos. Los estudios primarios muestran que si en la etapa de primaria los niños y las niñas se interesan por todos esos cuentos, poemas, obras de teatro o cualquier otro texto que se lleva a clase, cuando crecen abandonan ese hábito y adquieren otros: juegos de ordenador, ver la televisión, internet. Ni siquiera se molestan en salir a la calla, ya que lo tienen todo en sus propias casas, al alcance de sus manos. Por otra parte el mercado atrinchera en el olvido muchas de esas lecturas interesantes, de manera que cuando buscamos ese libro que funcionó en otra clase u otros niveles curriculares, éste se haya agotado o simplemente, haya dejado de existir. Por ejemplo, cuando recomendé el libro “La balada del siglo XXI”, me encontré ante lo inevitable, al menos allí donde lo busqué. El libro estaba agotado, pese a su interesante trama, no lo habían vuelto a reeditar. Es algo similar a lo que ocurre, por desgracia, con algunas editoriales de prestigio –como Bassarai- que, a pesar de su reconocimiento internacional, desaparecen.

El profesor se pasma y se frustra ante la inevitable falta de atención de sus alumnos y no comprende o no quiere comprender cuáles son los motivos para que los mismos mitos literarios o históricos, que han sido aclamados a golpe de ratón, resulten tan soporíferos en sus clases. Se sabe de memoria la teoría y es consciente de que el problema radica en la forma de abordar el tema o texto literario, pero no sabe cómo hacerlo, carece de las herramientas necesarias. Esa falta de confianza en uno u una, es la que aboca la nave al hundimiento y provoca el pasotismo de sus alumnos.

Sin embargo, de nada les serviría a ellos la protesta, si su profesor o profesora mostrase un entusiasmo fuera de lo común, si esgrimiese los argumentos adecuados y fuese capaz de comprometerse. Si el profesor es capaz de explicarles a sus alumnos  que lo que les propone es una actividad tan lúdica como cualquier otra, pero que requiere más esfuerzo, conseguirá romper las barreras. Será él, por tanto, el artífice de la aventura, su guía, pero, obviamente, serán ellos, quienes descubran el intransferible mundo de ficción y lo recreen a su imagen y semejanza.

Un profesor enseñará a leer, leyendo, les mostrará cómo deben interpretar las lecturas, poniendo la mano en el fuego, conseguirá que creen una historia, creando él mismo. Demostrará con su propia actitud que, cuando se lee, se asume un rol, de forma similar –por ejemplo- a cuando se juega en el ordenador. Quien lee hasta altas horas de la madrugada, igual que quién juega, se deja llevar inconscientemente por el personaje, se somete a sus trabas o situaciones, hasta que las visualiza; porque, le ocurre lo mismo que al que juega o está viendo la televisión, si lo que tiene entre manos no lo emociona, acaba abandonándolo y se marcha a la cama.

Por eso la literatura es tan fascinante, fascinante para cada cual. Por eso, existen tantas literaturas, tantas formas de aprehender la realidad, como personas distintas que somos. Esa es la razón de que quien lea se sienta un personaje; pero,  al igual que sucede con quien juega o ve la televisión, si lo que tiene entre las manos no le gusta, lo abandona y se marcha a la cama.

Como siempre la literatura es fascinante, fascinante para cada cual. Por eso, existen muchas literaturas, muchas formas de apropiarnos de la realidad, como personas distintas. Sin duda, el que lee, en cierta manera, olvida su propio mundo o su mediocridad e inconscientemente se traslada a otro lugar, el de la ficción, es decir, el de los sueños inaprensibles.

Prof. Mari Carmen Moreno Mozo.

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